Capítulo 25. Storm
—He estado investigando en internet aquello de lo que hablamos. —Briar se inclina hacia delante para bajar el volumen de la música.
—¿El qué? —pregunto mientras conduzco por la carretera de montaña con una mano apoyada en el volante.
Me pregunto a qué se referirá. Y entonces noto que Briar se retuerce. Ah, vale. Definitivamente es algo sexual.
El imbécil arrogante que vive dentro de mí ronronea satisfecho.
—Cuando me preguntaste qué cosas no quería hacer o qué era lo que no me gustaba.
—Ah. Tus límites.
—Sí. Eso. —Se mueve nerviosa y me lanza una rápida mirada de reojo a través de las largas pestañas.
—¿Y? —No consigo borrar la sonrisa de mi cara. Aprieto un poco más el volante mientras bajamos de la montaña después de pasar el día entero en el rancho. Un día en el que Briar no ha dejado de desnudarme con esos enormes ojos de cervatillo.
—Nada de dolor. —Levanta un dedo—. Encontré una lista en internet sobre causar dolor o disfrutarlo, y… definitivamente, no quiero nada de eso. —Hace una mueca.
Joder, es adorable.
Asiento despacio.
—Lo entiendo. No es para todo el mundo.
—¿A ti sí te gusta? —Sus ojos vuelan hacia mí y una tensión distinta llena el interior de la camioneta.
—Buen intento, pero recuerda que estamos hablando de ti. —Maldita sea, me encanta que sienta curiosidad.
Se muerde el interior del labio y veo cómo un leve rubor empieza a subirle por las mejillas cuando la observo de reojo.
—Nada de mear ni cosas raras. —Arruga la nariz y levanta otro dedo.
No puedo evitar reírme.
—Y tampoco quiero que me tapes los ojos.
Cambio la mano de posición en el volante, busco su muslo y ella se sobresalta un poco.
—Muy bien —digo, tratando de sonar sensato, equilibrado, y que no se me noten las ganas de explotar de deseo al saber que ha estado buscando qué cosas le gustaría que le hiciera.
No sé cuándo demonios ha encontrado tiempo para investigar todo eso, pero mi polla está encantadísima con esta conversación.
—Me gusta que hayas descubierto todo eso tú sola. Es un buen comienzo.
Briar baja la barbilla y vuelve a retorcerse al oírme decir eso. Conociendo al gilipollas de mi hermano adoptivo, apostaría a que nadie le ha dicho jamás que está orgulloso de ella.
Son todos unos idiotas.
—Te gusta mirar, así que eso no te lo voy a quitar.
Entendido. —Paso la lengua por los dientes.
Quiero que experimente tanto placer como sea posible, que explore todas sus fantasías, pero tampoco hace falta ser psicólogo ni muy genio para entender que su negativa a que le tapen los ojos tiene mucho que ver con la confianza.
—¿Y qué opinas de atarte? —presiono un poco más ahora que estamos hablando del tema mientras deslizo los dedos sobre la suavidad de su muslo. Tiene las mejillas cada vez más rojas—. No haces más que moverte en el asiento, cariño.
Briar emite un pequeño sonido que está a medio camino entre la protesta y el acuerdo. Pero, después de cómo me ha mirado durante todo el día, hace rato que ha dejado de importarme lo que piense su cerebro sobre todo esto.
—¿Quieres que pare y me ocupe de eso que tanto te distrae? —Sin apartar la vista de la carretera, deslizo los dedos por la cara interna de su muslo, subiendo un poco más.
Ella se recoloca y junta las piernas, atrapando mi mano entre sus muslos, y reconozco el momento en que abandona cualquier duda que pudiera haber quedado en su mente. Entreabre la boca.
—¿Quieres aprender algo, cariño? —pregunto con voz grave.
Briar asiente y me mira desde el otro extremo del asiento.
—Entonces enséñame la muñeca.
—Mira… —susurra, un poco temblorosa, y desliza hacia atrás la manga de mi maldito abrigo para revelar que esa banda de cuero está en su lugar, donde pertenece.
—Buena chica. —Cómo le gustan esas dos palabras; traga saliva con dificultad y su pecho sube y baja más rápido.
—¿Aquí mismo? —Se muerde el labio inferior.
—Aquí mismo, cariño. Llevas puesto el brazalete y me muero de ganas de sentirte alrededor de mi polla.
Sus ojos se mueven nerviosos alrededor, como si hubiera alguna posibilidad de que alguien pudiera vernos.
La música sigue sonando grave a través de los altavoces, convirtiéndose en la banda sonora de este momento, aunque ya ni siquiera sabría decir qué canción está sonando porque lo único que oigo es la sangre golpeándome en los oídos.
—¿Quieres que te llene con mi polla? —Noto cómo se me pone dura dentro de los vaqueros solo de imaginarnos.
—Por favor. —Se gira un poco hacia mí.
—Entonces dame esos bonitos labios, vas a poner esa boquita perfecta a trabajar. Quiero sentir cómo me la chupas mientras disfruto usando esa garganta. —Aparto la mano de su muslo para agarrar la parte delantera de la chaqueta y tirar de ella hacia mí, guiándola exactamente donde quiero.
Briar inspira hondo al oír mis palabras ásperas y sentir el peso de mi control.
—¿Cómo…?
