Capítulo 37. Briar
Soy como un cervatillo sobre patines, con las piernas temblorosas, cuando aparco frente a la única cafetería de Crimson Ridge.
El lugar donde me espera mi hermana.
La inestabilidad no tiene nada que ver con el miedo, sino con el hecho de que Storm haya decidido torturarme de la mejor manera posible esta mañana.
Sabía que necesitaba una distracción para calmarme los nervios y despejarme la cabeza antes de bajar al nido de víboras.
Siento el sexo un poco dolorido mientras avanzo por la acera flotando sobre un océano sereno de satisfacción; estoy segura de que llevo una sonrisa tonta y enamorada en la cara mientras guardo las llaves en el bolso.
La trampa mortal de alquiler, como el vaquero llama a mi coche, ha vuelto a resultar útil. Por más que insista en que conduzca su camioneta, los dos sabemos que soy cien veces más peligrosa intentando conducir un coche con cambio manual. Necesito practicar más.
Lo que daría por hacerlo bajo las instrucciones de su mano firme.
De inmediato me asaltan imágenes de futuras tardes de verano, fines de semana tranquilos bajo el sol, conduciendo con las ventanillas bajadas mientras gano confianza al volante con él sentado a mi lado.
Storm me hace sentir que, si quisiera, podría ponerme alas y volar hasta la luna; jamás había experimentado una fe tan absoluta en mí misma.
Una sensación luminosa y gloriosa me llena el pecho cuando imagino un futuro con él.
Cómo desearía poder quedarme a su lado.
Si soy completamente sincera, me siento como una mujer nueva. Antes de salir de la cabaña me he mirado de reojo en el espejo y he descubierto que la chica que me devolvía la mirada era la misma que siempre he sabido que existía dentro de mí.
La versión de Briar Lane que por fin es libre de ser ella misma.
Esta vida rústica y hermosa, aquí, en las montañas, ha despertado una seguridad que llevaba dormida demasiado tiempo, como una lluvia tibia de primavera acariciándome la piel.
Hace que todo el ruido que zumbaba dentro de mi cabeza empiece a apagarse, y vuelve aún más fácil la decisión de quedarme aquí.
Sabía que no había manera de regresar al lugar del que escapé; no existía vuelta atrás.
Ahora está claro como el agua que esta es la vida que elijo, y en ella me siento más cómoda que nunca.
Cuando llego a la puerta de la cafetería, con su bonito porche cubierto y la enredadera de jazmín trepando por la celosía, me detengo un instante fuera para mandarle un mensaje rápido a Storm y decirle que he llegado bien.
brIAR: Holaaaa.
No me he estampado.
Informando desde la bulliciosa metrópolis de Crimson Ridge que he llegado sana y salva.
Te veo en el rancho en cuanto termine aquí.
Deséame suerte.
Mientras escribo y borro una serie de emojis de caritas lanzando besos —y finalmente decido darle a enviar en lugar de aterrorizar a este hombre hosco actuando como una lunática totalmente obsesionada—, me tienta deslizar el dedo hasta ese pequeño secreto escondido a plena vista.
Pienso en el vídeo y en todos los recuerdos increíblemente excitantes que despiertan cada vez que dejo que mi mente regrese a aquel momento; todavía no puedo creer que exista en mi teléfono.
La chica de ese vídeo soy yo. Nuestra noche ilícita, de la que nadie sabe nada, me quema dentro del bolso como un secreto vivo.
¿Y si alguien lo hubiera visto? ¿Sabrían lo que él significa para mí? La mano que muestra claramente su nombre está enredada de una forma brutalmente dominante en mi pelo.
En aquel momento no llegué a comprender del todo el cuidado que tuvo para no mostrar demasiado mi cara, pero ahora veo que resulta casi imposible distinguir que soy yo a quien está poseyendo.
La única pista es el tatuaje junto a mi pecho.
Aunque prácticamente nadie en el mundo sabe que lo tengo. Ni siquiera mi hermana.
Sacudiéndome rápidamente el aluvión de recuerdos, guardo el teléfono en el bolso y respiro hondo, preparándome para pronunciar el discurso que he ensayado durante todo el trayecto hasta el pueblo.
Sé cómo empezar. Lo he repetido en voz alta y estoy lista para cortar cualquier diatriba desquiciada que Crispin quiera soltarme.
Lo que tengo menos ensayado es la parte en la que voy a decirle a mi hermana que me quedo aquí, que no deseo volver a verla jamás en mi vida y que, a partir de ahora, tendrá que comunicarse con mi abogada. Pero estoy segura de que sabré gestionarlo.
Empujo la puerta, una campanilla suena sobre mi cabeza y mis ojos vuelan a la mesa donde me senté a tomar café durante mi desastrosa cita con Westin Hayes, aunque ahora parezca que ocurrió hace una eternidad.
