Capítulo 18. Briar
Me retuerzo por dentro.
¿Qué posibilidades hay de que se abra un agujero en el suelo, me trague viva y me libre de tener que ver a mi tío sujetando mi teléfono con esas manos gigantes mientras contempla en la pantalla la patética evidencia de mi enamoramiento, mi obsesión o como quiera llamarse este comportamiento insano?
Es imposible saber qué está pensando. ¿Está enfadado? ¿Molesto? ¿Harto de mis mierdas y listo para darme una patada en el culo y dejarme en la puerta de cualquier motel del pueblo?
—Devuélvemelo. —Extiendo una mano, esperando que me lo entregue.
Me responde arqueando una ceja. En silencio, fija la mirada en mí.
Armándome de valor, ignoro su hostilidad, el pelo revuelto y ese aro tan indecentemente sexi que lleva en la nariz.
—Son cosas privadas. —La vergüenza me recorre la piel como arañas con brasas atadas a las patas. Por mucho que se me encoja el estómago cada vez que está cerca, sigo enfadada por la escena de hace un momento. Es mucho más grande que yo, pero tiene el humor cambiante de un adolescente.
Está sentado al borde de la cama siendo la personificación del deseo, la tentación y el error… y el muy cabrón seguramente ha pasado la noche con otra mujer (o varias) restregándose contra él.
Lo que más odio de todo este espantoso escenario es que eso es exactamente lo que yo quiero hacer.
—Muy bien. Como quieras. Quédate el teléfono, la cama es toda tuya; a partir de ahora dormiré en el sofá. —Pongo los ojos en blanco y suelto un suspiro mientras me doy la vuelta, intentando salir de la habitación cuanto antes.
Pero él ataca con una velocidad inesperada para alguien de su tamaño.
Antes de que llegue a dar un paso hacia la puerta, un brazo poderoso me rodea la cintura y un calor abrasador irradia desde ese punto y se extiende por todo mi cuerpo.
Jamás habría imaginado que un gesto tan simple pudiera provocar una sensación tan intensa y, sin previo aviso, me lanza de cabeza sobre la cama.
El colchón se hunde y rebota bajo mi cuerpo cuando aterrizo boca abajo, soltando un grito.
—¿Qué coño…? —escupo mientras intento incorporarme, pero es imposible. Detrás de mí tengo a un hombre del tamaño de una montaña sujetándome por detrás de los muslos e inmovilizándome sobre la cama con todo su peso. Con una mano atrapa mis muñecas y las clava junto a mi rostro, casi sin esfuerzo.
Todo mi campo visual queda cubierto por sus anillos, sus manos agarrando las mías y su maldito nombre tatuado, que hace que la sangre me hierva de deseo.
—No te hagas la tonta conmigo, Briar.
Joder, la dureza de su advertencia me acelera el pulso. Nunca nadie me ha tratado así. Es la primera vez que experimento tanta brusquedad y, aun así, no me siento insegura.
De hecho…
Tengo que cerrar los ojos cuando ese calor dolorosamente familiar se expande por mi centro, por el coño, por los pechos. ¿Por qué basta con que este hombre diga dos palabras para que me olvide de toda decencia y de la poca cordura que me queda y abra las piernas?
¿Qué coño me pasa?
Giro la cabeza hacia un lado y me atrevo a entreabrir los ojos; puedo ver y sentir lo cerca que está su cuerpo sobre mi espalda.
Para más humillación, estoy jadeando.
Jadeando.
Por mi tío.
—¿Qué quieres de mí? —La voz me sale temblorosa, desesperada. Aunque esté mal, lo de anoche desbloqueó algo dentro de mí. Abrió sin piedad una puerta que debería haber permanecido tapiada y bajo llave, y ahora puedo asomarme a lo que hay al otro lado.
Aunque sea un precipicio oscuro al que jamás debería acercarme, estoy tan desesperada que la tentación toma el volante y pisa el acelerador directa contra la barrera que debería protegerme de las decisiones insensatas.
—Podría hacerte la misma pregunta, cariño. —Con la mano libre, mueve el teléfono hasta dejarlo justo delante de mis ojos y lo apoya sobre la almohada para que los dos podamos ver bien lo que aparece en pantalla.
O, más exactamente, a quién aparece en pantalla.
—Yo he preguntado primero. —Mi voz suena peligrosamente cerca de un gemido.
Qué bien se siente el peso de su cuerpo sobre el mío.
Siento que estoy a punto de poner los ojos en blanco de la excitación.
Siento los músculos derretidos. Una oleada de placer y libertad me atraviesa como una brisa tibia porque estoy lista para entregarme.
Le entregaría encantada ese poder que me hace sentir tan bien. Resulta muy natural. Me gusta.
—¿Es esto lo que quieres, Briar? —Se inclina hasta dejar la boca pegada a mi oído, regalándome esas caricias cálidas y húmedas que anoche me derritieron el cerebro—. ¿Es esto lo que quieres?
