Capítulo 39. Briar
Antoine y Cris se han encargado de dejar clara la importancia de que siga participando en su juego. En esta casa resuenan la fortuna vacía, sin alma, y los pasos de gente hambrienta de poder que aparece de vez en cuando junto a mi marido. He vuelto a mi existencia sin sentido.
Solo me consuela saber que estoy protegiendo a Storm, aunque para hacerlo se me haga añicos el corazón.
Si la miseria tuviera rostro, sería a mi imagen y semejanza.
Lo echo de menos todo el tiempo. Su recuerdo me acecha como una sombra lúgubre aferrada a mí; las lágrimas ruedan por mis mejillas mientras sirvo café en la taza blanca de porcelana fina que me entran ganas de estrellar contra la reluciente encimera a juego.
Despierto con las mejillas húmedas y tengo que hundir el rostro en la almohada mientras grito hasta que la garganta me falla y el cuerpo se me queda inerte.
Tiene que haber una salida para esta pesadilla, pero ahora mismo me he quedado sin ideas.
Estoy derrotada y, cuando pienso en el futuro, solo consigo verme pudriéndome en este lugar para apaciguar a mi hermana y a mi insípido marido, mientras protejo al hombre al que amo con toda mi alma.
A eso se reducen los segundos, los minutos y las horas de ser Briar Lane.
En algún lugar, de alguna manera, una chispa sigue brillando dentro de mi pecho, recordándome que debe de haber una salida. El único problema es que, cuanto más tiempo paso ahogándome y hundiéndome lentamente en esta pecera, más tenue se vuelve ese brillo.
Me aterra el día en que despierte y se haya extinguido por completo.
¿Y entonces qué?
¿Qué ocurrirá cuando esa ola negra y densa venga a reclamarme y me arrastre hasta el fondo del abismo?
Mientras me acurruco con las rodillas contra el pecho, sentada en el suelo junto a la cama, oigo su risa grave. Siento aquellos dedos rozándome el rostro, tocándome con una ternura que no conocía. Sin ninguna razón en particular, solo por darme cariño, porque le nace hacerlo.
Bajo la mirada cuando la suave vibración en mi mano me empuja como un perro que busca una caricia.
Ha llegado otro mensaje.
Solo con verlo siento un tenue y delicado aleteo en el estómago.
Antoine me permitió conservar el teléfono; estoy segura de que piensa que, si tengo acceso a él —o, para ser más exactos, si todavía puedo saber de Storm—, ese contacto unilateral me resultará más doloroso que cualquier castigo que mi marido pudiera infligirme.
Estos mensajes son, al mismo tiempo, lo único que me mantiene cuerda y la peor de las torturas.
Me lanzo a abrirlos cada vez que llegan, absorbiendo cada palabra como si esos pequeños caracteres en la pantalla fueran una máscara de oxígeno, mirando fijamente la cadena de mensajes sin respuesta que no deja de crecer y que podría recitar línea por línea, palabra por palabra.
Me pregunta cómo estoy.
Me habla como si estuviera sentada a su lado en el asiento de la camioneta, mientras conduce con una muñeca apoyada sobre el volante.
No como si fuera la zorra sin corazón que desapareció sin dejar más que una nota sobre la isla de la cocina, con las dos palabras que más me ha costado escribir en toda mi vida, incapaz de contener las lágrimas.
«Lo siento».
Él merecía mucho más que eso, pero mi corazón roto no podía dar más en aquel momento. Fue la única manera que se me ocurrió de evitar que intentara seguirme.
Pero Storm es tan maravilloso que me envía fotos de la cabaña, de los caballos y de todas esas cosas sencillas de la vida en las montañas que echo tantísimo de menos.
Los mensajes de anoche estuvieron a punto de quebrar mi determinación de mantenerme fuerte y no darle a Antoine ninguna razón para publicar su mierda y sus mentiras retorcidas.
Mi resolución casi se hizo añicos mientras estaba tumbada en la cama, viendo los puntos aparecer y desaparecer en la pantalla, esperando mientras él tardaba una eternidad en escribir lo que pensaba.
Se me paraba el corazón con cada pausa, porque me hacía pensar que se arrepentía a mitad del mensaje.
Pero cuando por fin llegó la vibración y apareció la burbuja en la pantalla, sus palabras fueron tan dulces que no pude contener las lágrimas.
STORM: No sé por qué te fuiste, pero sigo aquí.
Cuando estés lista para volver, esta es tu casa.
Anoche, tumbada y hundiéndome en la oscuridad mientras repelía los pensamientos sombríos que amenazaban con volver a apoderarse de mí, él siguió hablándome. Casi como si pudiera sentir que estaba a la deriva, acurrucada de lado, perdiendo el juicio, volviéndome loca por la soledad y el desamor.
STORM: ¿Puedo contarte algo, cariño?
Bueno, aquí va…
Estoy en nuestra cama, con una almohada que todavía conserva tu dulzura.
Solo quiero despertarme mañana por la mañana y que ocurra el milagro de oír la ducha funcionando.
