2
Mi futura propiedad —a finales de 2005, naturalmente— se trataba de una vieja casa victoriana ubicada en una zona apartada de los demás asentamientos rurales.
No era exactamente un pueblo, sino una acumulación ordenada de casas similares, alineadas sobre una única calle que se extendía hacia el oeste, cerca del lago Phillips.
A simple vista, no había nada especial en aquel lugar.
O, como suele ocurrir, eso era lo que parecía. Tail: ese era el nombre del pueblo.
Quedaba cerca de la interestatal 35 de Iowa. Más adelante había otros pueblos, algunos más interesantes que otros, algunos más oscuros, pero ninguno inocente. Lo único verdaderamente inocente en este mundo es aquello que aún no ha sido tocado, lo que no ha sido visto.
Mis intentos por investigar la historia de Tail y de su gente fueron infructuosos.
No encontré registros claros, ni crónicas locales, ni memorias familiares que explicaran su origen.
En la biblioteca estatal de Iowa solo hallé documentos técnicos: permisos de remodelación fechados en 1986, firmas anónimas de una asociación de constructores, papeles sin más.
La fecha de construcción, sin embargo, era inequívoca: 1821.
No sé si fue antes de que esas cosas se establecieran allí abajo, o después.
Apostaría mi cuello a que sí, a que fue mucho después de que aquellas criaturas llegaran.
A finales de octubre de ese año nos dirigíamos hacia Tail en nuestro Porsche Cayenne azul plateado.
Era un viaje poco común: Sadie y yo solos, como ya no solía ocurrir desde el nacimiento de Howard, nuestro hijo menor.
No habíamos tenido tiempo para nosotros en meses.
Yo insistí en que necesitábamos espacio, distancia, una vida propia lejos de la sombra constante del engreído de mi suegro.
Aquella casa parecía la excusa perfecta para atravesar medio estado y empezar de nuevo.
Lo primero que notamos fue la distancia entre Tail y la carretera principal.
No era algo habitual en los pueblos cercanos a la interestatal 35 —excepto por Bonanza, como revisé más tarde—.
El camino de acceso estaba pavimentado, bien cuidado, casi demasiado.
A ambos lados, pinos, abedules y arbustos crecían formando túneles naturales.
No sabría decir por qué, pero las sombras entre la vegetación parecían más densas de lo normal.
—Cariño, te apuesto a que esta zona fue construida por aristócratas de la época —comenté con ligereza, sin apartar la vista del camino.
Incluso ella se había maquillado un poco, intentando disimular el cansancio que ese último embarazo le estaba cobrando—.
No creo que vayamos a conocer a muchos vecinos cuando nos mudemos aquí.
Todo lo que veo son árboles y plantaciones.
Siempre quisiste un jardín. Aquí podrías tenerlo frente al lago. ¿Te imaginas?
Sadie no respondió de inmediato. Miraba por la ventana con una expresión difícil de descifrar, resplandecía, y su belleza seguía intacta. Cuando habló, esquivó por completo mis palabras. Lindo para ella, jodido para mí.
—¿Has pensado en lo que dirá mi padre?
No era un reproche, pero lo entendí igual. Su padre siempre estaba presente, incluso cuando no lo estaba. Sadie era de esas chicas que pensaban demasiado en el pasado, siempre creí que le temía a él muy dentro de ella.
El tipejo en sí nunca me agradó. Había abusado de ella emocionalmente durante años y había intentado hacer lo mismo con nuestros hijos. No se lo permití. Solo pensar en él me incomodaba. Subí el volumen de la radio para evitar una discusión, pero Sadie lo bajó de inmediato.
—Vale, lo siento —susurró, sin mirarme.
—¿La señorita Sadie querrá responder mis propuestas? —La pregunta salió de mala gana, y ella lo notó.
Aumenté un poco la velocidad del auto, más por impulso que por prisa, como si así pudiera esquivar la conversación. Sadie no dijo nada de inmediato. Permaneció en silencio unos segundos, observando el camino, hasta que finalmente habló:
—Cuando vea la casa, te diré —respondió, midiendo cada palabra.
—Sadie —dije—, hemos estado juntos por años. He hecho todo lo posible por ser un buen hombre para él.
Mientras hablaba, el contraste del parabrisas me blanqueó la vista por un instante. Los pinos se alzaban a ambos lados de la carretera, rectos y orgullosos, y el humo del escape se deshacía entre ellos. Sentí una presión extraña en el pecho, pero continué.
—Y lo sabe —añadí—. Aunque no quiera admitirlo.
La verdad es que me valía un cuerno su opinión. Su malhumor constante, sus ataques de severidad disfrazada de fe y crueldad convertida en disciplina. Todo eso me había cansado hacía tiempo.
—Howard fue criado por ellos. Nos robaron momentos que nunca volverán. Pero aquí… aquí podemos hacerlo diferente.
—Yo… —Sadie iba a decir algo, pero la interrumpí.
—Escucha —extendí la mano y la apoyé con cuidado sobre su vientre. Ella se sobresaltó apenas—. Nuestros hijos nos necesitan. A nosotros. Dale una oportunidad a la casa. Dame una oportunidad —uní las palmas, casi sin darme cuenta—. ¿Por mí? ¿Por ellos?
Sadie asintió despacio. No era un sí, pero tampoco un no.
