Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 19. Storm
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Capítulo 19. Storm

Después de lo de ayer, parece que el espacio se ha reducido. La cabaña es como una jaula de cristal y todos mis intentos de evitar a Briar fracasan miserablemente.

Miserablemente.

No es que quiera evitarla; más bien lo contrario. Pero ahora que conozco su pequeño secreto, hay una parte de mí que empieza a ganar fuerza y que jamás debería dejar salir de la prisión donde la encerré.

Ese imbécil arrogante y engreído que no desea otra cosa que tumbarla y enseñarle todo lo que se ha estado perdiendo.

El que quiere mostrarle todas las formas en que su cuerpo y su alma pueden responder a mis caricias.

Ahora mismo, el tamaño de la cabaña me parece una tortura infernal. Siempre está cerca y yo estoy tan distraído pensando en las cosas que hemos hecho que no dejo de tropezarme con ella.

Literal y metafóricamente.

Cuanto más intento controlarme, más torpe me vuelvo.

Esta mañana la he sorprendido saliendo de la ducha porque estaba demasiado perdido en mis pensamientos, recordando la sensación de tenerla debajo de mí… Y, bueno, ha sido un accidente, pero la oportunidad de volver a ver su cuerpo desnudo no ha ayudado precisamente a calmar la situación.

A los cinco segundos de empezar a preparar el desayuno ya me las había arreglado para arrinconarla contra la encimera.

Sin querer, claro, aunque el imbécil que vive dentro de mí se moría de ganas de dejarla allí y tocarla; tengo que contenerme físicamente para luchar contra la atracción que ejerce su cuerpo sobre mí.

En resumen, la mañana ha sido un desastre. No he parado de disculparme y ella no ha dejado de decirme que no pasa nada. Pero sigue sin mirarme a los ojos y el rubor le cubre las mejillas.

Me mata que no me mire.

Aunque sé que lo de anoche fue completamente consentido, me destroza pensar que pueda sentir culpa, vergüenza o lo que sea que se le esté pasando por la cabeza.

Es precioso verla disfrutar y Dios sabe que estuve a punto de perder el control por completo. La prueba de que no estoy bien de la cabeza es que me froté contra su culo hasta casi correrme dentro de los pantalones.

Pero ella no tiene por qué avergonzarse.

El pervertido soy yo, incapaz de dejar de tocarla o de controlar mis pensamientos.

Yo soy el que perdió completamente la cabeza al descubrir que veía vídeos antiguos míos.

No sé cómo ni por qué, pero, después de lo mal que llevé su cita, verla con mi abrigo puesto y saber que le interesa algo de mi vida…

acabó de destruir el poco sentido común que me quedaba.

En ese instante se vino abajo la poca moral que aún conservaba y ahora no tengo ni puta idea de qué hacer.

Conozco su olor, sus gemidos, sus jadeos.

También sé que guarda un secreto, y eso despierta algo salvaje dentro de mi pecho.

Se sintió demasiado bien tenerla entre mis brazos, vestida con mi camiseta, dormida a mi lado; jamás he descansado así en toda mi vida.

Dormí de un tirón, sin preocupaciones, con su suavidad y el sonido tranquilo de su respiración sobre la almohada junto a mí.

Pasé años intentando adormecerme con alcohol, sexo y castigos físicos, pero nada funcionaba.

Siempre acababa despierto, inquieto, dando vueltas de madrugada mientras el resto del mundo estaba en el paraíso de los sueños.

Pero con Briar entro en un estado tan profundo y reparador que ni siquiera noto cuando se levanta. Solo cuando ya no está aparece esa horrible sensación en el pecho, como si alguien quisiera arrancarme el corazón con las manos.

Así que, cuando subimos a la camioneta para ir a Devil’s Peak, enciendo la radio porque entiendo que lo mejor para los dos es no tener que hablar.

Suena la bocina y me lanzo desde el lomo de la bestia que resopla con violencia. Los domadores se apresuran a distraer al animal mientras yo me pongo a salvo y salgo de la arena. El ruido, el calor y la tierra golpean todos mis sentidos a la vez.

Con el pulso acelerado, me quito el guante de un tirón. Estoy seguro de que ha sido una monta digna de un campeonato. Podría alcanzar los noventa puntos.

Cuando el locutor anuncia mi puntuación, es un 92,5.

Una descarga eléctrica me atraviesa las venas y, mezclada con la adrenalina de la monta, me deja casi paralizado. Beau me agarra, me sacude por los hombros y me grita directamente a la cara. La música estalla y veo las luces del estadio reflejadas en sus ojos mientras me abraza sin dejar de gritar.

Mi amigo también ha hecho una actuación increíble y podría haber sido él quien acabara en lo más alto, pero aun así se queda celebrándolo conmigo.

Mi mente no puede procesar esta sensación.

Beau también podría haber ganado; su puntuación está pegada a la mía y lo deja en un ajustadísimo segundo puesto.

Pero el nombre que aparece en la pantalla es el mío.

Me agarra de la camiseta y junta su frente con la mía; su alegría es auténtica cuando vuelve a mirar el marcador.

He ganado.

Joder, he ganado.

