Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 43. Storm
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Capítulo 43. Storm

Abro el grifo y coloco con cuidado el vaso bajo el chorro de agua, sujetando los tallos de las flores a un lado para que los pétalos delicados no se estropeen.

Todavía huele a pintura aquí, junto al fregadero. Las encimeras ya no están llenas de manchas y grietas; las sustituí por unas nuevas de madera pulida que quedan un millón de veces mejor.

Hasta cambié el sofá horrible.

El baño sigue en mi lista de tareas pendientes, pero el verano está a la vuelta de la esquina y Beau llegará en cualquier momento para supervisar los avances en su rancho, así que no tengo demasiado tiempo para seguir trabajando en la cabaña.

Cierro el grifo y vuelvo a la mesa de madera —lijada y aceitada en el mismo tono que las encimeras—; dejo las flores exactamente donde ella solía ponerlas.

Las flores de primavera cubren el paisaje como una alfombra alegre, pero sus colores vivos se me clavan en el estómago y me recuerdan que hace semanas que se marchó.

Y en todo ese tiempo no he sabido nada de ella.

La realidad pesa y me retuerce el estómago: puede que Briar no vuelva jamás.

No nos hicimos promesas. Espero que haya dejado a su asqueroso ex y quizá incluso el país.

Se merece vivir su vida y ser libre lejos de los designios de mi hermano.

A veces, cuando estoy tumbado en la cama por la noche enviándole esos mensajes que abre y lee al instante pero nunca responde, me imagino que estará recorriendo galerías de arte en París o paseando en una vespa por Roma o haciendo cualquier cosa parecida.

Luego empiezo a perderme en pensamientos oscuros sobre una interminable fila de tíos guapos ofreciéndose a hacerle de guía turístico, y eso me hace plantearme seriamente comprar un billete a Los Ángeles solo para intentar averiguar dónde está.

Nunca había sentido ganas de volver a esa maldita ciudad, pero por Briar me subiría a un vuelo directo sin pensármelo.

Me paso las manos por el pelo, recorro los pocos metros que me separan de la cocina y apoyo el culo en la encimera. Tengo una cantidad absurda de trabajo pendiente, mensajes de Beau a los que responder y una reunión programada con Lucas Rhodes sobre los caballos de su rancho.

Pero, en lugar de ponerme manos a la obra, me quedo mirando el sofá. Es un sustituto mucho más cómodo para la porquería que tenía antes, pero no puedo evitar pensar en Briar cada vez que lo miro.

La acaricio mientras ella frota su dulce coño contra mi muslo y nos besamos despacio, perezosos.

Mi brazalete en su muñeca me roza la clavícula y sus dedos tiran de mi pelo.

Le digo lo guapa que está y que es mi juguete perfecto; pero no le permito correrse, quiero llevarla hasta el límite.

Igual que ella está a punto de deshacerse, yo estoy a punto de confesarle cuánto la quiero.

Pero le succiono la lengua y gruño:

—Cabalga, cariño.

Briar me dedica una sonrisa y un gemido que es lo más bonito del mundo. Se inclina hacia delante contra mi boca al mismo tiempo que se desliza sobre mi polla, a horcajadas sobre mi regazo. Exactamente así es como quiero que sea cada puto día durante el resto de mi vida.

Es una tortura que cada rincón de esta cabaña me recuerde cómo era tenerla entre mis brazos. Juraría que puedo percibir su olor impregnado en las vigas de madera y en los muebles; de vez en cuando me llega un rastro de ella y me quedo paralizado.

En esos días amargos en los que estuve a punto de mandar toda cautela a la mierda e ir a buscarla, lo único que me detuvo fue saber que hacerlo solo empeoraría las cosas.

Si se despidió únicamente con una nota de dos palabras, no responde a nada de lo que le envío y no vuelve…, está bastante claro que no quiere que vaya tras ella.

No voy a forzar nada; esa chica se merece el derecho a tomar sus propias decisiones y, aunque me destroce pensar que está siguiendo adelante con su vida, también soy muy consciente de que puede encontrar algo mejor que un tipo como yo.

