Capítulo 42. Briar
—¿Qué echas de menos de cuando competías? Ya sabes, de tus días como campeón de rodeo y todo eso.
—Las lesiones seguro que no. —Mi vaquero hace una mueca—.
Por suerte, nunca me pasó nada grave como a otros chicos.
Un par de costillas rotas, algunos músculos desgarrados…
Pero había noches en las que alguien entraba en el cuadrilátero esperando ganar un cinturón y, en lugar de volver a casa después del espectáculo, acababa en cuidados intensivos.
—Sinceramente, no sé cómo podías hacerlo. —Apoyo la cabeza sobre su amplio pecho, y el latido de su corazón bajo mi oído me resulta extrañamente reconfortante.
—¿No te gustaría que siguiera siendo ese tipo? —Sus dedos juegan con mi pelo mientras estoy acurrucada a su lado, y hay algo tenue y vulnerable en esa pregunta, una pequeña rendija abierta a las complejidades de Stôrmand Lane—. Ese por el que babeas viendo vídeos como una adicta.
El tono burlón de su voz no consigue ocultar que realmente quiere saberlo.
—En absoluto. —Levanto la cabeza para que nuestras miradas se encuentren, alargo la mano y le acaricio los labios con los dedos—. Me gusta más este hombre.
Storm enrosca un mechón de mi pelo entre los dedos, pensativo, y me besa suavemente las yemas.
Todo mi cuerpo se derrite.
Lo quiero más de lo que creía posible.
—Echo de menos la sensación de familia que había en la gira…; éramos un grupo muy unido. Viajábamos juntos y nos apoyábamos mutuamente. Nunca había sentido algo así, pero me lo quitaron casi de la noche a la mañana después de la muerte de Tegan.
Mientras habla, observo el movimiento de su garganta y siento la vibración de su voz recién despierta; me quedaría aquí para siempre si pudiera. A pesar de todos los dolores del pasado, hemos conseguido seguir adelante incluso en los días en los que parecía imposible.
—No los culpo —añade Storm—. Seguro que los patrocinadores, los representantes y todo lo que rodea a una carrera profesional les presionaron muchísimo.
No tenía sentido arrastrarlos conmigo cuando el circuito profesional decidió que yo ya no encajaba en su sistema, así que fue más fácil desaparecer, borrarme por completo del mapa.
Me duele el corazón por él; odio que las acciones de alguien a quien apenas conocía le arrebataran su carrera.
—Ojalá hubieras tenido a alguien a tu lado.
—Beau estuvo ahí, incluso cuando yo me comportaba como un capullo que no merecía ni un minuto de su tiempo.
Por eso haría cualquier cosa por él. Fue de los pocos que siguieron en contacto conmigo, aunque era el más famoso de todos y podía haber pagado un precio muy alto por ello.
Beau vino a verme, durmió en ese sofá de mierda y se aseguró de que no acabara abrazado a una pistola cargada, a una botella o a mis propios pensamientos oscuros.
Permanecemos tumbados en silencio un rato mientras sigo las líneas del tatuaje que le recorre el lateral del cuello y él continúa jugueteando con mi pelo.
—Una vez compré pastillas —susurro una confesión que nunca le he contado a nadie—.
Unos seis meses después de la boda, estaba sentada en la bañera a las tres de la mañana y me bebí media botella de vodka…
Pero no fui capaz de seguir adelante. Creo que llegué a tragarme dos pastillas y luego acabé llorando hasta quedarme dormida.
Storm emite un sonido suave y aterciopelado que me recorre entera.
Es cálido, reconfortante y, mientras esa vibración se expande como una oleada tibia, me estrecha con más fuerza entre sus brazos.
Rodeada por su pecho y encerrada con seguridad en aquellos brazos poderosos, el dueño de mi corazón inspira hondo por la nariz.
—Me alegro de que sigas aquí, cariño.
—¿Estás segura de que la propiedad de Crimson Ridge es intocable? —Casi he desgastado las baldosas de esta lujosa cocina de tanto ir y venir mientras hablo con Clara por teléfono.
Me importa una mierda que Antoine o Crispin puedan estar grabando o escuchando toda esta conversación; de hecho, me alegra que oigan lo que mi abogada tiene que decir.
Solo añade más peso al hecho de que, aunque amenacen con borrar mi nombre de todo lo relacionado con Lane Enterprises —de donde no pienso aceptar ni un céntimo a partir de ahora—, tengo la tranquilidad de saber que no pueden tocar mi hogar.
—No, Briar. Está completamente a salvo; esa propiedad, de hecho, siempre ha estado a tu nombre. Nunca perteneció legalmente a tu padre. Puedo ver en los documentos que tengo delante que el fideicomiso fue creado poco antes de tu nacimiento por Jan e Ingrid Lane.
—Mis abuelos. —Exhalo con un temblor en la voz.
—Sí, dejaron la propiedad de Crimson Ridge registrada en un fideicomiso a tu nombre; legalmente, tú eres la propietaria. Pero hasta que cumpliste los dieciocho años, tu padre figuraba como responsable legal… Ya sabes, por ser menor de edad.
—Así que me estás diciendo que mi padre me lo ocultó.
—No quisiera hacer suposiciones…
—Me lo ocultó. —Asiento para mis adentros mientras observo el fantasma de mi reflejo en el cristal que da a la piscina.
