Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Epílogo. Briar
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Epílogo. Briar

Epílogo Briar

Nada se siente tan bien como volver a esta montaña, a los brazos de mi vaquero y al rancho Devil’s Peak.

Es como si mis pulmones por fin pudieran expandirse del todo, y siento el corazón más ligero que nunca.

Esto parece un nuevo inicio en muchos sentidos; no podía borrarme la sonrisa de la cara mientras conducíamos bajo la calavera de buey colgante y el cartel que nos daba la bienvenida a la cima de Devil’s Peak.

En un abrir y cerrar de ojos, Layla me interceptó para tomar un café juntas mientras Storm se ponía a trabajar con los caballos.

Después de arrastrarme al interior —entre abrazos largos y cálidos que me hicieron derramar unas cuantas lágrimas por el alivio de estar de vuelta rodeada de gente buena, amable y cariñosa—, me confesó los detalles del plan que había puesto en marcha.

Resulta que Layla Birch es una buena amiga, una tumba sellada, y había guardado nuestro secreto durante bastante tiempo —desde aquella noche en que todos salimos a cenar— y, si yo no hubiera estado en la cabaña esperándolo la otra noche, ya había orquestado un plan para asegurarse de subir a Storm a un avión y mandarlo a buscarme.

—Urbanita, yo pasé todo un invierno atrapada en esta montaña con un hombre prohibido… Créeme, reconozco las señales.

Pasamos horas hablando, y Layla me puso al día de todo lo que me había perdido. Está emocionada porque Sage va a volver a Crimson Ridge para unas últimas reuniones con sus nuevos clientes antes de mudarse definitivamente a principios de verano.

Casi no puedo creer que esté sentada en la isla de la cocina de un precioso rancho, haciendo planes para cuando llegue el calor, respirando con la tranquilidad de saber que mi vida me pertenece y que puedo hacer lo que quiera.

Tengo todo un futuro por delante y parece que será increíble.

Ahora Layla se ha marchado a caballo a la cabaña en la que vive con Colt, en una parte más aislada de la propiedad.

Parece estar viviendo en todo su esplendor el sueño de cualquier vaquera.

Kayce anda por algún sitio, y supongo que Colt también.

Pero no he visto a ninguno de los hombres Wilder desde que llegué.

Aunque está de más decir que no me quejo de tener un momento privado para disfrutar del espectáculo de Storm trabajando duro.

Dios, verlo con las chaparreras me provoca algo que no sé ni cómo explicar.

¿Habré desarrollado una adicción a las chaparreras? ¿O será un fetiche? Sea lo que sea, haría cosas muy cuestionables para asegurarme de que acaben en el dormitorio en algún momento.

—¿Siempre te pones tan húmeda viendo trabajar a tu tío? —Storm está inclinado, con el martillo en una mano y el casco del caballo que está atendiendo en la otra. Mientras habla, levanta la cabeza lo justo para clavarme sus ojos azules y dedicarme una sonrisa traviesa.

—Cállate. Oh, Dios mío, no puedes decir esas cosas aquí. —Mis ojos recorren el granero de un lado a otro.

—¿Ah, no?

—No. —Siseo, estirando el cuello para asegurarme de que nadie pueda oír sus provocaciones.

Con un movimiento preciso, corta los restos de clavo que sobresalen del casco y lima los bordes hasta dejar la superficie lisa.

Lleva puesta una camiseta blanca, ceñida sobre sus anchos hombros, y con cada movimiento seguro de las herramientas me regala un auténtico espectáculo de pornografía de antebrazos.

Se le marcan los músculos; las venas y los tatuajes destacan desde los brazos hasta el dorso de las manos.

Se me seca la boca mientras lo observo sin disimulo. Me resulta increíble poder hacerlo, pero la sensación de que no debería sigue ahí… y, bueno, tengo que admitir que, por lo visto, eso todavía me pone más.

Storm deja el casco del caballo en el suelo con la herradura nueva y me atraviesa con una mirada cargada de intención. Me quedo atrapada en ese gesto penetrante mientras recoge otra herradura y el martillo sin romper el contacto visual.

Me estremezco, y Storm avanza hacia mí de inmediato, todavía con las herramientas en las manos.

—Enséñame la muñeca —dice, sin tocarme, pero recorriendo mi cuerpo con una mirada cargada de puro deseo, y eso aviva las brasas que ya ardían suavemente en mi interior.

Las manos me tiemblan un poco por la emoción. Me echo la manga del jersey hacia atrás y le enseño el brazalete de cuero. La prueba de que este hombre posee por completo mi corazón y mi alma descansa sobre mi muñeca.

Llevo puesto el brazalete.

—Mmm. Ya me lo imaginaba. —Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba.

—No podemos. Aquí no. ¿Y si alguien nos ve? —Retrocedo rápidamente mientras Storm sigue invadiendo mi espacio y, antes de que me dé cuenta, estamos dentro de la sala de arreos. Un intenso olor a cuero llena el aire y el pulso se me acelera frenéticamente.

—Solo me llevará un minuto.

La confusión y la excitación libran una batalla en mi interior, pero ya sé que este hombre podría pedirme cualquier cosa y que confío en él con cada fibra de mi ser para que me cuide. Incluso cuando corremos riesgos como este.

