Capítulo 13. Briar #2
—Perfecto. —Ella recoge ambos menús, los aprieta contra el pecho y empieza a alejarse, pero de pronto se vuelve—. Ah, y perdona, es una tontería, pero nunca me respondiste al mensaje y no sé si me dejé el brillo de labios en tu camioneta… Igual se me cayó del bolsillo aquella noche.
Que la tierra me trague. Por más que lo intento, no puedo quedarme ahí sentada escuchando cómo esta chica deja caer insinuaciones sobre recuerdos que, casualmente, la llevaron a olvidar un brillo de labios.
—Voy al baño —murmuro. Salgo del reservado sin mirar a ninguno de los dos.
A mi espalda sigo oyendo a Luce hablar sin parar, como si no tuviera más clientes ni nada mejor que hacer que coquetear con el hombre que, muy probablemente, se la folló en su camioneta.
Cuando encuentro el baño, agradezco poder cerrar la puerta y dejar escapar el aire de mis pulmones.
Dios, soy un desastre emocional. No hay ni una sola razón por la que él no pueda estar con alguien.
Vamos, por el amor de Dios, perfectamente podría haber salido corriendo la otra noche para ir a verla.
Uf. Qué asco. ¿Habrá sido ella?
Me masajeo las sienes, respiro hondo varias veces y después abro el grifo para dejar correr agua fría sobre mis muñecas.
Siento el cuerpo caliente, inquieto, y de pronto empiezo a imaginar exactamente de qué maneras Luce, con ese pelo color avellana que parece recién salido de la peluquería, atenderá a mi tío cuando no está trabajando como camarera.
No tengo ningún derecho a sentir nada al respecto. Ninguno.
Me seco las manos, me aliso la parte delantera de los vaqueros y le dedico una última mirada a mi reflejo en el espejo.
Lo único que tengo que hacer es volver ahí fuera y sobrevivir a una cena.
He superado demasiadas comidas horribles, galas y eventos absurdos de la alta sociedad rodeada de gente vacía y desagradable.
Puedo soportar a una camarera irritante que se muere por meterle la lengua hasta la garganta a mi tío antes de que yo llegue siquiera a probar un bocado.
Pero cuando salgo del baño y vuelvo por el pasillo hacia el salón principal, cambio de opinión: una copa me parece una idea excelente.
Como no tengo ni idea de qué pedir sin sonar como una urbanita total —como ya me llaman todos en Devil’s Peak, incluidos Colt y Layla—, me uno al grupo de gente apoyada en la barra y pido una cerveza. Me parece la opción más sencilla.
Le doy las gracias a la mujer mayor de aspecto amable que me atiende. Por el brillo de sus ojos, no me cabe duda de que sería capaz de poner en su sitio a cualquier idiota problemático sin despeinarse. Cojo el vaso, me doy la vuelta y choco contra un pecho ancho.
—Oh, perdón. Lo siento mucho. —De milagro no le derramo toda la cerveza encima.
—No tiene por qué disculparse, señorita. El torpe aquí he sido yo, que me he cruzado en su camino. —Me dedica una sonrisa absolutamente encantadora. Claro, a veces olvido que estoy en territorio vaquero.
Puede que no haga falta lanzarme a la jungla aterradora de las aplicaciones de citas si el universo acaba de plantarme delante al candidato perfecto.
Debe rondar los cuarenta, lleva la barba algo crecida y el pelo oscuro revuelto. Es de esos hombres que saben perfectamente el efecto que provocan con una sonrisa demoledora y ese aire de galán rústico que le sienta demasiado bien.
Esto.
Esto es exactamente lo que necesito.
Ignoro las protestas de mi corazón, que grita que este no es el hombre que quiero. Evidentemente, me está fallando el criterio, y no puedo tener a quien realmente deseo, así que, por favor, que este hombre que me sonríe esté soltero, que tenga una polla bonita y que sepa usarla.
—Aquí no hay ninguna «señorita», solo Briar.
—Encantado de conocerte, «solo Briar». —Extiende la mano y envuelve la mía con un contacto cálido y áspero, de esos que deberían provocar mariposas en el estómago.
