Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 12. Briar
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Capítulo 12. Briar

Es una mañana especialmente acogedora.

El peso de la manta es perfecto; me siento como si estuviera dentro de un capullo. El calor invade cada parte de mí, irradiando hasta los dedos de mis pies.

Anoche fue la mejor noche de sueño de… ¿toda mi vida?

Me escuecen los ojos y la cabeza me late de una forma que no sé si es normal o si debería preocuparme y empezar a buscar la dirección del hospital más cercano.

Al menos hay algo positivo que sacar de todo esto: caí en un sueño profundo y ahora me siento más como una persona nueva que como alguien que huye de su pasado.

Sin embargo, cuando me giro y me estiro, entiendo que no es el peso de la manta lo que resulta tan agradable.

La presión viene de otro cuerpo.

Un cuerpo muy grande.

Oh, por Dios.

Abro los ojos de golpe y todo vuelve a mi mente. Los recuerdos de lo que pasó anoche sobre la encimera de la cocina atraviesan mi cerebro.

Cómo casi me restregué contra la mano de mi tío buscando desesperadamente una pizca de atención.

Y lo que vino justo después.

Compartir la cama.

Compartir. La. Cama.

¿Y ahora? Bueno, ahora… por algún motivo me he despertado enredada en su cuerpo, acurrucados sobre este colchón diminuto, con el enorme brazo tatuado del hombre con el que jamás debería dormir rodeándome la cintura y manteniendo mi espalda pegada a su pecho.

Lo peor es que mi cuerpo ya se ha dado cuenta.

Tengo que cerrar los ojos con fuerza y contener un gemido.

Aunque mi cerebro todavía esté adormilado y le cueste seguir el hilo de lo que está ocurriendo, mi coño está alerta, despierto, rogando atención.

Tiene un megáfono en la mano y cero intenciones de hacer caso cuando le pido amablemente que se calle y se comporte.

El intenso dolor entre mis muslos es insoportable.

Igual que el lugar donde mi tío apoya la mano. Pero no me atrevo a levantar la manta y confirmar lo que la zorra lujuriosa que vive dentro de mi cabeza ya ha descubierto.

Su antebrazo cruza mi cintura y, mientras registro la sensación de cada punto de contacto, sigo ese peso hasta el lugar donde su mano descansa sobre mis pantalones cortos.

Al principio me negué a aceptar la realidad evidente de esa mano cálida y seductora sobre el fino algodón.

Pero un pequeño movimiento de cadera confirma todo lo que no quiero admitir.

La sensación de él tocándome el sexo mientras duerme provoca chispas y escalofríos bajo mi piel. Hace dos minutos estaba dormida e ignoraba por completo lo que ocurría ahí abajo. Ahora estoy despierta, rígida, rogando poder liberarme de su abrazo.

Porque, sí, está tocando una parte muy íntima de mi cuerpo, pero me parece que no lo hace de forma consciente. Está profundamente dormido. El movimiento regular de su pecho, las vibraciones de su respiración pausada atravesándome desde la espalda hasta el pecho… Todo resulta embriagador.

Dios, necesito moverme. Necesito escapar en silencio y con cuidado de este desastre porque mis ovarios van a gritar si esta caricia involuntaria dura un segundo más.

Empiezo a planear cómo liberarme de la prisión de su brazo y entonces lo noto. Ya no hay forma de ignorar semejante realidad.

Tengo su impresionante erección clavada en la parte baja de mi espalda y esta vez sí tengo que morderme el labio inferior para contener el suspiro cargado de deseo que amenaza con escapárseme.

Mierda. Está completamente duro. Tiene las manos sobre mí. Casi gimo de deseo y confusión porque no hay manera de que un hombre como él pueda sentirse atraído por una chica como yo. Ni siquiera dormido.

Esto es una alerta de nivel diez. Atención a todas las unidades.

Encended las sirenas. Todo está a punto de saltar por los aires.

Cada centímetro de mi piel arde de electricidad y deseo y tengo que apretar los muslos con fuerza.

Tiene los dedos justo ahí, apoyados sobre la tela que me cubre el coño.

Ayer pensaba en descargarme una aplicación de citas, pero después de todo lo que ha pasado con los masajes y la caída, no quiero ni tocar el teléfono. Además, recuerdo haber oído alguna vez que conviene limitar el tiempo de pantalla cuando te golpeas la cabeza.

Oh, Dios, pero estoy tan caliente…

Me muevo apenas, me retuerzo y me giro en un intento inútil de aliviar esa presión insoportable; me estremezco, aunque no por el dolor de cabeza, sino porque la nueva postura deja en evidencia lo mojado que tengo el coño y toda la entrepierna.

Bueno, joder. Llevo tanto tiempo sometiendo a mi cuerpo a esta abstinencia sexual que no hace falta ser un genio para entender por qué estoy así de empapada.

Está claro que, a pesar del golpe, mi cuerpo ha reaccionado a su contacto mientras dormía y aquí estoy, luchando por no gritarle a la almohada.

