Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 40. Storm
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Capítulo 40. Storm

—¿Cómo eran mis abuelos?

Mi chica me mira desde el otro lado de la pequeña mesa, sosteniendo el café entre las manos frente al desayuno a medio terminar. Lleva puesta mi camisa y, aunque le queda grande, juro por Dios que moriría feliz si esto fuera lo último que viera.

—¿Mamá y papá? ¿Qué quieres saber?

—Cualquier cosa. —Da un sorbo al café y se aclara la garganta en un gesto de tierna reprimenda al pillarme mirándole los pechos en lugar de concentrarme en la pregunta.

Me paso una mano por la nuca y río entre dientes.

—Mierda, se me olvida que no llegaste a conocerlos.

—Mi padre nunca hablaba de ellos. —No hay tristeza en su voz; es más bien nostalgia, una curiosidad persistente. Inclina la cabeza hacia un lado y bate esas pestañas con la fuerza suficiente para derribarme de un plumazo.

Esos ojos son mi perdición cada mañana.

—Eran buena gente. Trajeron consigo esa mentalidad europea de trabajar duro cuando emigraron aquí. Honestos a más no poder, pero estrictos. Aunque yo tampoco les daba muchas opciones; siempre estaba al borde de matarme.

—Apuesto a que eras una pesadilla.

—Oye. —Alzo las cejas y tengo el placer de ver aparecer una sonrisa que le da un aire mucho más natural y despreocupado que el que tenía la tímida chiquilla que llegó aquí por primera vez—. Era un angelito.

Briar casi escupe el café sobre la mesa.

—Venga ya. —Pone los ojos en blanco.

—Casi un santo. —Finjo santiguarme sobre el pecho.

—Pobrecillos. ¿Preguntaron si podían devolverte? ¿Cambiarte por crédito en la tienda?

Me río mientras sacudo la cabeza y me paso la mano por el pelo. Dios, esta chica me hace sentir mucho más joven, mucho más ligero. Podemos hablar de cosas en las que no había pensado en años y todo resulta natural.

—Sí, les compliqué un poco el asunto, pero ya eran mayores cuando nos acogieron y luego nos adoptaron oficialmente a tu padre y a mí.

Mamá no estaba bien de salud, pero siempre se aseguró de que estuviéramos cuidados y de que supiéramos que nos querían y estábamos a salvo; ya tenían experiencia con niños que venían de situaciones difíciles y entendían que necesitábamos estabilidad.

Papá era una roca. Siempre estaba ahí, pasara lo que pasara.

Trago saliva con dificultad, pensando en lo mucho que hubiera adorado a esta chica. Aunque no lo dijera abiertamente, Briar lo habría tenido comiendo de la palma de su mano.

—No éramos de hablar demasiado, pero él veía que necesitaba algo para domar mis demonios, así que me metió en el rodeo.

Me subió a un caballo y me dio todas las oportunidades que pudo.

Hacía kilómetros para llevarme a competir, siempre con aquella música country espantosa y sin decir más de dos palabras en todo el trayecto.

Si me caía durante una monta, me miraba, mascaba tabaco y soltaba algo como: «¿Estás muerto, chico?

», lo que por alguna estúpida razón me hacía reír; luego se encogía de hombros y sugería que volviéramos a casa.

El viejo sabía que mi cabezonería no me permitiría irme, que me levantaría solo para demostrarle que estaba equivocado.

Una llamada entrante interrumpe mis recuerdos. Nunca en la vida había estado tan pendiente del teléfono como durante estas semanas desde que se fue.

Pero no es ella.

Nunca lo es.

El nombre de Beau aparece en la pantalla, y tengo que contener el impulso de esconderme del mundo para dejar que el alma se me marchite en soledad.

Rechazo la videollamada, pero pulso el botón verde para responder solo con audio y gruño.

Ni siquiera llego a decir «hola».

—¿Me estás ignorando, fiera? —La voz de Beau retumba al otro lado de la línea.

Me paso la mano libre por el pelo y exhalo despacio.

—No, perdona. He estado liado con unas cosas.

Beau conoce mis cosas. Sabe exactamente cómo soy cuando estoy hecho polvo.

Joder, yo también le he visto hundido después de una mala racha profesional.

—Ya me lo imaginaba.

—De todos modos, el rancho va bien. Esa cabecita tuya no tiene nada de qué preocuparse.

Se ríe, y de fondo oigo pasar vehículos.

—He visto las fotos que mandaste. Está quedando genial, viejo. —La comunicación chisporrotea, y el sonido de la puerta de una camioneta al cerrarse ahoga el bullicio de las afueras de la ciudad que sé que está deseando dejar atrás.

