Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 22. Briar
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Capítulo 22. Briar

«¿Quieres que te folle, cariño?».

Estoy tan excitada por este hombre que siento la sangre convertida en lava.

Maldito sea por demostrarme en unos minutos que puede hacer que mi cuerpo responda de formas que ni siquiera sabía posibles; por ser capaz de calmar mi pánico y excitarme al mismo tiempo, todo con un beso que me hace flaquear las piernas.

No hay manera de que pueda mantenerme en pie después de ese orgasmo, después de cómo se ha adueñado de mi boca, después de obligarme a probarme a mí misma y, sobre todo, después de la facilidad con la que me ha demostrado que he perdido completamente la cabeza y me he lanzado de lleno a las aguas más profundas.

—Por favor. Sí. Quiero… Te deseo muchísimo. —Mis dedos ascienden hasta su muñeca, que todavía rodea mi garganta.

—Dime lo que necesito oír.

Estoy tan deslumbrada por él, por sus músculos firmes, sus tatuajes y ese pelo rebelde que no quiero dejar de acariciar; no me imagino qué más podría querer saber.

Hasta que caigo en la cuenta.

Ah, claro.

Sexo.

La charla.

—Me hice análisis y tomo anticonceptivos. —Trago saliva. Por favor, que no me pregunte cuánto hace que no tengo sexo con nada que no funcione con pilas. Ya he pasado suficiente vergüenza con este hombre para toda una vida.

Y, aun así, por alguna razón, no parece asqueado por el desastre que acabo de montar.

Lo he empapado como una fuente. Jamás me había pasado algo así. Había oído hablar de la eyaculación femenina, pero nunca imaginé que mi cuerpo pudiera…

Aprieta los dedos, observando mi boca con hambre, y vuelvo a gemir. Cada mínima presión extra hace que mi clítoris responda con un latido ardiente.

—Yo también me hice análisis —dice con voz ronca.

Es tan sexi que temo que mi coño no pueda recuperarse cuando salga de aquí. Pero rápidamente borro esa duda de mi mente. No vamos a pensar en eso ahora.

Aunque también estoy haciendo un esfuerzo enorme por creerle a este hombre —esta fantasía sexual hecha realidad— cuando asegura que «se hizo análisis». Quiero confiar en él con todas mis fuerzas, de verdad, pero mi mente vuelve al bar…

Sus ojos de un azul imposible sostienen los míos. Ve el instante exacto en que aflora la duda en mí. Ve directamente dentro de mi corazón herido y engañado; reconoce la desconfianza instintiva que llevo dentro como un parásito.

Antes de que pueda darme cuenta de lo que está pasando, sus brazos fuertes me levantan y cruza conmigo hasta la encimera de la cocina.

Deja mi trasero desnudo sobre la superficie fría, y la amplitud de su pecho musculoso, desnudo, un océano de tatuajes, invade todo mi campo de visión mientras Storm apoya las manos a ambos lados de mis caderas.

Inclinándose, se asegura de que estemos al mismo nivel. Ojo con ojo.

—¿Qué está pasando por esa cabecita?

Abro la boca para decir que no es nada, que soy demasiado joven, demasiado insegura para un dios del sexo como él; que debería ignorarme porque claramente soy idiota… Pero él frunce el ceño, y basta un simple chasquido de lengua para obligarme a sincerarme.

Mi cerebro sigue flotando en un mar de oxitocina y dopamina después de todo lo que le ha hecho a mi cuerpo, así que suelto palabras sin elocuencia y sin pensar.

—¿Y qué pasa con las otras mujeres con las que estás? Ya sabes…, las que se dejan cosas dentro de tu camioneta.

Storm suaviza la expresión y, Dios, eso hace que mi estúpido corazón dé un vuelco. Levanta la mano tatuada con su nombre, la misma que me ha tocado entre las piernas, que me ha rodeado el cuello y que ahora juega con uno de los rizos que caen junto a mi cara.

La intensidad de todos los contrastes que conviven en este hombre es tan impactante, tan cautivadora, que siento que casi no me entra aire en los pulmones cuando me regala un gesto tan delicado.

—Sé que no te resulta fácil confiar, Briar, pero voy a explicártelo igualmente.

En invierno, el tiempo aquí puede cambiar muy deprisa.

—Desliza los mechones de mi pelo entre los dedos—.

Hace unos meses cayó una nevada inesperada y el sheriff Hayes y yo nos organizamos para ayudar a cualquiera que se hubiera quedado atrapado en Crimson Ridge.

Yo llevé a los empleados y clientes del bar.

Esa chica no era más que una desconocida entre toda la gente a la que ayudé aquel día.

Me sostiene la mirada de ojos azules. Es pura sinceridad, pero me apresuro a compararlo con las personas que me rodearon toda la vida.

Me acaricia la mejilla con el dorso de los dedos y luego desliza la mano bajo el borde de mi jersey.

—Soy muy consciente de mi reputación, Briar; no puedo cambiar quién fui en el pasado, por más que quiera. Los rumores son rumores, y he aprendido por las malas que no hay forma de detenerlos, pero hace mucho tiempo que no estoy con nadie.

Mientras habla, tan pausado, tan seguro, con esa voz grave que me deja sin aliento, sus grandes manos ascienden desde mis caderas por debajo de la blusa, recorriendo mis costillas hasta alcanzar mis pechos doloridos.