También tengo que contener otros mil impulsos que suben a la superficie como burbujas de champán. Sobre todo los que implican despertar a mi irresistible tío y pedirle que me folle hasta hacerme ver las estrellas.

Si nuestra situación fuera distinta… ¿podría interesarle? Si estuviera despierto, ¿su cuerpo reaccionaría igual?

Más allá de aquella primera noche en la que me confundió con otra persona y de la forma en que ha cuidado de mí, ha habido varios momentos que me han hecho pensar.

Pero es imposible descifrarlo. Tan sombrío, tan callado y tan encantador.

Cuando me clava esos ojos azules y brillantes, siento que podría ahogarme bajo su peso.

Dios. Es enorme. Sentir su cuerpo pegado a mi espalda basta para dejarme sin aire.

Y sé que es inmoral que siga aquí, que debería apartarme, pero aun así permanezco inmóvil, robándole el calor y el contacto de su cuerpo contra mi espalda, mis caderas y mis piernas.

Casi cada parte de mí roza una parte de él.

Me aferro a ese contacto que llevo tantos años necesitando desesperadamente.

Aunque él me lo esté dando sin saberlo.

No. No, Briar. Tienes que salir de este desastre ahora mismo. Estás cansada, vulnerable y este hombre ha sido bueno contigo.

No le des demasiadas vueltas porque, sinceramente, puede que no haya pasado absolutamente nada.

Seguramente está acostumbrado a compartir la cama con otras mujeres y esto no es más que un reflejo inconsciente. Un hábito adquirido con los años.

Uf. ¿Por qué pensar en él con otra mujer me provoca una reacción tan feroz?

Entonces un pensamiento más serio apaga, como un cubo de agua fría, las llamas que arden en mi centro bajo la presión de su mano.

¿Con cuántas mujeres habrá estado en esta misma cama?

¿Cuántas otras habrán compartido estas sábanas y gritado su nombre en el bosque mientras las hacía perder la cabeza?

Ese pensamiento me atraviesa como hielo y termina obligándome a moverme.

A la mierda todo esto. Tengo que escapar de la espiral que se ha apoderado de mi cabeza.

Me libero de su brazo con la destreza de una ninja, bajo de la cama con cuidado y camino de puntillas hacia el baño, en la penumbra grisácea previa al amanecer. No lo oigo moverse detrás de mí, pero jamás he agradecido tanto que las tablas del suelo no crujan y que las bisagras no chirríen.

Al menos he conseguido evitar lo que podría haber sido una situación terriblemente incómoda. Si se despierta solo en la cama con una erección, no tiene por qué pensar nada raro, ¿no? Es algo que a los hombres les sucede todo el tiempo.

Me aferro al marco de la puerta del baño mientras dudo si cerrarla o no. Anoche insistió en que la dejara abierta mientras me duchaba y ahora no sé qué sería peor: dejarla así aunque necesite un momento para recomponerme o cerrarla y arriesgarme a que entre sin permiso como un toro embravecido.

Después de valorar mis opciones, decido que es más probable que me interrumpa si cierro la puerta.

Así que respiro hondo y avanzo hacia la ducha.

Abro el agua, me quito rápidamente la sudadera y el pantalón corto de dormir mientras mi mente vuelve a la cama y a la sensación de haber estado envuelta en esos brazos fuertes.

El calor y el peso de su cuerpo siguen pegados a mi piel.

Rodeada por esa sobrecarga de sensaciones, he tenido una pequeña muestra de lo que debe de sentirse cuando alguien te quiere y te cuida de verdad. Aunque me resulte tan ajeno…, ¿será así cuando alguien no puede pasar la noche sin tocarte?

Dios. He pasado demasiado tiempo encerrada en aquella casa, durmiendo siempre sola.

«Será mejor que tengamos habitaciones separadas, cariño. Tengo que trabajar hasta tarde y no puedo dormir si no tengo mi propio espacio. Sé que lo entenderás».

Uf. Era una frase tan de manual que no quiero ni pensar cómo pude creérmela.

Cuando entro en la bañera bajo el chorro de agua caliente, no puedo evitar preguntarme si el hombre que me abrazaba tan cerca esta mañana pensaba en mí mientras dormía. Si, en lo más profundo de su mente, sabía que era yo o si soñaba con otra persona ocupando mi lugar en su cama.

Estoy tan tensa que el más mínimo roce en mis pezones endurecidos basta para hacerme estremecer con un remolino de placer que me atraviesa hasta el centro del cuerpo.

El agua golpea rítmicamente el fondo de la bañera y resbala por mi piel.

Aunque sé que la puerta sigue completamente abierta y aunque daría cualquier cosa por sacar el vibrador que llevo escondido en el bolso, no me queda alternativa.

Mi cuerpo necesita algo. Puedo ser rápida y silenciosa. Solo necesito calmar un poco esta locura.

Apoyo una mano en la pared y un pie en el borde de la bañera. Deslizo los dedos entre mis piernas y la humedad que me recibe lo dice absolutamente todo sobre la desesperación de mi cuerpo.

