Capítulo 15. Briar #2
—Estarás bien. —Layla juguetea con las llaves mientras intenta descifrar algo—. Solo… recuerda que esto es un pueblo pequeño, ¿vale? Rumores y cotilleos… ya sabes.
—¿A qué te refieres?
—Wes conoce a tu tío, pero no te creas todo lo que oigas sobre Storm por parte de algunos lugareños. Especialmente una vez que se enteren de que eres su sobrina.
Debo de tener la expresión más confundida del mundo.
No era precisamente lo que esperaba para mi charla motivacional antes de la cita.
¿Se refiere a que mi tío atrae bastante la atención femenina?
¿Tiene que ver con la camarera de anoche y con lo que sea que esté pasando entre ellos dos?
Solo pensar en eso me provoca una punzada, porque desde luego yo no tardé mucho en subirme a su regazo y restregarme contra él anoche, y él tampoco hizo el menor esfuerzo por impedir que las cosas entre nosotros llegaran hasta donde llegaron.
—Dios, no me hagas caso. Es solo que… Stôrmand Lane es una especie de celebridad local, y no solo por sus logros en el rodeo. No quería que te pillaran desprevenida los comentarios de la gente de este pueblo, que no sabe nada de su vida pero saca conclusiones sin conocer los hechos.
Trato de encontrar las palabras mientras las dos empezamos a bajar de la camioneta. Tengo el teléfono en la mano desde que he mirado la hora para confirmar que Wes no me iba a dejar plantada y, justo al cerrar la puerta detrás de mí, empieza a sonar.
Increíble. Mi estúpido pulgar pulsa el botón de responder por accidente.
Layla se despide con la mano y señala por encima del hombro con el pulgar, indicándome que nos veremos pronto. Me desea suerte y desaparece calle abajo.
—¿Briar? No cuelgues. Por favor, nena —suplica al otro lado de la línea la voz que no quiero volver a escuchar jamás.
Armándome de valor y mirando al cielo nublado sobre mi cabeza, me llevo el teléfono a la oreja.
—¿Qué quieres? —Al menos estoy justo delante de la cafetería donde voy a encontrarme con un hombre absurdamente guapo para una cita, y eso me da la dosis justa de confianza para sentir que puedo soportar al idiota de mi ex durante un par de minutos.
—Gracias a Dios que estás bien. —La falsa preocupación de Antoine suena hueca.
—No te importa lo más mínimo si estoy bien. Los dos lo sabemos, Antoine. Deja de intentar contactar conmigo.
—Briar, por favor, tienes que saber cuánto lo siento.
—¿Ah, sí? ¿Lo sientes? Se nota a kilómetros que estás mintiendo.
—¿Qué tengo que hacer para que vuelvas a casa?
Se me escapa una risa fría y aparto el teléfono de la oreja, mirando la pantalla con incredulidad.
—Briar…, nena… ¿Sigues ahí…? —Su voz suena tan metálica como sus patéticos lamentos.
—No. Voy a colgar este teléfono y no quiero que vuelvas a intentar contactar conmigo nunca más.
Hemos terminado. —Puede que me tiemblen las manos, pero mantengo la voz firme y baja.
No hay nadie cerca, pero soy consciente de que esto es un pueblo pequeño.
En una gran ciudad escuchas todo tipo de discusiones aleatorias por teléfono entre desconocidos, pero aquí probablemente no pasan estas cosas.
—Crisp también está muy preocupada. Ha intentado localizarte.
—Dios…, Antoine… ¿Puedes parar ya? No malgastes saliva, los dos sabemos que es mentira.
—Nos importas.
—Sí, muchísimo. ¿Pensabas en mí mientras te follabas a tu secretaria? ¿Pensabas en nosotros cuando ella te la chupaba debajo del escritorio de la oficina? —siseo al teléfono. La rabia por todo lo que descubrí sobre sus aventuras fuera de horario laboral me quema la garganta.
Pero me niego a llorar por este imbécil. Me niego a echar a perder el maquillaje y el día por sus mentiras y sus gilipolleces.
—Vamos, nena. Sabes cómo son estas cosas.
—Se le oye rebuscar entre algo. Papeles o archivos.
Tal vez esté buscando la moral que perdió hace tiempo—.
Conocías el acuerdo entre nuestras familias.
Sabías que estábamos muy lejos de vivir un cuento de hadas, pero podemos estar bien juntos.
Tú eres una Lane y yo soy un Montgomery.
Las expectativas son diferentes para las personas como nosotros.
Oh, que le den.
Él y mi hermana podrían impartir un máster en engaño y manipulación.
—Sabes que tengo detectives privados contratados por todo el país. Si sigues ignorando mis llamadas, me veré obligado a enviar a mis sabuesos a buscarte. ¿De verdad quieres pasar por todo ese disparate?
—¿Has terminado? —Inspiro hondo y cierro los ojos. Los sonidos de la calle llenan mis oídos. En algún lugar suena música suave flotando en la brisa y escucho el parloteo de un grupo de mujeres que salen de la cafetería.
—¿Dónde estás? Iré a buscarte en avión. Vuelve a casa, Briar.
Esas palabras me provocan un escalofrío por toda la espalda. Ese lugar no es mi hogar. Antoine y mi hermana son la peor clase de personas, y no tengo intención alguna de volver.
—De hecho, llego tarde para tomar un café, así que tengo que irme.
Con eso, cuelgo y pongo el teléfono en silencio.
Voy a una cita y, si las cosas salen como quiero, los nombres de Antoine Montgomery y Crispin Lane no serán más que polvo en mi espejo retrovisor.