Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 19. Storm #3
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Capítulo 19. Storm #3

—¿Quién lo pregunta? ¿Mi tío o el tipo que aparece por las noches? —Habla en voz baja, como si alguien pudiera oír las palabras que ambos sabemos que no debería pronunciar.

Clavo los ojos en la carretera. Joder. Estamos acercándonos peligrosamente al lugar que llevamos días intentando evitar.

—Dímelo tú. Las barreras que levantas están haciendo un trabajo excelente alejando a todo el mundo.

—Nos hemos convertido en expertos en esquivar las conversaciones serias después de las noches en las que la vi deshacerse entre mis brazos—.

No creas que no me he dado cuenta de que te has cubierto de alambre de espino para no contarme la verdadera razón de la huida que te trajo hasta aquí. Mi paciencia tiene un límite, Briar.

Briar juguetea con el dobladillo de su abrigo (mi abrigo) con la mano apoyada sobre el regazo.

—No estoy segura. —Con el rabillo del ojo la veo concentrarse demasiado en un hilo suelto—. No sé si quiero volver a verlo así, en una cita.

—¿No te trató bien? —Noto una tensión incómoda en el cuello—. Porque si me entero de algo…

—No, no… Estuvo bien. No es eso. —Se apresura a responder, intentando evitar que me hunda en ese lugar oscuro al notar cómo aumenta la tensión en mí.

—¿Entonces qué?

Suspira y levanta la vista hacia la ventanilla.

—Habló mucho de ti.

Sus palabras me atraviesan como una ráfaga de aire cálido y derriten al instante toda la tensión y los músculos agarrotados. Unas pocas palabras y, de pronto, siento que crezco dentro de la camioneta.

—¿Ah, sí? —No esperaba ese desenlace y, de repente, el jodido Westin Hayes desaparece de mi lista negra.

—Oh, no te emociones tanto. —Briar se gira hacia mí desde el otro extremo del asiento y hace un gesto hacia mi sonrisa—. No te creas tan importante. —Incluso cuando intenta reprenderme resulta adorable.

—¿Qué habrías preferido, cariño? ¿Que te llevara a otro sitio en el que hablar quedase en segundo plano?

Se retuerce incómoda. Sin responder, baja la vista hacia la manga del abrigo que está retorciendo entre los dedos.

—Briar. Contéstame. —Me paso la lengua por los dientes; quiero que siga hablando y ella se ruboriza más cada vez que la miro. Giramos por el sendero de grava rodeado de pinos que lleva hasta la cabaña.

Aparco delante y apago el motor. El silencio nos envuelve con el mismo letargo de aquella noche en la que se sentó sobre mi regazo, aparcados en este mismo lugar; y, si aún me quedara algo de honor o de moral, esa debería ser mi señal para retirarme.

Este silencio ensordecedor es la alarma, la sirena, la campana de advertencia. Mi señal para salir de este vehículo antes de escuchar su respuesta, antes de corromperla con mis fantasías retorcidas.

Pero espero, con los dedos aferrados al volante, haciendo todo lo posible por no poner las manos donde no debo.

Para evitar tocarla.

—Me da vergüenza. —Briar se muerde el labio, me mira con esos ojos oscuros y luego baja las pestañas.

—Puedes contármelo. —El corazón se me acelera ante la expectativa de lo que sospecho que está a punto de decir. Algo que, siendo su tío, no debería despertarme ni la más mínima curiosidad.

Pero, joder, cuánto deseo oírlo.

—Ya te lo dije la otra noche. No tengo mucha «experiencia», así que en algún sitio tendría que conseguirla, ¿no? ¿No prefieres que sea con el señor Vaquero Encantador?

Las palabras salen de su boca como una confesión y enseguida vuelve a cerrarla, como si hubiera hablado demasiado, aunque ya es imposible dar marcha atrás.

Clava las uñas pintadas en el tirador de la puerta, intentando abrirla y escapar de lo que acaba de decir.

Sin embargo, el destino —o como quiera llamarse esta cosa que ocurre entre nosotros— tiene otros planes.

La puerta se atasca.

Cuanto más forcejea, resoplando y soltando pequeños sonidos frustrados, más parece burlarse de ella.

Abro mi puerta y bajo de la camioneta. Las botas pisan la tierra mientras repaso la absurda cadena de acontecimientos que nos ha traído hasta aquí.

Apoyo las dos manos sobre el techo del vehículo y dejo que mi cuerpo invada el espacio de la puerta abierta mientras inclino la cabeza y fijo la vista en la chica que me observa desde dentro.

Nos quedamos así, mirándonos, y me paso la lengua por el labio inferior. Briar sigue el movimiento con una intensidad casi dolorosa —esa mezcla de miedo y deseo en sus ojos oscuros resulta embriagadora— y yo me permito recorrer cada centímetro de su belleza.

Porque esta sensación es la misma que tenía en el rodeo justo antes de entrar en la arena.

Los dos la notamos, pero solo ella tiene el control sobre lo que ocurra a continuación.

El aire crepita y la adrenalina se dispara. Es como meterte voluntariamente en una situación que sabes que va a pasar de cero a cien en un abrir y cerrar de ojos, igual que un látigo rompiendo el aire con un chasquido imposible de prever antes de caer.

Te preparas para que te derriben y te pisoteen… o para escuchar ese dulce rugido de victoria cuando suena la campana.

O quizá, en mi caso, para la ruina absoluta.

—Parece que vas a tener que salir por aquí, cariño.