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—¿Revisaste la construcción? —Preguntó de pronto, deteniéndose a mitad del recibidor—. No queremos estructuras dañadas… por los niños. O fantasmas. Ya sabes, vi en Rec; Zero que esas cosas pasan en casas antiguas. Graneros, bibliotecas, lugares así.
Alcé una ceja, divertido.
—¿Ahora le tienes miedo a los fantasmas porque lo viste en Rec; Zero? —repliqué—. Pensé que después del escándalo de Tobey ya no creías nada de eso. ¿O también deberíamos preocuparnos por asesinos pueblerinos, brujas y gatos negros?
Sadie no sonrió.
—No me hace gracia, “cariño” —dijo, marcando la palabra con los dedos—. La arquitectura tiene más de dos siglos. Nunca se sabe.
Bajó la mirada.
—Leí que a veces es bueno traer a un sacerdote. Para limpiar la casa. Ya sé cómo suena —añadió, con fastidio—. ¿Qué esperas que diga?
—¿Que los fantasmas también pagan impuestos? —Intenté bromear. Me acerqué por detrás y apoyé una mano sobre su hombro. Su cabello rubio capturaba la luz que entraba por la puerta, casi dorado. Me incliné hacia ella—. Nada está mal aquí —dije—. Traje a mi familia. Nuestra familia.
—No me molesta que bromees —respondió, dudando—. Solo… no quiero estar tan lejos de Des Moines. Nunca me había ido. Tú sí.
—Por eso mismo —dije, colocándome frente a ella—. Si hay algo que arreglar, lo haremos. Aseguraremos la casa si hace falta. Y Sadie… —hice una pausa—. No olvides que también son mis hijos. Ustedes son mi familia. No pongas en duda que los protegeré si algún cabrón intenta pasarse de listo.
No noté de inmediato que había tomado su muñeca con demasiada fuerza. Cuando lo hice, ya era tarde. La solté enseguida. Sadie se sobó la piel enrojecida y me miró, sorprendida. No dijo nada. Sus ojos hablaron por ella.
—No dudo de ti, Johnny —dijo al fin—. Pero desconfío de la gente que vive aquí. No los conocemos. Algunas casas… no… no son tan seguras —vaciló—. Son mis hijos. Y los adoro —añadió, casi como una disculpa.
—Lo sé —respondí, forzando una sonrisa—. ¿Vemos el resto de la casa? Si te ha sorprendido la entrada, no sabes lo que te espera en los confines de este lugar.
Le cedí el paso. Sadie avanzó primero. La casa tenía tres plantas superiores y una inferior.
La puerta de entrada superaba los dos metros; ninguno de los dos tuvo que inclinarse para cruzarla.
Sobre el marco de madera había un cristal en relieve, trabajado con colores opacos que permitían el paso de la luz sin dejarla entrar del todo.
No era un vitral solemne, sino algo más práctico, más doméstico.
Aun así, los colores se proyectaban sobre los primeros escalones de la escalera con una intensidad extraña, como si la casa respirara luz.
Los tablones eran de un marrón oscuro, con un tono cercano al pino viejo. Al verlos pensé, sin saber por qué, en mis primeros escritos, en ciertos pasajes que nunca terminé. Quizá por eso me enamoré de la propiedad. Todo parecía dispuesto con antelación. Yo estaba destinado a estar allí.
—Me gusta el estilo —me susurró Sadie al oído.
Ignoro por qué, pero en ese instante me excitó la idea de su cuerpo recostado contra una de esas paredes, de besarla allí mismo, de recorrerla con las manos mientras la casa nos observaba en silencio.
La imagen fue breve, pero intensa. No era el momento, y ella lo sabía.
Más tarde me bastaría con verla caminar por la habitación, con sus bragas semitransparentes marcando el movimiento de sus caderas.
—Confía en los gustos de tu esposo —dije, quizá con demasiada seguridad—. Me gustan las cosas bellas.
Se sonrojó. Sadie seguía siendo hermosa. El embarazo había suavizado algunos movimientos, pero no había logrado borrar la luz que parecía acompañarla a todas partes. El sonido de sus tacones contra el suelo de madera me resultó cautivador, casi íntimo.
