Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 26. Briar
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Capítulo 26. Briar

—Urbanita… ¿Qué haces por aquí?

Apenas abro la puerta de la camioneta cuando llegamos al nuevo rancho donde vamos a trabajar, la sonrisa deslumbrante de Kayce me recibe desde la puerta del establo del rancho Rhodes. Lleva puestas las chaparreras y carga una montura enorme que probablemente me aplastaría si intentara levantarla.

Por un momento parpadeo sin entender nada, sorprendida de verlo aquí, hasta que mi cerebro arranca y recuerdo que baja desde la montaña hasta este rancho y alguno que otro más para entrenar. O al menos eso fue lo que me dijeron.

—Parece que donde hay caballos, ahí estoy yo —respondo con tono alegre, y señalo con la cabeza en dirección al hombre que está bajando del lado del conductor.

Esta vez Storm no sale corriendo. Al contrario, nos acompaña rodeando el vehículo hasta mi lado.

Estoy casi segura de que mis mejillas se ponen de un rosa neón, porque son demasiadas las cosas que hemos hecho sobre el capó de esta camioneta, en el mismo lugar donde Kayce está apoyado contra la pintura desgastada hablando con nosotros.

Dios mío.

El vaquero gigante que tengo al lado lanza una mirada fugaz hacia el rancho y luego de vuelta hacia mí. No tengo idea de cómo logra mantenerse serio porque yo me estoy retorciendo por dentro.

—Rhodes me pidió que echara un vistazo a los nuevos huéspedes que llegaron esta primavera. —Storm está tan cerca que la piel se me eriza y el calor de su pecho ancho me quema la nuca; tengo que aclararme la garganta porque debe de ser obvio que entre nosotros hay mucho más ahora que hace unos días.

Ahora que nos ven juntos en público, no puedo evitar sentir que tengo un cartel gigante colgado sobre la cabeza con luces intermitentes y flechas apuntándome.

«¡Una sobrina que adora la polla de su tío… por aquí, señoras y señores!»

—Qué bien… Me encantaría quedarme a charlar, amigo, pero me esperan unos caballos broncos con ganas de destrozarme. —Kayce reajusta el agarre sobre la montura—. ¿Nos vemos esta noche en la cena?

—Claro —gruñe el hombre que está a mi lado.

—Rhodes está dentro —grita Kayce por encima del hombro mientras se lleva sus chaparreras y su encanto de vaquero dorado hacia un grupo de personas vestidas de manera similar que están reunidas junto al cercado.

—Vamos, urbanita.

Me da un empujón en la parte baja de la espalda, acompañado de una risita traviesa que hace eco de sus palabras.

—¿Qué? Ha sido de lo más simpático conmigo desde que llegué.

—Mientras no se le ocurran ideas.

Me acomodo un mechón suelto detrás de la oreja.

—En serio, Kayce es un buen amigo.

Algo revolotea dentro de mi pecho ante la idea de que este hombre impresionante y atractivo pueda estar un poco celoso. Pero no me atrevo a mencionarlo.

Tiene demasiadas cosas que hacer hoy, y tomarle el pelo por Kayce Wilder es una tontería de mi parte. Al fin y al cabo, llevo su brazalete puesto. Si eso no es garantía absoluta de que solo tengo ojos para él, no sé qué podría serlo.

—¿Aquí no hay ganado entonces? —pregunto, mirando las hileras aparentemente interminables de boxes y caballos.

—Solo caballos, señorita. —Una voz grave nos da la bienvenida—. El ganado se lo dejo a los vaqueros a los que les gusta pasarse el día corriendo y enlazando reses.

El hombre que se acerca lleva un sombrero negro en una mano y se pasa la otra por el cabello. Tiene ese aire de que preferiría estar rodeado de animales todo el día y tolera a las personas solo de vez en cuando.

Mientras vuelve a ponerse el sombrero, alcanzo a ver un destello blanco enroscado en la parte delantera de sus rizos oscuros y revueltos.

Es llamativo e inusual y, aunque probablemente tenga más o menos la misma edad que Storm —o incluso un poco más, ahora que veo de cerca que también hay canas en su barba corta—, ese mechón blanco tan marcado no parece cosa de la edad; da la impresión de haber estado siempre ahí.

—Briar, él es Lucas Rhodes.

