Capítulo 16. Storm
Me arranco el abrigo y lo lanzo al asiento de al lado. Llevo mi mano al sombrero para quitármelo y lo dejo junto al abrigo mientras me paso los dedos por el pelo.
Menudo día.
He pasado toda la mañana en una videollamada con Beau, pensando cómo afrontar las reparaciones de su rancho mientras él agonizaba delante de cinco muestras de pintura blanca. La otra mitad del día la he dedicado a pensar que Briar lleva más de una hora metida en la camioneta de Westin Hayes.
O peor, se lo está follando.
Jesucristo.
Estoy sentado, intentando reunir la energía necesaria para levantar el puto culo y entrar en la cabaña, cuando la radio instalada en la camioneta cobra vida.
Los que elegimos vivir aislados en lo alto de la montaña las usamos para comunicarnos; apostaría cualquier cosa a que la llamada es de Colton Wilder o del sheriff Hayes.
—Stôrmand. —La voz tan familiar de Colton Wilder llena el vehículo.
—Joder. ¿Cuándo vas a dejarme en paz?
Se ríe. El muy cabrón se ríe mucho más desde que Layla apareció en su vida.
—Bueno, desde que sé lo mucho que te molesta, no puedo evitarlo.
—Está claro que últimamente tienes poco que hacer si te dedicas a llamarme para charlar. ¿Quieres que nos contemos secretos por teléfono toda la noche, cariño?
—Por Dios. —Lo oigo estremecerse y no puedo evitar imitarlo.
—Bueno, pues suéltalo ya, viejo decrépito.
—Tenemos la misma edad.
—Que yo sepa, me sacas por lo menos dos años. Así que tengo todo el derecho a llamarte así.
Se oye un chisporroteo en la línea y puedo imaginármelo frotándose la cara.
—Sé que me voy a arrepentir de haberte pedido esto. ¿Puedes traer tu horrible culo aquí mañana para ayudarnos a preparar a los caballos? —Tras una pausa, la radio vuelve a sonar—. No dan nieve.
En la montaña organizamos la vida en torno al tiempo, sobre todo en esta época del año, porque por muy bonita que pueda parecer la primavera, las condiciones pueden cambiar en un segundo y volverse mortales.
—Las carreteras se ven bien, no debería haber problema. —A la nieve, el hielo y todas las demás complicaciones del último coletazo del invierno se suman los desprendimientos. Aunque el sheriff y su equipo se desviven por despejar las carreteras lo antes posible, siempre hay algo que se complica.
Ahí fuera no puedes dar nada por sentado. Supongo que, en parte, por eso me gusta este lugar. Vivir en mitad de la naturaleza es desafiante.
—¿Tu sobrina viene también? Sube a Briar a un caballo y demuéstrale cómo se cabalga.
Se me cierra la garganta. Sé muy bien que Colt está obsesionado con su chica. Pero escuchar ese nombre en labios de otro hombre…
Joder, tengo que aprender a controlarme.
Aprieto la radio con fuerza y frunzo el ceño.
—Sí. Vendrá.
Odio más la idea de dejarla sola que pasarme el día viendo a Kayce con su aura de niño perfecto. Así que parece que voy a tener que soportar verla subida a un caballo mientras se ríe de sus estúpidas bromas.
—Aunque no tiene la experiencia necesaria para arrear ganado —suelto de repente.
—Bueno, pero Layla me ha dicho que aprende rápido.
Dios, solo pensar en enseñarle cosas a mi sobrina me devuelve directamente a anoche, y todos nuestros pecados vuelven a reproducirse una y otra vez en mi mente.
—¿Estás bien? —pregunta Colt. Debe de haber dicho algo que me he perdido por completo; juraría que incluso vuelvo a percibir el olor de su excitación y mi polla reacciona.
Estoy hablando por radio con Colton Wilder y tengo una erección dentro de los pantalones y, joder, necesito terminar esta conversación.
—Sí, tengo que irme. —Me trago las palabras—. Te veo mañana por la mañana.
—Hecho.
Lanzo la radio a su compartimento con tanta fuerza que casi la rompo.
Apoyo la cabeza contra el respaldo y me paso las dos manos por el pelo.
Lo de anoche fue un error. En el momento fue increíble, pero fue una imprudencia enorme por mi parte y no sé en qué estaba pensando, más allá de lo mucho que odiaba la idea de que tuviera una cita.
Así que, sí, puede que me dejara llevar por una fantasía que jamás debería haber ocurrido porque estaba celoso de que ese chico, Westin, pudiera salir con Briar sin tener que ocultarlo.