—Enséñame el coño.

Mis ojos se desvían hacia la puerta abierta de par en par a su espalda y niego con la cabeza.

—Storm, no.

—Llevas puesto el brazalete, ¿verdad? Quiero ver exactamente lo mojada que estás. Así que vas a bajarte los vaqueros junto con las bragas. Lo justo para que pueda verlo.

—Dios, nos vas a meter en un lío tremendo. —No hay manera de disimular cómo jadeo por él.

—Dice mi juguetito precioso, bien mojada. —Sus grandes manos aprietan las herramientas mientras señala un punto justo detrás de mí—. Ahora siéntate en ese potro y enséñamelo. Quiero ver ese dulce coño mío.

Tengo que tragar saliva antes de humedecerme los labios. Va en serio.

Con manos temblorosas, me bajo la cremallera, haciendo exactamente lo que me ha ordenado.

Mientras la tela se amontona alrededor de mis muslos, un escalofrío me recorre al sentir el roce del aire frío contra mi piel caliente; noto la dureza de la superficie cuando me echo hacia atrás sobre el potro de madera, colocándome justo en la posición que él quiere.

El corazón me late con ansiedad y deseo por tener cada migaja de su atención.

Adoro que toda su intensidad esté centrada en mí.

Storm se agacha sobre los talones, pero todavía no toca ninguna parte de mi cuerpo. En cambio, se dedica a inspeccionarme de cerca.

Mierda. La excitación que hervía lentamente en mi interior se transforma en un incendio forestal. Aun así, no puedo evitar mirar hacia la puerta abierta cada dos segundos.

—Enséñamelo bien, cariño. —Su voz suena peligrosamente grave. Cuando vuelvo la mirada hacia él, sus ojos azules se han oscurecido y las pupilas empiezan a dilatarse.

Puedo sentirlo. Esa sensación húmeda y resbaladiza. ¿Por qué me parece tan absurdo que esto me excite tanto? Saber que no puede apartar los ojos de mí, sin importar dónde estemos, me llena el pecho de una calidez extraña.

—Con las dos manos. Enséñame lo mojada que estás.

Se me escapa un gemido mientras hago exactamente lo que me pide.

—Oh, cariño, mira qué desastre. Mira el lío que has montado. Dios, te mueres por correrte sobre mi lengua y mi polla encima de este potro, ¿verdad?

—Por favor. —Me está volviendo loca, y él lo sabe bien.

Me lanza otra de esas miradas que me dejan al borde de derretirme allí mismo, en el suelo del granero, y luego se inclina hacia delante.

Sin apartar esos ojos de los míos, Storm me tortura con una única lamida lenta hacia arriba entre mis labios abiertos, emitiendo un leve gruñido mientras se impregna de mi sabor.

Estoy completamente a punto de estallar; lista para suplicarle que me devore allí mismo y olvidarnos del riesgo de que alguien entre.

Pero él lee todo eso en la forma en que me retuerzo buscando su lengua cuando vuelve a acomodarse sobre los talones y me dedica una sonrisa traviesa.

—Buena chica. Ahora, a trabajar.

—Dios mío. ¿Por qué? —No. No puede dejarme así. Estoy temblando, desesperada, y la tentación de terminar lo que él ha empezado resulta insoportable.

Se pone en pie, y su sonrisa es directamente diabólica mientras me contempla allí subida, completamente perdida por él.

—Esto es por hacernos agonizar a los dos durante todo el día.

—Ven aquí, cariño. —La voz de Storm está espesa de deseo—. Todo el peso. Sin sujetarte. Mójame la lengua y ahógame con esa dulzura.

Me sujeta de las caderas y me arrastra sobre su boca, y yo pierdo la cabeza.

Apenas hemos conseguido cruzar la puerta.

Mientras bajábamos de la montaña, tenía la sensación de estar a dos segundos de parar la camioneta y recrear nuestras escapadas al borde de la carretera.

Pero algo me dice que él tenía una muy buena razón para asegurarse de que llegáramos a casa y cerráramos la puerta.

A estas alturas, tengo la esperanza de que vayamos a escondernos del resto del mundo durante unos cuantos días.

Tenemos mucho tiempo perdido que recuperar. O, al menos, muchos orgasmos pendientes, si las intenciones de Storm son exactamente lo que parecen.

Mientras su lengua presiona y se desliza por mi entrada, noto sus dedos recorriéndome desde abajo, recogiendo toda la humedad resbaladiza que empapa mi centro.

Pero no me penetra como esperaba. Esta vez arrastra toda esa humedad hacia atrás y empieza a jugar allí.

Traza círculos lentos y acompasa el movimiento con su lengua experta.

—Oh, Dios mío —gimo bastante más alto de lo que pretendía, mientras una oleada de calor me inunda las venas.

Miro hacia abajo y es muy sucio verlo lamerme mientras estudia de cerca mi reacción. Aunque el brazalete de cuero en mi muñeca le da permiso para usarme como quiera, mi vaquero nunca me empuja más allá de mis límites.

La verdad es que llevamos acercándonos poco a poco a esto desde que volví y, aunque no puedo negar que estoy nerviosa, tampoco he dejado de imaginar cómo sería hacerlo con él.