Capítulo 13. Briar
—Espera aquí, tengo que comprar lijas, y después hay que buscar la pintura.
Le robo una mirada a mi tío mientras se aleja por el pasillo de la ferretería; hago todo lo posible por no quedarme mirando demasiado tiempo su culo enfundado en esos vaqueros perfectos.
Fracaso por completo.
A esta hora de la tarde el local está bastante vacío, así que no creo que nadie haya notado cómo mis ojos se posaban en él mientras se alejaba. Pero, aun así, tengo que acabar con esta obsesión poco sana por un hombre que está completamente fuera de mi alcance.
Incluso dejando a un lado nuestra complicada dinámica familiar, me saca catorce años. Tampoco es que lleve la cuenta ni que me obsesione con detalles así. ¿Por qué siquiera pienso en eso? ¿Qué importa la diferencia de edad si es mi tío? Es alguien a quien, simplemente, no puedo ni debo desear.
Y, sin embargo, aquí estoy. Demasiado fascinada por este hombre musculoso, tatuado, herrador reconvertido en contratista de rancho, que lleva las chaparreras como si hubiera nacido para ello.
Me inclino hacia delante y apoyo la frente en el manillar del carrito, conteniéndome para no soltar un gemido de frustración.
¿En qué clase de infierno de tentaciones me he metido?
Estoy plantada en mitad del pasillo cinco, rodeada de clavos y tornillos, y no consigo dejar de pensar en el hombre con el que ahora comparto una cama ridículamente pequeña.
Aunque aquella primera noche fue para asegurarse de que la conmoción no empeoraba, todo derivó, de manera natural, en una especie de acuerdo tácito: también tenía que vigilarme la noche siguiente. Y la otra después de esa.
Su habitación.
Su cama.
Ahora estoy atrapada en una rutina nocturna con un vaquero que, inevitablemente, termina abrazándome mientras duerme.
Cuando me despierto, estoy entre sus brazos.
Por mucho que me deslice hacia el borde del colchón en un intento tímido de poner distancia entre nosotros, ya van dos noches en las que ocurre exactamente lo mismo, sin que yo tenga ni voz ni voto.
El secreto que guardo es que atesoro cada uno de esos momentos, aunque solo hayan sido dos noches más.
Me he vuelto demasiado dependiente de abrir los ojos antes del amanecer y sentir el peso de su brazo alrededor de mi cintura, recorriendo mi cuerpo, tocándome de esa forma tan íntima, igual que aquella primera noche.
Parece dormir profundamente; quizá se esté recuperando de todo lo que sufrió durante esa semana en el sofá, así que no sé si es consciente de lo que hace mientras duerme. Yo siempre desaparezco de la cama mucho antes de que dé señales de despertarse.
Sé que esto no puede seguir así, pero también soy demasiado egoísta con lo que sea que está ocurriendo como para esforzarme de verdad en encontrar otra solución para dormir.
«Porque eres una zorra que no puede parar de pensar en las caricias de su tío».
Cierro los ojos con fuerza y me aferro al manillar del carrito.
Mientras me juzgo en silencio por estos perversos sueños diurnos, el bolso que llevo cruzado vibra con una llamada entrante que me rescata del ensimismamiento.
Estoy tan acostumbrada a pasar el tiempo en la cabaña o en el rancho Devil’s Peak, felizmente aislada y sin cobertura, que había olvidado por completo que aquí, en el pueblo, estamos un poco más conectados con el mundo exterior.
Las vibraciones se detienen, pero sé que no será el final. Tal y como esperaba, el zumbido vuelve a empezar dentro del bolso.
Suelto un bufido de frustración y saco el teléfono. Efectivamente, en la pantalla aparece «Crispin». Aprieto el móvil con más fuerza mientras observo la llamada hasta que, finalmente, ella capta la indirecta y cuelga.
Estoy a punto de volver a guardarlo cuando vuelve a vibrar en mi mano. Esta vez, el número aparece como desconocido.
Aunque bloqueé a mi ex en todas partes, apostaría lo que fuera a que es él intentando contactar conmigo.
—¿Piensas contestar o vas a seguir mirando el teléfono? —La voz de mi tío corta de pronto mi desconcierto y rechazo la llamada con el pulgar.
—Número desconocido. —Me encojo de hombros, pero antes de guardar el móvil vuelve a sonar otra llamada entrante.
—Parece que hay alguien que está muy interesado en encontrarte. —Deja las hojas de lija dentro del carrito.
—No importa. —Rechazo la llamada otra vez y me obligo a sonreír—. ¿Qué has dicho que faltaba? ¿La pintura? —Estoy a punto de empujar el carrito cuando otra vibración me sobresalta, esta vez más fuerte porque el teléfono sigue en mi mano, apoyado contra el plástico duro del manillar.
—Parece que sí importa. —Los ojos del hombre gigantesco que tengo al lado van del teléfono a mi rostro. Es imposible leer su mirada azul acero—. ¿Quieres hablar de algún tema?
Niego con la cabeza, intentando decidir cuál es la mejor manera de lograr que deje de insistir. Me da demasiada vergüenza explicar por qué escapé hasta Crimson Ridge; preferiría tragarme una rana antes que contarle a mi tío que mi ex me acosa a llamadas.
