Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 14. Storm
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Capítulo 14. Storm

A la mierda todo esto.

A la mierda tener que soportar un bar entero lleno de imbéciles mirando a mi sobrina como si fuera un trozo de carne. Soy yo quien tiene la suerte de llevársela a casa, a la cama, y quien carga con la condena de desear con todas sus fuerzas que nuestras circunstancias fueran distintas.

«No sabía que eras su tío, Storm. Al menos no eres el padre ni ninguna mierda rara, pero aun así espero que no te importe. Briar y yo hemos estado hablando en la barra y mañana hemos quedado para tomar un café en el pueblo».

Conozco a Wes desde hace años. Hemos trabajado juntos en algunos ranchos. Es un buen tipo y, visto desde fuera, parece la clase de hombre que podría tratar a Briar como se merece.

Pero no he podido evitar querer estamparle esa sonrisa perfecta contra la barra cuando se me ha acercado mientras pagaba la cuenta.

Ahí estaba, encantado de haberse conocido, con los ojos brillándole de satisfacción solo porque la chica más guapa de este maldito pueblo le había sonreído dos veces.

Que le den por culo a él y a toda su pose de chico country impecable.

Ya bastante tuve que soportar quedándome sentado mientras ella sonreía coqueta y le daba su número a Westin Hayes en cuestión de segundos.

Y, para rematar, tuve que aguantar que el idiota viniera a detallarme la escena que acababa de presenciar.

Hasta le dijo que yo era su tío, por el amor de Dios.

Ni me atrevo a responderme por qué motivo eso me ha molestado tanto.

No puede ser mía. Y aun así la deseo de una forma brutal. Me falta muy poco para empezar a advertirles a todos los hombres con pulso de este maldito estado que se mantengan alejados de ella.

Gracias al cielo, Kayce y ella parecen ser solo amigos, porque no sé cómo le habría explicado a Colt que accidentalmente atropellé a su hijo con la camioneta y tiré el cadáver por un barranco si ese rubito hubiera mostrado el más mínimo interés en Briar.

Puede darle clases de equitación. Eso es todo lo que estoy dispuesto a tolerar.

La camioneta traquetea sobre la grava cuando llegamos a la cabaña.

Los dos hemos permanecido en silencio durante el resto de la cena y durante todo el trayecto montaña arriba.

Hay mil cosas que me gustaría decirle a Briar, pero ninguna sería apropiada.

Y las que realmente quiero hacer lo son todavía menos.

Así que mantener la boca cerrada me ha parecido la única opción segura.

Apago el motor y el silencio cae sobre nosotros con un peso insoportable; resulta ensordecedor después del ruido del motor y de la música metal que suelo llevar a todo volumen.

También apago las luces y la oscuridad invade la camioneta.

Solo queda el resplandor cálido del farol del porche reflejándose sobre la pintura desgastada del capó.

Ninguno de los dos se mueve.

—Por cierto, tu coche es una mierda. Una trampa mortal.

Aprieto las manos sobre el volante, mirando fijamente hacia delante, demasiado consciente del reducido espacio que compartimos.

Briar parece sorprendida de que por fin haya dicho algo. Como si acabara de arrancarla de pensamientos muy lejanos.

—Ah…, ¿sí?

—Ni se te ocurra ir a ninguna parte con esa cosa. —Y con «ninguna parte» me refiero especialmente a la cita que tiene mañana. Preferiría que no bajara nunca de esta montaña si no es conmigo, pero no parece muy probable que le entusiasme seguirme a todas partes mientras siga en Crimson Ridge.

De pronto me asalta la imagen del maldito Westin Hayes subiendo por este mismo camino en una camioneta casi idéntica a la mía, con Briar acurrucada a su lado, refugiada bajo su brazo.

—Si alguna vez necesitas bajar al pueblo, sobre todo si hay hielo, usa mi camioneta, no esa chatarra, ¿vale?

Briar se gira hacia mí y se ríe por lo bajo. Ese sonido remueve algo dentro de mí, porque quiero ser el único hombre con el que se ría así. Quiero ser el destinatario de sus ojos en blanco, de sus resoplidos de desaprobación y de esa lengua afilada.

—Lo digo en serio. —Tengo los nudillos blancos de tanto apretar el volante.

—Bueno, no sé conducir un coche manual. —Briar junta los labios—. Así que, en ese caso, parece que me voy a quedar atrapada aquí arriba.

La temperatura dentro de la camioneta se dispara de golpe. Hay una aspereza en su voz que llena de doble sentido una frase que no debería sonar así.

¿Está diciendo que no le importaría quedarse aquí arriba… conmigo?

Maldita sea. Quizá sea la hora o quizá la tensión de haberla visto con otro hombre intentando hacerla sonreír, pero algo se rompe dentro de mi cabeza.

—¿Quieres aprender? —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas.

O Briar va a salir de la camioneta y cerrar la puerta de golpe, o va a cruzar esta línea conmigo.

En cuanto levanta la vista y clava esos ojos oscuros en los míos, noto cómo algo empieza a arder en la parte baja de mi abdomen.

Se humedece los labios con la lengua y asiente despacio.

—Entonces ven aquí, cariño. —No tengo ninguna duda de que acabaré en el infierno, pero no me importa.

