Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 31. Briar
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Capítulo 31. Briar

Ver las luces traseras del coche de mi hermana desaparecer montaña abajo me provoca un alivio que jamás habría imaginado.

Casi he tenido que agarrarme al borde de la encimera para mantenerme en pie, contemplando el café que he sido incapaz de beber hasta que el coche ha desaparecido de mi vista.

Durante la agonía de los interminables minutos que ha tardado en hacer la maleta, el silencio incómodo me ha dejado casi sin respiración.

Por suerte, al final Cris ha cerrado de un portazo la puerta del conductor y se ha marchado.

He tenido que pasarme casi diez minutos dando vueltas por la cabaña para convencerme de que no iba a reaparecer como un fantasma y conseguir calmarme.

Sé que tengo que arreglar las cosas con Storm. Desapareció cuando todavía era de noche; oí el motor de la camioneta arrancar a una hora imposible de la madrugada.

Está claro que él tampoco ha pegado ojo.

Hay un millón de cosas que necesito decirle, pero no encuentro las palabras por mucho que me estruje el cerebro intentando dar con una explicación adecuada.

Pedir perdón me parece insuficiente para reparar todas mis mentiras por omisión.

Él ya sabía que tenía un ex horrible y que había huido de algo en Los Ángeles. Lo que no sabía —porque él intentó dejarme una puerta abierta para explicárselo y yo seguía evitando la verdad— era la magnitud de todo lo que me llevó hasta esta cabaña en un aterrizaje forzoso.

Hui dejando atrás tres años de un matrimonio miserable y prácticamente sin sexo.

Dejé mi alianza sobre una encimera blanca e impecable, junto a cinco páginas impresas llenas de capturas de pantalla de todos los mensajes entre mi marido imbécil y su desfile interminable de secretarias con las que se acostaba mientras, supuestamente, estábamos casados y respetando la santidad de ese contrato.

Que el cabrón infiel se quedase con sus amantes; yo me fui sin darle siquiera una advertencia y no tengo ninguna intención de volver a ver a ese pedazo de basura nunca más.

Con Cris instalada en alguna pensión de Crimson Ridge, al menos tengo tiempo para pensar, respirar y planear exactamente cómo voy a arreglar todo esto.

El teléfono está sobre la encimera. Mordiéndome el interior de la mejilla, lo cojo, desbloqueo la pantalla y vuelvo a dejarlo caer de golpe sobre la superficie.

Dios, soy un desastre de persona.

Lo único que quiero es correr a refugiarme entre los enormes brazos de mi vaquero.

Aspirar ese olor a cuero, cítricos y el leve aroma ahumado que se le queda pegado después de un día entero trabajando con los caballos.

Daría cualquier cosa porque llenara esta cabaña con su calidez y su presencia tranquilizadora mientras tira del bajo de mi jersey y me coloca entre sus rodillas.

Pero Storm no está aquí, y un pánico agudo me recuerda que quizá jamás vuelva a mirarme de la misma manera.

Tiene cosas mucho más importantes de las que ocuparse que lidiar con las consecuencias de mis pésimas decisiones. Aunque, en gran parte, nunca fueron realmente decisiones mías, seguí viviendo bajo el techo de Antoine. Seguí llevando su anillo.

Eso es lo que más me duele: haberme dejado manipular y hacer lo que los demás querían de mí como una pieza más del tablero familiar, movida de un lado a otro según la conveniencia de los demás.

Sea como sea, necesito intentar explicárselo. Solo pensar que quizá no quiera volver a saber nada de mí me retuerce el estómago.

Con un suspiro, llego a la conclusión de que prefiero saber la verdad. Si no quiere volver a verme nunca más, prefiero leerlo en una pantalla.

Lo que no podría soportar sería vivir con la incertidumbre.

Cojo el teléfono; aquí arriba no tengo cobertura para enviar mensajes, así que termino escribiéndole por Instagram sin pensármelo demasiado. Mis dedos vuelan sobre la pantalla y pulso «enviar» sin releer una sola palabra de lo que acabo de escribir.

Espero que esté en algún sitio con cobertura para recibirlo; si no, voy a pasarme el día atrapada en esta cabaña como un tigre hambriento, lista para roerme mi propia pierna.

brIAR: ¿Podemos hablar?