Me bastó. Apreté el acelerador cuando una colina en zigzag apareció frente a nosotros.
El motor respondió con un bramido bajo y constante.
Sadie giró la cabeza para mirar atrás. La interestatal quedaba atrás, y entre los árboles emergía un cartel envejecido:
OLD ROUTE, TAIL
Población (aprox): 116 personas
¡SEA BIENVENIDO A NUESTRO PEQUEÑO MUNDO!
El auto escaló con dificultad. Las llantas lucharon contra la tierra seca, produciendo un sonido opaco que se prolongó más de lo esperado.
Por unos segundos temí que el motor se rindiera, pero finalmente recuperó tracción y seguimos avanzando.
A ambos costados del camino se levantaban pinos gruesos, torcidos, juntos.
No parecían crecer: parecían acumularse.
Toda la vista allí cubría la naturaleza, haciendo el silencio y la oscuridad dentro de ella más palpable, como un manto oscuro que se iba de aquí para allá, cegando a los demás.
Supongo que fue por eso, la naturaleza parecía observarnos, en silencio, con su inmovilidad.
La luz, pese a que era clara, parecía incoherente con el escenario.
Quizás los animales allí no lo notaban, en ese caso: nosotros.
Sadie tomó mi mano. Su agarre era cálido, pero temblaba.
Yo sabía que no se trataba solo de alejarse de su familia.
Había algo más, algo en el ambiente que la alteraba profundamente.
La carretera se estrechó y, sin transición clara, se convirtió en Tail Street.
Las casas comenzaron a aparecer, todas similares entre sí, variaciones mínimas de un mismo molde.
Sadie observaba cada detalle con atención excesiva, como si buscara una diferencia que no terminaba de aparecer.
Cuando dejamos atrás el valle, miramos hacia abajo con cautela. Bonanza permanecía oculta tras la Ruta 14, cubierta por sombras que parecían umbrales. Tail no era muy distinta, solo más silenciosa.
Nuestra casa estaba al final de la calle, junto al lago Phillips. Aparqué cerca de los peldaños de la entrada. La sombra del edificio cayó sobre nosotros de forma desproporcionada. Era grande, más de lo necesario, pero sentí una punzada de orgullo.
—Bueno —dije, intentando sonar tranquilo—, aquí vamos. ¿Me acompañas?
—Sí, Jonnathan —respondió, sin convicción. Se bajó del auto antes que yo—. ¿Tú me acompañarás?
—Claro que sí —le dije—. No pienso irme.
Salí del auto con torpeza. La puerta chirrió al abrirse. Pensé que debía engrasar las bisagras, que era un detalle menor. Siempre creemos que lo importante se arregla con gestos pequeños. ¿Cierto? No se trata solo de cubrir una herida, sino de extinguirla, de quemarla si es necesario.
Sadie subió los peldaños rápidamente. El único sonido era el de sus botas golpeando la madera.
Me detuve un momento y miré hacia la calle.
No sabía por qué, pero la sensación de estar siendo observado regresó con una claridad incómoda, como si algo hubiera decidido fijarse en nosotros desde que entramos a Tail.
Un pequeño gato negro, con puntos amarillos en la cola, cruzó lentamente al otro lado de la calle.
Llevaba un collar con una placa que colgaba floja.
Abrió el hocico, como si fuera a maullar, pero no emitió sonido alguno.
Se quedó quieto un segundo de más, mirándonos.
Nada más. Ese día no era de cazar, para nadie.
Ese día era de descanso, de observar y oír.
De conocer las nuevas presas que se moverían entre el polvo de la tierra.
Mi esposa ya me esperaba frente a la puerta de madera.
La vi golpear suavemente con el puño, probando su firmeza, como si quisiera convencerse de que aquello era real.
La puerta era de un blanco sucio, con restos de adornos dorados alrededor de la cerradura.
Pensé que pronto me pediría cambiarla por una más gruesa, más segura.
Cuando subí los peldaños, la sensación de ser observado se disipó.
Me sentí ridículo por un instante. Feliz, incluso.
Como un niño a punto de entrar a un parque de diversiones.
La escena permanece intacta en mi memoria.
Cada gesto, cada sonido. Pero sé que la memoria también miente.
La llave chocó con la cerradura antes de girar con firmeza.
Sadie no ocultó su expectación. Quería ver qué había detrás de esa puerta tanto como yo necesitaba que le gustara.
Al abrirla, el chirrido fue tan áspero como había anticipado, pero no me importó.
Guardé la llave en el bolsillo trasero del pantalón y esperé.
—¡No es cierto! ¿Bromeas, verdad? —Preguntó Sadie, con una risa nerviosa que no lograba ocultar su sorpresa.
—Pues… estamos aquí, ¿no? —Respondí, sonriendo.
Ella avanzó de inmediato para abrazarme y besarme. Su aliento era cálido, familiar. Me costó separarme.
—No es ninguna broma —dije—. Habría sido de muy mal gusto sacarte de la casa de tus padres sin una razón que lo justificara.
Mientras hablaba, una parte de mí hacía cálculos silenciosos: la jodida hipoteca, el plazos y los trabajos futuros. Había tomado una decisión que nos ataría durante años. Esperaba no haberme equivocado.
—Anda —añadí—, sigue. Falta mucho por ver.