Con esa misma mano me abro el coño y paso un dedo por el clítoris hinchado. Joder… Cuando por fin toco esa parte de mí que llevaba tanto tiempo reclamando atención, el alivio que me recorre las venas resulta poderoso y embriagador.

Los movimientos circulares provocan una oleada de placer tan intensa que sé que no tardaré mucho en romperme en mil pedazos. Siento las mejillas ardiéndome entre el calor del agua y el deseo que circula como lava bajo mi piel, creciendo en intensidad con cada roce sobre ese cúmulo de nervios.

Aprieto los ojos con fuerza mientras clavo las uñas en los azulejos de la pared.

Todo parece brillar y contraerse, y esa tensión se vuelve cada vez más intensa.

Es la misma sensación que anoche, cuando tenía a ese vaquero rudo de pie entre mis rodillas.

Alto e imponente como los pinos que rodean la cabaña mientras yo permanecía inmóvil.

La presión de sus dedos en mi nuca estuvo a punto de arrancarme un gemido… igual que ahora.

No puedo hacer ruido… No puedo…

—Briar, ¿estás bien?

Oh, no. Dios. Aparto la mano de mi clítoris. La vergüenza me sube al pecho inmediatamente. No ha podido verme, no ha podido oír nada, no hay manera… ¿O sí?

—¿Briar? —Esa voz grave y conocida se acerca. Demasiado. Está dentro del baño y alcanzo a distinguir su silueta difusa al otro lado de la fina cortina de la ducha.

—Eh… sí. Solo necesitaba una ducha rápida —balbuceo mientras me paso la mano por la cadera y hago una mueca al notar el rastro tan evidente de excitación en los dedos.

—¿Seguro que estás bien?

En lugar de una respuesta clara, se me escapa un sonido extraño y ahogado.

Y eso, por desgracia, hace que se acerque más. Estoy a punto de morir de vergüenza y nervios.

—¿Necesitas ayuda, cariño? —Su voz suena ronca por el sueño, con ese tono grave y seductor que me resulta tan tentador y solo lo empeora todo—. ¿Te echo una mano? —Está tan cerca que incluso alcanzo a distinguir la sombra de su brazo cuando bosteza y se pasa la mano por el pelo.

Dios mío. Quisiera escurrirme por el desagüe en este mismo instante.

—No… no, estoy bien —tartamudeo, esperando con todas mis fuerzas que el ruido del agua disimule lo estrangulada que suena mi voz.

—¿Tienes hambre? —Incluso por encima del golpeteo del agua y del estruendo de mi propio pulso, su voz sigue cargada de ese sueño áspero que arrastra mi mente a lugares indebidos.

Estoy sexualizando absolutamente todo y necesito que se vaya de una vez para poder recomponerme.

Tengo que apagar este torbellino bajo mi piel, y tenerlo ahí, de pie tan cerca de mí, dentro del baño, no ayuda en absoluto a esta confusión tan inapropiada que me atraviesa.

—Gracias. Algo de desayuno sería fantástico. —¿Se nota mucho que estoy a punto de desmoronarme? Porque siento que voy a explotar.

Él no responde durante lo que parece una eternidad.

—De acuerdo. —Entonces sus pasos se alejan.

El alivio se mezcla con una oleada feroz de culpa cuando vuelvo a buscar mi clítoris. Esta vez todo es más urgente, más desesperado; dibujo círculos frenéticos intentando alcanzar ese precipicio del que había estado tan cerca.

Empiezo a sentir descargas que me recorren desde los pies. Dios, cuando vuelvo a cerrar los ojos y dejo caer la cabeza hacia delante, solo lo veo a él.

Intento imaginar a otra persona, a cualquiera. Pero, evidentemente, me convierto en una prostituta cuando se trata del hombre que está apenas a unos metros de mí.

No debería pensarlo de esta manera, pero invade cada rincón de mi cabeza lujuriosa.

Sus brazos fuertes.

Los tatuajes ocupando todo mi campo de visión mientras me abraza por detrás.

Sus manos ásperas buscando mis pechos, mi vientre. Su cuerpo firme pegado al mío, esa presencia intensa, envolvente y la sensación de su erección clavada contra mi espalda.

El sonido del placer llenándome los oídos mientras nota mi humedad, lo hinchado que me pone el clítoris.

En mi imaginación, aparta mi mano y toma el control.

«Déjame cuidar de ti, cariño. Voy a enseñarte lo que necesitas».

Dios. Mi cuerpo entero responde.

Siento un zumbido en los oídos y las rodillas casi me fallan cuando la oleada me atraviesa de golpe solo por imaginar que me toca ese hombre en el que no debería estar pensando.

Con manos torpes y el corazón desbocado, cierro el grifo —porque ya llevo demasiado tiempo en la ducha— y el silencio que sigue me deja una punzada amarga de decepción.

El hombre al que no consigo dejar de desear, ese que está al final del pasillo, es precisamente el que no puedo tener.

Y, sobre todo, tengo que admitir la verdad evidente.

Aunque hace un rato le he pedido que se fuera…

Lo cierto es que quería que entrara conmigo.