Capítulo 41. Briar
Sentada frente a la abogada, vestida con un blazer y una falda azul, apoyo la cabeza entre las manos. Clara es paciente y parece comprensiva con mi situación; o, al menos, le pago lo bastante bien como para que lo finja.
Llevamos semanas revisando el patrimonio de mi padre, su testamento y todos los documentos a los que tengo acceso como una de las herederas designadas de Lane Enterprises. Han sido semanas sentada en medio de un mar de documentos, buscando algo que ni siquiera sé muy bien qué es.
Pero sí sé que, cuando lo encuentre, lo reconoceré.
—Briar, ¿por qué no te vas a casa… y descansas un poco? —Sus tacones repiquetean mientras se levanta de la silla, al otro lado de la mesa de conferencias que hemos cubierto con pilas de carpetas y cajas.
A eso se suma una provisión infinita de documentos electrónicos que tendremos que revisar con atención si esta búsqueda resulta infructuosa, pero mi instinto me dice que hay que empezar por los papeles impresos.
Si hay algo que merezca la pena, estará enterrado entre archivos como estos y no en un documento digital de fácil acceso.
Mi padre era así de inteligente.
—Clara, sabes bien que preferiría dormir aquí antes que volver allí.
Hace una mueca.
—Dios, cómo me gustaría poder darle una patada legal en los huevos a ese hijo de puta.
—Lástima que las conexiones e hilos mediáticos que tiene sean mucho más poderosos que las cenas a domicilio que compartimos nosotras.
—Ya… Pero te aviso de que no voy a dudar en esparcir rumores falsos sobre él. Estoy pensando en un fin de semana con una prostituta barata y sífilis confirmada.
Suelto una carcajada y niego con la cabeza.
—No sé si eso lo mejora o lo empeora, pero hablando de Antoine, puede que ni siquiera sea falso.
Cuando estiro la mano hacia mi vaso de agua, el teléfono empieza a vibrar sobre la mesa.
Cada célula de mi cuerpo se pone en alerta con la esperanza de que el nombre en pantalla sea el de mi vaquero, pero en lugar de eso me recibe el sabor amargo de Crispin.
—Adelante, sal a tomar el aire y a conectar un momento con la naturaleza mientras te ocupas de eso. —Clara señala el teléfono con la cabeza—. A menos que quieras que me quede de testigo de sus tonterías.
Pulso el botón verde y le hago un gesto con la mano mientras me levanto de la silla y me llevo el teléfono a la oreja.
—¿Dónde estás? —dice mi hermana.
—Hola, Cris.
—Déjate de estupideces, Briar.
—Ya sabes dónde estoy, ¿o el rastreador de mi teléfono no funciona esta noche? —Espero que pueda oír la dosis extra de azúcar que he vertido en mis palabras.
—Sé lo que estás haciendo.
—Oh, no me cabe ninguna duda. —Mientras pulso el botón del ascensor, observo cómo la luz asciende para encontrarme aquí, en la décima planta.
—Si causas algún problema, prepárate para perderlo todo. —Le tiembla la voz—. No recibirás ni un céntimo de Lane Enterprises… Ni acciones. Ni nada de la cartera inmobiliaria… Me aseguraré de que te quedes sin nada.
—Haz lo que quieras, Cris. De verdad que me da igual.
Es cierto. No tengo ningún interés en el negocio de mi padre ni en heredar un céntimo de su imperio.
Lo que me importa es el hombre al que amo y protegerlo de estas criaturas venenosas.
—Es patético… Lo que sea que estés intentando conseguir… No vas a encontrar nada; solo vas a desperdiciar años de tu vida sentada en el despacho de un abogado.
Mientras entro en el ascensor, me pellizco el puente de la nariz. Al menos las oficinas están tranquilas a estas horas de la tarde, y tengo el trayecto hasta la planta baja para estar sola.
—¿Qué preferirías que hiciera? ¿Sentarme a escuchar a Antoine follarse a sus chicas de turno al otro lado del pasillo? ¿Esperar a que me viole una noche cuando esté colocado y borracho como una cuba?
