Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 23. Storm
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Capítulo 23. Storm

Tengo la polla dentro de esta chica perfecta que gime contra mi garganta.

Está fuera de sí después de dos orgasmos, y no veo la hora de verla temblar cuando le arranque más.

Nunca repetía con ninguna mujer, pero tampoco había sentido jamás esta necesidad compulsiva por alguien; estoy obsesionado con cada uno de sus pensamientos, cada respiración, cada roce de sus pestañas contra mi piel.

Esta chica encarna todas las malas decisiones que podría tomar.

Llegamos a la cama y la despliego debajo de mí. Es un maldito sueño. Una criatura divina que ha aparecido en mi vida cuando pensaba que solo merecía oscuridad.

Perséfone descendió al inframundo con Hades, ¿no? Entró por voluntad propia en su perdición. ¿Es eso lo que está pasando aquí? ¿Yo arrastrándola a mi propio infierno? No alcanzo a comprender qué demonios ve esta chica en mí, o qué está dispuesta a pasar por alto.

—Storm. Dios. Me gusta muchísimo. —Me clava las uñas en los hombros y, joder, tengo tantas ganas de desentrañar a Briar Lane que estoy atrapado en un frenesí de necesidad por descubrir más de esa naturaleza salvaje suya. Es preciosa, adictiva, un premio que no sé cómo he ganado.

—¿Cómo de sensibles se han quedado estas tetas perfectas después del orgasmo? —Mis dientes rozan uno de sus pezones pequeños y erectos, y ella se queja, sobreestimulada y lánguida de placer.

—Es… No puedo. Es demasiado… —dice con la voz entrecortada, jadeando mientras un escalofrío le recorre el cuerpo.

Sigo adelante. Despacio, pero con intensidad, dejando que el placer vuelva a crecer. Trazo círculos con la lengua y deslizo suavemente los dientes sobre sus pezones antes de tirar de uno de ellos y observar la forma en que sus labios hinchados se separan en un jadeo.

—Esta vez… —Mi boca sigue descendiendo, explorando la suavidad de su vientre, que se contrae mientras dejo un rastro húmedo y caliente hacia su sexo—. Esta vez quiero ver cómo rebotan tus pechos, y qué cara pones cuando te destruya otra vez. Veamos si puedo hacer que empapes las sábanas.

Me detengo un instante; quiero saborearlo todo.

Lamo su entrada y Briar arquea la espalda hasta despegarse por completo de la cama.

Arruga las sábanas en los puños, con los nudillos blancos.

Preferiría tener esas manos sobre mi cuerpo, pero puedo enseñarle eso más adelante.

Hay tiempo de sobra para que aprenda a pedir lo que necesita, incluso cuando me entregue el control.

—Basta. No puedo más… —solloza de una manera que suena más a desafío que a protesta.

—Sí que puedes, cariño… —Le engancho la rodilla con una mano y le subo la pierna sobre mi hombro—. Vas a darme otro.

Sus ojos oscuros sostienen mi mirada, empañados de deseo. Briar tiene las pupilas tan dilatadas que casi engullen el castaño intenso de sus iris, ocultando las motas color miel que suelen brillar cerca del centro.

Es una locura el placer que siento cuando mi polla roza su entrada. Está muy lubricada, pero aun así tengo que abrirme paso dentro de ella porque sigue estando apretada.

—Joder, cariño, soy todo tuyo. Vas a tener que dejarme llenar este estrecho y pequeño coño cuando quiera.

Parpadea, pone los ojos en blanco y su respiración se transforma en un gemido mientras me deslizo más adentro. Sigo apoderándome de cada centímetro de esta chica a la que no debería desear.

No debería anhelar esta sensación, ni perderme en el placer embriagador de lo receptiva que es conmigo. Pero ya no puedo negarlo: avanzo completamente a ciegas y estoy perdido por esta chica.

Mi miembro late, se me hinchan los testículos. Ella me aprieta tan fuerte que veo las estrellas y siento como si por mis venas corriera combustible puro. Esta vez, cuando me hundo hasta el fondo, no puedo contener el gruñido oscuro y primitivo que brota de mí.

—Oh, Dios. Estás tan dentro… —Briar tiene espasmos en mi miembro; tenso la mandíbula, está rígida. Un instinto salvaje me grita que suelte el control y la embista. Es tentador sucumbir al deseo de eyacular dentro de ella una y otra vez.

Pero también quiero que esto dure para siempre. Estoy obsesionado con el rubor de las mejillas de Briar, con el tono oscuro de sus labios y de sus pezones mordidos por mis besos. Estoy ansioso por ver qué sucede cuando le muestre lo increíble que es follar bien, profundo y lento.

Mientras me retiro casi hasta la punta, siento cómo se aferra a mí.

—Mmm, joder. Tu coño no quiere soltarme ni un segundo. —Con un gemido que nos atraviesa a ambos, embisto hacia delante con tanta fuerza que sus pechos rebotan y ella deja escapar un gemido ahogado.

—Mira las ganas que tienes de que siga follándote. —Vuelvo a deslizarme hacia fuera, dejando solo la punta para que su canal de terciopelo se contraiga a mi alrededor y me arruine la vida; estar dentro de ella es el paraíso.

—¿Qué te parece si hago que te corras otra vez? —Clavo los ojos en su rostro, absorbiendo cada escalofrío de deseo desenfrenado y la forma en que sus facciones se tensan y se transforman por el placer.

—Yo… no sé si… —Briar arquea la espalda y tartamudea—. Otra vez no…

Pero lo que realmente oigo es: sí, por favor, haz que me corra encima de tu enorme polla.

