Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 14. Storm #2
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Capítulo 14. Storm #2

Deja escapar un sonido casi imperceptible y mis manos se siguen adentrando en sus muslos.

—Muchas cosas.

—¿Hace cuánto que nadie te enseña algo nuevo?

—¿Te estás ofreciendo? —Se muerde el labio y esa simple imagen basta para volverme loco.

—Podría enseñarte mucho más que cualquiera de esos idiotas del bar. —La voz me sale grave, posesiva, demasiado sincera. A estas alturas ya me da igual. Ha llegado el momento de que sepa que verla con otra persona puede volverme loco.

Ella me vuelve loco.

Mis manos aprietan un poco más sus piernas y Briar deja escapar otro pequeño sonido cargado de deseo.

—Hace mucho tiempo… que nadie me enseña… nada.

Malditos imbéciles. Quien haya desperdiciado a Briar Lane merece un tiro en las pelotas. Pero el hecho de que eso la haya llevado hasta mí, escondiéndose en la cima de esta montaña, despierta en mí una satisfacción que no debería sentir.

—¿Cuánto tiempo? —Exhalo con dificultad.

—Mucho. —La voz se le quiebra cuando le separo un poco más las rodillas. Seguimos completamente vestidos y aun así la sensualidad de este momento es casi insoportable.

—Debes de haberte acostumbrado a apañártelas sola, cariño.

Briar emite un leve murmullo y acomoda el culo contra mí. Casi me explotan los pantalones.

—Aprendo rápido.

El aire entre nosotros es electrizante. Mi respiración le acaricia la mejilla, y mis dedos recorren de arriba a abajo la costura interior de sus vaqueros.

—¿Quieres que esta noche tu tío te enseñe a cuidarte? —Mis labios rozan apenas el delicado borde de su oreja. Susurro palabras que ambos sabemos que no están permitidas entre nosotros, pero aquí estamos y no me parece nada mal.

Ese roce sutil le arranca uno de esos sonidos que ya se me están haciendo adictivos. Quiero ver cuánto puede gritar mi sobrina cuando se entrega al placer.

La chica sentada en mi regazo parece hecha para mí, para despertar algo que llevaba dormido demasiado tiempo. Bastaría un movimiento mínimo para atrapar el lóbulo de su oreja entre mis dientes y succionarlo, para recorrer con la lengua esos aros dorados que lleva puestos.

—Enséñame, tío Storm. —Arquea apenas el cuello, dejándome ver la curva de su piel, sin apartar la cabeza de mi hombro.

Ah, ¿quiere jugar a esto? Percibo la nota provocadora en la forma en que deja suspendida esa palabra entre nosotros. Veo el instante exacto en que se le cierran los ojos, y eso no hace más que avivar el incendio que me corre por las venas.

Pero no puedo tocarla más. Si lo hago, no voy a poder detenerme. Y sospecho que mañana, cuando llegue la luz del día, todo tendrá que volver a su lugar. Por mucho que eso me destruya.

—¿Alguna vez te has tocado con alguien mirando? —pregunto al fin, con la voz apenas por encima de un murmullo.

Separa los labios y niega con la cabeza.

—Entonces vas a desabrocharte los pantalones, Espinita.

—Tú… ¿quieres que lo haga? —Su voz suena agitada.

—¿Confías en mis indicaciones? ¿Me dejas enseñarte lo que tu cuerpo necesita?

—Yo nunca… —Le tiemblan un poco los dedos mientras suelta el botón.

Sigo besándole la oreja.

—Lo sé. Pero yo tengo muy claro lo que tu cuerpo desea. Quieres que alguien te mire, que te preste atención, que vea lo preciosa que estás cuando te deshaces de placer.

Briar respira entrecortadamente; sus dedos se detienen sobre la tela suelta a la altura de la cintura. Maldita sea, me mata verla tan a merced de mis instrucciones.

—Perfecto. Ahora baja esa cremallera, muy despacio.

Otro de esos ruidos deliciosos escapa de sus labios, acompañando el sonido de la cremallera y llenando la camioneta con un ruido inconfundible que confirma que hemos ido mucho mucho más allá de los límites que deberían separarnos.

—Bien. Ahora desliza la mano dentro de la ropa interior.

Eso es, levanta las caderas si lo necesitas.

—Guío a Briar en sus siguientes movimientos, recorriéndole la cintura y absorbiendo el escalofrío que le atraviesa el cuerpo cuando entra en contacto con su coño.

Sus delicados dedos apenas tienen espacio, atrapados por los vaqueros y por la posición de nuestros cuerpos.

—Oh, Dios —un gemido llena la cabina ensombrecida—. Esto está muy mal.

—Cariño, puedes parar cuando quieras. Tienes todo el control. —Deslizando las palmas sobre el vaquero que cubre sus muslos perfectos, la acaricio con la suavidad de una pluma sin dejar de recordarle que puede marcharse en cualquier momento, aunque sé que no lo hará.

Resulta que a mi sobrina le excita tanto como a mí este juego perverso.

Si logro lo que pretendo, durante la cita de mañana no podrá dejar de pensar en este momento prohibido aquí conmigo, en la oscuridad. Porque, ante todo, soy un cretino egoísta.

