Capítulo 38. Storm
Por encima del golpeteo seco y repetitivo de los clavos hundiéndose en la madera, oigo un coche detenerse frente al granero.
Cuando no estoy colocando herraduras, me dedico a este tipo de trabajos, de los que nunca faltan en los ranchos de Crimson Ridge.
Sea como sea, para alguien que se pasó la mitad de la vida montando toros y pensaba que esa sería toda su carrera, ahora paso más tiempo con un martillo en la mano que encima de un caballo.
Una sonrisa me tira de las comisuras de la boca mientras sujeto entre los labios los tres últimos clavos que necesito para fijar esta tabla. El sabor metálico me cubre la lengua y el leve olor a heno almacenado impregna el aire.
Levanto la vista hacia el amplio vano abierto del granero vacío mientras tomo uno de los clavos y aprieto los labios para sujetar los otros. Briar sabe que estoy trabajando aquí fuera y, si no, lo va a descubrir rápido siguiendo el sonido del martillo.
Vuelvo al trabajo y clavo los últimos golpes. Cuando el tercero queda en su sitio, unos pasos lentos y arrastrados captan mi atención.
Siempre me roba la atención.
Durante el poco tiempo que hemos pasado separados solo he podido pensar en Briar, en lo profundamente enamorado que estoy de ella, en maneras de convencerla de que se quede conmigo.
¿Briar quiere quedarse a mi lado? ¿Quiere esta vida?
Dejando aparte todas las complicaciones y lo que pueda pensar el resto sobre nosotros —porque me importa una mierda—, ¿tiene una remota idea de lo mucho que quiero que se quede?
Nuestras vidas ya están entrelazadas, igual que la ropa en el dormitorio que compartimos, igual que nuestros cuerpos cada vez que encuentran la oportunidad, y no dejo de pensar que me pertenece.
Nunca he tenido motivos para encariñarme de nadie y ahora soy incapaz de imaginarme un solo día sin su risa, sin sus comentarios mordaces, sin la suavidad de su mano encontrando la mía cuando estamos solos.
Todo ese caos desaparece en cuanto ella se acerca.
La devoro con la mirada sin el menor disimulo. Joder, Briar Lane podría hacer llorar a los ángeles de pura belleza.
Lleva el pelo recogido en una coleta alta y un vestido cruzado color champán, de aspecto sedoso, que se mueve alrededor de sus rodillas al caminar. Las botas vaqueras le abrazan las pantorrillas y la convierten en el sueño húmedo de cualquier vaquero.
Y lleva puesto mi puto abrigo.
—¿Un vestido? No quiero que cojas frío, Espinita. —Aprieto el martillo en una mano mientras me paso el dorso de la otra por la frente. Llevo horas aquí fuera arreglando las cuadras y, aunque más allá de las puertas sigue haciendo ese frío persistente de principios de primavera, estoy sudando.
Briar llega hasta donde estoy y me examina de pies a cabeza con una sonrisa tímida.
—Me parecía más práctico para lo que tenía pensado. —Se encoge de hombros en un gesto coqueto y adorable, pero fingido. Me encanta que ahora tenga mucha más confianza en sí misma y sepa pedir lo que quiere.
—No pareces muy interesada en mancharte las manos. —Lanzo el martillo dentro de la caja de herramientas—. ¿Quizá prefieras mancharte las rodillas?
Briar se muerde el labio. Sus ojos oscuros brillan y son mi absoluta perdición.
Emite un zumbido, un sonido suave, sensual y maravilloso que me vuelve loco.
—Pensé que te gustaría ver lo que llevo debajo…
—¿Ah, sí? —Apoyando el culo en el borde del banco de trabajo que improvisé aquí fuera, tiro suavemente de ella hasta colocarla entre mis rodillas.
Le deslizo una mano por la parte baja de la espalda, por debajo del abrigo que lleva sobre los hombros, mientras con la otra le aparto un mechón de pelo detrás de la oreja.
Mi chica me mira con un gesto suave, y ya estoy perdido.
Solo puedo aprovechar la oportunidad de besarle esos labios de terciopelo cuando y donde quiera.
Briar merece eso y mucho más.
Nuestras lenguas se encuentran y yo me bebo cada uno de sus pequeños sonidos de placer. Necesito que entienda que esto es mucho más que sexo.
Por mucho que esa parte de nuestra relación sea imposible de negar —mi brazalete, la confianza absoluta que ha depositado en mí—, también necesito que sepa que, para mí, esto no empieza ni termina ahí.
La beso, la muerdo y me pierdo en su boca. Mis manos se mueven solas. La imagen de esta chica envuelta en mi ropa va a quedarse grabada para siempre en mi cerebro, pero ahora quiero descubrir qué esconde bajo esa capa exterior.
Cuando le desabrocho el abrigo —ese mismo abrigo que he llevado montando, atravesando montañas y caminos de tierra, acumulando miles de recuerdos en este pueblo—, me tomo un momento para deslizar las palmas por la silueta de Briar que queda al descubierto al apartar el tejido pesado.
Está envuelta en una parte de mí, pero debajo lleva una tela suave como la mantequilla que no puedo dejar de acariciar porque es una sensación increíble: puedo trazar con los dedos cada curva y valle de sus caderas, su estómago, su ombligo.
