Capítulo 15. Briar
Debería estar preparándome para una cita.
Tengo tres conjuntos bonitos extendidos sobre la cama y, sin embargo, lo único en lo que puedo pensar —hasta el punto de que me carcome el cerebro— es en que anoche me masturbé sobre el regazo de mi tío.
Solo puedo concentrarme en la huella persistente en mi memoria, en su aroma envolviéndome, en la sensación de su boca rozándome la oreja.
«Estás preciosa tocándote en mi camioneta».
Dios, aprieto los muslos al repetir esas palabras en mi mente, con el eco siempre presente de su voz ronca.
Lo peor de todo es que me quedé despierta, esperando y rogando que viniera a terminar lo que habíamos empezado.
Pero una pequeña parte de mí ya sabía que no iba a continuar aquel juego peligroso que habíamos empezado fuera.
En cuanto mis dedos se cerraron sobre la manilla de la puerta de su camioneta, cuando me atreví a buscar sus ojos, supe que el hechizo se había roto.
En el aire frío de la noche, el suave golpe de la puerta de la camioneta selló el recuerdo y lo dejó bajo llave.
Él no se acercó al dormitorio en ningún momento. Cuando por fin lo escuché entrar, se quedó en el sofá. Me dejó sola, sintiendo que el colchón que antes me parecía demasiado pequeño ahora se extendía a mi alrededor como un océano sin horizonte.
Cuando me he levantado esta mañana, él ya se había ido.
Tras la breve conversación que tuvimos sobre no usar mi coche, no estoy del todo segura de cómo llegar a Crimson Ridge. ¿Tal vez vuelva pronto? Por algún motivo, lo dudo.
No imagino que mi vida amorosa sea una prioridad en la agenda de mi tío, el mismo que me gimió al oído, me sujetó los muslos y me dijo que sabe lo que mi cuerpo necesita. No tengo absolutamente ninguna esperanza, ninguna posibilidad de no deshacerme por completo ante ese hombre.
Más me vale recoger el equipaje y admitir la derrota. La Briar más cachonda casi consigue lo que quería, pero las cosas se han vuelto extremadamente incómodas entre nosotros. ¿Fui demasiado directa? ¿Lo provoqué?
¿O acaso el hombre que me abrazó y me guio hacia el orgasmo más intenso de mi vida realmente quería algo más conmigo?
Mientras me sujeto la bata e intento organizar mis neuronas, escucho el crujido de la grava bajo los neumáticos. Ha llegado el momento. Ahora entrará dando grandes zancadas, cruzará los brazos sobre ese pecho enorme y me dirá que me largue de su puta vida, estoy segura.
Pero, en cambio, oigo un golpe contra el marco de la puerta y unos pasos suaves.
—¿Briar? ¿Estás aquí? ¿Estás vestida?
Asomo la cabeza por la puerta del dormitorio y me encuentro con la figura radiante de Layla, con dos termos en la mano.
Está tan deslumbrante como siempre; es el sueño erótico de cualquier amante de la equitación: vaqueros claros, un jersey turquesa y los rizos cobrizos recogidos en un moño desenfadado.
Boquiabierta por su llegada inesperada, tardo una eternidad en encontrar las palabras.
—Lo siento, voy vestida de estar por casa. No sabía que vendrías. —Al lado de esta chica, me siento un espanto.
—Ya me lo agradecerás luego; he oído que necesitabas ayuda para prepararte para una cita y que te vendría bien que alguien te llevara al pueblo.
—Avanza hacia mí, me ofrece algo que huele a delicioso café con nata y sigue hacia el dormitorio—.
Ooooooh, qué conjuntos tan monos. ¿Cuál estás pensando ponerte?
—Layla se deja caer en el borde de la cama.
—Gracias por el café. Pero ¿cómo sabías que tengo una cita? —La miro con los ojos entrecerrados. Las noticias no pueden correr tan deprisa en Crimson Ridge… ¿O sí?
—Storm avisó por radio al rancho esta mañana temprano. Dijo que necesitabas que alguien te llevara al pueblo… y puede que mencionara algo sobre traer un arma por si cierto chico Hayes decidía propasarse un poco durante el almuerzo. —Layla me guiña un ojo y da un sorbo.
—Oh, Dios. No me lo puedo creer.
—Le dije que dejara de comportarse como un tío sobreprotector y te permitiera vivir tu vida.
Me arriesgo a abrasarme la boca con el trago de café más grande de la historia para ocultar cómo mi cara amenaza con delatar el sucio secreto de lo que pasó en su camioneta.
—Entonces, ¿vas a ir a por un estilo guapa-y-sexi o dame-duro-sexi?
Casi escupo el café.
—¡Layla! —la reprendo.
—¿Qué? Wes está buenísimo… No se lo digas a Colt porque sería capaz de enterrarlo a las afueras del rancho la próxima vez que se cruzara con él, pero sé apreciar a un vaquero de primera cuando lo veo.
—No lo sé, ¿tú cuál crees que es la mejor opción para ponerme?
De repente, estoy muy nerviosa. —Apoyo la base de la mano contra la frente—.
Layla… Hace siglos que no tengo una cita…
—Jamás. En la vida. Nunca he tenido una cita porque mi maldita y horrible familia no me lo permitió, y me empujó directamente a los brazos de Antoine porque les convenía para sus planes y juegos de poder.