Pero apenas oigo el entusiasmo ni la euforia.

Entre el caos de los anuncios, los medios, la ceremonia y los aplausos del público, ese vacío que conozco tan bien vuelve a abrirse paso en mi estómago.

¿Qué coño importa todo esto si no hay nadie?

Stôrmand Lane gana otro título y miles de aficionados silban y gritan mi nombre, pero no hay una sola persona en las gradas celebrándolo conmigo.

No hay ni rastro de mi hermano y sé con certeza que está en Las Vegas; está en esta misma ciudad y ni siquiera se ha molestado en aparecer.

La típica estrella estadounidense del rodeo: viviendo su sueño mientras a ningún familiar vivo le importa un rábano. Menuda mierda.

Cuando por fin consigo escapar del caos de la coronación como campeón, me dirijo a la zona de competidores y entonces oigo mi nombre.

Hay unas chicas apoyadas en la valla de seguridad y, mientras me gritan felicitaciones, sus ojos hambrientos me recorren el cuerpo.

No volveré a verlas después de esta noche.

Una es rubia, de piernas largas, la típica conejita de campeonato.

Su amiga se le parece bastante. Las dos me muestran sus sonrisas blanquísimas y baten las pestañas mientras me acerco.

Me parecen una forma bastante buena de intentar olvidar el vacío que siento en el pecho y que ni el cinturón de campeón ni el cheque del premio han conseguido llenar.

—Mantenlos ahí si puedes, Storm. Nosotros iremos por delante del rebaño. —El grito de Colt me devuelve al presente, al rancho de Devil’s Peak.

Joder, estaba tan perdido en mis pensamientos que he dejado de prestar atención a lo que debía: flanquear a las vacas que estamos moviendo y no perderme en mi pasado de mierda ni en el deseo de haber tomado una decisión diferente aquella noche.

Me aprieto el entrecejo y observo la masa de cuerpos negros, el pelaje áspero y las orejas peludas agitándose mientras mugen delante de mí.

Lo último que necesito hoy es darle motivos a Colton Wilder para que me fulmine con esa lengua afilada que saca cuando está de mal humor.

Montados a caballo, él y Layla se colocan al otro extremo del prado, guiando el ganado desde delante. Necesitaban ayuda para vacunar a las vacas y yo siempre aparezco cuando me llaman.

El que me tiene apretando la mandíbula es el joven Wilder.

Como siempre, Kayce se está comportando como el cretino rubio de ojos azules que es.

Cada vez que lo miro me golpean todos los recuerdos de mi juventud.

De quien era antes de los tatuajes y de asumir mi lugar como el chico malo del circuito profesional.

Mi actitud encajaba a la perfección con la narrativa de los patrocinadores y yo no hacía más que alimentar la maquinaria publicitaria.

Adoraban a «Stôrmand Lane»… hasta que dejaron de hacerlo.

Me creía a prueba de balas antes de tomar la peor decisión de mi vida una noche en Las Vegas, borracho hasta las cejas.

Una decisión que puso mi vida patas arriba, destrozó mi carrera… y me dejó intentando recomponer la cabeza escondido en esta montaña. La peor parte de ese momento tan complicado fue que ella ni siquiera llegó a ver las consecuencias de sus actos.

Pero hoy he estado tan ocupado que apenas he tenido espacio para pensar. Kayce ha subido a Briar a caballo nada más llegar al rancho y yo he estado ayudando a Colt a revisar el ganado, como hacemos cada primavera.

Los pelajes negros emanan vapor y llenan el silencio de resoplidos y mugidos. Estamos rodeando un grupo pequeño. El rebaño de Colt es enorme, pero quiere vacunarlas y revisarlas ahora que ha vuelto del viaje.

Aparte de Beau, Colt debe de ser la única persona de este maldito planeta a la que ayudaría con cualquier cosa, y sé que él haría lo mismo por mí.

Ese hombre pasó una madrugada entera subido a una escalera en mitad de una tormenta helada ayudándome a reparar el tejado cuando un árbol cayó sobre la cabaña hace unos años.

Aquella mierda casi destroza media casa, pero él apareció en cuanto lo llamé por radio.

Colton Wilder es un buen tipo y me alegra de verdad verlo desplegar toda esa ternura cuando mira a la mujer que cabalga a su lado, con el pelo cobrizo recogido en dos largas trenzas; Layla es, sin duda, su alma gemela.

Sin embargo, las circunstancias en las que se conocieron no fueron muy convencionales y les costó llegar hasta donde están ahora.

Me estiro para recolocarme el sombrero y le doy una palmada en el cuello a mi caballo, que mueve un poco las patas y las orejas; es un animal inteligente, sabe exactamente por qué estamos aquí y qué tiene que hacer.

Le murmuro unas palabras para hacerle saber que lo está haciendo bien, pero ninguno de los dos aparta la vista del rebaño para asegurarnos de que no haya fugas.

Al otro lado del ganado, Kayce cabalga junto a Briar, cada uno en su caballo. No han venido a ayudar (aunque, si quisiera, Kayce podría traer aquí su culo y ser bastante útil), pero al menos le está haciendo compañía y ayudándola a ganar confianza con la montura.