—Encantado. —Se sacude la tierra contra el pantalón y me tiende una mano enorme que envuelve la mía en un apretón firme.

—Los recién llegados están por aquí. —Y así, sin más, se hace a un lado y nos indica que lo sigamos.

Dios, tengo ganas de abrazarlo por no hacer preguntas sobre quién soy o cómo encajo en este panorama. Es evidente que está ocupado y que, con tantas cosas sucediendo, no le queda tiempo para charlar. Aunque, viéndolo, sospecho que tampoco es demasiado hablador.

Mientras los dos tipos que van delante conversan muy serios sobre sus asuntos ecuestres, yo avanzo bastante más despacio. Me tomo mi tiempo para asomarme a cada box, mirar a los caballos y leer los nombres escritos junto a las puertas cubiertas de viruta y heno.

Algunos me ignoran. Otros giran sus largos cuellos hacia mí con ojos curiosos. Un par se asoman todo lo que pueden, enseñándome impresionantes hileras de dientes mientras retuercen los labios, intentando descubrir qué escondo en los bolsillos.

A estas alturas ya conozco bastante la rutina de Storm cuando trabaja de herrador. Si me quedo siguiéndolos, solo voy a estorbar; así de simple. Está más a gusto si tiene espacio para trabajar solo y encontrar su ritmo, y generalmente me llama cuando me necesita, si es que me necesita.

Así que, por ahora, disfruto de estar cerca de los animales y observarlos. Me fascinan y me calman de una manera que no puedo explicar con exactitud.

Me detengo frente al siguiente box. Un caballo casi negro permanece pegado a la pared del fondo.

Sus ojos grandes y brillantes me observan detrás de las pestañas más largas que he visto en mi vida.

Mientras estoy allí plantada, uno de sus cascos golpea el suelo.

Casi como si me estuviera diciendo que siguiera de largo.

Pero algo hace que me quede exactamente donde estoy. No tiene mucho sentido, con la cantidad de caballos que hay aquí, pero de pronto quiero entender por qué este chico me está pidiendo que no lo mire.

Me guardo el teléfono en el bolsillo, levanto las palmas y le enseño que no llevo nada en las manos de lo que deba preocuparse; luego me acerco un poco más a la puerta. Suelta un resoplido, vuelve a golpear el suelo y sacude la cabeza varias veces, manteniendo toda la distancia posible.

«Vete a la mierda».

El mensaje llega alto y claro.

—Hola, chico —digo en voz baja. Levanto la vista hacia la tarjeta junto al box y veo que es uno de los huéspedes temporales—. ¿Solo estás de visita, Teddy?

Abre las fosas nasales.

—Teddy —repito su nombre con una pequeña sonrisa—. No te pareces en nada a un osito de peluche.

Otro golpe de casco. Un coletazo.

—Para nada. Tienes demasiado carácter… y además eres muy guapo.

Esta vez, sus orejas se giran hacia mí.

—Aunque apostaría a que escondes un lado tierno debajo de tanta actitud.

Se mueve rápido, teniendo en cuenta lo reducido que es el espacio, y de pronto lo tengo encima. No puedo evitar sobresaltarme. El cretino bate esas pestañas desproporcionadas y emite un sonido que me dice que está muy satisfecho consigo mismo.

—¿Ah, sí? ¿Así están las cosas? Eres puro teatro, ¿verdad? —Ladeo la cabeza y vuelvo a apoyarme donde estaba hace un segundo, con los brazos cruzados.

Esta vez Teddy no retrocede. En cambio, nos quedamos ahí, mirándonos durante un instante. Finalmente baja la cabeza, esta vez mucho más despacio, y me empuja el codo con el hocico.

—Ajá. Mucho teatro, pero ahora que quieres algo vas a exigirlo, ¿eh?

Dejo que mi palma recorra la línea larga y elegante de su nariz, sintiendo el calor y el pelo corto bajo los dedos.

Su aliento cálido y húmedo sale en pequeñas bocanadas y, cuando llego al punto entre sus ojos y empiezo a rascarle con las yemas, emite un sonido ronco y satisfecho desde lo más profundo de ese pecho poderoso.

Mientras sigo rascándole, siento que alguien me observa.

Al girarme, descubro que no es mi vaquero, sino Lucas Rhodes.