Hoy hay dos chicos, más o menos de mi edad, desayunando juntos. Uno tiene el brazo apoyado con cariño sobre el respaldo de la silla del otro, y ambos se ríen viendo un vídeo en uno de sus teléfonos.
El corazón se me encoge un poco mientras una voz dentro de mí susurra: «Esa podrías ser tú con el hombre del que estás perdidamente enamorada».
¿Stôrmand Lane sale a tomar un café? ¿Disfruta de alguna actividad que no implique cortar leña, arrear ganado o colocar herraduras? O sea, la clase de cosas mundanas y triviales que podrían considerarse una cita. ¿Podría convencerlo de hacer algo así, conmigo?
A mi izquierda se alinean varias filas de mesas, y el local está casi lleno; el murmullo de las conversaciones y el traqueteo constante del café se apoderan de mis sentidos.
Es imposible no reconocer el pelo rubio de mi hermana, tirante y perfectamente recogido en ese moño de bailarina que siempre lleva. Pero, a medida que me acerco a la mesa donde está sentada, siento unas ganas insoportables de darme media vuelta y salir corriendo.
Se me abren los ojos y se me cierra la garganta.
El impulso del movimiento me empuja hacia delante mientras el estómago se me revuelve y las náuseas ascienden dentro de mí como una marea podrida.
Un hombre se gira en la silla. Lleva unas gafas de diseñador descansando sobre la nariz, el pelo oscuro perfectamente peinado como siempre, con ese aspecto impecable que grita CEO de la lista Fortune 500, y viste un jersey de cachemir marrón que se ajusta a su figura esbelta.
La rata infiel de mi marido.
Antoine todavía tiene la desfachatez de llevar puesta la alianza: el oro de dieciocho quilates reluce mientras se pone de pie y aparta una silla para mí.
Tengo que contener las ganas de vomitar sobre sus mocasines de mil dólares.
—Hija de puta. —Ignorando por completo al hombre que tengo delante, clavo la mirada en mi hermana con ganas de cruzar la mesa y arrancarle los ojos.
—¿No te alegras de ver a tu marido? —Vacía un sobre de edulcorante en el café antes de remover ese líquido que ojalá fuera arsénico.
—Briar, no montes una escena. Siéntate. —El hombre al que sigo legalmente encadenada hasta que consiga abogados, papeles y todo lo demás que todavía ni sé cómo afrontar me dedica una sonrisa llena de dientes inquietantemente blancos.
O debería decir colmillos.
—¿Qué hacéis aquí? —Pongo toda la distancia posible entre Antoine y yo. Solo estar cerca de él me pone la piel de gallina; el olor empalagoso de su loción de afeitar se me pega al fondo de la garganta.
—Como te dije por teléfono, esto no es una negociación, Briar.
—Cris pone los ojos en blanco—. Vas a volver a casa con nosotros, y parece que hemos llegado justo a tiempo.
No quiero imaginar en qué estado podríamos haberte encontrado si te hubiéramos dejado más tiempo viviendo en esa pocilga asquerosa con él.
Si fuera un dóberman, ahora mismo tendría el lomo erizado y los dientes al descubierto.
—No voy a ninguna parte. Este es mi hogar ahora. Quiero el divorcio y no quiero volver a saber nada de Lane Enterprises y…
—Qué adorable… —me interrumpe Antoine mientras golpea con un dedo una carpeta color manila que no había visto hasta ahora sobre la mesa—. Pero creo que pronto estarás un poco más dispuesta a cooperar.
Mis ojos saltan de la carpeta misteriosa al rostro impenetrable de Antoine y luego al de mi hermana, que sorbe el café mientras me observa con esos ojos pequeños y penetrantes.
—¿Ha pasado algo que deberíamos saber? —pregunta Cris—. Ya sabes cuánto le gustan los escándalos a la prensa.
—Tus insinuaciones me aburren, Crispin. Vuelve a Los Ángeles y dedícate a hacerle la vida imposible a otra persona durante una temporada.
—Briar. —Mi lamentable marido intenta sonar autoritario, como si todavía esperara que yo obedeciera igual que siempre, pero no estoy de humor para sus amenazas.
—¿Qué vas a hacer, Antoine? ¿Enseñarme unas fotos que te haya conseguido tu ridículo detective privado? —Señalo la carpeta con la barbilla porque sé que es imposible que hayan conseguido nada comprometedor de nosotros.
Los lugares en los que hemos estado son demasiado remotos, demasiado aislados. No vamos por Crimson Ridge restregándonos el uno contra el otro ni abrazándonos de forma evidente.
Antoine adopta una expresión que dice claramente que ya ha ganado, y la náusea empieza a hervirme en el estómago.
Saca el teléfono del bolsillo y lo deja sobre la mesa delante de mí.
Después de un par de toques sobre la pantalla, abre un vídeo y mi visión se estrecha hasta convertirse en un túnel pequeño y oscuro.
