Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 27. Briar
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Capítulo 27. Briar

Se supone que tengo que aguantar una noche entera de cena y nuevos amigos sin quedarme mirando a mi tío, que probablemente estará sentado justo enfrente, en uno de los reservados de este bar, con ojos de «por favor, fóllame hasta hacerme perder la cabeza».

Hoy ha sido el mejor día de todos. He perdido completamente la noción del tiempo entregada a la sesión de cepillado más larga del mundo con Teddy.

Aunque me habría encantado poder entrar en el box con él, me parecía una idea muy estúpida hacerlo después de que Lucas Rhodes me dijera específicamente que no lo hiciera.

He disfrutado tanto del tiempo que hemos pasado en el rancho que fue como flotar entre nubes. O sea, pasar tiempo en Devil’s Peak tiene el mismo efecto, pero la oportunidad de estar sola, charlando con Teddy y cepillándole el pelaje, ha sido especial.

Ahora tengo que enfrentarme a algo mucho más complicado que un caballo que podría intentar arrancarme un trozo de carne.

Esta noche se supone que debo divertirme, relajarme, disfrutar de una buena cena y fingir que todo es perfectamente normal. Apenas he salido a tomar aire fuera de la burbuja de felicidad y sexo con Storm en la que llevo sumergida desde que cruzamos aquella línea invisible por primera vez.

Si alguna vez dudé de que hablaba en serio cuando dijo que, si el brazalete estaba puesto, estaba puesto , ahora ya no me queda ninguna duda.

Trabajar juntos durante el día es como una sesión interminable de preliminares para que luego me arrincone y se adueñe de mí en lugares y posturas extremadamente comprometidas.

A estas alturas conoce mi cuerpo tan bien que sabe que, cuanto mayor es el riesgo, más fuerte me corro, y parece haberse propuesto como misión personal llevarme al borde de la locura y hacer que le entregue el coño una y otra vez.

Por la noche… Bueno, digamos que nos abandonamos por completo a esta adicción. A veces, literalmente, no para; me empuja hasta dejarme temblando, sin aliento y suplicándole piedad.

Pero ya sabe que soy una mentirosa de mierda.

Podría quitarme el brazalete en cualquier momento si de verdad, genuinamente, quisiera que parara.

La verdad es que no quiero que lo haga. No me importa acabar sin fuerzas e incapaz de sentir las piernas. Solo quiero que me use y me dé más y más de esa mezcla de perversión y adoración que me ha metido en las venas.

Me folla como una fantasía vaquera hecha realidad, me vuelve loca cuando dice que soy su juguete y su puta con tanta ternura. Después, sus manos tatuadas son tan suaves, tan cuidadosas, tan delicadas, que me duele hasta la sangre de tanto desearlo.

Estoy en un lío muy serio.

Y lo sé. Aunque mi estúpido corazón se empeñe en ignorar la realidad, mi cabeza entiende que me he aventurado sobre un hielo peligrosamente fino.

He perdido de vista la orilla, arriesgándome a caer y hundirme bajo la superficie helada en cualquier momento.

Cuando llegamos al bar, he estado atenta por si aparecía la-que-perdió-el-brillo-de-labios, pero parece que la camarera confianzuda no está trabajando.

The Loaded Hog sigue siendo la única opción de Crimson Ridge para cenar después de que anochezca y, aunque está pensado principalmente como bar, esta noche todos decidimos limitarnos al agua o los refrescos.

Me enteré de que Kayce lleva casi un año completamente sobrio.

El otro día, mientras salíamos a cabalgar por Devil’s Peak, me contó algunos detalles más de su historia y me aseguró que prefiere no evitar las situaciones sociales.

Es de esas personas que viven para ser el centro de atención, así que lo entiendo; probablemente le resultaría mucho más difícil quedarse al margen de una ocasión como esta.

Una carcajada atrae mi atención hacia la puerta, donde veo llegar al resto de nuestra mesa.

Layla choca el hombro con una chica que va a su lado, y enseguida llena el local con una energía imposible de ignorar.

Las dos sonríen de oreja a oreja y se relacionan con una naturalidad más propia de hermanas que de mejores amigas —aunque tampoco soy ninguna experta en el tema, teniendo en cuenta que mi hermana es el mismísimo demonio—.

Irradian una energía intensa, cálida como el sol.

Parecen divertidas, relajadas, y me queda claro por qué es la mejor amiga de Layla, una mujer con la que da gusto pasar el tiempo.

—Perdón por el retraso. —Layla me envuelve enseguida en un abrazo fuerte—. Sage, te presento a nuestra chica de ciudad, Briar.

La reina de belleza en cuestión se lanza directa a abrazarme. Es despampanante: piel oscura, un cutis luminoso y un cabello negro azabache y sedoso que cae en ondas suaves sobre los hombros.

Layla parece salida de una sesión de fotos de temática vaquera, con sus botas color camel y su bonito vestido de flores, pero Sage va completamente de negro.

Unos vaqueros le abrazan los muslos, un jersey sencillo se ajusta a sus curvas y la cazadora de cuero a juego, echada sobre los hombros, completa un conjunto relajado y elegante al mismo tiempo.