Y mientras pronuncia esas palabras, lo noto.
Desliza la mano entre mi cuerpo y el colchón. Me envuelve igual que aquellas mañanas en las que desperté con su torso cubriéndome la espalda y la mano en mi coño.
El vídeo sigue reproduciéndose en silencio; ha quitado el sonido, pero ha dejado correr la sucesión de imágenes de distintos momentos de su carrera.
Ya lo he visto varias veces. Dura al menos diez minutos.
Un montaje a cámara lenta de cada detalle poderoso e impactante del vaquero que tengo a mis espaldas.
—Dime, cariño… ¿Es esto lo que quieres? ¿Al famoso jinete de toros? ¿Quieres que la estrella Stôrmand Lane te folle y luego te deseche como a cualquier conejita desesperada por probar mi polla?
Se me escapa un gemido por lo groseras que son sus palabras mezcladas con la presión de sus dedos sobre mi coño y la firmeza posesiva de su mano sujetándome. Tiene la mano colocada justo donde podría presionar mi clítoris, pero me provoca con palabras y se niega a mover la mano.
—Yo… No lo sé. —Muevo las caderas involuntariamente y se me escapa otro gemido.
—Mira la pantalla. Sé que quieres hacerlo. Te pasas noches enteras viendo esos vídeos, así que dime… ¿Te pone imaginar cómo sería?
Me froto con más fuerza contra sus dedos.
En la pantalla de mi teléfono, su imagen es pura fuerza, agilidad y valentía.
Estaba más delgado por la juventud y el entrenamiento, pero los años no le han restado atractivo.
A mi espalda tengo al mismo hombre, solo que más grande, moldeado por los golpes de la vida, aún más sexi, aún más deseable.
Pura tentación y fruta prohibida que quiero lamer y devorar como el néctar más dulce.
Siento que el cuerpo y la cabeza se dan por vencidos no soy más que un caos.
—No podemos… Esto no puede pasar. —Me acaricia la oreja con los labios y después repite el gesto con la nariz.
Me atrapa ambas muñecas con su mano caliente y acomoda el cuerpo sobre el mío.
Vuelvo a ver aquellos anillos y la pulsera de cuero sobre mí mientras su cuerpo asciende pegado al mío; el coño me late, desesperado por el alivio que está a punto de llegar.
Oh, Dios. Nuestros cuerpos encajan a la perfección y nos frotamos, moviéndonos juntos sobre el colchón, completamente vestidos.
—Por favor. —El cuerpo me arde de necesidad—. No lo quiero a él. —No quiero al hombre de la pantalla ni al de mi cita de esta tarde. Quiero al precioso vaquero que está montado sobre mí y sujeta mis brazos con fuerza mientras me besa la oreja.
—Joder, cariño. —Gime contra mi cuello y deja escapar un sonido pecaminoso. ¿Acabo de suplicarle que me suba el vestido y acabe con mi agonía?
Intento apartar la cabeza para no seguir viéndolo en la pantalla luchar por mantenerse sobre aquel enorme toro hasta que suene la campana, pero no me lo permite.
—Míralo, cariño. ¿Quieres mirar? Mira mientras frotas ese coñito precioso contra mi mano. Mírame montar ese toro e imagina cómo sería si te montara a ti.
Por mucho que haya fantaseado con estar a su merced, no estaba preparada para lo que se siente al tenerlo así encima de mí. Su olor masculino, el calor de su cuerpo, el roce de las sábanas bajo nosotros.
—Haz lo que necesites. Ese coñito dulce está pidiendo esto a gritos y, joder, ojalá pudiera darte más, pero tendrás que buscarlo tú sola. Usa mis dedos y enséñame lo preciosa que estás cuando te corres.
Me pone delante una fruta prohibida demasiado tentadora, demasiado perfecta; se me hace agua la boca.
Apenas unas finísimas capas de tela nos separan y casi puedo notar cada vena de su polla dura.
Clavo las uñas en las mantas que tengo debajo de la cabeza, sigo con las manos inmovilizadas.
Me acerco más al clímax con cada movimiento desesperado de las caderas.
El rugido de la sangre que se acumula en mis oídos y el roce de mis pezones endurecidos contra el sujetador se combinan para empujarme hacia el borde de algo perfecto.
—Dios santo. Este vestido debería ser ilegal. —Me mordisquea el lóbulo de la oreja con esos dientes afilados; tengo la voz rota por la excitación—. ¿Quieres saber dónde he estado?
Se me escapa un gemido ahogado y asiento contra la manta.
—Pensando en cómo evitar arrancarte la ropa.
Acerca aún más la boca, presionando sus labios calientes contra mi piel y desbordando mis sentidos con esas palabras atrevidas murmuradas entre dientes.