Se me tensa la mandíbula. Cris es una miserable y una amargada, y no tengo por qué soportar su ira.
—Te lo mereces. —Me ladra a través del teléfono—. Te vendría bien que te hiciera algo así.
No.
Puede.
Ser.
—¿Cuál es tu problema? —Me cuesta mucho no ponerme a gritar mientras el ascensor emite un sonido, las puertas se abren y el vestíbulo vacío aparece ante mí.
Todo el cuerpo me tiembla de rabia.
Cruzo rápidamente el suelo de mármol, corriendo hacia algo que no es exactamente aire fresco en esta ciudad maldita, pero donde al menos podré respirar.
—Tú. Tú siempre has sido el puto problema. —Entonces oigo a la niña pequeña, herida y angustiada, que sigue habitando en su voz. Aunque esté hablando con mi hermana sociópata, la verdad que se esconde detrás de su mal genio asoma por un instante.
—Crispin, solo era un bebé. Hicieron todo lo posible por detener la hemorragia. —Aquí fuera hay un amplio patio rodeado de cristal y mármol pulido, con una fuente ornamental en el centro. Las luces brillan a través del agua burbujeante.
—Me la arrebataste. Fue culpa tuya.
Siento que hemos tenido esta conversación mil veces a lo largo de los años, pero ella siempre se niega a asumir la responsabilidad de su propio trauma, provocado por la coincidencia entre mi nacimiento y la pérdida de nuestra madre.
La mujer a la que nunca conocí.
—Te he dicho muchísimas veces que ojalá hubiera alguna manera de cambiar lo que pasó, pero echarme la culpa es una actitud de mierda, por no decir que no es sana.
—Que te jodan, Briar.
Exhalo y dejo que los dedos se hundan en el agua que cae.
—Búscate un terapeuta, cariño. O mejor aún, échate un polvo. Probablemente te sirva diez veces más y quizá afloje el palo que tienes metido en el culo.
Con eso, cuelgo y me sacudo el agua de la otra mano.
No voy a seguir poniéndome en la línea de fuego para recibir más de su veneno.
Llevamos veintiséis años atrapadas en esta dinámica y ya no aguanto más siendo su saco de boxeo emocional.
Es adulta; que se vaya a la mierda. No pienso seguir permitiendo que me hagan responsable de la nube tóxica que arrastra mi hermana ni de cómo deja que la envenene una y otra vez.
Hay personas que no quieren ver las cosas de otra manera, sin importar cuántas oportunidades se les den para buscar ayuda o encontrar una salida, y Crispin Lane es ese tipo de persona.
—¿Briar? —Me giro hacia la voz agitada que me llama.
Parece que Clara acaba de bajar las escaleras corriendo, con los ojos abiertos de par en par y las mejillas sonrosadas.
—¿Qué pasa? —Aprieto el teléfono con más fuerza. Dios, espero que esto no sea una mala noticia, porque después del escozor del bofetón verbal de Crispin, no sé cuánto más puedo aguantar esta noche.
—Creo que tienes que venir a ver esto.
Compruebo la dirección en el teléfono por tercera vez antes de reunir por fin el valor para llamar al timbre del bungaló de las afueras, con adornos de mariposas repartidos por el jardín delantero.
El corazón no ha dejado de golpearme el pecho desde que he salido hacia aquí.
He pasado toda la noche en vela ensayando qué decir.
¿Y si no hay nadie en casa?
¿Y si se han mudado? ¿Y si se fueron de la ciudad?
Todo esto podría no servir de nada y yo volvería a quedarme solo con la esperanza y las plegarias desesperadas para acompañarme mientras siga atrapada aquí.
Ha sido el sufrimiento más largo de mi vida, y siento los dedos entumecidos por la ansiedad que he soportado durante todas estas semanas.
Justo cuando estoy considerando volver a llamar, oigo movimiento dentro.
La puerta se entreabre con la cadena de seguridad puesta, y me recibe una mujer de pelo gris cortado a lo garçon y unos ojos azul pálido ocultos tras unas gafas de lectura.