Con una delicadeza impropia de un vaquero tosco y huraño como él, empieza a acariciar las puntas de mis pezones a través del sujetador.

Casi floto sobre la encimera de la cocina. A la mierda esta conversación; necesito que juegue con mis pechos durante horas. La respuesta de mi clítoris se intensifica hasta convertirse en un latido punzante entre mis muslos.

—Está bien. —¿De verdad parezco a punto de ponerme a gemir otra vez por este hombre? Ha conseguido reavivar cada centímetro de mi cuerpo y estoy a dos segundos de agarrarlo del cinturón.

—Y para que quede claro, mientras dure esto, si llegas siquiera a mirar el sombrero de otro hombre, le pisotearé el pecho con más fuerza que un toro.

—¿Su sombrero? —Me muerdo el labio inferior para contener los sonidos pecaminosos que amenazan con escaparse cada vez que sus pulgares rozan mis pezones endurecidos.

—Si quieres un sombrero, usarás el mío. Todo esto me lo estás entregando a mí, y me importa una mierda que sea en secreto o no… Nadie puede tocar lo que es mío.

Dios, quiero subirme encima de este vaquero.

—Briar, esto que quieres… —Storm tortura mis pezones un poco más, porque parece realmente decidido a mantenerme completamente hechizada—. Aunque me hayas dado el control, sigue habiendo límites, ¿entiendes?

—¿Límites? —Estoy a punto de protestar, pero él niega con la cabeza y esboza una sonrisa irónica. Puede adivinar lo que tengo en la punta de la lengua.

—Llamémoslos fronteras. Habrá momentos, días, en los que puede que no quieras. Tenemos que establecer una forma clara de que marques claramente esa línea y yo prometo respetarla.

—Ah. ¿Ya… has hecho este tipo de cosas antes? —El corazón me golpea con fuerza en la garganta.

—No con un acuerdo así. Pero conozco bien el concepto.

Mi cabeza intenta procesar lo que acaba de decir, pero entonces hace algo totalmente inesperado: desliza las manos de debajo de mi blusa, se quita el brazalete de cuero y toma mi muñeca entre las suyas.

Me levanta la mano y empieza a envolverme la muñeca con el cuero.

Se siente cálido y flexible, y queda holgado sobre el hueso, incluso después de ajustarlo al máximo.

Es de un marrón oscuro intenso, con un patrón de espirales grabado en la superficie, aunque el uso lo ha desgastado y descolorido un poco.

Storm desliza el pulgar sobre el brazalete mientras sigue sujetándome el brazo.

—Si llevas esto puesto, puedo hacer contigo lo que quiera… cuando quiera y donde quiera… Pero si necesitas un descanso o no estás de humor, puedes quitártelo, y prometo que siempre lo respetaré, ¿está bien?

Joder. Estoy lista para convertirme en la prostituta ideal para este hombre; creo que acaba de desbloquear un nuevo deseo dentro de mí. El peso posesivo y sutil de esa tira de cuero alrededor de mi muñeca acaba de hacerme sentir la mujer más excitada del mundo.

—Storm —susurro, mirándolo completamente hipnotizada—. No podemos contarle esto a nadie. No quiero arruinarte la vida con más rumores absurdos… La gente malinterpreta las cosas con demasiada facilidad…

Él besa la palma de mi mano, arrancándome el último rastro de cordura en el instante en que su boca húmeda, sus labios carnosos y el roce áspero de su barba se deslizan sobre mi piel.

—Odio que tenga que ser así, pero estoy de acuerdo… Me importa una mierda lo que piense o diga la gente, y soy capaz de romperle la cara a cualquiera que hable mal de ti, pero prefiero que esto se quede entre nosotros. Si tú también lo quieres así.

El estómago se me contrae y una oleada de euforia me atraviesa por completo al escuchar cómo su voz se vuelve más grave y vibrante.

Habla contra mi palma, me mantiene atrapada con sus ojos azules y siento su sinceridad en cada palabra; me transmite la plena intención de protegerme de cualquier cosa que pueda acechar detrás de esa puerta.

El sutil movimiento de mi barbilla basta como respuesta.

Estoy en peligro de enamorarme de este hombre. Mi tío. Mi Storm.

—Entonces…, ¿esta noche el brazalete se queda puesto o no, cariño? —me pregunta mientras desliza el pulgar de un lado a otro sobre el cuero, dedicándome una mirada capaz de derretirme las bragas si aún las llevara puestas.

Me han ignorado y despreciado durante tanto tiempo que me marea que él haya accedido a esto.

¿Sentirme deseada por primera vez? ¿Que alguien tenga el permiso y control para usarme, para exponerme a todo lo que me he estado perdiendo?

Me hace sentir que no puede pasar ni cinco minutos sin tocarme.

Me dejo llevar por la idea de que este vaquero pueda tomar todo lo que quiera de mí.

—Se queda puesto. —Mi pulso late implacable. Estoy más que lista para experimentar cada faceta de este hombre de todas las formas posibles.

Fóllame. Úsame como quieras. Esas palabras pugnan por brotar de mis labios. Quiero sellar mi boca con la suya y decírselo todo con uno de esos besos capaces de cambiarle la vida a una persona.