Tal vez mi lado más perverso quería asegurarse de que estuviera distraída, pensando en lo que hicimos anoche en lugar de escuchar las encantadoras historias sobre el rancho de ese tipo.
Tal vez solo soy un viejo infeliz que merece la soledad y toda la mierda que le ha pasado.
Pero, joder, no he podido sacármela de la cabeza en todo el día y estoy furioso conmigo mismo por haber empezado algo que no pienso terminar.
Briar no es mía.
Debería serlo, pero es imposible.
No hay forma de que una chica tan preciosa e inteligente tire su futuro por la borda por un hombre que, para el resto del mundo, es su tío. A nadie le importan detalles como la adopción o que apenas nos conozcamos.
A la prensa le encantan los escándalos y mi nombre ya ha estado relacionado con demasiada mierda.
Erik tuvo que tirar de todos sus contactos para detener el vendaval y hacer desaparecer el asunto sin dejar rastro antes de que nadie llegara a enterarse; no le preocupaba su hermano adoptivo, solo quería proteger el buen nombre del imperio Lane.
Y, aun así, todavía corren rumores.
Es lo que tienen los pueblos pequeños. Bastaría el más mínimo indicio de otro escándalo familiar relacionado con el apellido Lane para que todo acabe en un desastre.
No me importa mi reputación; me importa una mierda lo que la gente diga sobre Stôrmand Lane, porque ya han dicho y pensado las peores cosas de mí.
Lo que sí me importa es lo que le pueda ocurrir a la chica de dulces ojos color avellana que tiene el poder de derretirme la puta alma con una sola mirada.
Me importa demasiado y no puedo evitarlo.
Con las manos hundidas en el pelo, bajo la vista hacia la evidente presión que tengo en el regazo.
Tengo la polla dura contra la parte delantera de los pantalones solo por pensar en ella y en el temblor de su voz anoche cuando admitió que no tenía mucha experiencia; los dos sabíamos que no se refería a conducir.
Y luego ese momento en el que se mordió el labio inferior y apoyó la cabeza en mi hombro.
En ese preciso momento supe que estaba perdido.
Bajo la mirada hacia mi erección y observo cómo palpita, desesperada por aliviar la presión que no deja de crecer.
Suelto un suspiro y, tras echar un vistazo alrededor —aunque sé que estoy aparcado delante de mi casa, en mitad de la nada— alzo las caderas, me bajo la cremallera y dejo que mi polla golpee contra el estómago mientras me bajo los calzoncillos lo justo para hacer lo que necesito hacer.
Mi cerebro pervertido exige que me haga cargo de la obsesión que siento por esta chica ahora mismo.
Es una escena demasiado conocida. Anoche también me refugié en la oscuridad, en este mismo sitio, para masturbarme.
Está claro que no bastó para calmar la urgencia.
Hay una necesidad dentro de mí que no puedo apaciguar ni explicar y, cuanto más intento dejar de pensar en mi preciosa sobrina, más crece.
Con un gruñido, escupo en la palma de la mano. Rodeo mi erección con los dedos y empiezo a acariciarme de arriba abajo; tengo las pelotas tensas y calientes, listas para una nueva ronda de fantasías con alguien que no debería ni siquiera mirar dos veces.
Me iré directo al infierno.
Porque, de repente, me golpea una avalancha de sensaciones de la noche anterior, como si estuviera allí otra vez.
Solo que esta vez mis manos pueden explorar con libertad.
La preciosa chica que se mueve sobre mi regazo gime y me suplica que la toque, que la folle.
Y desde luego no soy tan buen hombre como para negarme.
Nunca le negaría lo que necesita.
En mi sórdida imaginación, Briar se retuerce mientras le desabrocho los vaqueros y deslizo la mano por delante, explorando la suavidad y la humedad de su dulce coño.
«Por favor, tío Storm».
Me suplica con aquella voz ronca y sensual, siempre tan educada.
Meterle un dedo en su interior húmedo y estrecho parece lo más natural del mundo.
Aprieto el puño alrededor de mi polla mientras cierro los ojos con fuerza.
Maldigo entre dientes; todo es tan vívido que juraría que puedo oírla gemir y sentir cómo se retuerce y se somete a mi voluntad.
El coño le palpita mientras la follo con los dedos en mi camioneta.
«Déjame probarte».
Gime las palabras, pidiéndomelo con una dulzura insoportable. Me dejo llevar y Briar, obediente como es, se arrodilla delante de mí, se traga mi polla y me arranca un sonido gutural.
El calor se acumula en la parte baja de mi vientre. Siento la humedad y el calor de su boca. La caricia aterciopelada de sus labios lleva el ritmo de mi puño y, en el momento en que imagino su garganta cerrándose alrededor de la punta, los huevos se me tensan y una sacudida me atraviesa el vientre.
