Descenso por las paredes 1
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El 9 de diciembre de 2005, mi vida transcurría como un viejo y destartalado ferry, sin rumbo, ni propósito, ni ningún lugar a donde ir o algún sentido. Solamente se me iba arrastrando a un mar de horror. Reclamándonos poco a poco, hasta ahogarnos, en unos cuartos grises de tormento y penalidad.

Fue entonces cuando ocurrió uno de los sucesos más horrorosos de mi vida.

No muy lejos de la interestatal 35, cerca de las montañas de Monta, Iowa.

En aquel entonces —poco antes de llegar a Tail, aunque ahora parezca que han pasado siglos— yo todavía era un hombre joven, sano, obstinado.

Engreído. Creía, de algún modo, que la suerte estaba de mi lado, o quizás no tanta como me lo demostraba el destino.

Acababa de casarme con la mujer que había amado desde la preparatoria.

Teníamos dos hijos sanos, con una más en camino, y una mascota llamada Becky.

Creo que ya he cumplido mi tiempo. Y creo que ya debo acabarlo.

Porque si no lo hace Dios —o Shen, o Brahman, o lo que coño sea—, yo mismo me veré obligado a oprimir el gatillo de la .

22 que reposa frente a mí en estos momentos.

La tentación es dulce y asquerosa a la vez, pero antes, debo decirlo, necesito escribirlo con claridad.

Necesito que me crean, quizás cuando lo escriba, yo mismo me creeré.

Tal vez no lo creí, porque no vi antes la absoluta oscuridad, a la criatura que se divertía, la que contaba el tiempo… pero sin saberlo, esperaba, allí en el silencio, en las tinieblas de la tierra, siempre atento. Siempre maldito. Lo sé, piensen lo que quieran.

¿Saben por qué? Porque el hombre que llora frente a estos párrafos, sobre estas páginas a medio revisar, con varias pilas de hojas detrás, intentando describir lo mismo una y otra vez, sin perder la razón ya está muerto.

Y aquellos sesos que chocarán sobre las paredes que espero encuentre alguien, antes que Ellos.

Será del mismo desdichado hombre. Sí, créanlo. Porque yo no lo creí.

No lo aguantaré, no lo haré. Lo siento.

Tengo mucho miedo.