Es un material caro, fino como el papel; estoy muy poco acostumbrado a sentir algo así bajo mis dedos callosos y castigados por el trabajo.
Hace dos minutos estaba esquivando astillas y sintiendo el golpe del metal hundiéndose en la madera, y ahora la tengo a ella: suave y maleable, una pluma delicada que quiero acariciar y mimar.
Quiero absorber esa sensación desconocida pero maravillosa durante todo el día.
Un último tirón de mis dientes, pellizcando su labio inferior hasta hacerla gimotear, tendrá que bastarme por el momento. Quiero mirarla.
Deslizo las palmas por sus hombros para quitarle el abrigo de los brazos hasta que queda de pie entre mis rodillas, sin nada que me impida apreciar el esfuerzo que ha hecho. Observo el vestido cruzado, anudado a su cintura, que realza su pecho.
Sus pezones endurecidos me desafían.
La sujeto por las costillas, deslizo los pulgares hasta esos pequeños botones duros y le atormento los pechos a través de la tela.
—¿Sin sujetador? Me pregunto qué más se te ha olvidado ponerte debajo de este vestido, ¿eh?
Ha venido con un plan en mente. Me lanza una miradita coqueta, hundiendo los dientes en ese labio inferior tan besado.
—Maldita sea, mujer, voy a dejarlo todo y echarte al hombro. Estoy a dos segundos de llevarte a casa y no volver a ver la luz del sol en un par de días.
Una expresión extraña le cruza el rostro mientras suelto un suspiro hondo y sigo hablando con voz ronca.
—Pero… por muchas ganas que tenga, Beau necesita hablar conmigo dentro de unos veinte minutos, y si me dejas meterme en ese coño solo voy a querer follar y follar y follar.
Sigo pasándole los pulgares por los pezones y observo cómo se le dilatan las pupilas. Sus gemidos se vuelven más intensos cuanto más fuerte froto y acaricio sus pechos.
—Storm —gime suavemente.
—Nena, pierdo el control a tu lado… Pierdo la noción del tiempo, de la moral; cualquier cosa que no sea esto se evapora porque nada importa una mierda.
«Solo tú importas», quiero añadir.
—Entonces úsame… de otras maneras. —Tiene la voz ronca de deseo.
El movimiento de mis manos se detiene. Hago una pausa, contemplo su imagen y asimilo lo que creo que quiere decir, aunque no puedo estar del todo seguro.
Ante mí, Briar se mueve con una determinación sorprendente. Rápidamente, recoge el abrigo que había dejado tirado junto a mi cadera y lo dobla para arrodillarse más cómoda sobre el suelo duro.
—Dijiste algo el otro día. —Su mirada se posa en mi boca, y se pasa la lengua por el labio inferior—. Algo que no consigo quitarme de la cabeza.
Su caricia sensual asciende por mis vaqueros, recorriéndome los muslos hasta detenerse en mi cinturón y deslizarse bajo el algodón de mi camiseta.
—Vas a tener que recordármelo. —Entrelazo los dedos en su pelo, y la polla me duele de lo dura que se pone por lo que está ofreciéndome.
—Que te gustaba la idea de marcarme. —Junta los codos y, desde este ángulo, mirando hacia abajo, ese pequeño movimiento deja su carne a la vista, redonda, llena, amenazando con desbordarse. Es lo más sexi del mundo ver lo segura que está mi chica de su cuerpo.
Luego me dedica esa mirada perdida y cargada de lujuria.
Jesús.
Esta chica está aquí, en mitad del día, arrodillada a mis pies en un granero, diciéndome que quiere que me corra sobre sus pechos. Joder, he hecho muchas cosas mal en mi vida, así que no sé cómo me he ganado un regalo tan perfecto.
—¿Quieres que me folle esos pechos perfectos?
Asiente, mordiéndose el labio hinchado.
—Entonces vas a tener que dejarlo bien húmedo. Bien resbaladizo. —Tiro de su pelo y le arranco un jadeo—. Desabróchame el cinturón, nena.
Briar forcejea un poco, intentando sostenerme la mirada mientras se retuerce y aprieta los muslos. Baja el culo, separando un poco más las botas para conseguir un mejor ángulo.
—Así —murmuro.
La observo intensamente mientras libera mi polla, dolorosamente dura, y la envuelve con su pequeño puño. Un par de caricias bastan para que se me hinche aún más bajo su tacto.
—Bueno, ya sabes qué hacer. —El gruñido me sale solo—. Escupe.
Se le entrecorta la respiración mientras se inclina hacia delante y deja caer un hilo de saliva antes de envolver con los labios la punta hinchada.
Ese ángulo, con su boca rodeando la cabeza, me ofrece la vista perfecta de sus pechos, sus labios y sus pestañas oscuras agitándose hacia mí.
Una mirada que me pregunta si me gusta. Qué pienso. Si me está complaciendo.
Joder, claro que sí. Cada vez que estoy con ella es perfecto, y siempre termino a dos segundos de confesarlo todo cuando succiona más hondo. Hunde las mejillas, hace girar la lengua y gime contra mi erección.
—Mmm. Trágamela como la buena chica que eres. —A medida que succiona, se la ve cada vez más excitada, y poco a poco desciende un poco más. Siento su lengua recorrer la parte inferior, trazando las venas y saboreando mi piel.
—Puedes hacerlo mejor. No te limites a lamer; escupe de verdad.