—Sé que estás empapada. Así que desliza esos dedos por el desastre que has hecho en tu ropa interior mientras estabas sentada en mi regazo y luego enséñame esa mano.

—Santo cielo. Esto es muy sucio. —Exhala temblorosa, pero me obedece. Retira la mano y levanta los dedos para que vea el brillo de la lubricación que los cubre.

Un rugido empieza a formarse en mi pecho.

—Mmm. Ahora pruébate.

Respira hondo.

—Eso es. —Devoro su obediencia cuando esa mano va hacia su boca; las bonitas uñas rosadas rozan sus labios carnosos, que se cierran alrededor del dedo corazón y el índice—. Hasta el nudillo, luego hacia dentro y hacia fuera; acarícialos con la lengua, presiona un poco más, disfrútalo.

Maldita sea. Soy incapaz de mantener las caderas quietas mientras la observo seguir mis instrucciones.

Solo puedo fijarme en lo perfecta que está y en la forma en que ese jersey holgado le cae de los hombros, dejando ver un escote generoso; esa extensión de piel bronceada que me muero por recorrer con la lengua y con mi polla. Joder, eso sería el paraíso.

Respirando cada vez con más dificultad, me muevo bajo su trasero y devoro cada pequeño gemido que Briar deja escapar mientras se mete los dedos en la boca y saborea su propia excitación.

—Ahora vas a tocar ese clítoris que tanto lo necesita.

Mójate bien los dedos primero; sé buena.

—Ya está desesperada. Se quita los dedos de la boca con un sonido húmedo y, cuando vuelve a deslizarlos por delante de la ropa interior, entreabre los labios y deja escapar un pequeño quejido al tocar ese capullo tan sensible.

Está entregada a la situación; ya no siente vergüenza ni cuestiona lo que estamos haciendo.

Está desesperada por correrse, y yo me muero por presenciar ese momento de extrema belleza.

—Así, duro y rápido, cariño.

Briar jadea y se retuerce en mi regazo mientras persigue el orgasmo.

Tengo los ojos clavados en el lugar donde su mano desaparece bajo la ropa interior de encaje negro.

Los movimientos frenéticos de sus dedos, trazando círculos, buscando el orgasmo, ocultos bajo la tela sedosa, hacen que todo resulte todavía más ilícito.

—Estoy tan… Casi estoy… —Jadea, gime, y ese sonido seductor hace que mis caderas empujen con más fuerza contra su trasero. Le hundo los dedos en la parte carnosa de los muslos. Desearía que pudiéramos mandarlo todo a la mierda y hacer mucho más, aquí, ahora.

—Estás preciosa tocándote en mi camioneta. —Bajo los labios peligrosamente cerca de su oreja—. Si yo fuera cualquiera de esos hombres del bar que querían irse contigo, esto es exactamente lo que te daría, porque sé que es lo que quiere tu cuerpo.

Mi sobrina jadea, gime, está a punto de correrse, pero aún necesita ese último empujón para precipitarse al vacío.

—Sé que tu dulce coño necesita que lo chupen, lo succionen y lo abran por completo… Y sé que quieres que alguien te dé eso que tanto anhelas. Así que déjate llevar, Espinita. Eso es. Exactamente así.

—Oh, Dios… Oh, Dios. —Arquea la espalda, abre la boca y gira la cabeza hacia mi pecho mientras se corre.

Es el paisaje más hermoso: verla cerrar los ojos con fuerza mientras el placer le atraviesa las extremidades con tanta intensidad que el cuerpo entero le tiembla.

Le acaricio los vaqueros y le susurro más cosas, como lo preciosa que está corriéndose sobre sus dedos.

Y cuando le ordeno que los succione, ni siquiera lo duda.

Quita la mano de su ropa interior con movimientos pesados por la fuerza de su orgasmo.

—Mira qué bien sabes. Qué dulce es tu flujo, cariño.

—En realidad no quiero hacer otra cosa que abrazarla fuerte y demostrarle todo lo que podría hacerla gritar.

Pero ese momento tan temido ha llegado demasiado pronto.

El momento en que este juego tiene que llegar a su fin, porque somos dos personas que no deberían desear nada ni remotamente parecido a lo que acabamos de hacer escondidos en lo más profundo de este bosque.

Dejo que se desplome contra mi pecho y le recoloco los pantalones. Lucho contra cada célula de mi cerebro que me grita que la bese, que tome su boca y la lleve a la cama para descubrir lo dulce que sabe.

—¿Es raro que quiera quedarme aquí fuera? —dice con voz ronca contra mi camisa.

—No, lo entiendo, pero entra y acuéstate antes de que cojas frío, ¿sí? Yo iré enseguida.

Me trago la mentira.

La observo salir de la camioneta; apenas me mira a través de sus pestañas pesadas antes de detenerse. Me sostiene la mirada con esos ojos oscuros a través del grueso cristal de la ventanilla del acompañante y luego, con un clic seco, cierra la puerta.

Me quedo sentado aquí, viéndola entrar, rodeado por el denso aroma de su excitación y su lujuria, que todavía impregna el asiento delantero de la camioneta.

Me siento culpable por no correr tras ella, pero me quedo quieto en el asiento, con una erección imposible de la que tendré que ocuparme. Solo.

Porque no voy a seguirla esta noche, aunque cada parte de mí quiera hacerlo.