Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 35. Storm
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Capítulo 35. Storm

Mandar a Briar de vuelta por la mañana, después de la noche que acabamos de pasar, no era exactamente mi plan.

Todo mi cuerpo me pedía que le rogara que se quedara, que aparcara ese coche de alquiler y no se moviera de mi lado.

Pero mi chica es lista, muy lista, y sabía que tenía que volver a la cabaña porque, si a la gilipollas de su hermana —palabras textuales de Briar— le daba por aparecer sin avisar ni ser invitada, sería mucho peor para todos intentar explicar la ausencia de ambos.

Así que me he quedado dando vueltas, a punto de abrir un agujero en el suelo perfectamente pulido del rancho de Beau, intentando inútilmente concentrarme en toda la mierda que tengo que hacer hoy.

Mi corazón no sabe alejarse de ella.

Cada detalle de las últimas cuarenta y ocho horas lo ha cambiado todo; ha inclinado la balanza y ha dejado clarísimo qué es lo importante y qué me importa una mierda.

Anoche casi se lo digo todo mientras se acurrucaba contra mi pecho; casi confesé hasta qué punto estoy perdido por ella. Lo único que me detuvo fue saber que Briar ya tiene demasiadas cosas importantes con las que lidiar como para cargar también con mi enamoramiento.

Ya soporta bastante peso; mis estúpidos sentimientos pueden esperar. Briar Lane merece que le diga que la quiero, que la adoro y que me tiene comiendo de su mano. Pero tiene que ser en algún lugar especial.

No en un rancho a medio amueblar, con botes de pintura y telas colgando como mortajas.

También está el tema del momento oportuno.

Lo que daría por poder decírselo libremente, pero no con la conversación que tuvimos en la cocina todavía reciente. No puedo hacerlo dos segundos después de haberle contado todo mi pasado de mierda, todas mis malas decisiones, y mucho menos justo después de confesarle el peor momento de mi vida.

Briar merece algo mucho mejor que un hombre como yo, pero, joder, no pienso renunciar a ella.

Así de egoísta soy.

Anoche los fantasmas de mi pasado escaparon de la caja en la que llevaba años encerrándolos, y al menos ella no salió huyendo cuando se enteró.

Ya es bastante difícil tener que lidiar con lo de esa extraña que ni siquiera recuerdo, que usaba un anillo que debí de darle borracho como una cuba, cuando firmé un papel para atarla a mi vida, aunque no quisiera saber nada del asunto.

Y resulta todavía más difícil de superar cuando esa supuesta esposa decidió drogarse hasta morir en una bañera y dejar una nota insinuando que fue culpa mía.

Como si no hubiera estado demasiado ocupada persiguiendo a otro hombre que solo quería tenerla como su secreto sucio, un agujero donde follar de vez en cuando. Como si yo no llevara ya años tan lejos de ella que no habíamos hablado más que a través de abogados.

Aquella decisión acabó con toda mi carrera. Me arrebató lo único que tenía, lo único para lo que servía; lo hizo pedazos en el instante en que tomó la decisión fatal de acabar con su vida.

Y lo peor de todo, aparte de la muerte innecesaria e insensata de una mujer joven, es que ni siquiera intentaba hacerme daño a mí.

Solo fui el desgraciado al que le cayó encima el martillo del juicio público.

Mientras me pongo el sombrero y lanzo a la caja de la camioneta las herramientas que suelo llevar conmigo, observo el sol esconderse tras las montañas rosadas a lo lejos.

El aire de la tarde entra fresco y limpio en mis pulmones mientras exhalo una bocanada blanca frente a mí.

Crimson Ridge parece más de un tono ocre quemado que rojo a esta hora del atardecer, ahora que la primavera empieza a abrirse paso.

La luz se desvanece y la luna creciente dibuja una fina línea plateada; es una de esas noches de cielo despejado en las que las estrellas empiezan a aparecer y titilar una a una.

Ojalá pudiera enseñarle esto a Briar.

Quiero quedarme aquí, sentado en la caja de mi camioneta, con ella acurrucada entre mis brazos, contando estrellas mientras van apareciendo.