Pero me preocupa más de lo que debería no sentir esa chispa inmediata que sí he notado otras veces al rozar la mano de…
No, pisa el freno, detente ahí mismo, no voy a pensar en él ni en las largas noches solos en la cabaña ni en despertarme con su torso y otras partes de su cuerpo clavadas contra mi espalda.
Ni se te ocurra pensar ni un solo segundo en la polla de Stôrmand Lane.
No.
Me obligo a sonreír y vuelvo a centrarme en el vaquero encantador. Demonios, ¿me ha dicho su nombre y me lo he perdido?
—Soy Westin. Pero con Wes basta.
Aprieta un poco mi mano y esa cercanía sí consigue despertarme una pequeña oleada de nervios agradables. Bien. Este vaquero parece prometedor. Con esto sí puedo trabajar.
—Perdóname por ser tan directo, pero tengo que hacerte una pregunta y, dependiendo de la respuesta, decidiré qué pasa después.
Curvo los labios en una sonrisa.
—Ah, ¿sí?
Sigue sujetándome la mano y en sus ojos aparece esa seguridad tranquila que hombres como él parecen llevar con total naturalidad.
—Stôrmand… —Señala con el mentón hacia los reservados—. ¿Has venido con él? —La pregunta es sincera; no suena invasivo ni insistente. Pero me doy cuenta enseguida de que sabe perfectamente quién es mi tío y no tiene ninguna intención de meterse donde no debe.
Eso no facilita en absoluto mi búsqueda de una respuesta. Tardo apenas un segundo más de la cuenta y veo cómo él empieza a echarse atrás.
—Oh, no. —Me río. ¿Sueno relajada, como si fuera la idea más absurda del mundo?—. Es mi tío. —De verdad espero haber sonado natural, porque a mí misma pronunciar esa palabra en voz alta me resulta insoportable.
La sonrisa de Westin —Wes— se ilumina.
—¿Tu tío? Joder. Bueno, eso no me lo esperaba. —Niega con la cabeza y suspira.
—Entonces, ¿qué pasa ahora que ya te he respondido la pregunta…? —Con la mano libre, doy un trago a la cerveza.
Juraría que noto una mirada clavada en mí desde el otro lado del local, pero me niego a mirar hacia ese reservado o hacia la camarera que, por lo que sé, podría estar ahora mismo sentada encima de él.
—No quiero interrumpir vuestros planes familiares para cenar, pero… ¿habría alguna posibilidad de que una chica tan guapa como tú aceptara tomar un café con un vaquero un poco rudo?
No hagas una mueca por la referencia familiar.
—¿Me estás invitando a salir, «solo Wes»? —Dejo que una sonrisa me curve los labios. Por favor y gracias. Vamos, un café es un buen comienzo y, viendo el panorama, estoy bastante segura de que podría divertirme un rato con este hombre en Crimson Ridge.
—Tú pon la hora y el lugar. —Todavía me sostiene la mano y, al decirlo, su pulgar se desliza sobre el mío. No me provoca una descarga eléctrica, pero me gusta.
—¿Mañana? Tengo algunas cosas que hacer en el pueblo, así que me vendría bien un café. Incluso comer algo, si es que los vaqueros también os alimentáis.
—Sabemos disfrutar de una comida, no te preocupes por eso. —Sus ojos siguen fijos en mi cara, pero aun así noto cómo el calor me sube por el cuerpo ante la insinuación juguetona escondida detrás de ese encanto de montañés educado.
Sí. Este vaquero podría distraerme perfectamente y hacerme pasar un buen rato. Parece que, por una vez, el universo ha decidido escucharme.
Intercambiamos números y quedamos para tomar un café y comer algo mañana, lo cual suena completamente inocente, aunque espero que luego deje de serlo.
Cuando vuelvo hacia la mesa sintiéndome un poco más segura de esta nueva versión de Briar Lane decidida a encontrar su lugar en Crimson Ridge, levanto la vista y veo a la camarera del pelo perfecto —a la que no quiero volver a cruzarme jamás— dejando nuestros platos sobre la mesa.
Vuelvo a deslizarme en el reservado y me concentro de inmediato en la comida, intentando llenar con eso el silencio incómodo que se extiende entre nosotros. Mientras tanto, frente a mí, siento el frío de los ojos azules más feroces y hermosos que he visto jamás.
Y durante todo ese tiempo, no deja de mirarme.