El silencio se alarga.

Me inclino hacia delante en la silla de madera, con los codos apoyados sobre los muslos, mirando mis botas. Tengo la cabeza llena de momentos con Briar sentada aquí, de verla tan cerca, al otro lado de la mesa.

—¿Me lo vas a contar o voy a tener que ponerme de rodillas y portarme bien para sacarte los secretos?

Consigue arrancarme una media sonrisa.

—Te enamorarías de mí demasiado rápido. —Me paso la mano por la boca—. No querría romperte el corazón, muchacho.

Beau se toma su tiempo. Le cuesta una eternidad encajarlo.

—Así que de eso va la cosa… —reflexiona—. ¿Alguien se te ha metido en el pecho y ha encendido ese trozo de carbón?

—¿Por qué no te vas a la mierda?

Le oigo silbar por lo bajo.

—¿Tiene nombre?

—No te incumbe.

—Ah, así que estás pillado de verdad, ¿eh?

He pasado tanto tiempo con Beau, viviendo el rodeo codo con codo, que sé exactamente qué expresión tiene ahora mismo. Cabrón engreído.

—Joder. —Suena demasiado satisfecho consigo mismo. Llevaba años esperando este momento; me amenazaba con que algún día acabaría pasando, que por fin sabría lo que era sentirse vacío y con el corazón roto.

—¿Entonces te tiene atrapado?

Le doy vueltas a la pregunta. No sé muy bien cómo explicárselo, ni siquiera sé si quiero hacerlo.

—¿Alguna vez has pensado que lo tenías todo y luego te has despertado para descubrir que la versión perfecta de tu vida había desaparecido?

Beau se mueve, y el altavoz cruje mientras vuelve a acomodarse.

—No he tenido la suerte de vivir algo así.

El pobre está casado, pero entiendo perfectamente el peso de esas palabras, cargadas de años atrapado en algo que parecía perfecto por fuera y se pudría por dentro.

—Debió de ser especial —añade.

—No tienes ni idea.

—¿La cagaste tú?

—Oye. Golpe bajo, Heartford.

El cabrón está sonriendo. Lo oigo a través del teléfono.

—Bueno… Estás en Crimson Ridge llorando en la cama. Está claro que la chica se ha ido, así que solo intento unir las piezas.

Ella no es una chica cualquiera ni un revolcón de una noche. Briar es eso que nunca supe que necesitaba, y ahora que se ha ido me está matando por dentro día tras día.

Pero no digo nada de eso.

—No lo sé. No tengo ni idea, ¿vale? —Me tiro del pelo—. ¿Era eso lo que quería oír tu maldito bigote? —gruño.

—No quiero que sufras, viejo. —Beau se aclara la garganta—. Es horrible perder a alguien a quien quieres.

Solo oírselo decir en voz alta me oprime el pecho. Porque es la puta verdad.

—¿Qué coño se supone que debo hacer si la he perdido antes siquiera de tenerla del todo?

Hay un sonido que suena burlón al otro lado de la línea.

—Por mucho que me cueste admitir esto…, porque ya me imagino los comentarios imbéciles que vas a hacer, lo cierto es que no lo sé. Nunca me ha pasado algo así, pero suena brutal.

Esta vez me río yo.

—Créeme, lo es.

—¿Quieres que vaya para allá?

Nunca entenderé qué he hecho para merecer una amistad como la de Beau.

Su matrimonio se está viniendo abajo, está hasta el cuello de problemas legales por una separación larga y complicada y, además, está montando un negocio nuevo.

Y aun así aquí está, ofreciéndose a volar al culo del mundo solo para sentarse conmigo a beber un par de cervezas y asegurarse de que estoy bien.

—No, hombre. De todas formas, vendrás dentro de un par de semanas.

—Estoy contando los minutos para salir de este puto circo, te lo juro.

—Podemos quedar para tomar algo. O quizá una botella entera; quién sabe cuánto voy a necesitar insensibilizarme.

—Por Dios. Quizá sí que tengo que ir antes.

—Tómatelo con humor, Heartford. Pensaba que con esa cara de tonto que tienes sabrías apreciar un chiste.

—Sabes bien que te encanta; apostaría a que estás deseando sentir esta misma cara de tonto haciéndote cosquillas en el coño. —Me sienta bien oírlo así, y agradezco la oportunidad de aligerar, aunque sea un momento, el peso que llevo sobre los hombros.

—Sueña conmigo. Estaré en Crimson Ridge antes de que te des cuenta, y no tendrás tiempo para nada que no sea babear por mí.

—Vete a la mierda.

—Yo también te quiero, Stôrmand. Nos vemos dentro de un par de semanas.