Capítulo 20. Briar
Mi puerta está atascada.
Cada parte racional de mí está gritando, de rodillas, suplicando que se abra. Que me dé la excusa que estoy buscando.
Debería querer escapar de este hombre.
Ninguna parte de mí debería sentir que esto es una señal del destino, un empujón para acortar la distancia que nos separa y acercarme más a mi tío.
Una chica como yo debería desear otra cosa, a otra persona. No al vaquero sexi, musculoso y tatuado que me observa con esos ojos azules.
Hasta ahora hemos evitado hablar de lo que pasó.
Ninguno de los dos parecía capaz de reunir el valor suficiente para intentar entender qué demonios es esto que está creciendo entre nosotros.
Solo sé que mi cuerpo se ha pasado el día entero llamándolo, a cada segundo, en cada lugar.
Verlo hoy en el rancho ha sido demasiado intenso: arreando el ganado, montando a caballo con la calma y la destreza de un vaquero que bien podría usar esas habilidades para otras cosas.
Y yo allí, subida también a un caballo, con los nervios de punta.
Casi pierdo el control.
Pero aquí estamos, separados apenas por unos centímetros, en el mismo lugar en el que cruzamos la línea.
Y, por desgracia para mi salud mental, mi moral y mi capacidad de pensar con claridad, no puedo soportar otra noche en esa casa compartiendo cama con un hombre que me atrae de esta manera y al que no puedo tocar.
—Ven aquí. —Le brillan los ojos. La forma en que pronuncia esas palabras hace que se me contraiga el coño al recordar lo que pasó la última vez que obedecí esa misma orden.
Una parte de mi cerebro sabe lo que debería hacer en esta situación. Tiene clarísimo qué sería lo correcto.
Pero le cierro la puerta en las narices.
Porque la otra parte de mi cerebro, esa a la que ya le importa una mierda todo y está harta de que le nieguen lo que quiere, está loca por este hombre.
Y lo obedece encantada.
—Vale. —Intento sonar tranquila mientras cedo y me deslizo hacia el lado del conductor, pero cuando llego al borde él sigue sin apartarse.
La temperatura exterior cae rápidamente, pero mi cuerpo parece estar ardiendo. Estoy atrapada aquí, mirándolo, con la mente completamente en blanco.
—¿Te habrías ido a su casa anoche si te lo hubiera pedido? —El hombre frente a mí parece todavía más grande, llenando todo el espacio de la puerta abierta. Se sujeta al techo de la camioneta, con los brazos extendidos sobre mi cabeza, bloqueando la única salida como si fuera un dios.
Joder. No hay forma de responder con sinceridad sin darle más motivos para que me siga molestando con el tema. Así que pongo los ojos en blanco.
—No voy a contestarte a eso.
—Briar. Dame ese gusto. —Me provoca con esa voz ronca que usa para tranquilizar a los caballos. Y sigue sin moverse.
—No. No voy a entrar en ese juego.
No puedo permitirme caer en este tira y afloja. No puedo jugar a esta versión perversa de verdad o reto. Estoy tan mal de la cabeza que lo único que quiero es que me dé algo más que esas muestras gratuitas de cómo responde mi cuerpo a sus órdenes.
Por supuesto, tendré que encontrar la manera de satisfacer ese deseo en otra parte.
Desplazo las piernas hacia la puerta y nuestros cuerpos quedan encajados; mis rodillas rozan la parte delantera de sus piernas mientras intento pasar junto a él.
Tengo que inclinarme bajo sus brazos y hacer un esfuerzo para evitar mirar esos vaqueros que tan bien le quedan y están justo en mi campo visual, pero las botas no llegan a tocar el suelo.
Igual que anoche, mi tío (el hombre del que me he enamorado), me agarra por la cintura antes de que consiga escapar. Me gira y me estampa contra el lateral de la camioneta; todo ocurre tan deprisa que, por reflejo, apoyo las dos manos para amortiguar el golpe.
Temor, entusiasmo y placer corren por mis venas en una combinación imposible de sentimientos.
Estoy acorralada y, definitivamente, no quiero ser liberada.
—Storm. —La voz me sale entrecortada, cargada de deseo; una nubecilla blanca escapa de mis labios hacia el aire helado de la noche.
Él responde con un sonido oscuro, mezcla de satisfacción y agonía, al oírme llamarlo así por primera vez desde que llegué.
—Hora de la verdad. Si estuvieras con él… haciendo cosas… ¿En quién estarías pensando?
Mi espalda queda pegada a su pecho ancho. Su calor me envuelve igual que anoche y cierra los dedos alrededor del metal de la camioneta. Alcanzo a ver su mano tatuada junto a la mía. Un «STORM» en tinta negra me observa y ahora mismo sería capaz de cualquier cosa con tal de que esa mano me tocara.
—Vamos, Espinita, si fuese él quien estuviera tocando ese coñito dulce… ¿En quién pensarías?
Me trago un gemido y un torbellino de mariposas estalla en mi estómago.
—¿Qué más da? —Toda la cordura ha desaparecido de mi cabeza y el pulso se me acelera en respuesta al contacto. Me rodea la cintura con un brazo, me aprieta con el muslo y siento la intensidad de esa conexión trepándome por la espalda.
—¿Te dejarías llevar y solo pensarías en él? ¿Gemirías, jadearías y estarías desesperada por tenerlo dentro de ti?