—Ven aquí y sácamela.
Mi chica perfecta hace una pausa, se quita el abrigo y hace exactamente lo que le pido, un poco vacilante, pero con una chispa evidente de curiosidad y lujuria en sus ojos oscuros.
—Eso es. —La animo mientras se acurruca a mi lado y busca mi cintura.
Acomodo las caderas y sus dedos ágiles se encargan rápidamente de la hebilla del cinturón, el botón y la cremallera.
Jesús, estoy duro como una roca y ya goteando.
Todas las formas en las que quiero tener a esta chica en mi camioneta son francamente depravadas, pero hay algo en verla a mi lado, en este viejo y desgastado asiento, que alimenta aún más la fantasía.
—No te estrelles. —Briar me lanza una miradita coqueta mientras estira la mano para bajar el elástico de mi ropa interior y liberar mi miembro.
Deslizo los dedos de una mano por su cabello sedoso sin apartar los ojos de la carretera. Escucharla jadear y gemir desata la ferocidad en mi interior.
—Pídelo como es debido, nena, y tal vez deje que nos pruebes más tarde —gruño.
Ella gime y permite que le guíe la cabeza hacia abajo, acomodándose sobre mi regazo. Joder. Con una mano envuelve mi erección y clava los dedos en mi muslo. Tengo que esforzarme para mantener el control de la camioneta cuando su boca perfecta envuelve la punta.
—Dios, cariño… —Enredo los dedos con más fuerza en su cabello, aunque dejo que marque su propio ritmo. Es la primera vez que hace algo así en la carretera y puede que incluso sea la primera vez que chupa una polla de verdad.
—Relaja la garganta e imagina que estoy embistiendo tu coño empapado. Piensa en lo mucho que te gusta sentir cómo te abro y me deslizo más y más hondo cada vez que bajas.
Los gemidos que emite con los labios cerrados alrededor de mi miembro me provocan escalofríos por todo el cuerpo. Los huevos ya me hormiguean, tensándose con cada deslizamiento cálido y suave de su boca, cubriéndome de saliva.
—Eres perfecta. La chupas como si hubieras nacido para esto. ¿Has nacido para esto? ¿Para chupármela cuando me dé la gana? Tal vez debería limitarme a jugar contigo y tenerte sentada en mi regazo mientras te atragantas con mi polla.
Briar aprieta mi pierna con más fuerza y emite un sonido desesperado, gimiendo y succionando, cada vez más necesitada mientras la guío.
—Joder. Dame esa lengua bonita. Quiero sentir cómo te lo tragas todo.
—Mientras sigue subiendo y bajando, apretando, metiéndose más hondo, lamiendo y hundiendo las mejillas a mi alrededor, siento saliva goteando por mi miembro, y la sensación de su lengua recorriendo mi cuerpo es como entrar en el paraíso.
Empieza a gemir suavemente mientras mi polla se hincha, llenando cada vez más su pequeña y ardiente boca.
Una serie de dulces ruiditos me indican lo excitada que está. Dios, apostaría a que está completamente empapada.
Quiero llevar esto hasta el punto de llenarle la garganta; noto cómo los testículos se me tensan por la necesidad de correrme y cubrirle la lengua de semen, pero también me muero por volver a sentir cómo me aprieta y se corre sobre mi polla.
Salgo de la carretera y entro en una zona de descanso. Me importa una mierda si hay una mínima posibilidad de que alguien pase por esta parte remota de la montaña. A estas horas de la tarde es muy poco probable, y no hay forma de que espere hasta volver a la cabaña.
Briar se aparta con un sonido húmedo y pastoso cuando nota que el vehículo se detiene con una sacudida; una expresión vidriosa permanece en sus ojos nublados por la lujuria mientras mira a su alrededor, un poco confundida.
Le pellizco la barbilla y la arrastro hacia mi boca: devoro cada sonido de excitación que escapa de esos labios hinchados y de la lengua impregnada de mi sabor.
—Eres una pervertida, ¿verdad? —Le muerdo el labio inferior y, al tirar de él, le arranco otro sonido delicioso que me golpea directamente en la polla—. Te pone cachonda que me aproveche de ti. Te encanta tener mi miembro en el fondo de tu garganta, ¿no?
—¿Por qué nos hemos parado? —jadea Briar, respirando agitadamente contra mi boca. Me encanta lo dispuesta que está, lo ansiosa por entregarse a mi depravación y seguirme el ritmo.
—Porque tu dulce coño me está llamando a gritos, Espinita…, y esperar no es lo mío.
Me recoloco la ropa interior, pero dejo los vaqueros desabrochados, con el cinturón colgando suelto, y abro la puerta de golpe. Me observa salir de la camioneta con los ojos muy abiertos.
Gira la cabeza rápidamente, estirando el cuello para mirar a un lado y a otro de la carretera vacía que serpentea montaña arriba y abajo, antes de volver a encontrarse con mi mirada expectante.
Los altos pinos hacen que todo parezca mucho más oscuro, como si la noche se hubiera cerrado con sigilo alrededor de los troncos del denso bosque que cubre esta parte de la montaña.
—No podemos… —jadea.
—¿El brazalete se queda o se va? —Meto la mano y engancho una palma detrás de cada rodilla para arrastrar su trasero por el asiento hacia la puerta abierta.