Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 42. Briar #2
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Capítulo 42. Briar #2

A Antoine se le podría reventar una vena a juzgar por su aspecto.

—¿Alguien necesita sentarse? ¿Queréis un vaso de agua? —Sonrío mientras ladeo la cabeza.

—¿Qué mierda es esto, Briar? No pensaba que fueras a rebajarte a inventarte mentiras escandalosas. Deberían encerrarte. —Por fin mi hermana recupera su lengua viperina.

—No. Lo que estoy haciendo es daros la oportunidad de no acabar en la cárcel por encubrir a un violador.

Respiro hondo y me aparto el pelo hacia atrás.

—Tegan Mitchell no especificó a quién se refería en la nota que dejó, y le vino muy bien a nuestro padre que todo el mundo asumiera que era su marido quien la había llevado a quitarse la vida, aunque solo estuvieran casados sobre el papel.

Golpeteo los archivos que tengo delante y atravieso a mi hermana con una mirada imperturbable.

—Resulta que era a nuestro padre a quien se refería en la nota.

No me extraña que tuviera tanta prisa por encubrir todos esos detalles sórdidos.

Quizá ella no pensaba con claridad cuando escribió algo tan ambiguo, quizá seguía teniendo miedo y por eso no lo señaló directamente, o quizá simplemente intentaba proteger a su recién nacido de su propio padre.

Sea como sea, a sus padres sí les contó toda la verdad para intentar justificar el dolor que sufrirían.

El aire es tan espeso aquí dentro que podría cortarse con tijeras.

—Dudo que queráis revisar ahora mismo toda esta documentación, pero le he pedido a mi abogada que os la envíe por correo electrónico para que podáis disfrutarla en un momento más conveniente.

Aunque, Cris, tú conoces bien estos papeles, ¿verdad?

Sabes perfectamente que el hijo de Tegan Mitchell nació antes de que ella muriera.

Y, aunque no quiero hacer suposiciones, dudo que necesites leerlos, porque eras plenamente consciente del empeño de nuestro padre en mantener la versión de que seguía embarazada cuando murió.

—Con esto no vas a conseguir el divorcio, Briar. Puedes cargarte tu fortuna si quieres, pero yo sigo teniendo derecho a las conexiones con Lane Enterprises que me da tu maldito apellido en nuestro certificado de matrimonio.

Antoine se apoya en la encimera, mirándome con los ojos entrecerrados.

Me enderezo y le sostengo la mirada.

—De hecho, sí. Porque Montgomery Media organizaba los eventos corporativos que, por alguna extraña razón, siempre incluían actuaciones de cierto equipo de animadoras de instituto.

No es solo que mi padre acosara a Tegan Mitchell cuando todavía era menor de edad; es que la agencia de tu familia se aseguró de que pudiera salirse con la suya delante de todo el mundo.

Me fulmina con la mirada.

—Eso es mentira. No puedes demostrar nada.

—¿Los pagos realizados directamente desde Montgomery Media a la cuenta bancaria de una niña de catorce años te parecen prueba suficiente? ¿Y las transcripciones de mensajes y correos electrónicos? Puede que Tegan fuera joven, pero era lo bastante lista como para guardar pruebas.

Antoine maldice entre dientes y los nudillos se le quedan blancos contra la encimera.

—Eres una cerda asquerosa.

—Y tú eres un puto infiel que va a concederme el divorcio ahora mismo.

Vas a firmar esos papeles; de lo contrario, mi abogada enviará su propia nota de prensa a los medios…

—Miro la hora en la pantalla del teléfono—.

Ah, dentro de unos diez minutos, más o menos.

Si he calculado bien las zonas horarias, debería llegar justo a tiempo para los titulares de la tarde en todo Reino Unido y Europa, implicando a Montgomery Media en una red de prostitución infantil y en la posterior muerte de Tegan Mitchell.

Me cuelgo el bolso al hombro y recojo las copias restantes de las pruebas, que ni siquiera necesito enseñarles.

—Pero ¿qué voy a saber yo? Solo soy una zorra estúpida, ¿no?

—Papá se arrepintió de haberte tenido. —Mi hermana escupe su última dosis de veneno, pero ya no me afecta. Estoy demasiado cansada.