—No entiendo por qué te importa tanto. —Quiero que esa pregunta signifique algo que probablemente no significa y, a menos que admita que no existe ni la más mínima posibilidad de estar con otro hombre sin pensar en Stôrmand Lane, no sé qué responder.
Su boca encuentra mi oreja y me eriza la piel de todo el cuerpo cuando dice:
—¿No es mejor aprender con alguien en quien confías?
—No puedo confiar en cualquiera.
Los dedos de Storm se deslizan por la parte delantera de mi abrigo. Su abrigo. Ese del que no puedo dejar de impregnarme porque me he vuelto adicta a su olor.
Con una soltura que delata experiencia, lo desabrocha.
—Te gustó lo que hicimos en la camioneta. —No es una pregunta. Es una afirmación.
—Puede. —Las mariposas están arrasando mi estómago.
Se ríe.
—No pasa nada por admitirlo. No voy a contárselo a nadie… Además, anoche confiaste en mí.
Me quedo quieta, pero las caderas me traicionan y responden por mí cuando siguen el recorrido de sus dedos por la cinturilla de mis pantalones.
Dios. Tiene mucha experiencia. Hay hordas de mujeres dispuestas a caer rendidas a sus pies y entregarse a cualquier cosa que les haga perder el pintalabios en su camioneta. ¿Por qué demonios no puedo dejar de pensar en eso?
—Me gustó —susurro temblando, intentando no romper el hechizo.
Él emite un sonido sensual y masculino, y la mano tatuada que descansaba sobre el metal de la camioneta —mucho más grande que la mía— se alza y serpentea lentamente por mi vientre.
Meto tripa cuando usa ambas manos para desabrocharme los pantalones. Siento el corazón golpeándome tan fuerte que parece que vaya a escapárseme por la boca.
—¿Q-qué haces? —suspiro.
—Dime una cosa… Si fueras a esa preciosa cita y luego él te llevara a algún lugar más íntimo; si te metiera la mano así y te encontrara empapada, ¿querrías que fuera su mano la que te tocara… o la de otra persona?
Murmura esas palabras perversas mientras me mantiene atrapada entre sus brazos y yo estoy embelesada, solo puedo concentrarme en el lugar exacto donde me rozan sus dedos —esa franja de piel donde empieza la ropa interior, justo encima de mi coño palpitante— y enseguida pierdo el hilo de todo lo demás.
Tengo que encontrar una respuesta de algún modo, aunque lo único que ocupa mi mente es la forma en que las yemas de sus dedos me acarician. Por mucho que me esfuerce, ninguna palabra parece suficiente.
Se me entrecorta la respiración y emito un suave gemido de placer cuando toca mi piel con esos dedos callosos que he visto manejar caballos, metal y cualquier herramienta como si hubieran nacido para ello.
—Tranquila. Respira. —Su voz es grava y miel mientras desliza la nariz por mi mandíbula. Al mismo tiempo, mete una mano bajo la tela, descendiendo poco a poco, y por mucho que me pida que respire, creo que ya he olvidado cómo se hace.
—Oh, Dios mío. —Otro sonido desesperado escapa de mis labios.
Aprieto los dedos y araño la pintura desgastada de la camioneta.
¿Cómo sigo en pie? Nunca nadie me había tocado así, tomándose su tiempo, jugando con mi cuerpo y explorándolo poco a poco.
Presiona la mano contra la parte baja de mi vientre, añadiendo una presión firme y reconfortante a aquella caricia lenta; emite un sonido de satisfacción justo antes de llegar a mi coño.
—Jesús… —exhala Storm contra mi piel cuando sus dedos descubren la verdad.
Estoy empapada.
—No podemos…
Mi protesta es en vano; muere en medio de la noche cuando me mete esos dedos gruesos hasta dar con el clítoris inflamado. Estamos al aire libre, rodeados de árboles, bajo el cielo oscuro salpicado de estrellas.
Aunque sé que no hay nadie en varios kilómetros a la redonda, aun así me provoca un escalofrío lo ilícito de la situación.
Toda la fuerza de la sangre se acumula entre mis piernas.
—Mira lo mojada que estás. Te debe de doler, ¿verdad, cariño?
Tiene toda la razón. Aprieto el coño al oír su voz; la lujuria corre por mis venas y estoy tan entregada que siento que estoy a punto de explotar.
Storm pasa un dedo por mi humedad, masajea, se toma su tiempo y me hace perder la cabeza cuando dibuja el último círculo sobre mi clítoris y se aparta.
Una y otra vez. Es como si estuviera dispuesto a pasarse horas así.
No tiene ninguna prisa; no es como anoche, cuando me frotó contra el colchón como dos locos perdidos en un frenesí.
Ahora está saboreando mi parte más íntima y me altera las sinapsis neuronales con cada caricia.
—¿Estás pensando en él?
Joder. Hay algo nuevo en su voz. Si no lo conociera, creería que son celos; un rasgo posesivo o, al menos, controlador. No lo odio. De hecho, hace que me derrita aún más deprisa. Cuando presiona la boca contra mi oreja, caliente y húmeda, intensifica la caricia, cada vez más rápido.
Trago con dificultad.
—No.
Un sonido de satisfacción pura me envuelve de pies a cabeza.
—Necesito saber… Si hubieras ido con él y te chupase todo tu…