Capítulo 29. Storm
Mierda, nunca había sentido tanta paz.
Me abro camino hacia el corazón de estas montañas después de un día de trabajo largo de narices, deseando ver la dulce sonrisa que me espera en casa.
He pasado la tarde en Crimson Ridge cerrando los últimos detalles con el agente inmobiliario de Beau y ya estoy listo para recoger el premio gordo.
Mi chica ha estado jugando conmigo. Se ha quedado sola y me ha mandado una foto que llevo mirando cada dos segundos.
Sale reflejada en el espejo del dormitorio, tapándose esas tetas perfectas con el antebrazo; la muy provocadora lleva puesto mi brazalete.
Pero eso no es lo que me ha puesto la polla dura.
No. La guinda del pastel es mi sombrero cubriéndole la melena larga y brillante, y la constelación de marcas de dedos y chupetones desperdigados por sus muslos.
Han adquirido bastante color desde anoche.
Me ha enviado la foto porque se la he pedido y, como es tan obediente, la foto lasciva ha llegado a los cinco minutos.
Me he pasado el día imaginando todas las formas en las que voy a adorarla cuando llegue a casa. O, mejor dicho, me he pasado el día pensando en un futuro con Briar.
No sé qué quiere ella de todo esto, ni de nosotros. No sé si puedo esperar que se quede en la montaña, pero no dejo de darle vueltas a mis posibilidades.
¿Qué posibilidades hay de que una chica tan perfecta pueda llegar a enamorarse de mí del mismo modo en que yo me he enamorado irremediablemente de ella?
No hablo de una fantasía de comer perdices y campanas de boda, sino de dos personas eligiendo compartir una vida. Nunca me había imaginado algo así, pero Briar Lane hace que quiera creer en algo profundo, capaz de alimentar el alma y tremendamente poderoso.
Me hace creer que podría hacerla feliz.
Quiero intentar convertirme en el hombre que merece cuidarla y quererla sin límites.
Cuando me detengo frente al porche, veo la cálida luz derramándose en el aire del atardecer, cada vez más oscuro; el humo de la chimenea se enreda en el azul desvaído del cielo salpicado de unas cuantas estrellas tempranas, y me siento atraído hacia la casa como un imán, hacia el lugar donde sé que ella me espera.
Subo deprisa hasta la entrada y, a medio quitarme las botas, empiezo a gritar mientras cierro la puerta detrás de mí:
—Esto se va a poner interesante. —Mi voz atraviesa el salón hasta el fuego crepitante de la chimenea—. Esa foto…
Las palabras ya han salido de mi boca cuando me doy cuenta.
Es muy tarde para tragármelas, pero al menos no son tan incriminatorias.
Porque hay alguien más aquí, y es la última persona del mundo con la que querría dejar sola a mi chica.
—Stôrmand.
El tono afilado y nasal de la imbécil de su hermana resulta tan bienvenido en mi casa como un cubo lleno de mierda de cerdo. De hecho, preferiría el cubo de mierda antes que a la basura humana que tengo sentada en el sofá.
—Crispin. —Inclino la cabeza hacia ella mientras intento entender qué coño estoy viendo.
—Hola. —La voz de Briar suena muy baja y frágil cuando sale del dormitorio, con los ojos muy abiertos y el rostro tenso y contraído. Lleva en brazos un montón de mantas y lo que parece una almohada.
Es como si le hubieran arrancado de golpe todo el color y toda la vitalidad. Ha vuelto a convertirse en una sombra de sí misma y, ahora que la veo bajo esta luz, me doy cuenta con una claridad brutal de que esta era exactamente la versión de Briar que apareció inesperadamente en mi puerta.
Aprieto los puños y el pulso me late rápido en la mandíbula.
—¿Qué te trae a Crimson Ridge? —Vuelvo la mirada hacia la rubia encaramada en el sofá, que fulmina a su hermana pequeña con los ojos.
—Bueno, no te imaginas lo aliviada que estoy de haber encontrado por fin a Briar. Su numerito de escapismo nos tenía a todos muertos de preocupación.
Dios, puedo oler la falsedad a kilómetros.
Estoy buscando las palabras adecuadas, algo que equivalga a una patada directa en ese culo huesudo.
Pero entonces abre su boca de víbora y veo a Briar desmoronarse delante de mis ojos.
—Me preguntaba adónde habría huido mi hermana después de abandonar a su marido.