Está apoyado con un hombro contra una de las paredes divisorias de madera, con los brazos cruzados y un tobillo apoyado sobre el otro.

No es exactamente una sonrisa lo que tiene en el rostro; más bien parece observarnos con expresión reflexiva.

Por un momento me preocupa haber hecho algo que no debía. Levanto la mano y estoy a punto de dar un paso atrás y disculparme por quedarme aquí acariciando sus caballos sin haber pedido permiso, cuando un hocico negro y peludo me empuja la mano buscando más caricias.

Lucas suelta una carcajada.

—Lo siento. —Una sonrisa me tira de las comisuras—. Parece que me he convertido en el rascador personal de Teddy a los dos segundos de llegar.

—Quédate todo el tiempo que quieras. —Sacude la cabeza y se separa de la pared.

Cuando se gira para coger una pala y un rastrillo del box que tiene detrás, noto que Teddy se sobresalta un poco con el sonido áspero del metal contra el suelo.

Pero se queda ahí y me deja seguir acariciándolo mientras deslizo los dedos hacia sus suaves orejas.

—¿Cuánto tiempo se queda? —pregunto.

Lucas se acerca.

—No lo sé muy bien. Ha tenido una vida difícil.

—¿Ah, sí? —Frunzo el ceño, alternando la mirada entre los dos.

—Lo rescataron hace unos años. Vivía con unos hijos de puta que lo maltrataban; sus dueños actuales están intentando encontrarle el mejor hogar posible.

—Dios, la gente es horrible. —Me entran ganas de llorar. Este caballo tan precioso no ha hecho nada para merecer algo así.

—No te equivocas.

—Es precioso. ¿Cómo puede alguien hacer algo tan horrible?

Lucas suelta un pequeño resoplido, algo parecido a una risa.

—Este chico no merecía algo así… Por eso ahora se ha convertido en un cretino. Yo le perdono el mal carácter, pero las heridas tardan en sanar.

—¿Heridas?

Chasquea la lengua y entrecierra los ojos mientras mira al caballo al que prácticamente estoy abrazando.

—Tu nuevo mejor amigo nos ha mordido a todos más de una vez, e incluso le soltó una buena coz a mi hijo Brad cuando lo estaban bajando del remolque el día que llegó.

Me quedo boquiabierta y miro alternativamente el rostro que sigue empujando contra mi mano y a Lucas.

—Me estás tomando el pelo.

—No tiene ninguna gracia que te muerda un caballo, créeme.

—Me observa un segundo y luego inclina la cabeza hacia un cubo que hay en el suelo, a mis pies—.

Bueno, ya que os lleváis tan bien, puedes cepillarle los lados del cuello y, si llegas, también los hombros.

Quédate en este lado de la puerta, eso sí, pero si te deja seguir tocándolo, aprovecha y cepíllale la crin y el pelaje.

Asiento.

—Me gustaría intentarlo. Creo que sería tan terapéutico para mí como para él.

—Los caballos son una de las mejores terapias que existen.

Lucas da un paso para irse, pero se detiene y vuelve a girarse.

—Pero no te compres uno nunca o acabarás arruinada el resto de tu vida. —Hace girar un dedo en el aire, señalando los establos en los que estamos, que deben de consumirle la vida entera teniendo en cuenta todo el trabajo que supone llevar un rancho así.

El tiempo que pasé en Devil’s Peak me ayudó a hacerme una idea de todo lo que implica el día a día. Y este lugar tiene todavía más caballos que cuidar.

Cojo el cepillo del cubo que hay en el suelo y Teddy me observa en silencio, siguiéndome con el cuello ladeado para imitar mis movimientos.

Cuando me incorporo, le enseño el cepillo y él lo examina detenidamente antes de dejar escapar un resoplido de aprobación por esa enorme nariz.

Antes de empezar, saco el teléfono, hago una foto rápida y le mando un mensaje a Storm para avisarle de dónde me he entretenido.

brIAR: He hecho un nuevo amigo.

[IMAGEN ADJUNTA]

TÍO STORM: Es muy guapo.

¿Debería preocuparme la competencia?

brIAR: Me ha pedido que lo cepillara.

TÍO STORM: Qué afortunado.

brIAR: ¿No te molesta si me quedo un rato?

TÍO STORM: Todo el tiempo que quieras, nena.