Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 30. Briar
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Capítulo 30. Briar

El hombre al otro lado de la habitación parece aún más imponente de lo normal. Las sombras densas y la luz del fuego le acarician la mandíbula áspera y los tatuajes; quiero gritar hasta que me exploten los pulmones.

Mi maldita hermana me ha encontrado.

No puedo apartar los ojos de su cara mientras pronuncia esas palabras que se estrellan contra el suelo como un jarrón hecho añicos.

He recorrido ese rostro una y otra vez mientras dormía: el ceño ligeramente fruncido y la pequeña cicatriz escondida bajo la ceja izquierda.

Parece impasible, imposible de leer, y esa falta de emoción me aterra.

Ahora mismo no podemos decir ni hacer nada y, si este es nuestro final, me perseguirá para siempre saber que el hombre del que estoy enamorada nunca volverá a mirarme igual ahora que conoce la verdad.

Una desgracia horrible de la que, como una ingenua, creí que podría escapar.

Sin embargo, mi propia sangre, mi hermana mayor, ha llegado arrastrando consigo un aire pestilente y, aunque no creo que sepa la magnitud de lo que existe entre Storm y yo, está decidida a arruinarme la vida.

De eso puedo estar absolutamente segura.

Cris cree con cada célula de su corazón podrido que le robé la vida, así que convirtió en su misión personal asegurarse de que yo me sienta miserable el resto de mis días.

«Marido».

La palabra flota en el aire como la reverberación de una campana mucho después de que el badajo haya golpeado el metal.

Me duele el pecho. Quiero caer de rodillas y suplicarle que ignore lo que acaba de decir mi hermana, que el papel que existe entre Antoine y yo —ese contrato formal que me ata a él por deber, obligación y familias hambrientas de poder— es una mentira.

Nunca sentí nada por ese pedazo de basura.

Quiero que Stôrmand Lane sepa que le pertenezco, que estoy encantada de ser suya mientras él me quiera.

—Briar me contó que has tenido la amabilidad de dormir en el sofá. —La voz de mi hermana atraviesa la tensión de la habitación—. Este lugar es demasiado pequeño para que viváis los dos aquí.

Mira a su alrededor con la nariz arrugada, rascando con una uña una mancha invisible del sofá.

—Voy a buscarte la ropa de cama —murmuro, señalando las cosas a las que sigo aferrada como si fueran un salvavidas en mitad de esta locura.

—¿Has cenado algo, Crispin? —Storm no da un solo paso hacia dentro; sigue inmóvil junto a la puerta.

—He encontrado algo de camino desde el aeropuerto. Dios, aquí no hay casi nada. —Hace una mueca—. Tengo una habitación reservada en el pueblo para mañana, así que mañana me iré con Briar.

La cabeza se me gira hacia ella como un latigazo.

—No —escupo.

Crispin entrecierra los ojos desde el sofá.

—No, yo no me voy a ninguna parte —digo, cambiando el peso de un pie al otro.

—No compliques más las cosas, Briar.

—Crispin. —El hombre junto a la puerta pronuncia su nombre con un veneno que no le había oído desde la noche en que llegué y me aterrorizó con su actitud—.

Voy a concederte la cortesía de una cama por esta noche, pero vas a moderar el tono con Briar.

No me importa cómo les hables a tus subordinadas en Los Ángeles; no voy a permitir que le des órdenes a tu propia hermana delante de mí.

Sus ojos van de uno a otro. No está acostumbrada a que nadie le hable así, pero, incluso con toda su arrogancia, sabe que no le conviene provocar a nuestro tío.

—Puedes dormir conmigo esta noche y mañana te llevaremos de vuelta a Crimson Ridge. —Cruzo hasta el sofá y dejo la ropa de cama y la almohada en un extremo, evitando mirar hacia donde está Storm.

La injusticia de nuestra situación me hierve en la sangre.

¿Por qué tenemos que fingir y escondernos? No somos familia de verdad… pero, aun así, mi hermana sería la última persona a la que le contaríamos algo.

De hecho, estaría encantada de no volver a verla nunca más, y mucho menos de hablar con ella o darle cualquier información sobre mi vida.

—Si me necesitáis, estaré cortando leña —gruñe Storm antes de salir dando un portazo hacia la oscuridad que rodea la cabaña.

Mi corazón entra en estado de alarma. Apenas acababa de recuperarme del desagradable shock de ver a Cris y ahora tengo que enfrentarme a la perspectiva de pasar la noche en la misma cama que ella. Solo pensarlo me revuelve el estómago.

—El dormitorio y el baño están por aquí.

—Siento la lengua entumecida mientras me abrazo a mí misma y señalo con la barbilla.

Mi hermana resopla y se levanta del sofá, inspeccionando la habitación con la nariz levantada.

Puedo ver el desprecio instalado en cada rincón de su mente.

Mira todo con la expresión de alguien que acaba de pisar mierda de perro con unos stilettos .