—Teniendo en cuenta que llevó a una joven a quitarse la vida, coaccionó a su propio hermano para que se casara mientras estaba bajo los efectos del alcohol, y se negó a reconocer a un hijo que era suyo…, me importa una mierda lo que pensara de mí.

—Los Mitchell firmaron un acuerdo de confidencialidad. Haré que pasen por el juicio más doloroso y caro que se me ocurra si dicen una sola palabra. —Cris está casi morada viendo cómo Lane Enterprises se derrumba a su alrededor.

—Oh, ellos no van a decir nada. Pero el consejo directivo de la empresa ya ha sido informado y notificado de mi último acto como accionista principal.

Han aprobado un nuevo fideicomiso y pagarán inmediatamente mis acciones.

También expliqué que papá me comunicó personalmente que quería abonar con carácter retroactivo los beneficios de las acciones correspondientes a los últimos diez años…

Ya sabes, como contribución a la importante labor de las agencias de adopción de todo el país. Está todo detallado en la página cinco.

Cris pasa las hojas hasta llegar a la parte donde aparece la donación anual de siete cifras, junto con la cantidad total del pago retroactivo de la última década.

—Puede que tú y papá le hayáis arruinado la vida a nuestro hermano, pero me alegra saber que, al menos, tendrá estabilidad económica. Y estoy convencida de que ese chico vivirá una vida mucho más sana y tranquila sin saber absolutamente nada de su conexión con los Lane.

Mientras hablo, observo cómo Antoine se inclina sobre los documentos, bolígrafo en mano, aunque todavía sin decidirse a firmar en las líneas marcadas.

—Mira, Antoine… Podemos hacer esto ahora, con unas firmas rápidas, o podemos despedazarnos en una guerra pública.

Piénsalo así: dame mi libertad y tú serás libre de ir a restregarle tu miembro diminuto a tantas socialites de los Hamptons como quieras, y de codearte con todos sus papis del club de la Ivy League hasta pescar alguna mujer florero dispuesta a quedarse felizmente sentada en esta casa haciendo el papel de ama de casa de Los Ángeles.

Parece a punto de replicar, pero entonces mira el reloj.

—Bien. Vuelve corriendo a tu jueguecito incestuoso.

Riéndome, me cruzo de brazos.

—No espero que lo entiendas, porque nunca te ha importado nada ni nadie aparte de tu gigantesco ego.

Así que no; lo que voy a hacer es vivir mi vida.

Voy a hacer algo bueno en este mundo, y voy a hacerlo junto a un hombre que me apoya y me entiende mejor después de compartir con él unas semanas que vosotros en veintiséis años.

Le arranco los papeles en cuanto termina de firmar la última hoja y compruebo rápidamente que tengo todo lo que necesito.

Mi hermana ha permanecido en silencio todo este tiempo, y, cuando la miro, se abalanza hacia mí llena de rabia, rodea la encimera de la cocina y me cruza la cara de una bofetada.

—Desaparece de mi vida, Briar. Eres lo peor que me ha pasado jamás. —La voz le sale temblorosa, aguda y chillona.

El golpe me provoca un sarpullido ardiente bajo la piel. Escuece como el demonio y me deja la cabeza dando vueltas.

En este mausoleo de mármol y cristal podría oírse el vuelo de una mosca.

—¿Estás bien, Briar? —La preocupación en la voz de Clara atraviesa el silencio desde el altavoz.

—Estoy bien, gracias, Clara. Lista para el chófer. —Frotándome la mandíbula con la mano libre, miro a mi hermana sin un ápice de ira. Solo siento lástima por la infelicidad que ha decidido alimentar dentro de sí durante todos estos años.

—Crispin, espero no volver a verte en lo que me queda de vida, pero hazme un favor y ve a terapia… o, mejor todavía, ponte a cortar leña.

Giro sobre mis talones y camino a grandes zancadas hacia la puerta principal, sintiendo cómo el peso de los últimos años de mi vida se desvanece con cada paso que me acerca al brillante sol del mediodía.

Por primera vez en mi vida, soy oficialmente libre.

Un temblor de ansiedad me sacude en lo más profundo del pecho mientras acaricio el brazalete que todavía llevo en la muñeca; solo espero que el hombre al que abandoné haya seguido esperándome todo este tiempo.