Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 38. Storm #2
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Capítulo 38. Storm #2

El gemido que emite me lo dice todo. Se aparta de mí con un húmedo «pop», y veo un largo hilo de saliva tensándose entre la punta de mi polla y su boca.

Trago saliva un instante, y su preciosa mirada va del rostro a mi erección antes de inclinarse hacia delante y dejar caer un reguero de saliva que me cubre por completo.

—Úsame. Por favor. —Tiene la voz ronca de deseo.

Briar no deja de mirarme mientras engancha los dedos en la tela que oculta su escote y tira de ella.

Sus pechos quedan libres, y los aprieta juntos, frotando mi base. Tengo que contener un gemido, porque su carne suave, ahora resbaladiza por la saliva, se desliza arriba y abajo sobre mi polla mientras se mueve, se arquea y vuelve a bajar la boca para humedecerme la punta otra vez. Joder.

El hilo que me frenaba de usarla sin restricciones se desvanece en el aire.

Me lo ha pedido.

Mientras deslizo mi gruesa erección hacia delante y hacia atrás y acuno el peso de sus pechos para que me envuelvan, los jadeos y los gemidos llenan el aire. Mis dedos amasan su suavidad y redondez, y no puedo evitar la necesidad feroz que siento por mi chica desde lo más profundo de mi ser.

—¿Quieres que te posea? ¿Que te use? —Los gruñidos brotan de mi garganta mientras me la follo entre los pechos y los aprieto juntos, sujetándola con más fuerza contra mi longitud—. Aquí te marqué con letras rojas. ¿Tengo que volver a recordarte a quién perteneces?

Asiente y suplica exactamente lo que estoy prometiéndole.

—Sí, quiero.

—Te excita que te posean, ¿verdad, nena?

Briar está tan perdida en la lujuria que se queda boquiabierta, jadeando y gimoteando.

El hormigueo se acumula, la presión rompe a hervir y puedo sentir la fuerza del momento recorriéndome las venas como un semental al galope.

—Saca la lengua. —Me cuesta toda mi fuerza de voluntad no tirarla al suelo y metérsela.

Estoy tan cerca. Mi gemido llena el aire mientras ella hace exactamente lo que le digo, obediente, y yo me agarro la polla.

Dirigiendo la punta hacia su barbilla, en la siguiente embestida firme noto cómo se me tensan las pelotas y, con un estruendo ensordecedor de sangre martilleándome los oídos, me corro con una fuerza brutal.

La eyaculación sale disparada hacia delante, inundándole la lengua, los labios, el mentón perfecto; gotea sobre su pecho mientras mi polla late y se vacía.

—Joder.

Cada jadeo, cada latido de mi corazón en el pecho, le pertenece.

Arrastrando a Briar hasta ponerla en pie, la sostengo con firmeza con un brazo y luego paso los dedos por la marca pintada sobre su piel antes de meter la mano bajo su vestido, buscando su centro húmedo.

—¿Y si me dejaras tenerte para siempre? —Le introduzco dos dedos porque, tal como imaginaba, Briar no lleva nada bajo esa tela ligera—. ¿Qué te parecería que dejara ese brazalete en tu muñeca de forma permanente, para poder doblarte y comprobar lo mojada que estás cada vez que me dé la gana?

Sus ojos se vuelven vidriosos y saca la lengua para probar el lugar donde he pintado su piel sonrojada.

—Me dejarías, ¿verdad? Sé lo mucho que te encanta tenerme dentro de tu cuerpecito.

Ni siquiera importa dónde, ¿verdad? Me suplicarías que te llenara todos los agujeros al mismo tiempo.

—Curvando los dedos, entro y salgo, mezclando mi semen en su interior y apretando el pulgar con fuerza contra su clítoris.

Briar traga saliva y tiembla mientras el orgasmo empieza a crecer dentro de ella. Jadea. Suplica.

Ni siquiera sé lo que digo. Todo es tan sucio. Tan desesperado.

Como lo estoy yo por ella.

—Haz lo que quieras. Por favor. Por favor.

—Quizá lo haga. Quizá te meta un juguete en el culo y te llene la boca con mis dedos mientras entierro la polla tan dentro de tu coño que quedarás arruinada de por vida. Cuando te llene con mi semen, estarás marcada tan hondo que nunca querrás irte.

Me aprieta los dedos con una fuerza increíble. Convulsiona a mi alrededor mientras se corre.

—Así. Mi putita preciosa —murmuro mientras se desploma contra mí, convertida en un bulto gimoteante e increíblemente hermoso.

Tardamos un rato en calmarnos. Retiro los dedos y se los ofrezco para que los chupe. Briar obedece, limpiando nuestra evidencia con esos pequeños sonidos de placer. Repito el proceso un par de veces, recogiendo el resto de mi corrida y dejándola lamer mi sabor… y el suyo.

—Maldita sea. Eres la perfección hecha mujer. —La garganta se me mueve al intentar tragar mientras la ayudo a colocarse el vestido y luego termino de vestirme yo.

Briar me observa con cierta melancolía en el rostro, pero no dice nada.

Cojo el cinturón, pero con un gesto cariñoso mi chica toma el control.

—Déjame hacerlo a mí —dice en voz baja, aunque sus preciosos labios se curvan y los ojos se le arrugan ligeramente mientras me mira.

Me recuesto y observo, disfrutando de cada segundo que tardan sus dedos en enhebrar el cuero.

—Gracias —susurra.

Sujetándole la barbilla, me inclino hacia delante y deposito un beso suave sobre sus labios mullidos. Briar sabe a nosotros, y me encanta que estemos así de mezclados.

Mi maldito teléfono empieza a vibrar desde el bolsillo del abrigo, al otro extremo del banco de trabajo.

—Ve. Tienes que contestar. —Sus labios se mueven contra los míos.

—Beau puede esperar —gruño.

Con un empujón juguetón, presiona mi estómago y su sonrisa se ilumina.

—Te veo luego en casa.

Sin más, Briar me deja para que me ocupe del trabajo y de lo que sea que Beau necesite.

Mientras camino hacia las puertas del granero y observo cómo sus luces traseras se alejan, solo puedo pensar en lo increíble que se siente al escuchar a mi chica decir esa palabra.

«Casa».