—Sí que vas a hacerlo. —Bajo la voz y lucho por mantener el control—. Vas a dejarme empapado, cariño. —Embisto—. Después voy a darte la vuelta. —Otra embestida—. Para que puedas verte mientras te penetro. —Vuelvo a moverme—. Vas a mirarte en ese espejo.

—Oh, Dios mío… —Briar gime, más fuerte, más desesperada. Es precioso ver cómo pierde el control por mí.

—Así… muy bien. Sabía que podías portarte bien.

—Es… demasiado. —Parpadea lentamente. Está justo en el borde, lista para caer en el placer.

—Mmm, pues tu coño dice lo contrario. Sigue apretándome, nena. Nunca había sentido uno tan estrecho.

Echa la cabeza hacia atrás, exponiendo la garganta. Mientras sigo embistiéndola con una fuerza que hace que sus pechos perfectos reboten y tiemblen para mí, gime en un tono más agudo, lloriquea, se convulsiona y comienza a romperse.

Entonces interviene mi pulgar. Encuentra su clítoris, recoge la humedad que nos cubre allí donde está empalada en mi polla y luego froto ese bulto inflamado de nervios.

El cuerpo suave de Briar se tensa, y luego se hace añicos como en una fantasía: un grito largo y grave seguido de un chorro de humedad cuando me retiro un poco.

Joder, sí.

—Eres perfecta. Mira cómo me empapas, como si hubieras nacido para esto.

Briar ya no es capaz de formar palabras. Jadea, gimotea y emite esos sonidos sensuales que voy a escuchar en mi cabeza cada vez que cierre los ojos.

Vibra en mí, su clímax se extiende con una estela larga y ondulante. A diferencia de la última vez, ahora intenta arrancarme la vida.

Todo está completamente empapado entre nosotros.

Su placer recubre toda mi polla y gotea sobre mis testículos; me encanta que haya vuelto a dejarme hecho un desastre.

Es como si hubiera descubierto un truco oculto, y ahora voy a intentar encontrar todas las formas y posiciones para hacer que acabe así sobre mí.

Estoy a punto de correrme; la presión se acumula en la base de mi espalda. Tengo los testículos duros, elevados, listos para vaciarse dentro de ella.

Pero quiero que lo mire.

Quiero que vea lo mucho que se merece que la traten como es debido.

—Déjate llevar, cariño. —Necesito cada gramo de autocontrol para retirarme, levantar su cuerpo lánguido y guiarnos hasta quedar frente al espejo al pie de la cama—.

¿Te excita cuando te doy la vuelta? —Mis labios encuentran el oído de Briar desde atrás mientras nuestros ojos se buscan en el reflejo.

Desde este ángulo podemos ver nuestras figuras bañadas en un fragmento de luz cálida que se derrama desde el pasillo, en contraste con las sombras profundas de la habitación.

—Lo estás haciendo increíble. —Coloco una almohada bajo sus caderas y me apoyo sobre las palmas, dejando que mi cuerpo cubra su espalda. Sus ojos, empañados por tanto placer acumulado en tan poco tiempo, siguen cada lugar donde la toco, la guío y acaricio su piel suave—. Mi juguete perfecto.

Volver a alinearme con su entrada es una bendición.

Encajamos de una manera que no puede ser casualidad; ella se acomoda debajo de mí como si hubiera nacido para estar ahí, y siento que he desperdiciado años sin saber que mis brazos solo existían para abrazarla.

Briar se queda boquiabierta, sus ojos brillan por la forma en que la luz se desliza por sus facciones.

—Tuya… —susurra.

Esa única palabra es mi perdición total.

—Mi juguete. —Empujo hacia delante, hundiéndome otra vez en su calor aterciopelado—. Mi propiedad. —La polla me palpita con fuerza—. Mi putita personal.

Esta preciosidad envuelta alrededor de mi polla deja escapar un gemido suave, apretándome, haciéndome saber exactamente cuánto desea oír eso y mucho más.

—¿Te gusta, cariño? —La observo a través del espejo.

Los pechos aplastados contra la cama, los brazos extendidos delante del rostro en forma de corazón mientras aprieta las sábanas con mi brazalete rodeándole la muñeca.

Siento un rugido posesivo gestándose en mi pecho al ver su cabeza inclinada hacia atrás para observarnos, la columna arqueada y el trasero elevado—.

¿Te gusta ser mi juguete secreto? ¿Mi putita perfecta?

Empujo las caderas contra las suyas una y otra vez, y veo la oleada de placer con cada estocada que golpea ese punto mágico que dudo que algún imbécil se haya tomado el tiempo de encontrar para follarla como se merece

—Storm… —Pone los ojos en blanco, y sé que estoy jodido al verla perder el control con las palabras sucias que salen de mi boca. Mi miembro está listo para explotar. El hormigueo aumenta, la presión sube por mi columna y mis estocadas flaquean contra su culo.

—Mmm, joder. Mira qué bien te queda mi polla. Mira cómo te lleno de semen.

—Sí. Sí… —repite entre suaves sollozos.

Empujo hacia delante, mi miembro tiene espasmos y la descarga inunda su sexo, que vibra a mi alrededor de un modo que me deja completamente en blanco. Oleada tras oleada de placer y gruñidos de alivio me atraviesan mientras sigo hundiéndome en su cuerpo estrecho y empapado.

Cuando vuelvo un poco en mí, tengo la boca pegada a su cuello. Succionar, lamer y besar esa piel delicada se ha convertido en mi nueva obsesión, como si hubiera olvidado cómo demonios respirar sin el sabor de esta chica en la lengua.

Y algo, en el fondo de mi cabeza, me dice que quizá ya sea demasiado tarde.

Estoy metido hasta el cuello.

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