Capítulo 21. Storm
—Déjame enseñarte las cosas que quieres saber… Déjame darte eso.
Maldita sea, ¿qué estoy haciendo? ¿Qué es exactamente lo que estoy sugiriendo?
Nunca he sido de los que se contienen en lo que respecta al sexo y jamás he repetido con una mujer, pero esta chica, esta preciosa criatura, la siento tan delicada entre mis brazos... Es como tener cien malditos podios y hebillas de campeonato. Algo precioso. Algo que merece ser atesorado.
Como la caricia de una seda delicada, su sexo está cálido, húmedo e increíblemente receptivo a mi tacto.
La necesidad demencial de tenerla y saborear cada centímetro de ella es gasolina pura inyectada directamente en mis venas, alimentando una obsesión por Briar que ya no puedo seguir negando, aunque debería.
No puedo permitirme ceder a todas las formas en que la deseo una y otra vez.
—Oh, joder… No puedo pensar… —jadea contra mi boca mientras sus caderas siguen moviéndose, presionándose contra la palma que le cubre el sexo.
—Entonces no pienses. Solo di que sí. Olvídate de todo lo demás y deja que cuide de ti.
Mis dientes atrapan su labio inferior y tiro suavemente de él, arrancándole el gemido más dulce a la chica que tengo atrapada entre mis brazos.
Lo siento en la vibración bajo mis dedos, enroscados alrededor de su esbelto cuello.
Lo siento en la forma en que su intimidad se humedece más y más a medida que prolongamos este baile.
—Estás loco. Esto es una locura.
Eso no es un no. Me basta.
—Vamos dentro.
A regañadientes, saco la mano de sus bragas, pero no pienso moverme de aquí hasta que ella entienda cuánto lo desea y cuánto lo necesita su cuerpo.
—Mira lo perfecta, sexi y dulce que eres.
Subo la mano y deslizo los dedos cubiertos de su excitación por sus labios; el suave gemido que me regala va directo a mi dolorosa erección.
Estoy duro como el acero. Mi cuerpo exige desnudarla y poseerla aquí mismo, apoyada contra la puerta abierta de mi camioneta. No deseo otra cosa que escuchar sus gritos resonando entre los pinos que nos rodean.
Pero tal vez esa sea una fantasía para otro momento.
Ahora me deleito en la forma exploratoria en que su lengua se mueve sobre mí. Maldita sea, traza un recorrido lento y dubitativo, rozando las yemas de mis dedos, probándose a sí misma.
—¿Puedes caminar? ¿O tengo que cargarte al hombro, Espinita?
Deja escapar un pequeño sonido de protesta mientras presiono suavemente sobre su lengua.
—Bueno, te estás apoyando en mí igual que hacen los caballos. Quería comprobar si todavía te funcionan las piernas.
Presiono la boca contra su oído; soy totalmente adicto a los pequeños escalofríos de placer que le recorren el cuerpo.
Necesito besarla otra vez, sellar nuestras bocas y absorber hasta la última gota de esos deliciosos sonidos que hace. Necesito posar la boca sobre su sexo cálido y suave. Joder, quiero probar, lamer y morder cada centímetro de su piel delicada hasta que resulte imposible negar que es mía.
Ese sonido sensual y embriagador va seguido de una protesta apenas perceptible cuando retiro mis dedos de su boca.
—Puedo caminar —exhala, completamente perdida en la excitación.
Una necesidad febril me atraviesa mientras me separo de Briar y la guío con una suave caricia en la parte baja de la espalda para que camine delante de mí hacia la cabaña.
No puedo dejar de mirar la curva de sus muslos allí donde mi chaqueta le roza el trasero porque, al menos esta noche, me permito observarla abiertamente.
Antes de cruzar la puerta, me mira de reojo por encima del hombro: es la encarnación misma de la tentación.
Entramos juntos. La ayudo a quitarse el abrigo, las botas y las capas de ropa y, preso de la impaciencia, señalo hacia el sofá.
—Siéntate ahí.
Briar parece tan aturdida que sigue mis instrucciones sin protestar.
Lo último que quiero ahora mismo es tranquilizarme; el corazón me retumba como una estampida dentro del pecho, pero tengo que encender la chimenea y, mientras lo hago, ella devora cada uno de mis movimientos con una honestidad que noto bajo la piel.
Tal vez ha estado ocultando cuánto deseaba mirarme sin tapujos, tanto como yo he intentado —y no he conseguido— ocultarlo.
Al menos así, los dos tendremos un momento para aclarar las cosas o para que yo haga las preguntas que debería estar haciendo.
Desde luego, son cosas que un tío no debería ni atreverse a pensar, y mucho menos decir en voz alta, pero, maldita sea, ya no puedo resistirme a Briar.
Y, puesto que de todos modos acabaré yéndome al infierno, prefiero hacer las maletas sabiendo que tenía su consentimiento.
Una vez que las llamas danzan, proyectando sombras y una luz anaranjada y titilante por toda la habitación, me giro hacia la visión de mi innegable obsesión. La chica por la que podría perderlo todo.
Briar tiene los pies recogidos bajo el cuerpo. Los vaqueros siguen desabrochados, colgándole de las caderas, y me observa tras la espesa cortina de pestañas oscuras.
Me pongo en cuclillas frente a ella y me froto la mandíbula con el pulgar.
