Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 11. Storm #3
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Capítulo 11. Storm #3

—¿Y ahora? —murmuro mientras mis dedos ascienden despacio, trazando un camino hasta la base de su cráneo.

Se estremece cuando le rozo la mandíbula con el talón de la mano y gira la cabeza hacia un lado para dejarme hacer.

Joder. Es un gesto diminuto, pero transmite una especie de sumisión al mismo tiempo que una expresión de calma se instala en su rostro.

Como si estuviera disfrutando de cada segundo.

Cuando percibo ese alivio, empiezo a ralentizar los movimientos para alargar este momento compartido.

Debería ser rápido, preciso, concentrarme por completo en lo que tengo entre manos —buscar señales de inflamación o hematomas excesivos—, pero en lugar de eso le estoy regalando la sensación de una caricia que hace muchísimo tiempo que nadie le ofrece.

¿Estoy haciendo todo esto para que se derrita en la palma de mi mano? Joder. El cabrón que vive detrás de mis costillas me da una patada en el pecho… como una bestia feroz deseando abalanzarse sobre esa cosita preciosa sentada frente a mí.

Sus pestañas descansan sobre las mejillas, hace un puchero separando los labios en una exhalación temblorosa y se humedece el labio inferior con la lengua rosada, dejando tras ella un brillo húmedo.

Mirándola tan de cerca, mi mente ha descendido a lugares peligrosos. Estoy seguro de que hay un sitio en el infierno reservado para los tíos que no se pueden controlar. Ahora mismo estoy cayendo de cabeza por la madriguera del conejo, sin ninguna esperanza de salir ileso de este desastre.

Sostengo la cara de mi sobrina, de pie entre sus piernas. En cualquier otra circunstancia, si tuviera a una mujer en mi cocina, a mi merced, a esta altura de la noche, estaríamos a veinte segundos de follar.

Pero aquí y ahora me limito a respirar el aire de la mínima distancia que nos separa. El tiempo se detiene y entramos en una tregua mientras nos permitimos explorar un momento íntimo al que ninguno de los dos debería entregarse.

Mis dedos ascienden un poco más, buscando el punto exacto donde el final de la columna se une al cráneo.

—Aquí tienes un chichón —digo algo evidente. Siento la lengua pesada dentro de la boca mientras paso la yema del dedo por el bulto que sobresale en su nuca.

—Me duele un poco —admite.

—¿Más que antes? —Lo acaricio con cuidado, sin presionar, queriendo asegurarme de que no haya nada más preocupante.

Briar emite un sonido dubitativo.

—No. Creo que igual.

No hay ninguna razón para seguir tocándola ni para mantener esta cercanía tan íntima, pero noto la ligera presión de Briar contra mi palma y decido dejar la mano ahí.

Dios. Es tan preciosa… No tengo ni idea de cómo coño voy a enfrentar lo que viene después.

—Tienes que prometerme algo —digo.

—¿No cortar leña en pleno ataque de furia? —Sigue con los ojos cerrados, pero curva los labios en una sonrisa tímida.

Me trago la avalancha de sentimientos inapropiados que pugnan por ocuparme el pecho. Reprimo todos los pensamientos sobre su dulzura, su gracia y esa belleza devastadora. Por mucho que quiera negarlo, ya no puedo seguir haciéndolo.

Es, hasta en el último detalle, la chica de mis sueños.

—Voy a proponerte algo y tienes que prometerme que serás razonable.

—Tú eres el toro cabezota. Yo soy la persona más razonable del mundo.

—Hablo en serio, Briar.

Ella responde parpadeando despacio. Sus ojos oscuros se alzan hacia mí por el peso de mi tono de voz.

—No puedes protestar.

—Bueno… —Vuelve a humedecerse los labios y me mira con desconfianza.

—Esta noche no puedo dejarte sola. —Trago esa piedra que se me ha instalado en la garganta y aparto la mano—. Tengo que asegurarme de que vas a estar bien después del golpe que te has dado en la cabeza.

El pecho de Briar empieza a subir y bajar más deprisa.

Oigo mi propio pulso martilleándome en los oídos.

—Estás diciendo…

—Estoy diciendo que alguien tiene que estar contigo por si pasa algo durante la noche. Y está claro que en ese sofá no cabemos los dos.

Traga saliva.

—Claro.

El aire vibra con las palabras que aún no he pronunciado, aunque ambos sabemos perfectamente cuáles son.

—Está bien —se apresura a añadir, ahorrándome tener que decirlo en voz alta y arriesgarme a confesar todas las veces que he pensado en mandarlo todo a la mierda y seguirla hasta el dormitorio.

Briar se mueve y baja de la encimera.

—Somos adultos. Podemos compartir cama. Además, dormirás mejor que en ese sofá infernal.

Y precisamente ese es el problema.

Lo sé cuando doy un paso atrás y la veo alejarse.

Lo sé mientras preparo el fuego para pasar la noche.

Lo sé cuando la oigo moverse en el dormitorio.

Y lo sé cuando recorro en la oscuridad esa media docena de pasos cortos que conozco demasiado bien, atraído como una polilla hacia la suave luz que se escapa por la puerta entreabierta del dormitorio, mientras siento el pulso golpeándome en el cuello.

Aunque las noches en ese sofá hayan sido una tortura física, cuando me tumbo en el otro lado de la cama y el colchón cede bajo mi peso centímetro a centímetro, tengo clarísima una cosa.

Esto… esto va a ser una tortura completamente distinta.