Capítulo 32. Storm
Arreglar el rancho de Beau es mucho más divertido si me ayuda una chica sexi.
Briar llegó —ese cacharro de alquiler es una trampa mortal, pero dadas las circunstancias ha resultado útil— y enseguida la he puesto a trabajar.
Está nerviosa después de lo que pasó anoche, y no la culpo. A mí también me llevó un rato asimilar lo que dijo su hermana y, aunque nada de eso me importa, no quiero dar ningún paso en falso.
Conquistar a Briar Lane es como lograr que un caballo asustadizo termine confiando en ti lo suficiente como para dejarte revisarle el casco.
Ha tenido una vida difícil; no le ha faltado dinero ni cosas materiales, pero ha sufrido mucho emocional y mentalmente.
No voy a hacer nada que le haga sentir que no puede confiar en mí.
Porque, en cuanto entré en aquella cabaña anoche, supe que era capaz de enfrentarme a cualquier cosa que intentase interponerse entre mi chica y yo.
Es una chica tan espectacular como el baile de las luciérnagas en la brisa nocturna, el ondular de las auroras en el cielo, el suave oleaje del océano centelleando como si estuviera lleno de estrellas.
Es uno de esos paisajes que te dejan sin aliento, de los que no puedes creer que existan hasta que los ves con tus propios ojos por primera vez.
Así que he hecho lo mismo que hago con los caballos: ponerla a trabajar para quitarle esa tensión y ese estrés que le corren por las venas.
Por eso está ahí plantada, con expresión desconcertada, sosteniendo un pincel en una mano y un rodillo en la otra, mirando boquiabierta el nuevo rancho de Beau.
—¿Pintar? No sé pintar. —Tuerce los labios.
—Es fácil. Lo importante es no cargar demasiado el pincel ni el rodillo al principio. —La llamo con un gesto hacia donde he dejado preparadas las bandejas de pintura y las lonas protectoras; yo ya lijé y acondicioné todo antes.
—¿Este es el rancho de tu amigo del rodeo? —Mira la pared entrecerrando los ojos, como si fuera a saltar y morderla o algo así.
—Le debo unos cuantos favores por haber estado ahí cuando todos los demás se alejaron. —Me encojo de hombros, me agacho junto a uno de los botes de pintura y hago palanca con un destornillador para quitar la tapa.
Briar se queda cerca de mí.
—Entonces…, ¿él no está? —Se muerde el labio y contempla a su alrededor el espacio diáfano.
Las habitaciones están vacías y resuenan con eco, pero aun así se aprecia el suelo de madera y la piedra que rodea la gran chimenea, con enormes ventanales que dejan ver los árboles y las montañas al otro lado del cristal.
Cuando el rancho esté en pleno funcionamiento, esos campos vacíos estarán llenos de ganado y caballos, pero por ahora el lugar está tranquilo. Solo estamos nosotros dos; no hay nadie ni nada a kilómetros de distancia.
—No. Todavía queda mucho por hacer, como puedes ver, y hasta que esté listo tiene asuntos de los que ocuparse fuera del estado.
—¿Trabajarás aquí? —Me mira con esos ojos oscuros llenos de curiosidad—. ¿Como en Devil’s Peak?
Todavía en cuclillas, me paso el pulgar por la mandíbula.
—Puede ser. Aún no hemos cerrado los detalles, pero Beau sabe lo que valgo, sabe de lo que soy capaz.
—Sería idiota si no te contratara. —Es la primera vez que una pequeña sonrisa asoma en esas facciones preciosas desde que ha llegado, y algo se me encoge en el pecho al verla relajarse un poco.
—Voy a echar un poco de pintura aquí para que puedas empezar con esa pared del fondo.
—La señalo con el destornillador, y Briar se gira de golpe para mirar hacia donde apunto.
Ahora mismo está pintada de un horrible verde guisante, con las marcas descoloridas de cuadros viejos y trastos de quienquiera que viviera aquí antes de que Beau comprara el lugar.
Briar vuelve la vista hacia mí con una expresión de ligero disgusto. Sus ojos recorren mi pecho, bajan rapidísimo hasta mis vaqueros y vuelven a subir hasta mi boca.
Eso me arranca una carcajada. Le engancho la parte delantera del abrigo —mi abrigo— y tiro de ella hasta que sus caderas quedan justo a la altura de mis ojos.
—Vamos…, ¿pensabas que te había traído hasta aquí solo para meterme en tus pantalones?
—Esperaba que sí. —Me hunde los dedos de una mano en el pelo mientras se muerde esa curva del labio inferior que juro que podría dibujar con los ojos cerrados.
