Capítulo 25. Storm #2
Durante un largo segundo, con la sangre corriendo como loca y rebotando en mis oídos, baja la vista hacia el cuero que le rodea la muñeca. Joder, no quiero forzar nada, pero podría perder la puta cabeza si se lo quitara.
Traga saliva con dificultad y luego se inclina hacia delante para rodearme el cuello con los brazos.
—Joder, eres una locura, cariño. —La estrecho contra mi cuerpo para ayudarla a salir de la camioneta y uniendo nuestras bocas nos fundimos el uno en el otro.
Esta vez, sus dedos se enredan en mi cabello y acompasa la lengua con la mía, dejando que todos esos sonidos descontrolados de placer estallen en mi boca y bailen sobre mis papilas gustativas.
Nos llevo hasta el capó de mi camioneta y la siento sobre el metal caliente del motor.
Sé exactamente cómo quiero devorarla y mostrarle todas las formas en las que merece ser deseada.
Siento una urgencia que no admite espera ni preguntas, ni cosas aburridas y sensatas como conducir de vuelta a casa.
Hay que hacerle entender a esta preciosidad que, cuando se trata de probarla, siempre voy a querer más, sin importar dónde estemos.
A regañadientes, me aparto de su boca y le presiono el pecho con una palma para guiarla hasta dejarla recostada sobre el capó. Mientras lo hago, devoro con avidez el rojo de sus labios mordidos y el modo en que sus pupilas se han dilatado por la lujuria.
—Storm…, para… No podemos… Aquí fuera no… ¿Y si alguien nos ve?
Protesta sin demasiada convicción, pero sus caderas se elevan para mí y me permiten desabrochar rápidamente el botón y bajarle la cremallera.
—Me importa una mierda. —Mi boca ya está besando y mordisqueando su piel desnuda. Sus caderas, la suavidad de la parte alta de sus muslos, la curva de su vientre revelada bajo la camiseta.
—Mira cómo estás. Excitada y desesperada.
Mojada por mi culpa y lista para empaparme cuando te separe esos muslos tan bonitos y me meta dentro de ti.
Vas a chorrear, ¿verdad? —Dejo que salga toda la depravación que me inunda la cabeza; soy un hombre poseído mientras tiro de sus vaqueros para bajárselos por los muslos lo suficiente como para dejar su sexo al descubierto.
Pero no basta. Ni de lejos. Necesito que no haya ni una sola tela entre mi boca y su centro.
En cuanto su coño queda expuesto, tiro de la tela hacia abajo, por sus caderas y su trasero; tengo la boca sobre ella antes incluso de ser consciente de ello. Está reluciente e hinchada, y mi lengua se desliza por su entrada, lamiendo cada gota de excitación.
Briar suelta una serie de palabrotas y sonidos salvajes mientras presiono la lengua contra su clítoris, masajeando el pequeño botón hinchado y necesitado.
Está esperando que la provoque y la torture como quiero.
Succiono con fuerza y chupo su humedad hasta que arquea la espalda y tira de mi cabello.
—Joder. Santo cielo. Oh, Dios mío.
Eso es, preciosa. Vuélvete tan loca como yo.
Consigo quitarle una bota junto con una pierna del vaquero, libero su tobillo y, con un gruñido triunfal, le separo los muslos.
Mi boca se cierra sobre su entrada y penetro el dulce y empapado sexo de Briar con la lengua, empujando y hundiéndome en ella una y otra vez hasta que sus piernas tiemblan alrededor de mi cabeza.
Ella gime y suplica, extendida como un festín sobre el capó de mi camioneta.
Ya no sé si me queda algo en las venas aparte de esta necesidad pura y arrolladora de follarla una y otra vez.
La abro bien, clavándole los dedos en el muslo, introduzco un dedo y succiono su clítoris. Ella me tira del pelo con un gemido fuerte y, justo cuando está a punto de correrse, añado un segundo dedo y aplico la presión exacta que necesita.
Briar se deshace. Se rompe en mil pedazos sobre mi rostro y mi mano mientras yo lamo cada gota.
Esta vez está tan fuera de sí que quizá ni siquiera se haya dado cuenta de lo que acaba de ocurrir; o tal vez mi buena chica ya ha aprendido que me encanta ser la única persona que logra arrancar esta respuesta de su cuerpo.
Sea como sea, se mueve sobre mi boca sin el menor pudor, y yo no me canso de recorrerla entera con la lengua, dejando besos y lametones sobre su dulce e hinchado sexo.
Hay algo en estar con Briar que me desquicia.
Va más allá de lo prohibido que resulta esto para los imbéciles que creen saber algo de nosotros.
Es como si desbloqueara una parte de mí que nunca había existido.
Había un Stôrmand Lane antes de que ella apareciera, y luego está el hombre que quedó entre las brasas del incendio en el que ardió toda esa basura.
La parte de mí a la que solo le importaba divertirse ha desaparecido; ese cabrón quedó reducido a cenizas en apenas unos días. Nunca quería volver a ver a las mujeres con las que me acostaba, jamás repetía con nadie y, sin embargo, aquí estoy, listo para seguir ahogándome en ella una y otra vez.
El deseo salvaje y la necesidad toman el control. Mi polla se tensa contra mi ropa interior, goteando por todas partes.