—Podríamos poner un jardín —dijo, animándose—. Vi una revista en el móvil mientras veníamos. Nada de gnomos; me dan escalofríos. Pero sí animales de esos viejos, como los que tenía mi abuela. Será divertido.
Se echó sobre mí.
—Me parece muy bien, señorita Morton —la sujeté. Siempre podía sujetarla. Deslicé las manos hasta su cintura y me detuve. La besé.
—Ahora no, curiosillo —susurró—. No tenemos tiempo. Pero, te lo devolveré luego.
Se apartó y comenzó a subir por la escalera de caracol. Era lo bastante ancha para que dos personas caminaran juntas. Yo sabía que arriba estaría mi biblioteca, el lugar donde trabajaría. Era el punto más alejado de la casa. Silencio. Eso necesitaba.
—Demonios, jodida vida —murmuró—. Me está matando. No creo que pueda seguir mucho tiempo así.
—¿Crees que puedas subir?
—Subir sí. Bajar no lo prometo —rió—. Cargo algo bastante grande.
—Vale. ¿Por dónde quieres ir?
Pareció confundida unos segundos, hasta que comprendió.
—Claro. Casa vieja. Muchos caminos. ¿Cuántos accesos hay para subir al segundo piso? —Se apartó el cabello sudado de la frente y, sin notarlo, corrió el labial morado sobre la piel.
—Cuatro —respondí, trazando un plano imaginario—. A la izquierda, por la sala. A la derecha, por el comedor. Frente a nosotros, esta escalera. Y al fondo, un corredor largo desde la cocina, con vistas al lago Phillips.
—Bastante espacio…
Recuerdo cada maldito cimiento de la casa. Pude seguir explicando, pero me detuve. Más tarde ella lo vería todo. Por el pasadizo derecho se llegaba a la cocina. A la izquierda, una puerta conducía al sótano: húmedo, viejo, perfecto para almacenar herramientas, alimentos… y otras cosas.
Sadie eligió subir. La seguí. Se aferraba a la baranda, pensando en los niños, en algunas caídas posibles.
Los peldaños estaban cubiertos por una alfombra roja elegante.
Se detuvo a mitad del recorrido. Me acerqué por detrás.
Giró, maravillada. A ambos lados se abrían baños, habitaciones, dos estudios.
En uno guardaría mis libros. En el otro trabajaría. El papel tapiz verde manzana hacía que el espacio se sintiera más cerrado, más opresivo. Pensé en cambiarlo por un tono hueso. Ella eligió rojo manzana. Más recargado. Más vivo. Dijo que le gustaba así.
—¿Irás al ático o al sótano? —Pregunté—. Están cerca. Creo que te encantarán.
—No —dijo, frunciendo el ceño. No era una sugerencia—. Es tarde. El tráfico fue un desastre. Prefiero guardarme la sorpresa para la mudanza. ¿Cuándo será?
—En cinco días. Mark sugirió que la familia viniera a ver el lugar. Como editor y amigo, es un buen sujeto. —Sus ojos se movieron con incomodidad.
—Mark es buen editor, sí. Lo conoces desde siempre. Nos ayudó cuando lo necesitamos. Pero ahora quiero que seamos nosotros dos —se sonrojó—. Sin él. Sin mis padres. Ya no somos niñatos, Johnny.
—Al grano.
—Johnny, el tipo se droga. ¿Comprendes? Es mala influencia para los niños —no podía luchar contra eso, y me estaba dando lo que necesitaba: liberarme del hijo de puta de mi suegro.
—No les dará nunca nada. Mark puede ser impulsivo…
—¿Te ha dado drogas a ti? —Jaque mate. Me quedé callado. Nada más sincero que el silencio—. Sí, está bien. Mark es buen sujeto, aunque siempre esté oliendo a hierba. Mi padre es un enfermo por regañarme constantemente por cosas que te parecerían sin sentido.
»Me gusta el lugar; hiciste una muy buena elección, Johnny —dijo irónicamente, era claro que quería irse, sacó el móvil de su bolso—. Los niños se llevarán una gran sorpresa. Volvamos al auto; debo llamar a mis padres.