Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 25. Storm #3
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Capítulo 25. Storm #3

Enganchándole las rodillas, arrastro su cuerpo hacia abajo para colocarla frente a mí. Le acomodo el trasero justo en el borde del capó, aparto la ropa interior y coloco el miembro contra su entrada empapada.

—Dios. Te necesito dentro —gime Briar.

—Lo sé. Lo sé, nena. —Bajo la mirada para observar cómo la punta se abre paso en su interior, forzando la entrada porque, aunque está hecha un desastre y suplicando por mi polla, sigue siendo la cosa más estrecha que he visto en mi vida.

—Oh, joder. —Echa la cabeza hacia atrás mientras empujo. Con cada centímetro que me hundo, sus paredes se cierran alrededor de mi longitud y, santo cielo, es la cosa más caliente y suave apretándome sin tregua.

¿Este ángulo? Me permite ver cómo su precioso sexo se estira como en una fantasía. Pero tenemos que movernos, porque ya no aguanto más las ganas de follarla.

Ella protesta y jadea mientras la envuelvo con fuerza y la desplazo hacia el asiento de nuevo, y la tumbo ahí con sus piernas colgando.

Briar se inclina hacia atrás sobre los codos, con las rodillas bien abiertas, y ahora tengo exactamente el ángulo que necesito para empujar y poseerla tal como dicta el maldito brazalete que lleva en la muñeca.

—Enséñame tus pechos mientras te lleno por completo.

Impulso las caderas hacia delante mientras el sonido húmedo de su excitación invade el asiento delantero de mi camioneta. Ella forcejea y se sube la tela por encima del sujetador, pero el suave y apretado canalillo de sus pechos no me basta.

—Muéstramelos bien —digo con la mandíbula tensa. Dios. Mis testículos ya están tensos y listos para descargar.

Briar gime mientras desengancha una copa del sujetador y se la baja de un lado. No consigue alcanzar la otra, y entonces sus ojos me observan con una mezcla hipnótica de pánico y lujuria y la sensación abrumadora de que está a punto de correrse otra vez.

No puedo controlarme. Leerla es demasiado fácil.

—¿Has oído un coche, preciosa? —Sujetándole las piernas con tanta fuerza que apenas puede retorcerse, Briar deja escapar un quejido y clava las uñas en el asiento.

No quiere admitir cuánto la excita la situación.

No se atreve a reconocer que, en el fondo, le encanta tenerme enterrado dentro de ella, al aire libre, sabiendo que alguien podría vernos.

—Joder, sí. Apriétame más fuerte, así. ¿Te pone pensar que puedan enterarse de lo nuestro? ¿Quieres que alguien te vea con las piernas abiertas para tu tío?

Tiene los ojos color avellana nublados por la lujuria y la boca carnosa entreabierta. Cada embestida se intensifica al saber que está a punto de precipitarse al vacío.

—No te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo. No pienso contarle a nadie que a la depravada de mi sobrina le gusta que su tío le meta la polla hasta el fondo.

Arquea la espalda contra el asiento mientras tiembla y se deshace en un gemido ahogado.

—¿Quieres que alguien descubra que eres mi juguete y que te mojas solo con pensar que me perteneces?

Briar deja escapar los sonidos más sexis, gimoteando mientras su coño se contrae y me aprieta una y otra vez. La sensación, embriagadora, me arrastra con ella y me obliga a soltar todos los elogios salvajes que sé que necesita oír.

Que es perfecta. Que quiero volver a follármela en cuanto lleguemos a casa. Que me paso el día entero pensando en que es mi juguete y en que puedo usarla cuando quiera y donde quiera.

Es esa idea —la de tener todo eso y mucho más— la que me arranca una sarta de palabrotas.

La tensión estalla en la base de mi columna en una oleada cegadora y, antes siquiera de darme cuenta, me hundo hasta el fondo y me corro dentro de ella mientras se aferra al asiento y me entrega cada pedazo de sí misma.

El corazón cabalga enloquecido y trata de escaparse de mi pecho mientras sigo embistiendo despacio, entrando y saliendo, dejando que los dos vayamos calmándonos poco a poco.

No sé exactamente qué está sintiendo Briar en este momento, pero, si se parece aunque sea un poco a lo que siento yo, debe de ser el paraíso.

Esto es la perfección.

Una chica preciosa que merece el mundo entero y que, por alguna razón, cree que yo merezco un solo segundo de su tiempo.

Una mujer que no debería ser mía.

Entonces hago lo único que se me da bien. Aparto esos pensamientos y me aferro al aquí y ahora con la misma fuerza con la que una vez me aferré a la cuerda para no salir volando del toro antes de que mi breve momento de gloria llegara a su fin.

Me retiro con un siseo y le abro bien los muslos para contemplarla: sonrojada, hinchada y brillando con las pruebas de haber sido completamente poseída.

Se muerde el labio inferior y me sostiene la mirada.

—¿Me he portado bien? ¿Me he ganado una probada?

Una sonrisa ladeada me curva los labios mientras bajo la cabeza y me quedo suspendido justo sobre el lugar donde mi semen empieza a asomar en su entrada, sin quitarle los ojos de encima en ningún momento.

—Por supuesto, nena. Déjame limpiarte y luego te dejaré probar para que sepas lo bien que lo has hecho.