De inmediato aparecen los puntitos en la pantalla y el corazón se me sube a la garganta. Creo que voy a destrozar el teléfono, considerando la fuerza con la que lo aprieto.

TÍO STORM: Coge la radio.

Me quedo mirando las tres palabras y se me congela el cerebro, como cuando aparece la ruedita en la pantalla del ordenador.

¿La radio?

Desde un rincón de la sala llega un fuerte crepitar seguido de estática, y doy un salto de casi dos metros por lo inesperado de la intrusión.

Entonces escucho mi nombre.

—Briar. —Otro largo crepitar—. Coge el auricular. Mantén apretado el botón del lateral cuando quieras hablar.

La voz de Storm llega desde la pequeña unidad de altavoz, repleta de todo tipo de perillas y botones antiguos. A decir verdad, nunca había prestado mucha atención a aquel aparato sobre el estante porque se confundía con el entorno.

¿Por qué tengo mariposas en el estómago?

Recojo el auricular de aspecto extraño, conectado por un cable en espiral, sin saber qué hacer.

—Nena, tienes que hablar. —Su voz está deformada, pero no pierde ese tono grave y profundo que me acelera el pulso.

Me resulta raro, pero mantengo el botón apretado y hablo al auricular.

—Hola —digo, agitada.

Suelto el botón y miro el objeto desconocido que tengo entre las manos mientras me muerdo el labio.

—Hola.

Esa simple palabra me calma los nervios más de lo que podría imaginar. No suena enfadado ni cortante, solo un poco más cansado de lo normal.

—¿Podemos hablar… así? —La imbécil de mi hermana me ha hecho cuestionármelo todo.

Una risa llega por el auricular como respuesta.

—¿Por qué no podríamos?

Masajeándome el ceño con una mano, resoplo.

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

—¿Acaso los tíos y las sobrinas no pueden hablar entre sí?

Incluso a través de la radio puedo oír su sonrisa.

—Dios mío. Ni se te ocurra empezar.

—Estoy bromeando, Espinita. —Sí, ahí va mi corazón, saliendo volando por la ventana para ir a posarse dondequiera que esté en este preciso momento—. Además, me imagino que hablar por radio es mejor que mandar mensajes, ¿no?

—Sí. Está bien. Tú ganas.

—Me gusta ganar.

Vaya. Se me cierran los muslos solos al escuchar ese tono inconfundible en su voz.

—Tenemos que hablar. ¿Te parece bien?

Hay una pausa; la estática es la única respuesta y, justo cuando pienso que ha cortado la comunicación, lo escucho hablar de nuevo.

—¿Te has desecho de Crispin?

—Sí. Se queda en el pueblo.

Vuelve a hacer una pausa, y puedo imaginarlo frotándose la mandíbula; puedo visualizar su mano tatuada flexionándose mientras se pasa la palma por la boca de la manera en que suele hacerlo cuando piensa.

—Las rutas están bien, puedes venir con ese cochecito tuyo. Te paso la dirección. Podemos pasar la noche en el lugar en el que estoy trabajando.

—¿Está cerca?

—Es un rancho a las afueras del pueblo. No voy a arriesgarme a quedarme en la cabaña mientras tu hermana ande cerca, y tú tampoco vas a quedarte donde ella pueda localizarte.

Lo dice con tanta resolución. Con tanta calma. Como si fuera lo más natural del mundo protegerme de la familia con la que cargo.

—Hay un bolígrafo sobre la radio, nena. —Los ojos se me van hacia donde, efectivamente, hay un bolígrafo y un bloc de notas desteñido; anoto las indicaciones que me da para llegar al rancho.

Por lo que describe, es un sitio remoto, pero al menos no está en la cima de una montaña.

Con su voz serena, me asegura que no voy a tener ningún problema para conducir hasta allí.

La idea de ponerme al volante y bajar por esa carretera sinuosa no ayuda a calmar mi ansiedad, pero tengo tantas ganas de llegar hasta él que no le doy demasiadas vueltas. Solo tengo que hacerlo.

—Haz una bolsa para pasar la noche. —Su tono grave atraviesa mis pensamientos y, si me quedaba alguna duda sobre si las cosas iban a estar bien entre nosotros después de las revelaciones de anoche, la disipa por completo con sus siguientes palabras—: Ah, y no te olvides de tu juguete favorito, Espinita.