Capítulo 21. Storm #2
Ahora soy yo quien traga saliva, porque mi mente se dirige a lugares muy oscuros. Pienso en cómo me gustaría usar a mi sobrina, enseñarle cosas y usar sus lindos y pequeños orificios para hacerla llegar al clímax una y otra vez.
Joder.
Esta chica tan guapa acaba de admitir que tiene un fetiche de sumisión, y si ya estaba desesperado por besarla, ahora estoy fuera de control. Debo de haberme quedado paralizado demasiado tiempo, porque vuelve a esconder el rostro entre las manos y me mira a través de los dedos.
—Oh, Dios. Es raro, ¿verdad? ¿La gente pide este tipo de cosas? Es muy raro, ¿no?
—No —sacudo la cabeza y me apresuro a besar la parte interior de su rodilla—.
Es increíblemente sexi. Eres la mujer más sensual que he visto jamás, y me estás dando permiso para hacerte disfrutar tantas veces como quiera, cuando quiera y donde quiera.
Acabas de convertir todas mis fantasías en realidad.
Briar me mira boquiabierta.
—¿A ti también te gusta eso?
—Si implica hacerte llegar al orgasmo… —Mis dedos se enganchan en el elástico de sus bragas.
En ese momento, Briar empieza a inquietarse. Sus manos empujan mis hombros en una débil protesta.
—Espera… No me he duchado… No me he depilado…
Esas palabras me arrancan un sonido grave y primitivo del pecho.
—¿De verdad crees que no voy a desearte tal y como eres? Te quiero así, exactamente así. Y si vamos a hacer esto, necesito que entiendas lo que significa que alguien te desee, sin importar cuándo, dónde o cómo.
Briar contiene el aliento mientras sigo bajándole las bragas poco a poco, revelando la suave curva de su vientre, sus caderas y esa piel delicada que podría recorrer durante un día entero.
—Cariño, lo único que tienes que saber es que estoy desesperado por ti, sin reservas. Estás diciéndome que me das permiso para adorarte cuando quiera, así que créeme: no voy a ponerte ninguna de las excusas de mierda que te pusieron esos idiotas con los que has estado antes.
A la mierda. No pienso dejar escapar a esta chica.
Con decisión, deslizo la tela por sus caderas, y la sombra de su sexo empieza a revelarse. Es perfecta. Todo lo que ya he tenido el placer de explorar con los dedos aparece ahora ante mí, y mi mente ya va tres pasos por delante, anticipando el primer roce cálido de mi boca.
—No soy como ellos, Briar, y espero que me creas cuando te digo que voy a hacer que te corras en mi lengua en cualquier momento del día o de la noche.
—¿Y si no se me da bien?
Termino de quitarle las bragas húmedas por completo, las guardo en el bolsillo trasero y levanto la vista hacia ella. Sin apartar los ojos de los suyos, deposito un beso lento sobre su sexo, saboreando cada respiración entrecortada y cada temblor que me ofrece.
—Lo único que tienes que hacer es disfrutar, así que ponme las manos en la cabeza y enséñame lo fuerte que puedes gritar.
El pequeño sonido que deja escapar Briar es mitad protesta, mitad gemido, y pura sensualidad.
—No debería sentirme así… como si necesitara tocarte desesperadamente, pero no puedo evitarlo —admite. Vacila apenas un instante antes de enredar los dedos en mi pelo y apartármelo de la frente. Yo respondo con un gemido.
Soplo suavemente sobre su sexo, brillante y enrojecido por la excitación.
—Ponme las manos encima siempre que quieras, cariño. Porque yo no pienso contenerme contigo.
He dejado de pensar. El aroma de Briar, excitada y empapada, es mi perdición.
Mi boca se cierra sobre ella, y es más dulce de lo que había imaginado.
Sus caderas se elevan mientras arquea la espalda; sus preciosas uñas pintadas se hunden con más fuerza en mi pelo, y noto cómo se derrite debajo de mí.
Su gemido inmediato es música y poesía para mis oídos.