Dios bendiga a la preciosa mujer sentada frente a mí, que se toma mi nerviosismo con naturalidad y me brinda todo su apoyo.
Es un ángel caído del cielo sobre Devil’s Peak, estoy segura.
—Tranquila. Te irá genial y, evidentemente, el destino quería que yo estuviera aquí para ser tu apoyo táctico. Puedes contar conmigo. Además, me viene bien ir al pueblo y no tienes nada de qué preocuparte. Por lo que sé, Wes no solo es agradable a la vista, también es un buen hombre.
—¿No deberían estar ya pillados todos los buenos? —Arrugo la nariz.
Layla se ríe entre dientes.
—Bueno, no he dicho que no fuera complicado…
Nada puede ser más complicado que el hecho de que estoy loca por mi tío, así que no me queda más remedio que darle la razón.
—Es solo café y almuerzo. Así que creo que voy a ir a por el estilo guapa-y-sexi…
, ¿no? —De pie frente a la cama, examino las opciones que ya he preparado—.
Para ser sincera, Briar, creo que, te pongas lo que te pongas, Wes va a mirarte con corazones en los ojos…
Así que ponte lo que te haga sentir cómoda. La magia surgirá sola.
—¿Puedo contratarte para que te sientes sobre mi hombro y me lances cumplidos todo el día?
—Tal vez tengas que pelearte con los caballos. Esos seres caprichosos acaparan toda mi atención. —Se inclina para quitarme el café de la mano—. Bien, manos a la obra. Yo voto por este conjunto tan mono, chica de ciudad.
Una sonrisa se dibuja en mis labios. Es el que sé que me hará sentir cómoda.
Un vestido de punto, ajustado, de manga larga y con una textura suave como la mantequilla, que puedo combinar con mis botas nuevas y un abrigo.
Probablemente vaya demasiado arreglada para un almuerzo en una pequeña cafetería de Crimson Ridge, pero no me importa porque solo hay un hombre al que quiero impresionar.
Mordiéndome los labios, hago callar a esa parte atrevida de mi cerebro que quiere asomarse para comentar que, en realidad, desearía que fuera otro vaquero quien me viera con este vestido.
—Voy a cambiarme y salgo enseguida. Ponte cómoda.
—Vas a hacer que me enamore de ti, ¿verdad, Briar Lane? —grita Layla detrás de mí, riéndose.
Mientras entro en el baño y termino de arreglarme, la escucho moverse por la cabaña en dirección al calor de la chimenea.
—Ah, por cierto, ya tienes otra cita… —grita desde el salón—. Mi mejor amiga, Sage, vendrá de visita.
—¿Cuál es la ocasión?
—Acaba de montar su propia empresa de relaciones públicas y marketing… Trabaja por cuenta propia… Básicamente, es una mujer imparable que va a conquistar el mundo.
Layla sigue dándome detalles sobre su amistad de toda la vida, sobre cuánto tiempo se quedará Sage, y todo me resulta muy natural. Completamente normal y espontáneo, sin segundas intenciones relacionadas con negocios o posibles clientes a los que conquistar.
No es más que una conversación entre amigas, y el corazón se me encoge al pensar que esta chica, a la que apenas conozco, ya me está invitando a formar parte de una celebración así.
—Así que te aviso ya porque quiero que tú y Storm vengáis a cenar esa noche, ¿de acuerdo? Tal vez Wes pueda venir también… si hoy va bien.
Observo mi reflejo en el espejo del tocador y dejo que sus palabras calen en mí. Siento un profundo nudo en el estómago porque Layla tiene toda la razón y, si las cosas salen bien hoy, existe la posibilidad de que salga a cenar con ella y con su amiga, y de que él venga conmigo.
Pero mientras me pongo el vestido y aliso la tela, el estómago me da un vuelco. Hay una voz dentro de mí que grita con fuerza que solo hay un hombre con el que quiero compartir una noche entre amigos.
Y es el hombre al que no debería desear.
—¿Seguro que me veo bien? —le pregunto a Layla por lo que debe de ser la décima vez desde que hemos salido de la cabaña. Ella pone la camioneta en posición de aparcamiento y coge el bolso del asiento trasero.
—Me sorprendería que ese hombre no tuviera ya planeados unos terrenos y una casa para vosotros dos en el rancho antes incluso de pedir la comida. —Mi cara debe de palidecer, porque ella niega con la cabeza y se echa a reír–—. Estoy bromeando, Briar.
—No tiene ninguna gracia.
—¿Entonces tu objetivo para este almuerzo no era conseguir una proposición de matrimonio?
—Layla. —Sacudo la cabeza y dejo escapar un gemido.
Ella se ríe de mí y sus ojos verdes brillan.
—Bien, tengo mucho trabajo atrasado y me llevará un par de horas como mínimo. Tienes mi número para enviarme un mensaje de emergencia si necesitas que vaya a rescatarte con alguna excusa.
Eso me obliga a contener una sonrisa.
—¿Me dirás que hay alguna emergencia equina?
—Puedo ser tan creativa como quieras. Si quieres, dame un número del uno al diez y así sabré qué nivel de emergencia tengo que inventarme. El uno es una migraña repentina; el diez significa que el rancho se está incendiando.
—¿Por qué siento que me sudan las palmas de las manos? —Las sacudo. Los nervios me recorren el cuerpo mientras miro hacia la cafetería donde se supone que debo estar dentro de cinco minutos.