—¿Cortar leña? ¿A estas horas de la noche? Dios, está como una cabra. —Pone los ojos en blanco con dramatismo—. Siempre fue un desquiciado. Era evidente desde el momento en que decidió ganarse la vida montando toros.

—Es un trabajo importante aquí. —Se me eriza la piel—. Seguro que mañana agradeces la leña y el fuego cuando no te estés congelando.

Dándome la vuelta, me dirijo al dormitorio. A la mierda todo esto. Estoy agotada y lo único que quiero es meterme bajo las mantas e intentar fingir que todo esto no es más que una pesadilla.

—¿Qué demonios estás haciendo, Briar? —me espeta a la espalda mientras me sigue—. No puedes quedarte aquí… con alguien así. —Su voz baja a un susurro.

Aprieto la mandíbula. No quiero discutir con ella, pero tampoco tengo ninguna intención de dejar que se salga con la suya.

—¿«Alguien así» cómo exactamente? Ilumíname, por favor.

—Es un mujeriego. Seguro que se ha acostado con la mitad de las mujeres de todos los estados del país, y no me digas que no has oído los rumores de que prácticamente fue el responsable de la muerte de su mujer.

Me apoyo en la cama fingiendo recolocar la manta extra. Me sorprende escuchar una acusación así, aunque sé que no debería dejarme arrastrar por las barbaridades que salen de la boca de mi hermana, sobre todo teniendo en cuenta que yo también he ocultado mi matrimonio.

¿Cómo no lo sabía?

—Además, estaba embarazada. —Mi hermana chasquea la lengua mientras abre la maleta de un tirón—. ¿Qué clase de hombre abandona a una mujer embarazada y la lleva hasta ese límite? Puede que no le metiera las pastillas en la garganta, pero dejó sus huellas por toda la escena.

Me deslizo hacia el otro extremo de la cama sin mirarla. No respondo. Solo quiero que mi hermana se vaya y me deje en paz.

Pero ella sigue escupiendo veneno.

—¿Cómo puedes siquiera plantearte quedarte aquí? Está desequilibrado y es peligroso.

Mi silencio solo le da más motivos para seguir soltando estupideces, pero estoy aturdida para hacer que se calle.

—Dios mío. No tienes ni idea de nada, ¿verdad? Estás encantada de quedarte en este cuchitril lleno de bichos con un psicópata. Siempre supe que papá te protegió demasiado, te malcrió, y mira cómo has acabado.

—Cris, estoy cansada. Olvídate del asunto y déjame dormir.

—Es inestable —ladra—. Puede que sea nuestro tío, pero volvió loca a su propia mujer; la nota que dejó demuestra que él fue el responsable. Me da asco.

La única persona que da asco aquí es mi hermana.

—¿Cómo puedes soportar estar dos segundos con él? Mira este sitio, es una pocilga. Seguro que acabas cogiendo alguna enfermedad solo por tenerlo cerca.

No la creo. No me creo ni por un segundo la nube tóxica que está soltando. Es manipuladora y venenosa y, aunque no me cabe duda de que el hombre del que me he enamorado arrastra un pasado complicado, no es la persona que ella intenta pintar.

Confío en eso con todas mis fuerzas.

Me giro sobre un lado y me quedo mirando hacia la pared, dándole la espalda a la mujer que insiste en seguir con su discurso en voz baja mientras rebusca por el otro lado de la habitación.

Pero, aunque la cabaña sea diminuta, no hay ninguna señal evidente de que hayamos estado compartiendo cama, de que seamos inseparables en tantos sentidos. Storm no es de acumular cosas y la poca ropa que tengo sigue medio desperdigada dentro de mi maleta, junto al armario.

El otro lado del colchón se hunde cuando mi hermana se mete en la cama, ocupando el lugar que le pertenece por derecho propio a mi gigante tatuado. Debería poder besarlo abiertamente y acurrucarme entre sus brazos fuertes mientras ronca suavemente sobre mi pelo.

—Dios sabrá por qué papá te dejó este cuchitril en el testamento —murmura Crispin mientras coloca la almohada y se mueve tanto que estoy a punto de partirme los dientes de lo fuerte que los aprieto—. ¿Por qué no lo has echado? Lleva años viviendo aquí como un okupa.

—Crispin. Dios mío. —Tengo que contenerme para no gritar—. ¿Acabas de llegar y ya quieres echar de aquí a nuestro propio tío?

Al decirlo, un escalofrío me recorre el cuerpo, pero es lo mejor que puedo hacer dadas las circunstancias.

—Duérmete. Mañana te llevaremos de vuelta a Crimson Ridge.

Me hago un ovillo de cara a la pared y observo cómo la habitación queda sumida en la oscuridad cuando mi hermana apaga por fin la lámpara.

Soy un desastre de emociones.

No puedo volver con ella. Me niego… No importa lo que intente hacer para convencerme de lo contrario.

Pero tampoco puedo arriesgarme a hacerle daño a Storm.

Quizá, después de todo, los finales felices no están hechos para chicas como yo.