Tal vez en otra ocasión me recree más, la lleve al límite y dedique a cada centímetro de este cuerpo pequeño y perfecto toda la atención que merece.
Pero ahora mismo estoy desesperado por verla correrse, por sentir cómo tiembla sobre mi lengua por primera vez; además, tenemos toda la noche por delante. Y pienso pasarla entre sus muslos.
—Oh, Dios. Storm.
Joder. Escucharla jadear y gemir mi nombre es el tipo de tortura placentera con la que fantaseaba. Mantengo la lengua firme sobre su clítoris, tomando cada vez más de ella. Está jadeando, gimiendo, casi me cabalga la cara mientras tira de mi pelo. Verla responder así podría acabar conmigo.
Y si no estaba ya lo bastante obsesionado con esta chica en la que ni siquiera debería pensar, sus súplicas entrecortadas y el temblor de sus muslos alrededor de mi cabeza terminan de condenarme.
No hay forma de que pueda detenerme. Ella me ha dicho que quiere que la posea donde y cuando yo quiera.
Deslizo dos dedos en su interior y los curvo hasta arrancarle un jadeo tembloroso.
—Oh, Dios, oh, Dios, oh, Dios —repite Briar mientras sus caderas se mueven al compás del movimiento firme de mi lengua y todo su cuerpo se tensa debajo de mí—. Estoy… Oh, mierda… Estoy…
Se contrae rítmicamente. Retiro un poco los dedos y una oleada de humedad me cubre mientras se deshace por completo.
Briar no puede dejar de temblar ni de aferrarse a mi cabeza.
Ese aroma dulce y adictivo, su sabor, su humedad, todo me envuelve, y no puedo contener el gemido profundo que brota de mi pecho.
Joder, esta chica.
—¿Qué…? Lo siento… Oh, Dios mío… Eso nunca…
Yo nunca… Lo siento mucho. —Intenta apartarse de mí y tira de mi pelo en un esfuerzo por escapar de mi boca todavía húmeda por su orgasmo.
Le sujeto las caderas con las palmas y rozo con los dientes la cara interna de sus muslos.
No es un mordisco fuerte, pero basta para captar su atención y detener la espiral en la que está cayendo.
—Acabas de correrte, cariño. —Paso la lengua sobre la piel sensible—. Y no tienes ni idea de lo excitante que es. Me muero de ganas de ver cuántas veces seguidas puedes gritar mi nombre y empapar mi rostro.
—Quiero que el sofá me trague.
Se escapa un gruñido desde lo más profundo de mis entrañas. Me duele la erección atrapada dentro de los pantalones; intento no pensar en cómo localizar a los patéticos idiotas que le hicieron sentir que no merece disfrutar de un placer sin restricciones.
Me desabrocho los primeros botones de la camisa, me la saco por la cabeza y me lanzo sobre ella. Briar abre mucho sus ojos oscuros cuando coloco una rodilla entre sus piernas, al borde del sofá, apoyo una mano junto a su cabeza y, con la otra, le rodeo el cuello.
No me detengo. No le doy tiempo a pensar. Le tomo la boca y la beso con hambre, hundiendo la lengua entre sus labios y devorando cada pequeño sonido que emite para mí.
Mis dedos aprietan un poco más mientras la obligo a saborearse en mi boca, sintiendo el pulso acelerado latiendo bajo las yemas de mis dedos.
Cuando me aparto, está jadeando. Tiene la mirada desenfocada y los labios hinchados por los besos. Exactamente como debería estar.
Se pasa la lengua por el labio inferior y sé, sin duda alguna, que se está saboreando a sí misma. Lo veo en la forma en que sus pupilas se dilatan, en cómo se enciende todavía más después del orgasmo y quiere seguir.
—Mira lo bien que sabes. Mira cómo me vuelves loco. Ahora dime… —Aumento apenas la presión sobre su garganta, contemplando cómo mi nombre tatuado en los dedos encaja en su cuello—. ¿Quieres que te folle, cariño?