Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 17. Briar
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Capítulo 17. Briar

LAYLA: Bueno…, cuéntamelo todo.

El mensaje de Layla aparece en la bandeja de mensajes directos de Instagram. Estoy tirada en el sofá, deslizando absorta entre vídeos de mi tío en el rodeo y sintiéndome fatal.

LAYLA: Te has esforzado muchísimo en esquivar mis preguntas durante el camino de vuelta.

Conozco muy bien el arte de desviar conversaciones.

Muy bonito tu jueguecito de bombardearme con preguntas sobre el rancho y los caballos…

brIAR: ¿He estado convincente?

LAYLA: Ahora te toca soltarlo, chica de ciudad.

brIAR: Seguro que tienes cosas mejores que hacer que hablar de mi cita.

LAYLA: Oh, oh.

No suena muy prometedor.

Ya entiendo por qué me freíste la cabeza con monturas y crines.

Aquí hay historia.

brIAR: Ha sido muy majo.

LAYLA: Pero…

brIAR: El hecho de que solo haya querido hablar de mi tío me ha cortado el rollo.

LAYLA: Uf.

Qué torpe, Westin.

Seguro que ha sido para romper el hielo.

brIAR: Me han dado ganas de decirle que mejor se vaya con él a tomar una cerveza y hablar de rodeo.

LAYLA: Apostaría a que estaba atacado de los nervios.

¿Te ha pedido volver a quedar?

¿Le darías una segunda oportunidad?

brIAR: Me lo ha propuesto, pero le he dicho que ya le avisaría cuando tuviera un hueco.

No sé… ¿Quizá vuelva a intentarlo?

Me he puesto muy nerviosa y he empezado a sentir que tal vez el problema era yo.

Ha sido mi primera cita de verdad y siento que estaba un poco alterada.

No ha sido precisamente mi mejor actuación, para ser sincera. Se merece algo mejor que todos mis líos mentales.

Vamos a pasar por alto el hecho de que estaba completamente descolocada por la llamada y las amenazas de mi ex, que todavía resonaban en mis oídos cuando entré en el restaurante.

Por no mencionar los pensamientos ilícitos que no dejaban de arrastrarme hacia lugares que ni siquiera debería considerar…

LAYLA: Perdona, pero no pienso permitirte eso. Tú eres un partidazo.

Además, si de verdad Wes estaba más interesado en Storm que en ti, creo que tiene como tres hermanos.

Puedes sacarle más partido al rancho de los Hayes si te ha gustado la muestra gratis. ;-)

Chateamos un poco más y yo sigo intentando desviar la conversación hacia los caballos y su vida en Devil’s Peak; lo más lejos posible del jinete de toros tatuado y de sus amigos, hasta que Layla me dice que tiene que irse.

Me quedo sola, acompañada únicamente por el crepitar del fuego, pensando demasiado. Ni siquiera intento encender la televisión para ver algo o poner una película. Si no estuviera tan dispersa, tal vez leería.

Pero me quedo mirando una y otra vez, llena de culpa, los vídeos de cierta estrella del rodeo en mi teléfono, repasando antiguas publicaciones de Instagram mientras siento cómo la tensión crece dentro de mí a cada segundo que pasa y me muerdo el labio cada vez que descubro nuevos detalles en la pantalla.

Hay un montaje en particular, hecho a cámara lenta, en el que aparece preparándose para distintas competiciones dentro y fuera de la arena.

Sale calentando, vendándose las muñecas y los antebrazos…

Lo he visto en bucle tantas veces que me avergüenza admitirlo.

Las chaparreras. El sombrero. El cinturón lleno de logotipos de patrocinadores.

Ese porte inconfundible del hombre que llena esta cabaña con su presencia incluso cuando no está.

Sentada aquí, atrapada en esta espiral de pensamientos equivocados, no puedo evitar preguntarme por qué dejó de competir tan de repente, pero no encuentro ninguna pista sobre cuál pudo ser la razón.

No hubo lesiones ni problemas importantes registrados por la organización.

¿Tal vez sufrió algún accidente que puso fin a su carrera y decidió desaparecer en silencio?

Aunque, por lo que sé de ese hombre, nada de lo que hace pasa desapercibido.

Dios. De verdad odio no saber dónde está, qué está haciendo o, peor aún, con quién está.

¿A cuántas otras chicas habrá enseñado sentadas sobre su regazo en el asiento de la camioneta? ¿Así fue como Luce perdió el brillo de labios?

Uf. Exhalo frustrada y me convenzo de que nada bueno puede salir de quedarme aquí sentada, sin más compañía que el fuego, mis hormonas agitadas y mi imaginación hiperactiva.