Ella es mi mundo: la chica con la que quiero compartir los momentos sencillos y aparentemente insignificantes.

No quiero volver a estar solo, como durante tanto tiempo, sino con ella apretada contra mi pecho.

Sin duda me dirá los nombres de las estrellas que se revelan frente a nosotros, porque es la chica más inteligente que conozco, aunque le reste importancia y finja que no es gran cosa.

Quizá mañana le cuente toda la verdad.

Puedo prepararle el desayuno, hacerle café con la leche de almendras que le gusta y sentarla frente a mí en esa mesa en la que solo quiero sentarme cuando ella está delante, y entonces decírselo.

O quizá simplemente irrumpa por esa puerta y suelte las palabras sin más. Le rogaré que se quede conmigo. Que lo deje todo por mí. No tengo absolutamente nada que ofrecerle, pero quizá aun así quiera arriesgarse por un viejo destrozado de mierda y decida no marcharse.

Se me encoge el pecho mientras subo a la camioneta, me ajusto el sombrero y arranco el motor.

En estos instantes breves y silenciosos solo puedo verla a ella. Los recuerdos de nuestro tiempo juntos en las últimas semanas se cuelan en mi cabeza y lo consumen todo.

En el instante en que mi mano encuentra la curva de su cintura por detrás, el pulso empieza a retumbarme en el pecho.

Briar está en la cocina, con otro manojo de ramas entre las manos, mientras llena un vaso de agua en el grifo.

Es el mismo que ha usado como jarrón sobre la mesa junto a la ventana desde que llegó.

—Flores —murmura, inclinando la cabeza hacia un lado mientras me apoyo contra su espalda. Ese pequeño gesto deja la curva de su cuello al alcance de mis labios.

Me quedo quieto detrás de ella, como el idiota enamorado que soy, observándola colocar las ramas.

Igual que he hecho tantas veces desde que llegó.

Es un pequeño ritual que repite cada pocos días.

Estas tienen pequeños brotes, pero como todavía estamos a principios de primavera y sigue habiendo nieve en el suelo, aún falta mucho para que florezcan.

—¿Flores? —Apoyo una mano en la encimera mientras la rodeo desde atrás—. Aunque técnicamente sea primavera, ahí fuera sigue pareciendo pleno invierno, nena.

Ella protesta en voz baja y no puedo evitar sonreír contra la piel de su cuello.

—Puede que ahora no lo parezcan, pero algún día acabarán siendo flores de primavera.

—Pero de momento… siguen pareciendo ramitas metidas en un vaso. —La pico.

Briar resopla, como siempre hace; ese ruidito frustrado y adorable que me encanta escuchar cuando sé que por dentro está poniendo los ojos en blanco.

—En Los Ángeles todo era falso. Las sonrisas, las flores, las supuestas antigüedades. Nada era real nunca. —Empieza a colocar con cuidado la docena de ramitas, que parecen recortes de algún arbusto que encontró fuera.

—Para mí… se parece más a un hogar cuando hay flores frescas. Significa que alguien se preocupa lo suficiente como para embellecer el espacio con algo que no sirve para nada.

—Quieres que este lugar sea como un hogar. —No es una pregunta, solo una observación. Apoyo la barbilla en su hombro y observo cómo recoloca las ramas con los dedos hasta que parece satisfecha con la forma y los ángulos.

—Quiero que este lugar sea especial.

He pasado todo el camino de vuelta montaña arriba perdido en mis propios pensamientos.

Cuando por fin aparco frente a la cabaña, veo la luz derramándose desde el interior y siento un alivio inmediato al descubrir que solo está mi chica.

En cuanto oye llegar la camioneta, Briar ya está abriendo la puerta para recibirme, con una sonrisa iluminándole el rostro.

Esto es todo lo que necesito.

Así es como quiero sentirme cada vez que aparque y eche el freno de mano; guardo esa sensación en el pecho, cálida y segura.

Volver a casa para estar con ella es como haber ganado el premio gordo.

Saber que la bondad y la dulzura de Briar llenan cada rincón de esa cabaña hace que el pecho se me expanda igual que el calor de un fuego encendido.