La eyaculación sale disparada y me cubre el puño mientras la vergüenza acompaña cada descarga. El pulso me retumba en los oídos, acompasado al movimiento de mis caderas mientras persigo la tan anhelada sensación y trato de controlar la respiración errática.
Tengo toda la sangre del cuerpo concentrada en la polla y solo puedo pensar en ella. Juraría incluso que puedo olerla, escuchar sus gemidos de placer mientras pasa la lengua por mi miembro para saborearlo.
Es mi fantasía prohibida más perfecta.
Joder, estoy casi cegado.
Acabo de montar un desastre y necesito unos segundos más para tranquilizarme. Bajo la vista hacia mi polla pegajosa y me tengo que quitar la camiseta para limpiarme.
La adrenalina de que alguien me encuentre aquí fuera, en una escena imposible de explicar, basta para hacer que me dé prisa. Cierro la puerta detrás de mí y voy directo a la ducha. Como si abrasarme bajo el agua hirviendo pudiera absolverme de mis pecados.
Después de secarme, me froto el pelo con la toalla mientras intento detectar cualquier señal de que Briar haya regresado mientras yo estaba duchándome.
¿Quiero que esté aquí?
¿Quiero abrir la puerta y descubrir que ha regresado sana y salva, sin sospechar que un cabrón se ha masturbado pensando en ella dentro de su camioneta?
¿O quiero encontrarme el mismo silencio de siempre, el de cuando vivía solo en esta montaña?
Antes de que apareciera Briar y su dulzura a la que me he vuelto adicto para poner mi vida patas arriba.
Me pongo unos pantalones de chándal y una camiseta limpia y salgo del baño. La cabaña está vacía.
Mis ojos se disparan de inmediato hacia el reloj del microondas.
No es tarde, pero, Dios santo, su cita era al mediodía y son casi las siete.
Se suponía que Layla iba a recogerla y estoy empezando a pensar que quizá deba replantearme mis planes de amenazar a todos los hombres de Crimson Ridge para que no se le acerquen.
Empezando por Wes y su maldita sonrisa perfecta y encantadora.
Resultaría mucho menos encantador con unos dientes menos.
Justo cuando estoy pensando en coger la radio y hacer una llamada, las luces de un vehículo atraviesan la cabaña. El sonido del motor y el crujido de la grava anuncian la llegada de quienquiera que haya traído a Briar de vuelta a la montaña.
La opresión que siento en el pecho se alivia cuando miro por la ventana y me encuentro con el tan familiar logotipo de Devil’s Peak: la camioneta de Colt se detiene junto a la mía, con Layla al volante.
Agacho la cabeza y me entretengo buscando sobras de comida para recalentar. Estoy inclinado, apartando recipientes de plástico en el frigorífico, cuando la puerta principal se abre a mi espalda.
—Ah, hola. —Briar parece contenta. Hay cierta ligereza en su voz—. ¿Qué tal tu día?
Me enderezo, me giro y lo que veo es, al mismo tiempo, lo mejor y lo peor del mundo: se estira para colgar el bolso en el perchero detrás de la puerta y, como está de espaldas, tengo la oportunidad perfecta para mirarla sin disimulo.
El vestido que lleva le cubre los muslos y el culo con una tela que parece muy suave, de un tono chocolate que abraza su piel.
Lleva el pelo oscuro recogido en un moño desenfadado.
Joder. Mis ojos no dejan de recorrerla y terminan deteniéndose en las botas vaqueras que se compró el primer día, las cuales dejan entrever parte de la piel desnuda de sus piernas.
Lo peor —o quizá lo mejor— es que va vestida así y, aun así, lleva mi abrigo sobre los hombros.
Ha ido a una cita con mi abrigo y eso despierta todos los instintos posesivos y animales que llevo todo el día intentando contener.
Briar se gira y la sonrisa que ilumina su rostro lo dice todo mientras se quita el abrigo.
El movimiento acentúa todavía más lo bien que ese vestido se ajusta a sus curvas.
Se adapta a su cuerpo como un guante y está tan preciosa que no hay forma de que Wes no se haya enamorado de ella en cuestión de segundos.
En un parpadeo me encuentro poniéndome el abrigo y las botas; ya tengo las llaves y el teléfono en una mano y el pomo de la puerta en la otra. Sin volverme para mirarla (porque no puedo tolerar lo despampanante que está), salgo de la cabaña como un torbellino.
Y, como evidentemente estoy desesperado por lograr que me deteste, las palabras que digo cuando cierro la puerta son una puñalada que ella recibe boquiabierta.
—No me esperes despierta, cariño.