—¿Es usted la señora Mitchell?
—¿Quién pregunta? —Me observa de arriba abajo con cautela.
—Me llamo Briar. Siento presentarme sin avisar, pero esperaba que pudiéramos hablar unos minutos. —Me sudan las manos.
—¿De qué se trata?
—He venido a hablar de su hija, Tegan. —La veo suavizarse en cuanto pronuncio el nombre de la menor de sus hijas—. Y también creo que conoció a mi padre, Erik Lane.
La mujer se queda paralizada y, durante un momento, parece a punto de cerrarme la puerta en las narices.
—Graham, tenemos visita. —Llama por encima del hombro mientras cierra un poco la puerta, y el sonido metálico de la cadena al deslizarse anuncia que me dejará pasar.
—Gracias. Siento muchísimo molestarla.
—Briar, ¿verdad?
Asiento mientras entro; veo de inmediato el retrato de graduación de una joven de rizos rubios muy apretados, sonrisa luminosa y un lunar sobre el labio superior.
—Si has tenido que soportar a un hombre como Erik Lane por padre, lo mínimo que podemos hacer es ofrecerte un refresco…
¿O prefieres algo más fuerte? —La señora Mitchell me guía por el pasillo hacia una cocina acogedora; al pasar junto al salón, un hombre se levanta de su sillón reclinable—. Es la hija de Erik Lane.
El hombre de pelo blanco me estudia con curiosidad, como si tuviera cuernos o una cola. Estoy bastante segura de que me considera la hija del mismísimo demonio.
—Mi más sentido pésame. Nos enteramos por las noticias del fallecimiento de Erik. —Su voz es cautelosa, y no lo culpo. Si los papeles que llevo en el bolso son ciertos, es lógico que no le haga ninguna gracia tener a alguien con el apellido Lane bajo su techo.
—¿Quieres una galleta, cariño? —Dios, esta mujer parece encantadora, y me rompe el corazón pensar por todo lo que han pasado.
—Con el refresco es suficiente, gracias. —Acepto el vaso que me ofrece y la sigo hasta el comedor, donde aparta una silla de la mesa redonda.
—Si has venido por el acuerdo de confidencialidad, te aseguro que hemos guardado silencio todos estos años. Nada cambia ahora que tu padre ha fallecido. —El señor Mitchell se sienta junto a su mujer, al otro lado de la mesa.
Un destello de preocupación atraviesa los ojos de ella mientras se apresura a mirarme antes de volver a reprender a su marido con palabras ensayadas.
—Está bien, señora Mitchell —la interrumpo, alargando una mano hacia ella—. Por favor, no he venido por eso. Bueno…, sí, en parte, pero no de la manera que imagináis.
Los dos me observan con el ceño fruncido.
—¿Podéis decirme si esta es vuestra cuenta bancaria? —Saco del bolso los papeles subrayados y los deslizo sobre la madera.
La señora Mitchell se ajusta las gafas sobre la nariz y apenas necesita echar un vistazo al documento antes de volver a mirarme.
—Claro que sí. Esa es la suma acordada que nos ofreció tu padre, y siempre pagó directamente ahí.
—¿Erik Lane? —insisto.
—Sí, por supuesto, Erik Lane. Se sentó exactamente en esa misma silla en la que estás y nos soltó todo el discurso sobre la confidencialidad y las consecuencias para Lane Enterprises si algo de esto salía a la luz; después nos ofreció una cantidad anual de por vida…
como si eso fuera a devolvernos a Tegan.
La voz del hombre tiembla ligeramente al pronunciar el nombre de su hija.
—La mayor parte la donamos todos los años. —Su mujer me dedica una sonrisa tensa—. Intentamos que llegue a organizaciones que ayudan a chicas como Tegan.
Tragando con dificultad, noto el escozor del calor detrás de los ojos. Es tan injusto que el egoísmo de mi padre haya causado semejante devastación en gente buena...
—No puedo imaginarme por lo que habéis pasado. —Mis palabras suenan patéticas, un gesto miserable.
