Capítulo 36. Briar
—Mmm… joder. Tírame del pelo, nena.
Esa voz grave a la que me he vuelto adicta irrumpe en mi sueño. Medio dormida, mi cuerpo cabalga ola tras ola de placer hasta arrancarme de mi letargo.
Bajo el control absoluto de la lengua de Storm.
Él vibra contra mi clítoris y, por supuesto, hago exactamente lo que me pide. Mis manos encuentran, todavía torpes por el sueño, el camino hacia su pelo y entrelazo los dedos mientras mis caderas se arquean y se alzan bajo su boca.
—Buena chica. —Lame, succiona y murmura contra mí mientras las piernas empiezan a temblarme, dejando claro cuánto tiempo lleva este hombre entre mis muslos mientras yo dormía.
El vaquero no retrocede en su asalto, gimiendo y deslizando su lengua húmeda por la cara interna de mi muslo, antes de subir por la cama para abrazarme por detrás en cucharita, levantarme una pierna, y deslizarse dentro de mí.
Estoy empapada e hinchada, y mi cuerpo ya está más que listo para recibirlo.
Es tan excitante.
—Dios, es demasiado. —La voz me sale ronca y deja claro que no hablo en serio. Que me haya estado comiendo el coño mientras dormía es una obscenidad, y tengo la esperanza de que me regale esta clase de depravación cada mañana.
—¿Demasiado? No lo parecía cuando me estabas cabalgando la cara a las tres de la mañana.
Los sonidos que se me escapan son casi pornográficos.
—Mmm. Exactamente así sonabas. Solo que mucho mucho más fuerte.
—Me vas a matar.
—Este coño estrecho no parece estar de acuerdo. La forma en que me aprietas dice que no quieres que pare.
Storm sigue empujando sus caderas contra las mías, estirándome, llenándome, dejándome aferrada a las sábanas, irremediablemente fuera de mí de placer.
Los sonidos de un sexo sucio y húmedo son la banda sonora de este momento, junto con la piel golpeando contra la piel, y el olor a sexo envolviéndonos.
Estoy a punto de perder el control cuando un golpe seco —Dios mío, la puerta de un coche cerrándose— atraviesa nuestro momento íntimo.
—¿Briar?
Apenas unos segundos después, unos nudillos golpean la madera con insistencia mientras mi nombre resuena amortiguado al otro lado de la casa, hasta que la puerta principal se abre de par en par.
La voz de mi hermana se cuela dentro, más fuerte esta vez, mientras la oigo dejar caer el abrigo y el bolso. Por supuesto, ha entrado sin esperar respuesta.
—¿No cerraste la puerta con llave? —susurro entre jadeos.
—No esperaba que nos interrumpieran a estas horas de la mañana. —Storm responde en un susurro. Cierro los ojos. Bendito sea por haberse levantado al amanecer para avivar el fuego… y maldito sea por olvidarse de echar la llave después de salir a buscar leña.
—Briar, te juro por Dios que como sigas en la cama…
Todo mi cuerpo se pone rígido. Y mientras tanto, el hombre que tengo detrás continúa enterrado dentro de mí, moviéndose lentamente, follándome, aparentemente sin ninguna intención de parar.
—Dile que se vaya o salgo ahí fuera desnudo y se lo digo yo mismo. —Me muerde la oreja y aprieta con más fuerza mi muslo, dejándome clavada en el sitio.
—Acabo de salir de la ducha, Cris. Dame unos minutos para vestirme. —Mi sexo late y se contrae, delatando exactamente cómo reacciona mi cuerpo a este tipo de riesgos.
Storm deja escapar una risa ahogada y traviesa porque lo siente absolutamente todo.
—Bien. —Refunfuña—. Date prisa. Es medieval que aquí no haya cobertura; he tenido que subir hasta aquí conduciendo solo para hablar contigo.
Junto a mi oído vuelve a sonar ese ruido grave y delicioso; solo puedo imaginar lo que pasa por la cabeza del hombre que ahora mismo tiene mi cuerpo completamente bajo su control.
—¿Dónde está el tío Stôrmand?
Mierda. Mierda.
Esta vez sí que el pánico me golpea de lleno. Parece que se está acercando. Y mientras tanto, puedo sentir cómo otro orgasmo empieza a crecer dentro de mí.
Esto está muy mal.
—¿Vas a decirle dónde estoy? —susurra con los labios pegados a mi cuello—. ¿Vas a decirle que estoy enterrado hasta las pelotas dentro de tu precioso coño?
No puedo evitar contraerme de inmediato. Se me eriza toda la piel de los brazos.
—Eh… No sé dónde está. —La puerta del dormitorio está completamente abierta y no consigo apartar la vista del marco de madera—. Anoche no volvió.
—Entonces, ¿por qué está su camioneta fuera? —La frialdad de su tono llega desde el salón, a apenas unos metros de nosotros.
Joder, ahora es el momento en que me desmorono completamente.
Storm reduce apenas el ritmo de sus movimientos; su boca sigue pegada a mi oído. Una de sus enormes manos asciende hasta mis pechos y empieza a jugar con mis pezones como si dispusiera de todo el tiempo del mundo y mi hermana no estuviera a dos segundos de irrumpir en la habitación.