Mientras voy hacia el dormitorio, el estómago me da un vuelco cuando oigo un sonido fuera de la cabaña que reconozco enseguida.

El rugido de un motor que se acerca y se apaga seguido del fuerte golpe de una puerta al cerrarse.

Estas son las cosas que no sé cómo vamos a manejar a partir de ahora.

Anoche no durmió en su cama y, por la forma en que me ha mirado, ha fruncido el ceño y ha salido disparado por la puerta hace un rato, dudo mucho que vaya a hacerlo esta noche.

Aunque la situación sea incómoda, estoy cansada de que intente convencerme de que el sofá no le destroza la espalda. Si no podemos comportarnos como adultos y compartir una cama, entonces seré yo quien duerma en el salón a partir de ahora.

Doy vueltas por el dormitorio mientras lo escucho entrar y dirigirse a la cocina antes de oír sus pasos avanzando por el pasillo. No va a entrar. Puedo asegurar que se dirige al baño, así que aprovecho el momento para acorralarlo.

Justo cuando está a punto de pasar de largo, abro la puerta y me interpongo en su camino.

—Sabes que la mayoría de las conversaciones funcionan en ambos sentidos, ¿no? Si te pregunto qué tal te ha ido el día, se supone que deberías responder.

Sus ojos de un azul penetrante me recorren de arriba abajo. Dios, es tan injusto que sea tan atractivo. Cuando estamos así de cerca tengo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo bien y acabo disfrutando de una vista privilegiada de su cuello tatuado.

Esos tatuajes sensuales y pecaminosos que ahora sé que se extienden por su pecho, sus brazos y su espalda. Un tapiz que cuenta la historia de una vida que me muero por conocer, aunque me sienta ridícula siquiera pensando en preguntar.

—¿Te pones respondona por las noches, Espinita? —Su tono mordaz me resulta demasiado atractivo.

—¿Piensas seguir ignorándome?

Se cruza de brazos y se pasa el pulgar por el labio inferior, estudiándome con esa mirada glacial.

—Tenía trabajo y pensé que necesitabas espacio.

—¿Por qué? Creía que te iba a ayudar con el trabajo del rancho. —Al menos ahora me está hablando, aunque una gruesa capa de tensión envuelve el sombrío pasillo.

—Creí que estarías demasiado ocupada con tu cita como para venir a trabajar.

—Curva los labios en una mueca y enfatiza la palabra «cita», como si fuera un insulto personal.

Mira quién fue a hablar. Se pasea por ahí con estos lujuriosos pantalones deportivos y una camiseta blanca que se le pega al cuerpo marcándole los músculos.

Siento un cosquilleo incómodo en el cuello cuando me pregunto dónde habrá estado.

—¿Por eso me has ignorado todo el día? ¿Y tú qué? ¿Has vuelto a estar con Luce? ¿Ha ido a buscar otro brillo de labios perdido en el suelo de tu camioneta?

Se ríe, pero no de un modo amistoso. Es una risa descorazonada, áspera. Se está comportando como un cretino y yo aprieto con más fuerza el teléfono que todavía tengo en la mano. Me entran ganas de estampárselo en la cabeza.

—¿Y a ti qué te importa? ¿Qué tal la cita? ¿Os habéis cogido de la mano, te ha tratado como a una dama y ha resultado ser la definición de la fantasía del vaquero perfecto y educado?

Su tono despectivo me enfurece. Cómo se atreve a comportarse como si lo de anoche no hubiera significado nada o como si no hubiera pasado todo el día evitándome porque le molesta que haya ido a tomar un café con otro hombre.

Entonces, allí plantado frente a mí con toda su altura, parece reparar en algo que llama su atención.

Inclina ligeramente la cabeza, entrecierra los ojos azules y fija la mirada en el teléfono que tengo en la mano.

Antes de que pueda entender qué está pasando, una gran mano tatuada se estira y me lo arranca de los dedos.

Siento que el alma se me desploma hasta los pies.

Oh, por Dios.

Oh, no.

Por favor, no mires lo que hay en esa pantalla.

Intento arañarle el brazo para recuperarlo, pero es como un perro protegiendo un hueso; pasa a mi lado y entra en el dormitorio.

Su mirada de acero se alza hacia la mía, brillante y más desconcertante que nunca.

Cuando se sienta en el borde de la cama con el teléfono en esa enorme palma, pulsa play y el sonido invade la habitación como un rugido demoníaco cuando el presentador del vídeo anuncia mi pequeño secreto ante una multitud enfervorecida…

y ante el hombre que me observa con una expresión indescifrable.

—Damas y caballeros, un fuerte aplauso para Stôrmand «Storm» Lane.