Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 28. Briar
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Capítulo 28. Briar

—Bueno, pues parece perfecto. —Layla prácticamente se retuerce de emoción en el asiento; parece estar flotando en una nube. Casi le ha hecho ya las maletas a su mejor amiga.

El rojo remolacha de mis mejillas ha desaparecido en cuanto he procesado la línea de texto de la pantalla del teléfono.

Ahora mismo soy un camión de bomberos con las sirenas puestas y todas las luces apuntando a lo mojada que estoy por culpa del hombre de la mano pesada y los dedos traviesos que me acarician la piel con movimientos tan pequeños que apenas se perciben.

Siento cada caricia lenta como si estuviera amplificada.

—O sea, está clarísimo que te van a contratar, Sarge. Eso ya lo sabemos —dice Layla, lanzándome una mirada larga, y yo hago todo lo posible por sonreír y actuar como si todo fuera completamente normal debajo de esta mesa.

La mujer en cuestión suelta un gemido.

—Si esto sale adelante, énfasis en el «si», no pienso ponerme un mono vaquero en la vida.

—La próxima vez que vea a Hayes le preguntaré qué van a necesitar aquí con el relanzamiento de The Loaded Hog. —Kayce coge su teléfono y envía un mensaje.

Sage mastica, reflexiva, otra patata frita y empieza a responder; los dos se ponen a hablar más sobre la posibilidad de su inminente mudanza a Crimson Ridge y entonces noto la vibración inconfundible del teléfono.

Al principio estoy segura de que será otro mensaje sucio del hombre sentado a mi lado. Pero la vibración continúa, y entonces me doy cuenta de que es una llamada que exige mi atención.

Por dentro me estremezco.

¿A estas horas de la noche? ¿De la nada? Solo pueden ser dos personas, y no tengo la menor intención de hablar con ninguna de ellas.

La amenaza de Antoine la última vez que intercambiamos palabras me resuena en los oídos. Por mucho que me resista a atender esta llamada, prefiero enfrentarme a él antes que lidiar con la posible cacería que podría desatarse si ignoro sus intentos de contactar conmigo.

—Perdón, tengo que contestar. —Bajo la cabeza y le hablo en voz baja al hombre que tengo al lado; no quiero cruzarme con su mirada inquisitiva ni llamar la atención del resto de la mesa, que sigue charlando animadamente.

Los demás me miran apenas un instante. Veo que Layla arquea ligeramente una ceja, y levanto el teléfono para señalarlo mientras murmuro una disculpa silenciosa e intento escabullirme.

Por suerte, Storm ya se ha deslizado fuera del reservado, lo que me permite comprobar rápidamente que el vestido sigue en su sitio antes de escapar sin decir una palabra.

El alivio sale de mis pulmones mezclado con una pesada sensación en el estómago mientras me apresuro hacia los baños. Ahora mismo solo quiero acabar con esto cuanto antes y volver con mis amigos.

La pantalla del teléfono parpadea con «número desconocido» escrito en letras grandes, y solo puede tratarse de un imbécil en concreto. Al menos esta vez no tendré que soportar la bronca de mi hermana.

—¿Qué? —siseo entre dientes mientras me llevo el teléfono al oído.

—Nena, qué bien sienta escuchar tu voz.

Se me erizan todos los pelos de la nuca. Su tono suena almibarado, cargado de alcohol; esa clase de dulzura enfermiza que solo pudre todo lo que toca.

Unas puertas separan la zona del bar de un pasillo con baños individuales. Al menos puedo encerrarme en uno del fondo para quitarme esta mierda de encima lo antes posible.

—Te dije que me dejaras en paz. —Paso de largo los otros baños vacíos hasta llegar al último, que, por suerte, está libre.

—Sabes que no puedo hacer eso, Briar. Eres demasiado importante para mí.

—Vete a la mierda. Lo único que te importa es mi apellido. Y los dos lo sabemos.

Empujo la puerta para cerrarla, pero antes de que consiga echar el pestillo, se abre de golpe.

Por reflejo, doy un salto hacia atrás para evitar la madera maciza que casi me golpea.

Unos ojos azules penetrantes se clavan en los míos y, en un latido frenético, me veo obligada a retroceder.

Me quedo boquiabierta mientras esos hombros anchos y los tatuajes avanzan hasta llenar todo el espacio entre mi cuerpo y la salida.

Storm echa el pestillo detrás de él, encerrándonos en aquel baño diminuto, y se cruza de brazos. Su mirada va del teléfono pegado a mi oreja a mis ojos una y otra vez.

¿Cuánto habrá oído?

—No es verdad, nena. Te quiero. Te echo de menos.

La voz de Antoine llena el silencio y rebota contra los azulejos y el espejo agrietado sobre el lavabo. Quiero encogerme hasta desaparecer. El hombre que tengo a apenas unos centímetros puede escuchar cada mentira patética que sale del teléfono, y noto cómo el estómago se me desploma.

Me cuesta tragar saliva. Intento suplicarle con la mirada, decirle que no es lo que parece, explicarle que esto, esta cosa inesperada pero perfecta que existe entre nosotros, significa muchísimo más para mí que cualquier cosa que haya podido tener con el hombre que está al otro lado de la línea.