—Créeme, no estaba con nadie, cariño… Así que me importa una mierda si quieres imaginarte que es conmigo o con el tipo de los vídeos, pero vas a correrte de una forma u otra.
Mientras pronuncia esas palabras, empuja con más fuerza las caderas contra mi culo; la suave tela de los pantalones y la presión de su polla dura me aplastan contra la cama. Me guía una y otra vez hacia sus dedos y estoy peligrosamente cerca del límite.
El orgasmo me recorre las venas, aprieto los dedos de los pies y un gemido salvaje brota de mi garganta.
—Oh, por Dios. Oh, por Dios. —Estoy canturreando las palabras mientras todo mi cuerpo se tensa. Me siento vacía por dentro, desesperada porque me llene. Este placer sería mucho más intenso, mucho más brillante y arrollador si su grueso miembro me estuviera abriendo por dentro.
—Joder. Mierda, Briar. —Sobre mí oigo un gruñido inconfundible de frustración seguido de una última embestida de sus caderas. Tan potente que me deja sin aire.
Sigo flotando cada vez más alto y no puedo dejar de pensar en lo cerca que ha estado de perder el control.
Por lo que yo le provoco.
¿Es mejor o mucho peor saber que está luchando contra esta atracción a la que definitivamente no podemos ceder y que jamás deberíamos haber permitido?
Nos quedamos tumbados un rato. Mi corazón sigue desbocado e, igual que anoche, intento ser la Briar capaz de conservar algo de dignidad después de hacer algo que no debía…, pero no sé si podré soportar otra noche sin que me abracen después de un orgasmo tan intenso.
Dios, soy patética. Tan necesitada.
Él se aparta de mí sin decir una palabra.
Me estremezco y decido que no voy a soportar otra humillación más, la de que otro hombre me deje sola en una cama fría. Hay demasiados recuerdos intentando atravesar el muro que levanté en mi cabeza, así que reprimo el patético impulso de huir y me acomodo bajo las mantas.
Sé que he dicho que dormiría en el sofá, pero él parece dispuesto a escapar y poner toda la distancia posible entre nosotros. Después de la intensidad de lo que acaba de ocurrir, siento las extremidades pesadas y dormidas.
Pero justo cuando me hago un ovillo de lado, intentando decidir qué coño voy a hacer con el hecho de que me convierta en una gata en celo necesitada cada vez que tengo cerca a mi tío, el colchón se hunde detrás de mí.
Unos brazos fuertes me rodean.
—Ven aquí. Siéntate.
Me toma tan desprevenida que pierdo la capacidad de reaccionar. Solo puedo sentir su cuerpo y escuchar su voz.
Se lleva una mano a la nuca y se quita la camiseta de un solo tirón, llenando toda la habitación de tinta y músculos.
Sin mediar palabra, me hace un gesto para que levante los brazos.
Obedezco y me atrevo a mirarle la cara: está concentrado, con el ceño fruncido. Toda su atención está puesta en deslizarme el vestido por los hombros y sacármelo por la cabeza.
Mantiene la vista fija en algún punto por encima de mi hombro.
No me mira el cuerpo, pero sí presta atención a cada movimiento.
Cuando termina de quitarme el vestido, hace un ovillo con la camiseta que llevaba puesta hace un momento y la coloca debajo de mi cabeza, envolviéndome en su calor y en su olor.
Con la misma delicadeza, me acomoda los brazos.
Estoy demasiado impresionada para hablar.
Después desliza una mano bajo la tela y entonces inspiro hondo, porque sus dedos me acarician las costillas y la columna vertebral.
La fantasía de vaquero que tengo arrodillado frente a mí se inclina para desabrocharme el sujetador y yo lucho por no echarme a temblar mientras sus dedos ásperos rozan mi piel desnuda.
Con más cuidado y ternura de los que jamás habría imaginado, desliza los tirantes por mis brazos para ayudarme a quitármelo.
Sería muy fácil sexualizar estos gestos. Sobre todo teniendo en cuenta cómo estábamos hace apenas unos minutos.
Pero en la forma en que me ayuda a desnudarme no hay nada más que cuidado y dulzura.
Después mueve algo a mi espalda.
La lámpara de la mesilla se apaga y nos sume en la oscuridad.
No estoy segura de qué esperar, aunque presiento que dentro de unos segundos lo oiré alejarse.
Pero, en cambio, me arrastra contra su pecho cálido y desnudo.
Nuestras piernas se entrelazan.
Mi corazón rebosa felicidad y emoción, y sé que no debería permitirlo porque de ninguna manera puedo entregarme a esta cercanía.
No hace falta decir nada. Ambos sabemos que no queda nada por añadir porque lo que pasó anoche en su camioneta y lo que ha pasado hoy ha cruzado con creces la línea que debería separarnos.
Cuando amanezca tendré que enfrentarme a la realidad: por mucho que me sienta en casa entre los brazos de este hombre, jamás será mío.