Su aroma persiste en mi piel y, joder, es casi imposible no abalanzarme sobre ella.
Quiero su sabor en mi lengua. Quiero que su sexo aterciopelado envuelva mi polla.
Quiero sentir cómo me aprieta con todas sus fuerzas cuando alcance el orgasmo y gima mi nombre.
—Dime qué es lo que más te gusta.
Abre mucho los ojos oscuros.
—Yo… La verdad es que no lo sé.
—Piénsalo… Tú misma dijiste que se te da bien ocuparte sola de estas cosas. Así que, cuando estás sola, ¿qué usas? ¿Un juguete?
Sus mejillas encendidas lo dicen todo.
El corazón me da un vuelco. La imagen de Briar tumbada, pasándose un vibrador por su sexo empapado, borra cualquier otra cosa de mi mente.
—¿Lo has traído? —Joder. Casi me atraganto con mis propias palabras.
—Me estoy muriendo de vergüenza. —Sus dientes se hunden en ese labio inferior que quiero volver a chupar y sentir que tiembla bajo mi boca.
—Solo estamos hablando… Necesito saberlo.
—No hace falta. Ni siquiera deberíamos estar teniendo esta conversación.
—¿Y qué ha sido todo eso de ahí fuera sobre ganar experiencia con alguien en quien puedas confiar? —Inclino la cabeza hacia un lado, mirándola sin el menor pudor. Más vale que entienda de una vez que no voy a rendirme.
Ella quiere esto, pero tiene demasiado miedo para admitirlo y tomar lo que desea.
Briar se tapa la cara con las manos.
—No puedo creer que haya dicho eso —murmura entre los dedos, con la voz amortiguada—. No puedo creer que me lo esté planteando…, que estemos hablando de esto.
Aprovecho la oportunidad mientras mantiene el rostro oculto para moverme, cruzar los pocos metros que nos separan y colocarme justo frente a ella.
Desde aquí, arrodillado en el suelo junto al sofá, puedo deslizar fácilmente mis palmas para acariciar sus muslos.
Ella se sobresalta, se le entrecorta la respiración y aparta las manos de la cara en cuanto la toco.
—Así que te das placer con un juguete, que puede que lleves o no guardado en ese equipaje de mano. ¿Tienes algún límite?
La guío con suavidad y Briar, aunque me mira con desconfianza, deja que su cuerpo decida por ella.
Como una buena chica, separa las piernas y me permite acomodarme entre sus rodillas.
Igual que cuando la tenía sentada sobre mi regazo en la camioneta, no puedo evitar seguir tocándola, manteniendo un movimiento lento y rítmico arriba y abajo sobre la tela que le abraza los muslos.
Ella traga saliva y me observa. Le doy tiempo para recuperar el aliento, sin intentar apresurar nada, porque ya es bastante asustadiza de por sí. Finalmente, consigue responder:
—¿Cómo se supone que voy a saberlo?
—¿Qué cosas te provocarían un «no» inmediato? Si no lo sabes, no pasa nada. Puedes decírmelo cuando lo descubras.
Briar emite un sonido suave y sus caderas se agitan, buscando el ritmo de mis manos cuando estas ascienden un poco más, hacia el botón desabrochado.
—Hablas como si fuera a haber más de una vez.
Acaba de señalar la mayor ironía de mi vida porque, hasta ahora, nunca he estado con nadie más de una vez.
—Créeme, ya lo sé: si tengo la oportunidad de probarte, una sola vez no me bastará, cariño.
Eso parece surtir el efecto deseado, porque un escalofrío le recorre el cuerpo y su respiración se acelera.
—Dime una cosa… —Estoy totalmente perdido por esta chica. Si quiere parar, por supuesto que lo respetaré, aunque creo que podría morirme—. ¿Por qué no me dices qué es lo que te excita? Si no sabes todavía cuáles son tus límites, empecemos por lo que sí quieres.
Enroscando los dedos en la cintura suelta de sus vaqueros, hago una pausa y la miro, dejando clara la sucia promesa de lo bien que podría hacérselo pasar, pero también pidiéndole permiso. La chica de mis sueños levanta las caderas para que pueda bajarle los pantalones.
—Me gusta… Me gusta la idea de que hagas conmigo lo que quieras. Que me uses… y que me enseñes. —Con un jadeo, las palabras salen atropelladas y clava las uñas en el sofá.
—¿Te gusta la idea de ceder el control? —Jesús. Tengo casi toda la sangre del cuerpo concentrada en la entrepierna.
Briar asiente. Sus ojos se pierden un poco mientras le sujeto el tobillo y presiono ese punto sensible, quitándole primero una pierna de los vaqueros y luego la otra.
Joder, es preciosa. Desde este ángulo puedo contemplar cada detalle de Briar Lane: desde los calcetines rosa pálido que le cubren las pantorrillas y la ropa interior negra que asoma bajo el dobladillo del jersey hasta el revoltijo de rizos oscuros recogidos en lo alto de la cabeza.
—Hay muchas cosas que no sé, pero me gusta cómo eres conmigo —casi un susurro, una confesión suave—. Quiero más de eso, y lo quiero contigo, aunque probablemente esté mal decirlo en voz alta. No me importa cuándo ni dónde. Me siento segura cuando tú llevas el control.