—¿Por qué no me dices dónde estás para que podamos dejar todo esto atrás?

Estoy paralizada. Las palabras se resisten a salir. Abro la boca, pero el aire no llega a mis pulmones encogidos.

—No. —Es lo único que consigo articular.

Me paso la lengua por el labio inferior y me doy cuenta de que he ido retrocediendo mientras Storm reducía el espacio entre nosotros.

Mis hombros chocan contra la pared de azulejos.

—Sabes que lo siento. Ella no significa nada. Me he disculpado de todas las maneras posibles…

El patético intento de Antoine queda suspendido en el aire.

Los ojos de Storm brillan, tormentosos y letales. El azul del que tanto me he enamorado se vuelve eléctrico mientras invade mi espacio y captura hasta la última molécula de aire a nuestro alrededor.

Es tan ancho que lo único que alcanzo a ver es su pecho, sus tatuajes; su olor envolviéndome en una especie de abrazo que, de alguna manera, calma esta locura y al mismo tiempo vuelve imposible pensar en nada que no sea él: alto, musculoso, dominándolo todo.

—No importa. —¿Me tiembla la voz? ¿Se nota lo mucho que me angustia pensar qué estará pensando y cómo va a reaccionar a lo que pueda llegar a escuchar por el altavoz del teléfono?

—Briar, sabes que sí importa. Esto no puede seguir así. Necesito que vuelvas a casa para que podamos arreglarlo juntos, para que podamos…

Mientras Antoine se embarca en una larga explicación sobre todas las razones por las que debería perdonarlo, lo noto: Storm engancha un dedo bajo la manga larga de mi vestido, a la altura de la muñeca con la que sostengo el teléfono pegado a la oreja, y tira suavemente de la tela, deslizándola apenas hacia atrás.

Su brazalete queda al descubierto.

Está ahí, como él sabía que estaría, bien sujeto bajo el suave algodón elástico del vestido y, mientras su mirada va de la tira de cuero a mi cara y viceversa, veo cómo su cabeza trabaja a toda velocidad.

Abro los labios en un suspiro mudo.

Se arrodilla frente a mí.

Antoine sigue hablando; apenas se detiene para respirar mientras enumera una larga lista de razones por las que tengo que volver a casa. Todo ello mientras Storm me sube el vestido hasta la cintura y un escalofrío me recorre el cuerpo.

No intento detenerlo.

Quizá esta sea la última vez que compartamos algo así. Quizá, después de escuchar esta llamada, decida poner fin a toda esta locura que existe entre nosotros.

Así que voy a dejar que haga conmigo lo que quiera aquí, contra esta pared, mientras el cretino de mi ex me suplica que vuelva volando a Los Ángeles.

—… vuelve a casa. Te enviaré el jet . Dime dónde estás y tendrás al piloto y a la tripulación preparados para mañana por la mañana.

Storm recorre con la lengua la parte interior de mi muslo, siguiendo el camino por el que antes había pasado su mano, y se coloca entre mis piernas. Se apoya una de ellas sobre el hombro y el movimiento me obliga a apoyarme en su pelo para no perder el equilibrio.

Sus ojos destellan, como si eso le gustara.

—¿Briar?

—No voy a volver. —La visión hipnótica del hombre del que me he enamorado tan deprisa y sin remedio, arrodillado ante mí, casi consigue que olvide que tengo que responder algo. ¿Sabrá que no quiero irme nunca? He encontrado mucho más de lo que esperaba en este pequeño rincón perdido del mapa.

—Al menos déjame ir a verte.

Esas palabras encienden algo. En un instante, el ambiente se vuelve cortante. Storm entrecierra los ojos y se transforma en un hombre poseído. En cuestión de un segundo, deja de lamerme y se lanza hacia delante.

Con un dedo, engancha la tira húmeda de tela que cubre mi sexo, ya más que empapada, y la aparta con destreza hacia un lado antes de cubrirme con la boca.

—No… —jadeo, intentando contener la cadena de gemidos que amenaza con escapárseme mientras el hombre que sabe cómo tratarme hace girar la lengua sobre mi clítoris con una habilidad perversa. Le agarro del pelo en un intento desesperado por mantenerme en pie.

—Sé que sigues en el país. —La voz de Antoine empieza a sonar irritada—. Eso significa que puedo estar ahí de un día para otro. Solo tienes que decirme dónde recogerte.

Aspiro una bocanada de aire.

—¿Te estás follando a otro? —escupe a través del teléfono.

Miro hacia abajo, al hombre que tengo entre las piernas, apoderándose de mi cuerpo, y no sé qué responder. El pulso me retumba en el cuello a un ritmo enloquecido y siento que estoy flotando fuera de mí misma.

—No voy a decirte nada —contesto.

Esos ojos azules impactantes me atrapan, brillando triunfales.

Storm gruñe contra mi clítoris y manda chispazos de placer directos hasta la punta de los pies. Esta vez pierdo la batalla contra el sonido que se me escapa y acabo gimiendo.

Me quedo mirándolo con la boca entreabierta, fascinada por la visión de sus labios brillando con mi excitación, y noto cómo sonríe contra mi sexo. Sus dedos se clavan en mis caderas, sujetándome en el sitio mientras me devora con una devoción salvaje.