Aun así, soy un enfermo que sigue aferrándose a una pequeña chispa de esperanza, porque al menos Briar lee mis mensajes.

Los abre.

Eso tiene que significar algo…, ¿no?

—¿Storm? —El chisporroteo y la aguda estática de la radio atraviesan el laberinto de pensamientos en el que estaba perdido.

—Storm, ¿me recibes? —La voz de Layla llena la habitación.

Tras un par de pasos, cojo el auricular y respondo enseguida.

—Te recibo, Layla.

—Gracias a Dios. Te necesitamos en el rancho.

—¿Hay alguien herido? —Mierda. Me paso la mano por la nuca. Siempre he temido que le ocurra algo a Colt porque, con lo aislados que están, la ayuda médica tardaría demasiado en llegar.

—No, es uno de los caballos. Ha perdido una herradura.

Suelto una larga bocanada de aire. Al menos Colton Wilder no está desangrándose.

—No me des esos sustos, Layla.

—Bueno, en mi mundo esto sí es una emergencia. Winnie parece estar sufriendo, así que te agradecería muchísimo que trajeras tu culo hasta aquí ahora mismo.

La radio vuelve a crepitar.

—¿Por favor, Storm? ¿Por Winnie?

—Voy para allá. Déjala en el establo, procura que no se mueva demasiado y, si hace falta, véndale el casco hasta que llegue.

—Gracias. Sé que la dejarás perfecta.

—Llego enseguida.

Cuelgo la radio; no tengo tiempo para seguir pensando en la chica a la que echo de menos como si me hubiera arrancado el corazón para llevárselo consigo. Tengo demasiadas cosas pendientes, y esta visita al Rancho Devil’s Peak probablemente me ocupe el resto del día.

Cojo la chaqueta, el sombrero, me calzo las botas y hago una pausa frente a la puerta.

Antes de salir, saco el teléfono del bolsillo y hago una foto rápida al jarrón con flores.

No tengo tiempo para entretenerme ni para agonizar escribiendo un pie de foto, así que simplemente la subo a Instagram y la añado a la colección de imágenes diarias, aunque solo sea para intentar mostrarle a Briar que, aunque ella no esté aquí para verlo, este lugar siempre será su hogar.

Pongo la camioneta en punto muerto y salto a la grava del patio desierto. Cierro la puerta detrás de mí y voy directo hacia el granero, donde sé que Layla me estará esperando con Winnie, pero entonces oigo a alguien aclararse la garganta con brusquedad.

—Stôrmand.

Apoyado en la barandilla del porche de su lujosa propiedad, mirando hacia el rancho y a la cumbre de Devil’s Peak, Colton Wilder me lanza una mirada que no consigo interpretar. O, más exactamente, que no tengo ninguna gana de interpretar.

—Ven aquí. —Me hace un gesto con la mano para que me acerque, y cuando se incorpora veo que sostiene dos cervezas en una mano.

—No es muy propio de ti tomarte una tarde libre, viejo.

Me contesta con un gruñido y una inclinación de cabeza.

—Siéntate conmigo un momento.

—Entiendo entonces que los caballos están perfectamente bien —refunfuño mientras subo el corto tramo de escalones flanqueado por piedra y madera de cedro. Me uno a él en una de las ridículas sillas de exterior gigantescas que tiene en el porche.

—¿Y cómo se suponía que iba a traerte hasta aquí si no? —Me pasa una cerveza, se deja caer hacia atrás con un suspiro y se recoloca la gorra sobre el pelo oscuro.

—Te has aprovechado de mi punto débil. Sabes perfectamente que subiría hasta aquí arrastrándome por la nieve si alguno de los caballos estuviera herido. Pensaba que solo el imbécil de tu hijo hacía ese tipo de bromas.

—Deja de quejarte y bébete la maldita cerveza.

Estiro las botas delante de mí y dejo el sombrero sobre el asiento de al lado para hundirme bien en los mullidos cojines.

