Capítulo 19. Storm #2
Odio admitirlo, pero Kayce Wilder es un profesor excelente. Mucho mejor y muchísimo más paciente de lo que podría serlo yo. Así que me alegra que Briar pueda aprender con alguien que la haga sentir cómoda. Además, en el tiempo que llevamos aquí, Layla parece haberla adoptado oficialmente.
Ayer pasaron mucho tiempo juntas y mi lado más egoísta se pregunta si Briar le habrá hablado de mí. De nosotros. Aunque no puede haber un nosotros, así que pensar en ello no sirve absolutamente para nada.
Mi lado más oscuro, el que todavía lucha por liberarse, espera que Wes aparezca para invitarla a otra cita. Esa parte de mí quiere romperle la cara y quizá partirle un par de dedos; pero, por suerte para mi salud mental, ella no dijo nada… salvo anoche, cuando casi admitió que no le gustaba.
O al menos eso entendí yo.
Para ser sincero, puede que estuviera demasiado absorto en mi propio viaje egocéntrico al descubrir que veía vídeos de mi época en el rodeo y quizá interpreté mal aquellas cinco palabras.
«No lo quiero a él».
Me inclino hacia delante sobre la silla y vuelvo a clavar los ojos en Briar.
Como si fuera la única fuente de luz y yo estuviera desesperado por recibir aunque fuera un mínimo destello en mi dirección.
Pero esta vez, cuando la miro, el arrogante de mierda que vive dentro de mi pecho celebra la victoria.
Una sensación embriagadora va ganando intensidad.
Ya me está mirando.
Joder, todos los detalles de su cuerpo que alcanzo a distinguir desde aquí —el pelo oscuro, los ojos marrones llenos de pensamientos y esos labios carnosos— parecen gritar que es mía.
Aunque nunca pueda serlo.
Aunque nunca nadie pueda saber que estoy pensando en mi sobrina de un modo en el que no debería.
El rebaño avanza lentamente entre resoplidos y mugidos hasta que por fin llega al cercado donde Layla quiere meter a las vacas para empezar a vacunarlas. El movimiento acerca mi caballo al de Briar y, para mi fastidio, Kayce también está allí, sonriéndome.
Aprieto los dientes y noto el pulso latiéndome en la mandíbula.
Hemos pasado mucho tiempo juntos estos últimos meses porque he estado echando una mano en el rancho mientras Colt estaba fuera.
Hice todo lo que pude para ayudarlo a prepararse para una nueva temporada de competiciones.
El chico tiene madera para llegar lejos, pero pasó demasiado tiempo intentando arruinarlo todo emborrachándose y perdiendo patrocinadores.
—Eh, Storm, ¿tienes planes este fin de semana? —Kayce coloca su caballo junto al mío y avanzamos juntos hacia el establo.
Lo miro con exasperación.
—Depende.
Ni de coña voy a aceptar nada sin saber antes qué demonios es.
—Iremos a Crimson Ridge porque viene una amiga de Layla y quiere presentárnosla. Sería un honor que nos deleitaras con tu humor de mierda para que al menos mi padre tenga compañía, ¿vale?
Aprieto las riendas con fuerza. Me paso la lengua por los dientes; me resulta imposible no mirar de reojo a Briar ahora que está tan cerca y tan preciosa sobre la montura.
Estoy casi seguro de que no había montado a caballo antes de aparecer en esta montaña y ponerme la vida patas arriba.
—La urbanita viene. Confío en que seas capaz de abandonar la montaña un par de horas.
—¿Qué amiga? —Me recoloco sobre la silla. Si Briar ya ha dicho que sí a esta mierda y Colt también va, parece que no voy a tener más remedio que aceptar.
—Sage… Es su mejor amiga desde siempre.
—Será divertido —interviene Briar.
—¿Vas a llevar a tu amiguito? —Kayce le dedica una sonrisa que estoy preparado para borrarle de un puñetazo.
La sola mención de Wes hace que se me tensen los hombros. Tengo que echar mano de todo mi autocontrol para mantener la vista fija en la cabeza de mi caballo.
—Puedo preguntarle a Wes si tiene planes.
«Wes». Por Dios. Ya ni siquiera lo llama Westin. Ya usa el apodo y, además, parece muy dispuesta a volver a verlo. No debería importarme, no tengo derecho a opinar sobre con quién sale o deja de salir, así que me muerdo la lengua hasta casi hacerme sangre.
—Wes es un buen tío; su familia lleva aquí toda la vida.
Estoy seguro de que pronto se hará cargo de las propiedades familiares para que sus padres se puedan retirar.
Siempre se ofrece a ayudar con cualquier cosa del rancho o a echarnos una mano si necesitamos parar en algún sitio cerca de Crimson Ridge; es esa clase de hombre.
Joder. Que le den.
Kayce se lo está vendiendo. Quiere convencer a Briar de lo perfecto que es su «vaquero ideal». Y lo peor es que todo lo que dice es verdad. Es un buen hombre, de buena familia y con la cabeza bien amueblada.
Westin Hayes es todo lo que yo no soy. Tiene un rancho a su nombre, una familia unida que trabaja la tierra y no va rodeado de rumores susurrados entre dientes —con los ojos abiertos de par en par y preguntándose cómo alguien pudo hacer algo tan horrible y salir impune— cada vez que pasa por delante.
¿Cómo voy a compararme con un hombre así? Ni siquiera soy dueño de la casa en la que vivo.
De hecho, parece que le pertenece a la chica que cabalga a mi lado.
Mientras llevo los caballos al establo, pienso cosas bastante oscuras sobre Wes, el vaquero perfecto.
Preferiría arrancarme un pie a mordiscos antes que soportar una cena viéndolo junto a Briar.
También estaba pensando en eso cuando Colt y Layla dijeron que podían apañárselas solos.
Y durante la interminable conversación entre Briar y Kayce sobre un tema que ni siquiera escucho porque estoy demasiado ocupado pensando en diferentes maneras de romperle la cara y hacer que parezca un accidente.
Y así seguí hasta el momento de volver conduciendo con la chica guapa sentada en el asiento del copiloto de mi camioneta.
—No le has respondido a Kayce. —Briar mira por la ventanilla, pero su voz llega flotando hasta mí—. Sobre si vas a venir a cenar.
—No sabía que te importara si voy o no. —Me encojo de hombros. Aprieto los molares. Los dedos se me tensan alrededor del volante.
—También son tus amigos. Layla quiere que vayas. Además, a Colt le encantará tener otro gruñón haciéndole compañía.
Se está burlando de mí, intentando disipar con su dulzura la nube negra que arrastro encima.
Pero yo soy un cabrón y lo único que tengo para ofrecerle es un gruñido cargado de celos.
—¿Y qué pasa con Wes? ¿Vas a invitarlo? ¿Esta vez vais a llegar más lejos? —Las palabras salen antes de que pueda contenerlas.
Briar gira la cabeza hacia mí, me clava sus ojos oscuros y entreabre apenas los labios. Esa boca aterciopelada que no debería mirar cada cinco minutos como si fuera un adicto. Pero eso es exactamente lo que hago.
Se humedece los labios y me estudia durante unos segundos eternos.