Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 44. Storm
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Capítulo 44. Storm

La grava cruje bajo los neumáticos mientras derrapo hasta detenerme frente a la cabaña. Voy a tener que darme prisa si quiero llegar al aeropuerto a tiempo para coger este maldito vuelo.

Ni siquiera me molesto en sacar las llaves; salgo disparado de la camioneta y me niego a perder el segundo extra que me costaría cerrar la puerta detrás de mí. Solo necesito coger algo de ropa limpia; ya resolveré el resto más tarde.

Sin embargo, justo cuando estoy a punto de entrar, veo a través de la ventana un parpadeo de llamas. El humo llena el aire, bajo y denso porque el frío lo aplasta contra el suelo.

Mierda.

La cabaña.

El instinto me impulsa hacia los dos escalones, con el corazón en la garganta. ¿Me dejé algo encendido? ¿Un cortocircuito?

Jesús. Por favor, no. No puedo perder esta cabaña. Es su hogar. ¿Qué coño voy a hacer si pierdo este lugar que guarda entre sus paredes los mejores recuerdos de mi maldita vida?

No puedo soportar perder a Briar y todo lo que vivimos aquí.

Sin pensármelo dos veces, atravieso la puerta a ciegas dispuesto a apagar el fuego yo mismo. Espero no tener que llamar por radio al equipo de rescate de montaña mientras veo la cabaña arder como una cerilla; sería una pesadilla de la que no sabría recuperarme.

Reviento la puerta y ya voy a mitad de camino hacia la cocina para abrir el grifo y buscar algo con lo que sofocar las llamas cuando mi cerebro por fin procesa la escena que tengo delante.

Unos ojos marrones encuentran los míos desde el otro lado de la estancia.

Está acuclillada frente a la chimenea, con un par de astillas preparadas para añadirlas al fuego creciente, cuya luz anaranjada le baña la piel con un resplandor suave.

Dios mío.

Justo ahí, en ese instante, casi caigo de rodillas.

No sé cuál de los dos se mueve primero. Chocamos en algún punto en mitad de la habitación y, cuando Briar se lanza hacia mí, la atrapo a mitad del salto, rodeándome con sus brazos y piernas.

—Pensé que te habías ido, que te habías cansado de esperar. No estabas aquí y el lugar se sentía tan frío... —La voz y el cuerpo le tiemblan, quebrados por los sollozos, mientras sus lágrimas húmedas me rozan el cuello.

Me quedo sin palabras, abrazándola tan fuerte que quizá ni siquiera pueda respirar, porque creo que yo tampoco puedo hacerlo.

—Cariño… —La voz se me rompe. La cabeza me da vueltas—. No es una forma muy educada de pedirme que te folle eso de colarte aquí por las noches. —Las palabras me salen como un graznido.

El dulce cuerpo de Briar se queda quieto un instante, todavía con la cara enterrada en el hueco de mi cuello, antes de empezar a temblar… esta vez de risa.

—Dios, cuánto te he echado de menos. —Tiene los labios carnosos y cálidos apoyados contra mi pulso acelerado—. Muchísimo. —Volver a sentir su calidez y su olor envolviéndome mientras me rodea la nuca bajo el ala del sombrero es el mejor regalo que podría haber imaginado.

—Has vuelto. —Respiro las palabras contra su pelo.

No quiero que suene como una pregunta. Con todo mi cuerpo necesito que sea verdad.

Lo digo como una plegaria, esperando que tenerla aquí, entre mis brazos, en nuestro hogar, signifique que ha venido para quedarse y que ya no tendré que volver a pensar en cómo seguir viviendo sin ella.

—En realidad, nunca me fui del todo. Me he pasado todo este tiempo soñando con estar aquí contigo. —Esas palabras susurradas encienden una esperanza luminosa dentro de mi pecho.

Giro nuestros cuerpos y la siento con cuidado sobre la encimera de la cocina.

Por mucho que quiera ir directo al dormitorio y no volver a asomar la cabeza en un mes entero —para recuperar todo el tiempo que ha estado lejos—, tengo demasiadas palabras dando vueltas por mi mente.

Están revueltas, enredadas y lejos de ser elegantes, pero espero con toda mi alma que consigan expresar lo que ella merece oír.

—Lo sien… —empieza, pero la interrumpo enseguida. Le sujeto la mandíbula con las manos y apoyo el pulgar sobre sus labios.

—Dame un segundo. —Me quedo ahí, entre sus rodillas, viendo destellos breves y fugaces de los momentos que compartimos en esta casa; fragmentos, esquirlas de escenas que he reproducido miles de veces en mi cabeza durante las últimas semanas.