Los dos nos quedamos en silencio, escuchando el crujido de los pinos movidos por el viento, mientras un largo trago de cerveza baja suave por la garganta.

Al final, Colt vuelve a aclararse la garganta.

Me giro hacia él y entrecierro los ojos.

—No hay ningún problema con los caballos y parece que tienes algo atascado en la garganta, ¿quieres escupirlo?

—Mira, no soy ningún experto…, pero, hablando como alguien que casi lo echa todo a perder solo por no ir detrás de ella…

El calor me sube por la nuca a toda velocidad.

—No tienes ni puta idea de nada, cariño. —Casi me termino la cerveza de un solo trago. Intento averiguar cuánto cree saber Colt.

—Bueno, lo que sí puedo decirte con absoluta certeza es lo horrible que es despertarte una mañana y darte cuenta de que has dejado escapar a alguien especial.

Vacío los pulmones y me paso una mano por la cara.

—¿Tan evidente es?

Sus ojos bajan un instante hacia mis nudillos.

—Storm, tú y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo. Y en todos estos años, aparte de esos malditos caballos, nunca te he visto preocuparte de nada ni de nadie, ni siquiera de ti mismo.

Siento como si un elefante se me hubiera sentado encima del pecho, y me obligo a dar otro trago de cerveza.

—Duele como el demonio. No sé mucho, pero estoy convencido de que el amor es un hijo de puta. —Se inclina hacia delante con los codos apoyados sobre las rodillas.

—Sí, bueno, es un hijo de puta y juega sucio.

—¿Va a volver?

Me paso una mano por el pelo.

—No lo sé.

—¿Has sabido algo de ella?

—¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio? —gruño.

Colt se rasca la barba y me estudia en silencio.

—No pienso dejar que te pudras en esta montaña por cometer el mismo error que casi cometí yo.

—Sí, bueno, a ti te resultó fácil.

Suelta una carcajada.

—Sí. Facilísimo.

Yo mismo le vi vagar deprimido por el rancho durante casi medio año antes de decidirse a ir a buscar a su chica, así que sé perfectamente que entiende esa sensación de vacío constante y de corazón a punto de estallar.

Pero no quiero admitir que ya no sé cómo seguir respirando sin ella.

—Como alguien que estuvo a punto de perder lo mejor que le ha pasado en la vida, te lo digo muy claro: si tienes la más mínima idea de dónde está, ve a buscarla. —Colt hace girar la botella entre las manos mientras habla en voz baja.

Tirándome del pelo, cambio de postura.

—No sé nada de estas cosas, Colt. Ponme encima de un toro y puedo aguantar e incluso intentar no matarme. Dame caballos y puedo clavar herraduras y trabajar todo el día. ¿Quieres que arree ganado? Lo haré con un brazo atado a la espalda y montando un caballo cojo.

Dejo la botella casi vacía sobre la mesa, me crujo los nudillos y me inclino hacia delante. El estómago se me revuelve cuando por fin digo en voz alta lo que llevo semanas tragándome.

—¿Y si no quiere lo que tengo para ofrecerle? ¿Y si la razón por la que se fue es que lo jodí todo?

Él sigue mirando la cerveza, como si estuviera reviviendo su propia experiencia en este infierno del que yo no consigo salir.

—¿Crees que hiciste algo? —pregunta al fin Colt.

Odio no poder responder a eso. Lo que viví con Briar fue tan intenso y estaba tan entrelazado con su propio proceso de descubrir quién era…

Me he hecho esa misma pregunta demasiadas veces mientras daba vueltas en la cama noche tras noche.

Me he despertado empapado en sudor tras pesadillas en las que acababa haciéndole daño de algún modo.

Tal vez fui demasiado brusco con ella, demasiado exigente, demasiado desesperado.

Me aclaro la garganta y consigo responder:

—No lo sé, pero quizá estoy condenado a acabar solo… Sea como sea, ¿cómo coño voy a saber qué hacer?

Colt se encoge de hombros, como el inútil que es.

—No lo sabrás si no lo intentas.