Estoy perdidamente enamorado de esta chica.
—Cariño, si quieres divertirte, primero tendrás que asegurarte de que no me retrase con el trabajo.
Briar se endereza y se pone de pie para contemplar su obra. Aparta unos mechones sueltos de su frente con el dorso de la mano y mueve los hombros. Le dio dos manos de pintura perfectas a la gran pared, que se ve mucho mejor con ese color marfil mate.
Me acerco a su lado para contemplar juntos la pared.
—Así que marido, ¿eh? Supongo que estabas hablando con él en el baño cuando te hice gritar de placer.
Briar emite un sonido áspero y me clava el codo en el costado.
—Lamento que te hayas enterado así. —Su voz se suaviza.
—¿Lo habéis dejado?
—¿Honestamente? Nunca empezamos. No tuve agallas y me dejé convencer de que mi vida era una moneda de cambio para hacer negocios.
—Suena muy típico de Erik. —Aprieto la mandíbula al pensar en toda la porquería que le debe haber hecho a Briar a lo largo de los años.
—Así que mujer, ¿eh? —Apoya la cabeza contra mi costado, y la atraigo hacia mí por instinto. Suelto un largo suspiro porque aquí es donde la cosa se pone seria de verdad, ¿no?
Todos los muertos están listos para salir de ese armario.
—Creo que necesito una copa para poder tener esta conversación. —Mi mano le roza el cabello, y ella levanta la barbilla para encontrarse con mi mirada.
—Puedes contármelo. —Esa mirada, esa seguridad, esa confianza escrita en toda su expresión es algo que no merezco para nada, pero me voy a aferrar a ella de todas formas.
—Vamos, tengo unas cervezas. —La tomo de la mano, entrelazando los dedos, y la guío por el amplio plano abierto del rancho hasta donde se erige la cocina soñada de cualquier anfitrión.
Reemplazaron todos los electrodomésticos, así que es un lujo de acero inoxidable y encimeras de madera perfectamente pulida.
No tengo ni idea de qué piensa hacer Beau con el rancho, pero está claro que va a cocinar… Y mucho.
—Sube aquí ese precioso trasero. —Levanto a Briar y suelta un chillido de protesta cuando la siento en la encimera. Tomo un par de cervezas de la nevera portátil.
Abro una botella, se la paso y me apoyo contra la larga encimera, de frente a ella.
Con los tobillos cruzados, me permito contemplarla un momento.
Esta posición nos pone a la misma altura, y todo parece más fácil, más natural, aunque lo que estoy a punto de contar sea como arañar una pizarra con las uñas.
Doy un trago largo a mi bebida mientras ordeno los pensamientos de algún modo coherente.
Intento darle sentido al cúmulo de recuerdos que definitivamente no quiero remover.
Es una caja que lleva mucho tiempo cerrada con candado, así que me cuesta un poco abrir las bisagras oxidadas y redescubrir el caos que empujé dentro.
—Comenzó una noche en Las Vegas. Después de una victoria enorme, una de mis mejores actuaciones, la puntuación más alta de mi vida, lo gané todo y me fui con un cheque sustancioso.
—Vuelvo a llevarme la botella a los labios y doy otro largo trago mientras Briar me observa con esos ojos profundos—.
Cuando me desperté al día siguiente, no solo tenía una resaca descomunal y ningún recuerdo de lo que había pasado después de las primeras rondas de tragos, sino que además había un anillo en mi dedo…
Fue una manera espantosa de descubrir que la había cagado tanto que ni el gran Erik Lane pudo sacarme del lío legal.
Me paso la lengua por los dientes e inhalo por la nariz. Aquí viene la parte más repugnante de toda esta terrible historia.
—Ella murió de sobredosis hace diez años.
Seguíamos casados legalmente, pero no la veía desde aquella noche en Las Vegas.
Se llamaba Tegan. Y, sinceramente, fue como enterarme de la muerte de una desconocida.
Pero tuve que ir a su funeral y hacer el papel de viudo, con todo lo que eso implica cuando estás legalmente unido a alguien.
Diez años después descubrí lo que había hecho exactamente el cretino de mi hermano.
—Es bastante para asimilar. Recuerdo que me dijeron que habías estado casado y haber oído algo del funeral por encima, pero no sabía nada más. Nos mantenían muy apartadas de todo. Me siento idiota por no haberlo sabido o por no haber preguntado. —Pensativa, da un sorbo a la cerveza.
—Igual que yo no sabía que te habían casado con un imbécil.
Briar inspira hondo por la nariz.
—Los Lane sí que saben guardar secretos, ¿eh?