—Briar. —Aprieta la mandíbula.
—Es Crispin haciendo lo de siempre —digo, pensando que una verdad a medias es mejor que nada. Él sabe perfectamente qué clase de persona es mi hermana y, aunque me incomoda mentirle, al menos eso es parcialmente cierto.
He permitido que me traten mal durante tanto tiempo que resulta humillante, pero no soporto la idea de que él tenga ese concepto de mí.
—¿Quieres que me ocupe yo?
Dios. Me quedo mirándolo con los labios apenas entreabiertos. Así, sin dudarlo ni un segundo, este hombre estaría dispuesto a enfrentarse al origen mismo de toda esa miseria, a plantarse delante del equivalente humano a una hiedra venenosa de doce cabezas… por mí.
—Eh, no. Está bien. Discutimos antes de que me fuera.
Ahora mismo no tengo ningunas ganas de hablar con ella.
—Una forma muy educada de resumir que mi propia hermana me dijo que debería considerarme afortunada de que un hombre como Antoine me soportara y que era perfectamente normal que buscara cariño en otra parte.
Jesús. Podría pasarme el resto de mi vida sin volver a ver a esa mujer y no me importaría lo más mínimo.
—Siempre fue complicada —murmura él antes de avanzar hacia el pasillo de la pintura.
Camino detrás de esos hombros anchos y siento que, por fin, puedo volver a respirar.
Para cuando terminamos de comprar todo lo necesario para las reformas que va a hacer mi tío en ese rancho —algo sobre un viejo amigo del rodeo que está a punto de abrir un nuevo negocio turístico—, los dos estamos muertos de hambre.
Parece que ninguno tiene ganas de cocinar, así que acabamos en un bar que, por lo visto, debe de ser el único sitio de Crimson Ridge donde se puede comer o beber algo después del anochecer.
Entramos en un local de estilo vaquero llamado The Loaded Hog, que nos recibe con una luz cálida y un ambiente campestre.
Hay reservados pegados a una de las paredes, una barra larga de madera y varias mesas altas distribuidas por un espacio que claramente se convierte en pista de baile cuando el local se llena.
Me siento un poco cohibida vestida con vaqueros, un jersey corto y botas.
No es que no me guste el conjunto, pero durante demasiado tiempo me inculcaron que mi apariencia tenía que ser perfecta en todo momento.
Dios no permitiera que el apellido Lane o Montgomery quedara en ridículo si me fotografiaban en público con algo menos que una imagen impecablemente calculada.
Antes de venir a estas montañas, jamás me habrían dejado salir a cenar vestida de una manera tan informal.
Aunque, mirando alrededor, entiendo que voy perfectamente acorde con el resto de la gente.
Además, me encantan estos vaqueros. Hacen maravillas con mi culo, así que, en el fondo, estoy encantada de tener una excusa para ponérmelos en Crimson Ridge.
—Oh, hola, Storm.
Apenas me acomodo en el reservado, una voz melodiosa aparece junto a la mesa casi por arte de magia.
La camarera, que parece haberse materializado de la nada, se queda completamente centrada en el hombre sentado frente a mí y ladea la cabeza mientras mastica chicle con insistencia.
Sus ojos recorren cada músculo de su cuerpo como si estuviera contemplando una obra de arte.
Y la chica, maldita sea, es guapísima. Tiene el pelo color avellana recogido en una coleta.
Ojos azules. La piel de alguien que claramente sigue una rutina facial impecable.
Y, para rematar, lleva ese tipo de maquillaje perfecto pero desenfadado que parece sacado de una sesión de fotos.
Es la viva imagen de una princesa country .
Mi alarma interna se activa en medio segundo.
—Briar, ella es, eh… —Se recoloca en el asiento y frunce el ceño hacia el menú que ya estaba sobre la mesa.
—Luce… —Me atraviesa con una mirada cargada de dagas—. Bonito jersey, Briar.
Sus ojos recorren mi ropa y vuelven a subir con una media sonrisa claramente falsa.
Casi pone los ojos en blanco al pronunciar mi nombre.
A esa zorra le importa una mierda mi jersey.
Está marcando territorio y enseñando las garras solo porque me he atrevido a sentarme en el mismo reservado que Storm Lane.
Dios, es como si estuviera levantando la pierna para mearlo.
—¿Ya sabéis qué vais a pedir? —El hombre sentado frente a mí no parece darse cuenta de nada de lo que ocurre con esta chica, que parece más joven que yo. Y, aunque eso debería tranquilizarme…, por alguna razón no lo hace.
—Eh, sí. Quiero el pollo a la plancha.
—¿Lo de siempre, Storm?
Sí, el mensaje queda clarísimo. La camarera prácticamente está anunciando a los cuatro vientos que hubo algo entre ellos.
Me concentro en servirme agua de la jarra que ya hay sobre la mesa.
—Con una hamburguesa me vale, gracias.
—¿Quieres pedir algo para beber con la comida, Storm?
—¿Briar? —desvía la pregunta hacia mí.
Mis ojos se encuentran con esa mirada azul intensa frente a mí.
—No, con agua estoy bien, gracias.
Él niega con la cabeza y le entrega el menú. Yo hago lo mismo.