—¿Tenéis hambre, chicos? —Una voz suave nos interrumpe. Layla, la mentirosa, aparece por fin.

Frunzo el ceño y niego con la cabeza.

—No pienso volver a responder a la radio cuando haya una emergencia de verdad.

—¿Cómo? —Me mira con esos ojos verdes en los que no hay ni rastro de arrepentimiento. Su mirada, cargada de curiosidad, salta rápidamente entre Colt y yo, intentando calcular cuánto hemos hablado. Si Colt sabe lo de Briar, entonces está claro que ella también.

—Winnie no se merecía que la arrastraras a tu red de mentiras, Layla. —La fulmino con la mirada y ella me devuelve una sonrisa radiante, sin ninguna disculpa.

Se acomoda en el reposabrazos de la silla de Colt y enseguida le roba la cerveza para darle un sorbo.

—¿Puedo compensártelo con una cena?

Intento pensar en una excusa para largarme; lo último que me apetece es pasarme la noche viendo a estos dos tortolitos.

—No finjas que no tienes hambre. Sé cómo comes. Quédate un rato; incluso hay una cama si quieres pasar aquí la noche —dice Colt.

—Qué acogedor, ¿no? ¿Cómo funciona eso? ¿Tú y Kayce bajo el mismo techo? ¿No le resulta incómodo? —Levanto una ceja.

Layla se ruboriza al instante.

Me lo tomo como un sí.

Estos dos no parecen capaces de pasar más de cinco segundos sin tocarse, así que no me sorprende lo más mínimo.

—En realidad vivimos arriba, en la cabaña de la colina, pero noches como esta nos quedamos aquí, en la casa principal. —Colt se pone de pie—. Kayce va a pasar unos días en Crimson Ridge. Está entrenando en el rancho de Rhodes.

—Me alegro. Le vendrán bien unas cuantas montas de bronco salvaje antes de que empiece la temporada.

—Vamos, a ver qué encontramos para darte de cenar. —Layla me da una palmada en el hombro cuando pasa junto a mi silla—. ¿Te importa ayudar cortando unas patatas?

—Mientras no me preguntes nada, encantado.

—Perfecto. Layla frunce los labios, aunque la expresión se le suaviza un poco—. Solo voy a decirte que, si necesitas ayuda para comprar el próximo vuelo disponible, aquí me tienes. Dame la señal y te llevo al aeropuerto más rápido que un bombero.

A mi habitual ceño fruncido responde con una sonrisa que deja claro que conoce todos mis secretos.

Colt y Layla entran en la casa, pero yo me quedo fuera un momento más antes de seguirlos. El wifi aquí es una mierda, aunque a veces funciona en el porche, y hoy parece que tengo suerte, así que saco el teléfono para revisar los mensajes.

Paso de largo las notificaciones de Beau, otras consultas de trabajo y los comentarios idiotas en mis publicaciones de redes sociales.

Solo busco un nombre.

Solo abro una conversación.

Y confirmo lo que ya sabía.

No hay respuesta.

He cometido demasiados errores en mi vida. No voy a destrozar la de Briar por egoísmo. Aun así, ella leyó mi último mensaje y, si lo leyó, entonces también vio las fotos diarias que le envío de la cabaña, de las flores y de todas las cosas que haría por ella si me dejara cuidarla para siempre.

Jesús. Quizá Colt tenía razón y necesito ir a enfrentarme a la realidad con mis propios ojos. ¿Cuánto tiempo más voy a seguir sentado aquí sin saber nada?

Bloqueo la pantalla del teléfono, me lo guardo en el bolsillo trasero y, mientras me quito las botas junto a la puerta, ya estoy gritando:

—Layla.

Ella asoma la cabeza desde la cocina y una sonrisa enorme le ilumina la cara al reconocer mi ceño fruncido y mi expresión decidida.

—¿Vamos a recuperar a la urbanita? —La emoción hace brillar sus ojos verdes.

—Que cocine él… —La agarro por los hombros y la conduzco hacia el despacho y el ordenador de Colt—. Necesito que me ayudes a reservar un vuelo.