Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 22. Briar #2
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Capítulo 22. Briar #2

No sabía lo que quería hasta que él irrumpió en mi vida, y ahora aquí estamos, al borde de algo que nadie más entendería. Pero la sensación es increíble; me siento tan segura con él...

Storm exhala hondo y maldice por lo bajo. Luego se mueve.

—Brazos arriba. —Esas manos fuertes me levantan el jersey, y la severidad de su orden envía una nueva oleada de excitación a través de mi cuerpo. Me lo saca por la cabeza y lo arroja a alguna parte antes de pasar a mi sujetador.

—Estas malditas tetas no me dejan pensar en otra cosa.

—Sus ojos recorren mi piel desnuda y, sin perder tiempo, desabrocha el cierre, desliza los tirantes por mis hombros y me lo quita.

Se me eriza la piel de los brazos. Es tan decidido, tan sensual y tan seguro en cada movimiento que casi podría creerme mi propia fantasía: que lleva imaginando esto mucho antes de esta noche.

Deslizando una palma bajo mi rodilla, me engancha la pierna, y el movimiento me inclina un poco hacia atrás, obligándome a apoyarme en las manos.

La postura arquea mi columna y empuja mis pechos hacia delante y, mientras me quita los calcetines uno a uno —un gesto que no debería formar parte de los preliminares, pero que él, de alguna manera, con esos tatuajes y esos músculos, convierte en algo totalmente sensual—, ya no me queda ninguna duda de que lleva pensando en esto desde el principio.

Me duelen los pechos; los siento pesados y llenos, con los pezones tan duros que bastaría con que me los soplara para que volviera a correrme.

Me encanta la voracidad que hay en sus ojos: me recorre con la mirada sin restricciones ni vacilaciones.

En sus labios aparece una sonrisa burlona, leve y sensual.

Tiene demasiada confianza, está demasiado seguro de sí mismo.

Yo, en cambio, soy un puro cúmulo de jadeos y palpitaciones; estoy lista para tenderme sobre esta encimera y dejar que haga conmigo lo que le plazca.

—Maldita sea… Estoy pensando en hacerte ir sin blusa todo el día, como la buena puta que eres, Espinita. Así podré jugar con estos pechos perfectos cuando quiera.

Mientras habla, me pellizca un pezón y me arranca un gemido agudo e involuntario de desesperación. Entonces aparece un destello auténtico en sus ojos. Observo, hechizada, cómo toma su sombrero de la encimera y me lo coloca en la cabeza.

—Mi coño. —Desliza el pulgar por mi mandíbula e inclina mi rostro hacia él—. Mi sombrero. —Me contempla con sus ojos azules y baja la voz a un tono todavía más seductor—. Mi brazalete.

Storm me sostiene la mirada mientras se inclina hacia delante para atrapar uno de mis pezones con la boca, y pierdo un poco más la cordura cuando todo mi cuerpo tiembla de placer.

La caricia cálida y húmeda de su lengua, sus labios succionando y lamiendo ese bulto erecto, me vuelve completamente loca.

Soy un desastre de súplicas desesperadas y sonidos que quizá, cuando amanezca, me avergüencen, pero ahora mismo me importa una mierda.

Le entrega su atención a ambos pechos, recorriendo con sus labios la curva y rozando mis puntas endurecidas con la lengua hasta que acabo retorcida de placer.

—Mmm, joder. Eres tan receptiva. Me parece que te encanta la idea de que haga lo que quiera con tus pechos, ¿no? ¿Te gustaría verlos cubiertos con mi semen?

Se me escapa un gemido de pura excitación. Está claro que la idea me gusta. Mucho.

Se ríe entre dientes, sombrío y perverso, contra mis pechos doloridos. Pero enseguida se mueve, se desabrocha el cinturón, se baja la ropa interior y se acomoda entre mis muslos húmedos, dejando al descubierto la prueba evidente de lo loca que estoy por el hombre que tengo delante.

—Por favor. Por favor, Storm. —Su tamaño hace que me contraiga por dentro y que el estómago me dé un vuelco.

Mis ojos se clavan en su mano mientras se acaricia con calma; él me observa con una expresión hambrienta mientras yo no puedo dejar de mirarlo.

Me cuesta recordar si alguna vez he visto un miembro tan grueso, erecto y venoso más allá de cuando miro pornografía a escondidas.

La tiene más grande que cualquiera con quien haya estado, y siento el impulso de probarla.

Quiero sentir su peso aterciopelado sobre la lengua.

Pero, por encima de todo, lo quiero dentro de mí.

Storm parece sentir la misma urgencia. Mientras se acaricia, desliza el pulgar sobre la punta, donde brilla una gota de humedad, y alcanzo a ver un destello diabólico en sus ojos.

Se inclina para llevar esa mano hasta mi boca, dejando que el peso de su miembro rígido oscile entre nosotros.

Mete el pulgar cubierto de su esencia dentro de mi boca, cubriendo mis papilas gustativas con el toque salado y penetrante del fluido que brota de la punta.

Una muestra de lo increíble que sería chupársela y metérmela entera en la boca.

Me embriaga saber que alguien tan inexperta como yo puede provocar este efecto en su cuerpo.

Guía la punta de su miembro para acariciarme por primera vez, y el corazón se me dispara hasta la garganta. ¿Cómo puede gustarme tanto si apenas me ha tocado?