Tiene las mejillas sonrosadas y húmedas por todas las lágrimas que ha derramado hace un momento; los ojos le brillan, enrojecidos y desbordados de emoción. Tengo que tragar saliva para deshacer el nudo que se me forma en la garganta mientras llevo la otra mano hasta su rostro.

Con ambas manos, deslizo las yemas de los pulgares por sus mejillas para secar cualquier resto de humedad e inhalo la manera en que se relaja y empieza a respirar con más calma bajo mis caricias.

Briar parpadea y yo le sujeto el cuello con suavidad, recorriendo la curva de sus mejillas y apartándole los mechones sueltos de la frente.

Alargo la mano para quitarme el sombrero y dejarlo caer sobre la encimera; luego me inclino hacia delante hasta apoyar los labios en su frente. Ella exhala un aliento tembloroso y la caricia de ese aire me roza la nuez.

—Por si no había quedado claro. —Bajando la voz, me aparto un poco y le sostengo la mirada, esperando que entienda cuánto significa este momento para mí—.

La vida sin ti es una tortura. —Le rozo las mejillas con los labios y Briar deja escapar un sonido suave—.

Por favor, quédate conmigo. —Beso—. Déjame formar parte de tu vida.

—Beso—. Te amo con toda mi alma y estaré enamorado de ti para siempre, cariño.

Esta vez dejo que mis labios por fin encuentren los suyos. Es tan suave como la recordaba, tan delicada como un pétalo de las flores del jarrón junto a la ventana, dulce como el aroma que llena esta cabaña cada día. Llena de esperanza, Briar me devuelve el beso.

Siento cómo sus dedos se cierran alrededor de mis brazos, dándole a mi pecho la seguridad que necesitaba para terminar de expandirse.

Nuestras bocas se mueven juntas en una sincronía lenta, exploratoria; es como el primer beso que nunca llegamos a tener.

Una caricia romántica y suave de labios húmedos y carnosos, digna de dos amantes que por fin consiguen cerrar la distancia y rendirse a la electricidad que crepita entre sus cuerpos.

Y, aun así, no cambiaría nada de ninguno de los momentos en que he tenido la suerte de probar la dulzura de esta chica.

Ella vibra contra mi boca y yo saboreo el milagro total de este momento.

Ahora que por fin he podido besarla, mostrarle de verdad lo que esto significa para mí, es como si las palabras encontraran por fin su sitio y estuvieran listas para desbordarse.

Me aparto apenas unos centímetros, dejando que nuestras miradas vuelvan a encontrarse, y le levanto ligeramente la barbilla con el índice.

El marrón profundo de sus iris parece más claro bajo el peso de la emoción.

Le brillan los ojos, las pupilas se le dilatan un poco cuando vuelvo a acariciarle los labios, porque soy adicto a tocarla, a sentir su calor, a tener a Briar Lane de nuevo entre mis brazos.

—Esta es la primera vez que me caigo de verdad —murmuro—.

He salido volando del lomo de un toro y he mordido el polvo incontables veces, pero esto…

esto me deja completamente rendido. Esta será la única vez que me enamore en mi vida, cariño.

Eres tú. Tú eres todo para mí. Siempre has sido tú y, durante todo este tiempo, ni siquiera sabía qué estaba buscando.

Su pecho sube y baja mientras me mira con los labios entreabiertos.

—¿Puedo decir algo? —susurra, acompañando las palabras con la sonrisa más pequeña del mundo, y esa mirada sella mi destino, porque ya quería darle el mundo entero antes y ahora haría cualquier cosa por verla sonreír así todos los días de mi vida.

—Depende —gruño, aunque no por ella, sino por la agonía de no saber qué va a pasar en los próximos segundos—. Pero ten en cuenta que este idiota está muerto de miedo porque vayas a romperle el corazón, Espinita. Así que trátame con cuidado, ¿vale?

Deslizo la mano hacia abajo hasta coger la suya y apoyármela contra el pecho.

—Storm… —La expresión se le suaviza mientras busca mis ojos y, justo antes de que diga lo que tenía pensado, lo ve.

Baja la mirada hacia el lugar donde sujeto su mano con la mía, aferrándome a ella como si estuviera a punto de ahogarme. Briar vuelve a mirar y frunce el ceño.

—Espera… ¿Qué es esto? —Intenta liberar su mano de la mía pese a mi protesta; inclina la cabeza a un lado mientras lee lo que me hice tatuar para que el mundo entero lo vea.