—Parece que no le interesaba que supieras de su existencia.
—Esas son palabras elegantes de abogada para decir: «Tu padre era un gilipollas de primera categoría».
Clara se ríe y no responde.
—Bueno, ya sabemos que le gustaba esconder cosas, así que esa es la situación.
—¿Cómo te encuentras con todo esto? Recuerda que estoy aquí si necesitas preguntarme cualquier cosa.
Mientras habla, oigo abrirse la puerta principal y unas voces resonando sobre las baldosas pulidas.
—Bien, ya están aquí. Vamos a hacer esto. ¿El coche está esperándome? —Me muerdo el interior del labio y bajo un poco la voz.
—El conductor está aparcado fuera. Si intentan algo, tengo a mi contacto de la comisaría local haciendo una patrulla de rutina por tu calle, y pueden estar en la casa en cuestión de minutos.
—Solo asegúrate de que la detenida no acabe siendo yo.
—A menos que los muerdas de verdad, todo irá bien —dice Clara sin alterarse—. Aunque, pensándolo mejor, haz lo que quieras; estoy segura de que puedo convencer al juez de que tropezaste y caíste con los dientes por delante.
Exhalo despacio, pongo el teléfono en altavoz y lo dejo sobre la encimera blanca y reluciente, exactamente en el mismo lugar donde dejé las pruebas de la descarada infidelidad de Antoine hace un par de meses.
Mientras observo cómo entran mi futuro exmarido y mi hermana, me obligo a esbozar la sonrisa más falsa de la que soy capaz dadas las circunstancias.
—Briar, esto tiene que ser rápido. Tengo reuniones toda la tarde. —Antoine ni siquiera levanta la vista del teléfono. Mi hermana entra detrás de él; es evidente que sigue llevando el palo bien clavado en su huesudo culo.
—Oh, no te preocupes, no tardaremos nada. De hecho, yo también tengo una reunión con mi abogada dentro de poco, así que lo mejor para todos es que vayamos al grano.
Lanzo un vistazo rápido al teléfono; el nombre de Clara sigue iluminando la pantalla porque continúa escuchando.
Cris pone los ojos en blanco.
—Típico de Briar. Todo tiene que girar en torno a ti, eres una histérica.
¿De verdad era necesario que viniéramos hasta aquí para esto, sea lo que sea?
—Deja el bolso sobre la encimera y se ajusta la coleta.
Mi hermana lleva un conjunto color crema de sujetador deportivo y mallas de diseño.
Un uniforme digno de una pija de Los Ángeles.
Ignorando su comentario, recojo uno de los montones de papeles preparados delante de mí.
—Antoine, necesito tu firma en estos documentos, por favor.
—Deslizo hacia él los papeles del divorcio con sus notas adhesivas y un bolígrafo—.
Crispin, no quiero ni necesito nada de ti, pero esto debería ayudar a que no tengamos que volver a cruzarnos jamás: aquí tienes mi comunicado y la notificación legal ya enviada al consejo de Lane Enterprises.
Recojo el segundo montón de papeles y se lo entrego.
En mi cabeza empieza la cuenta atrás.
Cinco.
Cuatro.
Antoine arruga la nariz y levanta varias páginas con un dedo antes de dejarlas caer de nuevo; luego me dedica una mueca.
Tres.
Crispin hojea los primeros párrafos de sus papeles y se echa a reír.
Dos…
—¿Me estás jodiendo? —escupe Antoine—. Ya te dije que este matrimonio no será más que el trato comercial que me prometió tu padre. No pienso firmar esto.
—Eres la puta más estúpida del mundo. —Mi hermana niega con la cabeza—. ¿Cuál es tu plan? ¿Volver corriendo a las montañas, revolcarte con nuestro tío y tener hijos con él como una puta paleta? No podrás escapar de los titulares.
Me dedica una sonrisa espantosa, y Antoine hace lo mismo. Su expresión se deforma poco a poco en esa mueca que me deja claro que tiene preparadas las amenazas y que pretende volver a ponerme en mi sitio.
Esta vez no, imbécil.
—Aquí tenéis vuestro titular. —Le doy la vuelta a la primera página del tercer montón de documentos y les entrego una copia a cada uno—.
¿Qué os parece algo escandaloso como: «El fundador de Lane Enterprises acosó a una menor, la dejó embarazada y luego se negó a reconocerla tanto a ella como al bebé»?
Apenas miran los papeles antes de clavarme la vista encima.
—Oh, sí, aclaremos ese pequeño detalle, ¿verdad, Cris? Seguiste el ejemplo de papá difundiendo esos rumores de mierda de que Tegan Mitchell estaba embarazada, aunque sabías bien que el bebé nació antes de que ella muriera.
Interpreto su silencio como mi oportunidad para continuar.
Esta vez saco las copias de la fotografía que muestra a mi padre con el brazo alrededor de la cintura descubierta de una adolescente muy joven. Sonríe a la cámara con sus catorce años recién cumplidos, rizos rubios, carmín rojo y un lunar inconfundible sobre el labio superior.
—¿O qué tal esto?: «Erik Lane abusó de una menor: encubrió su depravación colocando a la chica delante de su hermano cuando estaba borracho, solo para poder utilizar la excusa de que era la esposa de Stôrmand Lane y mantenerla escondida en su apartamento».
Cris se pone roja como un tomate.