El sonido se distorsiona y se desvanece en un zumbido tenue mientras la grabación empieza a reproducirse.
«Tu boquita es el paraíso».
En cuanto esa voz ronca que conozco tan bien atraviesa los altavoces y el nombre tatuado de Storm llena el encuadre —sus dedos hundidos en mi pelo, tirando de mí y guiándome a su antojo—, veo mi tatuaje aparecer durante apenas un segundo.
—¿De verdad crees que iba a perder el tiempo con detectives privados? —Antoine se inclina hacia mí con una mueca desagradable—. Se llama spyware , idiota. Llevo años teniendo acceso a tu teléfono.
«Años». No meses. No semanas.
El hombre que estuvo follándose a otras a mis espaldas durante la farsa que fue nuestro matrimonio, me tuvo controlada. Mientras estaba ocupado engañándome, el imbécil invadió mi privacidad en mi propio móvil.
—¿Cómo crees que Crispin te encontró? Lo supimos desde el principio, pero te di la oportunidad de hacer esto por las buenas. Te di la oportunidad de tomar una decisión sensata y la tiraste a la basura.
Me siento como una estatua, volviéndome más insensible con cada palabra, y veo con claridad todos los años de mi vida que entregué a estas personas.
Toda la culpa que cargué por haber venido al mundo y haberme llevado con ello a nuestra madre, una mujer a la que nunca pude conocer porque murió el mismo día que yo nací.
Mi padre me guardó rencor por haber destruido su mundo entero, y mi hermana dejó que el duelo la pudriera hasta perder cualquier vestigio de humanidad.
Así que colaboré con sus acuerdos de negocios. Dije que sí. Obedecí. Renuncié a mi propia vida porque estaba convencida de que no merecía tener una.
Porque les había arrebatado a la persona que tanto querían.
«Todo es culpa tuya. Hoy sería su cumpleaños si no fuera por ti».
—El jet sale a las siete de la tarde. —La voz fría, dura y calculadora de Antoine atraviesa mis pensamientos.
Hace un ruido de desaprobación mientras detiene el vídeo; me siento completamente violada, y solo pensar que ha tenido acceso a mi teléfono durante todo este tiempo hace que me dé vueltas la cabeza.
—No me voy a ir. —Mi voz apenas es un susurro tembloroso.
—Briar, siempre has sido tan patética… ¿Cuándo vas a meterte en la cabeza que hay cosas más importantes que lo que tú quieres? —Cris me atraviesa el pecho como siempre hace.
—No. No voy a irme con vosotros.
—Sí, vas a irte. —Antoine se pone de pie y se inclina sobre mí.
Con una mano apoyada en el respaldo de mi silla, acerca la boca a mi oído; su fragancia sofocante es como una mordaza—.
Tengo una lista de antiguas criadas y empleadas de tu padre dispuestas a declarar que vieron a Storm entrando en tu dormitorio cuando eras menor de edad.
También declararán que encontraron pruebas de embarazo en la basura de tu baño cuando aún eras adolescente.
Habrá médicos asegurando que ayudaron a encubrir una violación.
Empiezo a temblar mientras él continúa hablando, tranquilo y seguro de su éxito.
—¿Crees que el escándalo fue grande cuando circularon rumores sobre la muerte de su esposa? Espera a que todos los medios descubran que la antigua estrella del rodeo profesional Stôrmand Lane se follaba a su sobrina adolescente.
Antoine toca de nuevo la pantalla y deja congelada una imagen del vídeo donde se ven claramente los dedos tatuados sujetándome del pelo junto al lateral de mi pecho.
—Bienvenida al patriarcado, putita. Deberías recordar que los Montgomery siempre ganan.
No sé si todavía soy capaz de pensar, hablar o sentir las extremidades. En cuestión de segundos, cada parte de mí queda insensible y rota.
Entré con un plan, y estas dos criaturas despiadadas lo han destruido en un suspiro.
¿Cómo he podido creer que existía alguna forma de escapar de ellos?
—Tienes hasta la hora del despegue. Ve a hacer la maleta, despídete de tus estúpidos amigos a caballo… y no olvides que, si se te ocurre no subir a ese avión, tengo todo lo necesario para destruirlo. Solo tengo que hacer clic.
Vuelve a colocarme el teléfono delante de la cara y, aunque es casi imposible leer en el borrón de texto en la pantalla, consigo entender lo suficiente.
Distingo palabras y frases de una nota de prensa que ya tiene preparada. Acusaciones gravísimas sobre la vida privada de Storm, sin una sola prueba real, pero eso da igual. Lo único que le importa es destruirlo, y sabe perfectamente cómo controlar el relato mediático como un emperador caprichoso.
Todas esas mentiras aparecen acompañadas de capturas del vídeo, listas para difundirse con un solo clic.
Y una vez más, me tiene atrapada bajo su pulgar huesudo y pálido.