—Eres tú, cariño —digo mientras sus ojos recorren mis nudillos, incapaces de creer lo que está viendo.

Las letras que me tatué de forma permanente solo para ella. Para tenerla siempre cerca.

Aunque nunca hubiera vuelto conmigo.

B-R-I-A-R.

—¿Cuándo te lo hiciste? —Sus ojos, muy abiertos, vuelven a encontrarse con los míos mientras me gira la mano para que yo pueda ver las letras que ya sé que están ahí.

—Unos cinco minutos después de que te fueras.

—Me encojo de hombros y vuelvo a cogerle la mano para apretármela contra el pecho; queda atrapada bajo su nombre, justo encima de los latidos de mi corazón—.

No sabía bien por qué ese espacio seguía vacío.

No sabía que estaba reservado para llevar tu nombre, pero ahora comprendo por qué nada me parecía lo bastante importante como para grabarlo en la piel.

Haría cualquier cosa que me pidieras, cariño…

Te daría el mundo entero si pudiera… Y, aunque nunca hubieras vuelto, necesitaba llevarte conmigo.

—La otra mano, la que tiene tatuado mi propio nombre, sube a envolverle la mandíbula.

—Te quiero. —Briar deja que las palabras floten entre nosotros, sin imaginar siquiera lo mucho que significa para mí oírlas.

—Lo que ves aquí…, esta cabaña, esta vida…, es todo lo que puedo ofrecerte, Briar. —La garganta se me cierra mientras intento detectar el menor indicio de duda en ella—. Sabes que no podré darte una familia propia si eso era lo que querías…

Sus labios se curvan y empieza a negar con la cabeza antes incluso de que termine la frase.

—Nada de eso importa. Nunca he querido nada más que ser feliz, y eso es exactamente lo que me das tú. Mucho más de lo que jamás creí posible.

Llevándome la mano a la boca, le beso las yemas de los dedos.

—Nadie me había dicho algo así nunca —admito.

—Menos mal. Espera… —Abre un poco más los ojos, como si hasta ella misma se asustara de la intensidad de su confesión—.

Perdona, ¿está mal que sienta eso? ¿Es raro decirlo en voz alta?

Te quiero muchísimo y no sé si soportaría saber que alguien tuvo tu corazón antes que yo.

—La sonrisa más brillante se apodera de su rostro como el primer rayo de sol de la mañana.

—Puedes ser todo lo egoísta que quieras… Los dos sabemos que yo lo soy contigo. —Las comisuras de mis labios tiemblan mientras la veo sacar la lengua para humedecerse el labio inferior.

Nos quedamos ahí suspendidos, mirándonos el uno al otro mientras el crepitar del fuego y mi propio pulso llenan el silencio. Sé que, para mí, esto parece un sueño, y solo espero no despertarme.

—Sigo llevando el brazalete. —Lo dice en voz muy baja, casi insegura, mientras se muerde ese labio carnoso. Sus preciosos ojos vuelven a mi boca. Es como si no creyera que he estado a dos segundos de perder la batalla con mi autocontrol.

—Estás preciosa con cualquier cosa, Briar. —La voz me vibra en el pecho mientras dejo que la mano resbale hasta su garganta—. Pero especialmente con mi brazalete y mi tinta.

—¿Podemos añadir también el sombrero? —Los ojos le brillan mientras aprieto suavemente.

—¿Quieres ponerte mi sombrero?

Asiente deprisa.

—Es tu sombrero, es tu brazalete… Todo es tuyo, nena.

El pulso se me dispara.

—Dios mío. Ha quedado claro que te quiero, ¿verdad? —La voz me sale prácticamente como un gruñido.

Briar vuelve a asentir, con las pupilas enormes.

—¿Te gusta que te llame nena?

Si ya no estaba loco por esta chica, eso acaba de sentenciarme.

—Te quiero… Así que recuerda eso durante los próximos veinte minutos, más o menos, ¿vale?

—Por favor. Sí. —La respiración ya se le entrecorta y empieza a removerse inquieta.

Alargo la mano, cojo el sombrero del banco y se lo coloco sobre los rizos brillantes, sintiendo que acabo de tocar el cielo con las manos. Me tomo un momento para dejar que este instante me atraviese por dentro mientras la recorro lentamente con la mirada.

Mi chica. La mujer a la que no pienso soltar mientras me quede aire en los pulmones.

La levanto en brazos y siento que floto de felicidad por toda la cabaña.

Mis labios encuentran su oído y el escalofrío que le recorre el cuerpo entre mis brazos prende la chispa que llevaba esperando todo este tiempo.

—¿Lista para aprender algo, cariño?