—Cariño, ocurrió hace mucho tiempo. Acabamos aceptando las decisiones que tomó. Aunque no aprobáramos la manera en que se comportó durante los años que estuvo con tu padre, seguía siendo nuestra hija.
Froto mis palmas sudadas por los vaqueros.
—Debió de ser un golpe duro para ti y tu hermana. —Sus ojos bondadosos se clavan en los míos.
Esta mujer no tiene ni idea de lo cierto que resulta eso para mí; aunque, evidentemente, no para mi hermana. Pero ese es otro tema.
—De hecho, es una de las razones por las que estoy aquí. —Siento la boca seca, como llena de algodón—. Ahora que nuestro padre ha fallecido, mi hermana y yo queremos reparar algunas de sus acciones más cuestionables.
La pareja sentada frente a mí intercambia una mirada rápida.
—Nos gustaría reconocer formalmente al hijo de Tegan, nuestro hermano, pero para hacerlo comprenderán que es delicado ponernos en contacto directo con sus padres adoptivos.
Sé todo sobre las mentiras de mi padre para fingir que ella seguía embarazada cuando…
cuando… —Me quedo sin palabras, incapaz de dar voz a sus despreciables actos.
Los ojos de la señora Mitchell se empañan, y su marido saca como por arte de magia un pañuelo para tendérselo.
—Nos escribimos. Nos mandan fotos. Acaba de cumplir once años y está obsesionado con el béisbol. Juega en las ligas infantiles como si fuera lo único que le importara en el mundo.
Otro pañuelo mágico aparece y se desliza sobre la mesa hacia mí, porque yo también me estoy derrumbando en lágrimas.
—Tu padre nunca quiso llevarse el papeleo. —El hombre se encoge de hombros y toma la mano de su mujer, dibujando círculos con el pulgar sobre la palma.
—Espero que no sea mucho pedir si puedo verlo, suponiendo que lo hayan conservado.
—Podría habernos metido en un buen lío con tu padre si alguien lo hubiera encontrado, pero tenía un lugar seguro donde guardarlo todo.
—Graham, una caja de zapatos encima del armario no es un lugar seguro; no intentes engañarla. —A su lado, su mujer sorbe por la nariz y chasquea la lengua con desaprobación.
—¿Os importaría si hago fotos de los documentos que tengáis? Solo para llevarles una copia a mis abogados. Vosotros os quedaríais con los originales, por supuesto. —Me apresuro a añadir.
El señor Mitchell se pone en pie y luego se detiene para mirarme con una década de desconfianza acumulada.
—¿Cómo sabemos que de verdad eres la hija de Erik? Podrías ser periodista y, en ese caso, ya he dicho más de la cuenta.
Apartándome un mechón de pelo detrás de la oreja, saco la cartera y le entrego el carné de conducir.
Él lo coge en silencio y lo estudia; sus ojos van de la foto a mi cara mientras yo hago una búsqueda en internet.
Tras un par de clics, encuentro una imagen de hace unos años en la que aparecemos mi hermana, mi padre y yo en algún evento corporativo.
—Aquí. —Le deslizo el teléfono—. Hay un millón de razones para no fiarse de nadie ni de nada relacionado con Lane Enterprises, y entiendo perfectamente vuestras dudas. Solo espero que esto ayude, aunque sea un poco, a arreglar las cosas.
El señor Mitchell gruñe y le pasa el teléfono a su mujer, que se ajusta las gafas mientras se seca las comisuras húmedas de los ojos.
—Gracias por venir, Briar.
Alargo el brazo por encima de la mesa del comedor y, cuando me devuelve el teléfono, aprovecho para apretarle la mano.
—Siento haber tardado tanto.
—No te disculpes, pequeña. Tu padre hizo todo lo posible por mantener esto en secreto, así que entiendo que no hubieras podido venir a visitarnos mientras él seguía vivo.
—El hombre besa a su mujer en la parte alta de la cabeza—.
Ahora déjame buscar esa prueba de paternidad…
Y supongo que también querrás ver la carta que ella nos dejó, ¿verdad?