Ella vacila un segundo y luego se acerca un poco más. El pantalón se le pega a los muslos y me recuerda lo difícil que ha sido pasar el día entero sin mirar cómo le marca el culo. El cuerpo de esta chica ha sido diseñado para destruirme.

—No vas a aprender desde tan lejos. —–Me echo un poco más hacia atrás en el asiento, dejando más espacio entre mis piernas y el volante. Sí. Directo al infierno.

Separo las piernas y apoyo una mano en el reposacabezas, abriéndole espacio.

—Ven.

Sus ojos se agrandan apenas, y yo absorbo cada segundo de su vacilación, de esta cercanía que no debería existir y que ambos llevamos demasiado tiempo fingiendo no ver.

Pero Briar se mueve, obediente, y termina acomodándose sobre mi regazo.

Tengo que contener el sonido que amenaza con escapar al sentirla así, encajada contra mí, la espalda apoyada en mi pecho, las caderas alineadas con las mías, como si nuestros cuerpos conocieran demasiado bien una forma que jamás deberían haber encontrado.

—¿Y ahora qué? —pregunta, inclinando apenas la cabeza. Su voz suena casi como un susurro, igual que aquella noche en la cocina.

—Tienes que usar el embrague para cambiar de marcha.

—Le señalo los pedales con los pies—. Cuando quieres subir o bajar, utilizas este.

Es como un baile. Sueltas y acompañas con el acelerador.

Después haces el movimiento inverso. —La voz me sale grave y casi le rozo el hombro con la barbilla mientras se lo explico.

—No llego a los pedales —protesta.

—Apoya los pies sobre los míos. Yo te guío.

La respiración de Briar cambia justo cuando rodeo su cuerpo con los brazos para enseñarle cómo hacerlo.

—Parece complicado. —Tiene las manos cerradas sobre los muslos. Con la cabeza embotada por el perfume que desprende y el calor de nuestros cuerpos, ya no estoy del todo seguro de que sigamos hablando de la camioneta.

—No hay nada que no puedas aprender si te atreves a intentarlo. —Cubro sus manos con las mías y noto cómo se estremece en cuanto la toco de verdad para levantarle los dedos.

—Yo… no tengo mucha experiencia.

Jesucristo. La polla me da un vuelco al oír esas palabras, esa confesión. Un impulso primitivo me atraviesa el cuerpo. Todo en mí se acelera.

—Una mano aquí… —Le coloco los dedos sobre el volante y llevo la otra hasta la palanca de cambios—. Y la otra así. —Cierro la mano sobre la suya, demasiado consciente de todos los límites que estamos cruzando.

Pero ella no se aparta. Podría haberse bajado de la camioneta en cuanto llegamos y haberme dejado aquí dentro, tragándome toda esta mierda yo solo. Pero se ha quedado.

Está tan envuelta en este asunto prohibido como yo. Y quizá no podamos cruzar todas las líneas, pero tal vez, solos aquí arriba, en la oscuridad y el silencio helado de la noche, podamos difuminarlas durante un instante y fingir.

—Prueba con los pedales. —Mis labios quedan demasiado cerca de su oído y veo el escalofrío que le recorre el cuerpo cuando mi aliento le roza la piel.

Todo en mí quiere inclinarse y perderse en ese punto de su cuello donde le late el pulso, porque sé que haría que se arqueara y se restregara contra mí, pero me obligo a mantener aunque sea una mínima distancia entre mis dientes y su garganta.

Quiero ignorar por completo que tengo a mi sobrina sentada sobre el regazo y que no hay forma de que ella no sienta la tensión que me atraviesa, incluso a través de la ropa.

—Así… Empuja despacio. —La nuez se me mueve al tragar saliva.

Briar hace lo que le he enseñado, guiando mis pies con los suyos para pisar el embrague y cambiar de marcha; después desplaza el peso hacia el acelerador. Estamos aparcados y el motor apagado, así que el único sonido es el golpe seco de los pedales y la respiración contenida de ambos.

Con cada pequeño movimiento de sus piernas, de sus manos, de su peso contra mí, nuestros cuerpos se rozan de una manera que amenaza con desmoronarme.

—Más despacio, cariño —murmuro. Llevo las manos a sus muslos y, por encima de los vaqueros ajustados, le guío el movimiento para suavizar la transición.

Cuando mis dedos se curvan cerca del interior de sus rodillas y aprietan apenas, Briar deja caer la cabeza contra mi hombro. La escucho soltar el aire. Un sonido mínimo se escapa de sus labios.

Ya estaba perdido y listo para arriesgarlo todo, pero esa pequeña señal de rendición basta para destruir lo poco que me quedaba de autocontrol.

—Buena chica. Ha estado perfecto para ser tu primera vez. —Dejo que mis dedos sigan apenas un momento más dentro de sus rodillas, explorando el límite de lo permitido, y siento cómo se derrite contra mi pecho cuanto más tiempo la mantengo así.

Sus manos descienden por el volante hasta quedar inmóviles en la parte inferior.

—¿Qué más no te han enseñado nunca? —Dios. Mi mente ya había imaginado demasiado con esta chica, pero ahora solo quiero escuchar qué está dispuesta a decir en voz alta.