No sabe ni la mitad de lo que su padre era capaz de hacer.
—Mi único consuelo, si es que puede llamarse así, fue que de niño tuve un accidente de esos que no dejan ninguna duda de que no puedo dejar embarazada a nadie por accidente en una noche de borrachera.
—¿No puedes tener hijos? —Briar abre los ojos de par en par por encima de la cerveza; se queda un instante con la botella suspendida a medio camino de la boca.
—No. —Dios, ni siquiera había pensado si revelar esa joyita podría hacer que saliera corriendo. No había pensado ni un segundo en si Briar querría tener hijos algún día.
Mierda. Siento como si alguien me hubiera metido el pecho en una prensa y estuviera apretando los tornillos.
Pero ella no parece reaccionar ante ese detalle y continúa con toda naturalidad.
—Entonces, ¿por qué no te divorciaste? ¿Por qué seguisteis unidos?
—Bueno, para empezar, no estábamos exactamente «unidos».
Nunca vivimos juntos ni compartimos tiempo.
Solo era un papel que nos unía legalmente, nada más.
Yo me pasaba la vida viajando para competir y no tenía ningún interés en tener esposa.
Pero tu querido padre me convenció de que era «bueno para mi imagen» que siguiéramos casados, ya sabes, para marcar esa casilla…
—Más bien, bueno para la imagen de la familia Lane.
—Exactamente. —Dejo la cerveza sobre la encimera—.
Así que Tegan vivía en Los Ángeles mientras yo seguía con mi vida y, de vez en cuando, intercambiábamos mensajes a través de mi agente o de mi abogado.
Suena muy raro ahora que lo digo, pero esos diez años pasaron volando porque toda mi atención estaba puesta en el rodeo. Fue un abrir y cerrar de ojos.
—¿No podías enfrentarte a mi padre?
Niego con la cabeza e intento escoger bien las siguientes palabras.
—Mira, Erik tenía una envidia enorme de la atención que recibía cuando competía, y odiaba aún más que yo disfrutara de ello.
No estoy orgulloso de quién era cuando no estaba montando, pero digamos que emborracharme y perseguir mujeres…
era mi forma de llenar un vacío. —Aprieto el borde de la encimera y suelto una risa amarga—.
Seguro que tiene algo que ver con que me dejaran en un orfanato cuando era niño; creo que alguien debería haberme mandado a terapia en algún momento, pero es una parte de mí con la que tengo que aprender a convivir.
Los dos damos un sorbo a nuestras bebidas, procesando todo lo que acabo de compartir.
Briar se aclara la garganta.
—Tengo una pesadilla recurrente. Es el día de mi boda.
Llevo aquel estúpido vestido de alta costura y camino por el pasillo de un club de campo para millonarios sin poder dejar de llorar.
Recuerdo que me temblaba todo el cuerpo y a nadie le importaba.
Todos bebían su champán, aplaudían educadamente el cierre del trato y se reían de mí a escondidas.
Sus ojos adquieren esa mirada perdida que tanto odio, aunque también me alegra que me esté contando todo esto y no quiero que se detenga.
—Antoine olía a tabaco y a perfume barato; creo que llegaron directamente de su despedida de soltero. Casi vomité en su boca cuando tuve que besarlo en el altar.
—¿Alguna vez te puso la mano encima? —Aprieto la botella con más fuerza. Ya no quiero desenterrar a Erik de la tumba, pero estoy listo para coger un vuelo a Los Ángeles y partirle la cara a ese tipo con un mazo.
Briar niega con la cabeza.
—Aparte del sexo ocasional, no. Fueron muy pocas veces, como una especie de compromiso anual durante tres años. —Ahora es Briar quien ríe con amargura—. Supongo que debería estar agradecida, ¿no? De que mi marido no quisiera tocarme.
—Me revienta que tuviera siquiera eso. Ese imbécil no se merecía nada de ti, Briar. —Lo digo con tanta fuerza que me mira boquiabierta. Es como si nadie le hubiera dicho nunca que merece que la traten como a lo más precioso e importante del mundo.
No como un contrato o un acuerdo.
—Tengo que resolver algunos asuntos con Cris. —Aprieta los labios—. Antes de venir aquí solo podía pensar en huir. Y todavía no tengo ningún plan. Más allá de empezar una vida nueva, sin un exmarido de mierda, claro. —Briar suelta una pequeña risa.
—Cariño… —Cruzo el espacio que nos separa y dejo mi botella a un lado para tomarle el rostro entre las manos—. Ahora me tienes a mí. Olvídate de todo lo demás, que les den. Yo no voy a irme a ninguna parte y voy a protegerte hasta mi último aliento.