Tiene un estilo capaz de derretir a cualquiera.

—Bueno, bueno, soltad ya a la chica de ciudad y vamos a comer de una vez.

—Kayce se mete entre nosotras, juguetón, y me guía por los hombros hacia el reservado más grande.

Al hacerlo, le da una palmada en la espalda a Storm—.

He estado domando a un bronco toda la tarde y me muero de hambre.

Y si yo tengo hambre, apostaría a que este imbécil está listo para comerse un caballo entero.

—Deberías ponerte en contacto con ellos; seguro que les vendría bien una ayuda para renovar su imagen. —Kayce agita una patata frita en dirección al bar.

Al parecer, hace unos meses The Loaded Hog cambió de dueños después de que ocurriera algo el invierno pasado sobre lo que nadie parece tener muchas ganas de hablar, aunque sospecho que saben bastante más de lo que admiten.

—La próxima vez que vea a los Hayes puedo hablarles de ti —añade, dedicándome una sonrisa pícara—. O quizá sea mejor que llame ella, ahora que parece estar haciéndose amiga de un Hayes en particular.

Casi me atraganto.

—Estuve hablando con los chicos la última vez que los vi.

Es el hermano pequeño de Wes; bueno, en realidad no es su hermano, es algo así como adoptado, pero da igual.

Él compró el negocio, el local, todo entero.

—Kayce hace una pausa para mojar otra patata frita en la salsa antes de metérsela en la boca.

Layla, Dios la bendiga y a sus botas vaqueras, se aclara la garganta y toma las riendas de la conversación antes de que Kayce siga hablando.

—No hemos venido aquí para hablar de los Hayes. —Me guiña un ojo y noto cómo el pulso se me afloja un poco al comprender que sabe que ya no me interesa seguir saliendo con Wes. No conoce las verdaderas razones, pero eso da igual.

A mi izquierda tengo al hombre al que intento no prestar demasiada atención, aunque no puedo evitar estremecerme a su lado en cuanto Westin Hayes entra en la conversación.

Resulta que no tenía que preocuparme por pasarme toda la noche mirándolo con ojos de enamorada desde el otro lado de la mesa. No. En realidad, tengo que lidiar con algo mucho peor.

Storm se ha sentado a mi lado y se ha empeñado en pegarse a mí todo lo posible. No puedo ni respirar sin sentir sus músculos y su cuerpo fuerte encajados contra mi cintura, mis caderas y toda la longitud de mi muslo. El calor que desprende atraviesa directamente la tela suave de mi vestido.

Estoy luchando por mantener la compostura cuando noto vibrar el teléfono.

TÍO STORM: No, no vamos a hablar de otros vaqueros mientras estés sentada en esta mesa poniendo cara de inocente con mi brazalete puesto.

Los ojos casi se me salen de las órbitas.

Primero: Dios mío, no le he cambiado el nombre en el teléfono desde que llegué y nos intercambiamos los números; mucho antes de que esto avanzara hasta el punto de que supiera cómo se me curvan los dedos de los pies cuando me arranca orgasmo tras orgasmo.

Segundo: no puede ser que de verdad quiera jugar a esto rodeados de gente que, sin duda, va a darse cuenta de que nos estamos mandando mensajes.

Mientras sigo mirando la pantalla sin saber cómo reaccionar, aparece otro mensaje.

TÍO STORM: Veo que no has cambiado mi nombre de contacto.

Te gusta lo de Tío, ¿no, nena?

Me trago el sonido ahogado que casi se me escapa y cierro la conversación rápidamente, bloqueando el teléfono.

—¿Todo bien, Briar? —pregunta Layla, y me obligo a esbozar una sonrisa tensa.

—Sí. —Dejo el teléfono sobre mi regazo. No hay manera de que vaya a responderle. No mientras estamos cenando, y mucho menos teniéndolo sentado a mi lado.

Al segundo siguiente, estoy a punto de trepar por el respaldo del reservado como una mona, porque, aunque parece ocupado hablando con Colt, su mano se desliza bajo la mesa y la yema de un dedo me roza la piel desnuda justo por debajo del dobladillo del vestido.

Debo de haberme puesto roja como un tomate al instante, y la cosa solo empeora cuando sigue robándome caricias, subiendo la tela poco a poco por mi muslo.

Mierda, mierda, mierda.

Tengo que coger el refresco y concentrarme con todas mis fuerzas en el tintineo del hielo y en las burbujas que me cosquillean en la nariz, resistiendo la tentación de sacar un cubito y pasármelo por las mejillas, que me arden.

Con toda la discreción y lentitud de las que soy capaz, meto la mano bajo la mesa para apartar la suya, sin querer llamar la atención sobre este nuevo nivel de depravación en el que parece decidido a recrearse.

No se mueve, e intento deslizarme un poco hacia el otro extremo del reservado para poner aunque sea un centímetro de distancia entre nosotros.

Lo único que consigo es que me agarre la parte superior del muslo, ejerciendo toda esa presión dominante que solo puedo ignorar mordiéndome el interior de la mejilla.

Sin embargo, hay una situación entre mis muslos que no puedo pasar por alto, considerando que tiene la mano justo ahí.