Capítulo 28. Briar #2
No hay otro desenlace posible más que correrme mientras sigo al teléfono y, si este hombre consigue lo que se propone, lo haré mientras grito su nombre.
Parece completamente indiferente al hecho de que estamos en un baño público o a que el resto de la mesa pueda empezar a preguntarse dónde nos hemos metido.
Dios mío.
Hemos venido con más gente.
Storm ve en mi cara la batalla contra la excitación que me provoca hacer algo tan ilícito y arriesgado y, entonces, succiona mi clítoris con tanta fuerza que se me arquea la espalda y el orgasmo me atraviesa como un rugido.
Me coge completamente desprevenida y, mientras me muerdo el labio hasta casi hacerme sangre, oigo la voz de Antoine repitiendo mi nombre.
—Briar, ¿me oyes? Te he dicho que me mandes una dirección. ¿Va todo bien?
Mi cuerpo se estremece cuando el hombre que me da placer me mira, masajeándome lentamente con la lengua, lamiendo mi clítoris; luego baja mi pierna con cuidado hasta el suelo.
Ahí se acaba toda la delicadeza.
Se pone de pie de golpe y me arranca el teléfono de la mano flácida.
—Te escucha perfectamente. —Le gruñe al altavoz—. Por cierto, así suena una mujer cuando se corre tan fuerte que te empapa la cara y se olvida hasta de su propio nombre. Vete a la mierda y borra este número, imbécil.
Pulsa el botón rojo y corta la llamada, y yo casi me caigo al suelo.
Dios mío.
Storm se guarda el teléfono en el bolsillo trasero y luego apoya un antebrazo en la pared, justo por encima de mi cabeza. Mirándolo desde abajo, lo único que veo es cómo sus labios y la barba que rodea su boca siguen cubiertos de mi excitación.
Es algo primitivo, salvaje y tan sexy que creo que voy a morir.
Con la otra mano, se mete bruscamente bajo la tela de mi ropa interior, que sigue apartada hacia un lado. Esta vez hunde dos dedos dentro de mí y dejo escapar un gemido fuerte: estoy tan húmeda y resbaladiza… El eco del orgasmo todavía me recorre las venas y necesito más.
—Vas a bloquear su número, ¿entendido? —gruñe, curvando los dedos y hundiéndose más hacia dentro y hacia fuera, mientras los sonidos sucios y húmedos de mi sexo llenan el baño.
—Ya lo hice —gimoteo mientras las manos vuelan hacia su camisa y su antebrazo para aferrarme a él.
—Y me vas a decir si ese gilipollas intenta volver a ponerse en contacto contigo. —No es una pregunta, es una orden.
Se hunde más allá de la segunda falange y yo jadeo y me retuerzo, empalada en sus dedos.
—Sí. Sí.
–Y no vas a irte a ninguna parte, ¿está claro? —Apoya la frente contra la mía mientras sigue trabajándome con esos dedos traviesos y mece la palma sobre mi clítoris hinchado.
Asiento con la cabeza; me muero de ganas de arrastrarlo hasta mi boca, pero también sé por qué se contiene, aunque sus ojos no dejen de desviarse hacia mis labios.
Sabe que tenemos que volver enseguida y, aunque mi sexo le pertenezca por completo, agradezco que no vaya a dejarme salir de aquí con el maquillaje corrido y la cara gritando que me ha follado sin descanso en el baño.
—No te vas. —Empuja—. No vas a volver con ese imbécil. —Empuja otra vez—. Eres mía.
Mientras me folla con los dedos sin piedad, vuelve a agacharse.
Durante un instante creo que va a torturarme otra vez con la boca hasta hacerme perder la cabeza, pero en lugar de eso me observa con una intensidad depredadora.
Esta vez, Storm gira la muñeca de manera que el dorso de la mano queda hacia arriba.
No necesito mirar para saber exactamente qué va a mostrarme esa imagen.
—Joder. Mira qué bien te queda. —Por supuesto, sigo el sonido de su voz, ese tono grave y sensual que arrastra mi atención hacia abajo, entre mis piernas—. Te encanta ver cómo te abres sobre mi tinta, ¿verdad?
Las letras tatuadas de su nombre desaparecen dentro de mí y me aprieto aún más contra él por lo obsceno que es todo esto.
—Mi puta preciosa. —Marca cada palabra con una nueva embestida de los dedos.
Desprende una energía tan posesiva que me nubla la vista. Esta vez el orgasmo es rápido y crudo, y la ola me golpea con la fuerza arrolladora de un huracán. Apenas consigo contener los gemidos y los sonidos de puta pidiendo más.
Estoy bastante segura de que, en medio de todo, he acabado suplicándole que me folle, lo que, por supuesto, hace que sonría con esos labios preciosos.
Cuando aparta la mano, se pone en pie y levanta ante nuestros rostros los dedos que hace un instante tenía hundidos dentro de mí; están cubiertos con el residuo pegajoso de mi orgasmo.
Lo frota entre el pulgar y el dedo corazón, separándolos y exhibiendo cómo mi flujo se estira antes de mirarme con una ceja arqueada.
Como la buena chica que soy, saco la lengua.
—Qué bien te portas, joder —gruñe mientras desliza los dedos entre mis labios, y yo lamo despacio las pruebas de lo fuerte que acabo de correrme bajo su control, limpiándolos bajo su mirada vigilante.
Mi cerebro flota en algún lugar del cielo estrellado.
Que consiga salir de aquí sin tambalearme ya es otra cuestión completamente distinta.
Entonces retira los dedos y se los mete en la boca él mismo, saboreándolos con un sonido oscuro de satisfacción. Después baja la vista y me recoloca con cuidado la ropa interior y el vestido.
Como si no acabara de restregarse contra mí y deshacerme con la lengua y los dedos.
—¿Lista? —Me lanza una mirada traviesa.
Parpadeo, porque necesito un segundo para procesar lo que acaba de decir. Entonces mi cerebro vuelve por fin a conectarse.
—Todo el mundo te ha visto entrar. ¿Cómo se supone que vamos a salir ahí fuera y explicar esto? —susurro a voz en grito mientras le doy un golpe en ese pecho increíblemente fuerte.
—De eso ya me he encargado yo.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo piensas explicar haber desaparecido hacia el baño dos segundos después que yo?
—Se me retuerce el estómago. No hemos hablado de contarle a nadie lo nuestro y no siento que esta noche, de todas las posibles, sea el momento ideal para soltarle esa revelación al único grupo de amigos que he conseguido hacer aquí.
El hombre exasperante e increíblemente atractivo que me domina desde arriba parece imperturbable. Él es un lago en calma; yo, un océano embravecido de ansiedad.
—Les he dicho que podríamos tardar un rato.
—¿Qué?
—No te pongas nerviosa, Espinita.
—¿Pero no van a hacer preguntas? —Claro que van a hacer preguntas. Un montón de preguntas.
—No. —Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? Van a sospechar algo. —Me paso las manos por el vestido, intentando alisarlo mientras trato de recuperar las neuronas que se me han acumulado en el coño.
—No. No van a sospechar.
—¿Por qué no me gusta nada esa expresión que veo en tu rostro?
—Les he dicho que siguieran sin nosotros, que podríamos tardar un rato.
Me tira suavemente del codo para llevarme hacia la puerta y, mientras descorre el pestillo, me preparo para que todo el mundo descubra nuestro secreto. Pero entonces se inclina hacia mí y me susurra al oído:
—Les he dicho que teníamos una emergencia familiar.