Aunque preferiría tenerte a mi lado, claro; pero, si estás en ese baño, al menos significa que sigues aquí y no a miles de kilómetros de distancia.
Echo de menos el ruidito que haces cuando das el primer sorbo de café por la mañana.
Echo de menos cómo te estremeces cuando te estás quedando dormida. Es encantador.
Reprimo el aluvión de emociones y leo los mensajes que han llegado mientras estaba acurrucada en el suelo.
STORM: Te llevaste mi brazalete.
Así que, aunque no sé si alguna vez vas a volver, sigues siendo mía hasta que me lo devuelvas por correo o algo así.
Puede que ya no pueda adueñarme de tu dulce cuerpecito, que no pueda usarlo como quiera, pero sí puedo seguir diciéndote todas las cosas que necesito que sepas.
Todas las cosas que mi chica merece oír.
Seguiré escribiéndote, Espinita, aunque nunca respondas o no quieras volver a verme.
Ese es el problema, ¿sabes? Tengo todo el tiempo del mundo para ti. Mi vida se medía por los márgenes más pequeños, por segundos en lugar de minutos u horas, y gastaría hasta el último de los que me quedan intentando hacerte feliz.
Exhalando un largo suspiro, las lágrimas me desbordan los ojos. Aparto la mirada de los mensajes antes de echarlo todo por la borda, derrumbarme y suplicarle que venga a rescatarme.
Storm no tiene por qué arreglar este desastre.
No dudo ni un segundo de que vendría si se lo pidiera, pero no podría vivir sabiendo que fui yo quien lo puso bajo el peor y más nauseabundo foco mediático.
Antoine puede parecer refinado y pulcro, pero es brutalmente calculador.
Se encargaría de distribuir material fresco a los medios para alimentar sus clics cada semana y pagaría a los buitres más inmorales y sin escrúpulos para que acamparan junto a nuestro pequeño rincón de paraíso en las montañas.
Perseguiría a Storm hasta convertir su vida en un infierno, y todo sería por mi culpa.
Así que hago lo que haría cualquier mujer respetable afrontando un desamor: paso horas repasando sus vídeos, sus montajes de rodeo, y me concedo la oportunidad de estar con él, aunque sea solo contemplando un frenético recorrido de ocho segundos sobre el lomo de un toro.
Después de saciarme, entro rápidamente en el Instagram de los Herreros de Devil’s Peak, esperando no encontrar nada nuevo. Me preparo para ignorar la letanía de comentarios que dejan en cualquier foto o vídeo en el que aparece Storm.
Pero hay una publicación que no había visto, y el corazón se me acelera de golpe.
Es una foto en primer plano de la cocina. Nadie que no hubiera estado en la cabaña podría reconocer el lugar, y mis ojos recorren la imagen deteniéndose en los detalles más imperceptibles.
Ha arreglado la puerta del armario que estaba torcida y ahora descansa recta sobre sus bisagras. En el panel frontal veo tres pinceladas de pintura en distintos tonos de negro.
No entiendo por qué ha publicado esa foto, y enseguida pulso para leer la descripción.
Conservo la esperanza, pero también me muerdo el interior de la mejilla hasta casi hacerme sangre por la ansiedad ante la posibilidad de descubrir, a través de una maldita publicación de Instagram, que está jugando a las casitas con otra persona.
Mis ojos se quedan clavados en las sencillas palabras que acompañan la foto de las muestras de pintura y de la pequeña cocina de la cabaña en la que desearía estar ahora mismo.
«Pinté con el color de la derecha porque, aunque todos me parecen iguales, supongo que ese es el que tú elegirías.
Estaba plantado en medio de la ferretería con otro color en la mano y no podía dejar de oír tu voz diciéndome que quedaría fatal y que no combinaba con el cuadro que compraste aquel día. Así que… espero que no lo odies».
Parece una entrada de diario, pero sé que es para mí.
Este hombre no solo me cuida hablándome y preguntando por mí; también está cuidando de nuestra cabaña.
Estoy tan enamorada de él que duele.
Me tiemblan las manos, tengo las mejillas húmedas porque las lágrimas no dejan de caer, y casi no me doy cuenta de que hay otra foto después de la que muestra los armarios de la cocina.
Entonces siento un puñetazo en el pecho que secuestra lo que queda de mi alma y la arrastra de vuelta directamente a Crimson Ridge.
No hay otro pie de foto, solo la imagen.
Un vaso de agua descansa sobre la mesa de madera, en el centro del encuadre, frente a la ventana que da al bosque.
Tiene un pequeño ramo de flores de primavera recién cortadas.
Con esa imagen, Storm alarga el brazo a través de la pantalla del teléfono y me rescata de las profundidades.
Voy a encontrar la manera de volver con él, aunque no tenga ni idea de cómo hacerlo; no voy a rendirme.
Tengo que resolver esto por mi cuenta y rezar para que, cuando por fin consiga escapar de este infierno, él siga esperándome.