—Dile que estaba con mis amigos, Briar. —Me ordena qué decir mientras me da placer hasta el punto en que se me nubla la vista.
—Él… salió con unos amigos, creo. Vinieron a buscarlo. Quizá se quedó a dormir allí. —Me muerdo el labio inferior para contener el gimoteo que amenaza con escapárseme, porque, mientras tropiezo con la mentira, él empieza a tirarme fuerte de los pezones.
Tal y como sabe que me encanta.
—Joder. —Su voz grave y profunda me hace estremecerme de arriba abajo—. Siente lo cerca que estás… Creo que quieres exprimirme hasta la última gota, por cómo me aprietas.
—Dios mío. —Repito las palabras en silencio una y otra vez.
—Seguro que estaba con alguna de sus putas. —Mi hermana emite un sonido desagradable desde el fondo de la garganta.
Él vibra contra mi piel, pero más que molesto parece satisfecho consigo mismo.
—Si supiera que tengo a mi putita personal justo aquí.
—Los dientes me rozan el cuello y su mano desciende entre mis muslos—.
Es perfecta, preciosa, lleva mi brazalete, mi sombrero, y está hecha exactamente para mi polla.
—Me succiona el lóbulo de la oreja y frota la humedad sobre mi clítoris; casi me olvido de por qué tengo que quedarme callada y estoy a punto de gemir en voz alta.
Mi hermana sigue rondando por la casa. El sonido de sus pasos sobre la madera y las puertas de los armarios abriéndose y cerrándose mientras curiosea me indican exactamente en qué lugar de la cocina está.
Storm está alargando esto aposta; sabe que estoy muy cerca, pero no hay ninguna posibilidad de que me deje correrme mientras mi hermana siga aquí.
Con un sonido de frustración, Crispin da una patada contra el suelo.
—Por el amor de Dios, Briar, no pienso quedarme esperando eternamente. Te espero en ese café horrible del pueblo para desayunar y vamos a hablar de tu vuelta a casa.
Empieza a alejarse. Por el amor de Dios, ojalá escuche de una vez la puerta cerrándose y el motor del coche arrancando.
Pero no llega ningún sonido que indique que se ha ido.
—Dios mío, ¿va a irse alguna vez? —jadeo mientras me aferro a las sábanas cuando él acelera el ritmo, aparentemente indiferente a que nuestra intrusa siga a solo unos metros. Giro la cabeza hacia su brazo y le hundo los dientes en la piel. Es la única forma de evitar gemir o gritar.
—Sus botas están aquí —grita ella desde fuera.
Hay demasiada sospecha en su voz.
No puedo aguantar mucho más, pero aun así consigo responder. Espero que entienda perfectamente que la estoy mandando a la mierda.
—Seguro que tiene más de un par de botas, ¿no crees?
Storm maldice en voz baja, satisfecho con mi respuesta, y empieza a empujar dentro de mí con más fuerza, hundiéndose todo lo que puede.
Veo las estrellas.
—Vale, lo que tú digas. Dios, tienes que ordenar tu vida y levantarte más temprano. Siempre supe que eras perezosa, pero esto ya es otro nivel, Briar.
La puerta se cierra de golpe.
Detrás de mí escucho un gruñido profundo que vibra directamente desde el pecho pegado a mi espalda.
Me gira hasta dejarme apoyada sobre manos y rodillas y vuelve a embestirme sin piedad.
Un dulce alivio me inunda las venas cuando escucho el coche arrancar y alejarse.
Storm me folla con tanta fuerza que acabo babeando y mordiendo la almohada mientras me susurra todas las obscenidades que sabe que necesito oír.
Que soy suya. Que le pertenezco. Que llevo puesto su brazalete, y eso significa que puede hacer lo que quiera con mi cuerpo cuando quiera, porque soy su juguete perfecto.
—Córrete ahora mismo. Quiero que te corras más fuerte de lo que te has corrido en toda tu puta vida.
Mientras me sujeta el pelo con el puño y desliza la otra mano hacia delante para encontrar mi clítoris, toda la situación termina devorándome.
—Así, mi puta preciosa.
Los dedos de los pies se me encogen, un gemido grave me atraviesa la garganta y todo se vuelve blanco. Las manchas blancas se apoderan de mi visión y estoy bastante segura de que también estoy perdiendo la audición junto con la poca cordura que me quedaba.
Con un gemido, sacude las caderas y se hunde tan profundo como puede. Su cuerpo late dentro de mí en un orgasmo que parece interminable.
Es tan intenso que me quedo en un estado de aturdimiento. Sencillamente me derrito contra el hombre que me rodea con los brazos. Mi Storm, que me atrae contra su pecho con palabras susurradas y besos húmedos, envolviéndome en el abrazo más dulce, más amable y más suave del mundo.
Ahora mismo las palabras me queman en los labios, y una necesidad desesperada me duele detrás de las costillas. Quiero decirle cuánto lo amo.
Pero esa sensación corrosiva y horrible que conozco tan bien me detiene, extendiéndose por dentro como un veneno.
Decir esas palabras sería decir la verdad. Pero también sería lanzarle una maldición.