Capítulo 11. Storm #2
Siento la suavidad de su cuerpo apretada contra mi muslo y mi cadera y, cuando bajo la mirada, resulta inevitable que mi mente se deslice hacia ese terreno en el que no debería adentrarme. Pienso en cómo nos veríamos así de cerca, pero haciendo otra cosa.
—Muy bien. Como quieras. —A estas alturas sobrevivo únicamente gracias a la fuerza de voluntad que necesito para que no se me ponga dura cada vez que ella se acerca.
Así que me aclaro las manos llenas de jabón y voy a buscar un paño de cocina.
Me apoyo contra la encimera y me quedo esperando a que los platos limpios emerjan de entre la espuma.
Trabajamos en paralelo en un silencio cómodo.
Es una de las cosas que he notado desde que compartimos la cabaña: Briar parece sentirse a gusto en los silencios largos.
No lo hago a propósito, pero después de vivir solo durante tanto tiempo, la idea de compartir espacio con una parlanchina me resulta una pesadilla. Da igual lo sexi que sea.
Reduzco el ritmo de mis movimientos. Disfruto del silencio. No suelo tener muchas ganas de hablar antes de las diez de la mañana ni después de pasar el día entero cambiando herraduras con el cerebro y el cuerpo exhaustos.
Y, de algún modo, Briar encaja perfectamente con eso. No sé qué hacer con esa idea que no deja de repetirse dentro de mi cabeza.
Es tan fácil hablar con ella. Tiene escondido un sentido del humor mordaz que me encanta ver aparecer de vez en cuando, cuando baja la guardia. Como anoche, cuando hizo de enfermera y me ayudó con los músculos doloridos, provocando un desastre mucho mayor del que imagina.
Gracias a su masaje inesperado, hoy he podido moverme sin dolor y, si a eso le sumo una noche de sueño decente, casi me siento como nuevo.
Quizá esa sea la razón por la que estoy secando con tanto esmero cada pieza de vajilla que sale del fregadero: necesito hablar con Briar y no estoy muy seguro de cómo va a terminar la conversación.
Lleva rondándome la cabeza toda la tarde, mientras debería haber estado concentrado en cuentas, facturas, pagos y demás mierdas. Pero no podía evitar distraerme mirando a la chica preciosa sentada en mi sofá, justo frente a mí, desde la mesa.
Llega la última cuchara, reluciente y cubierta por una película de agua, y casi la doblo por la mitad de tanto apretarla contra el paño.
Briar quita el tapón del fregadero y lo único que se oye es el agua escurriéndose y el crepitar del fuego.
—Déjame echarte otro vistazo a la cabeza. —Siento la garganta tensa y la voz ronca—. Ya sabes, para comprobar que no se te ha salido el cerebro por el golpe.
¿Qué coño me pasa? Está claro que hago chistes porque el asunto que quiero sacar no tiene nada de gracioso.
De hecho, todo puede irse a la mierda.
Me clava esos ojos marrones y se lleva una mano a la parte de atrás de la cabeza.
—Estoy bastante segura de que estoy bien —dice despacio, endureciendo el gesto cuando sus dedos rozan el golpe. Mi atención se dirige inmediatamente hacia ese punto.
—Ven aquí. Déjame verlo. —Dejo caer el paño como si quemara y avanzo hacia ella. Sin detenerme ni pedir permiso, la sujeto por la cintura y la siento sobre la encimera.
Suelta un chillido de protesta y sus pequeños puños se cierran sobre mi camiseta.
Y, una vez más, ese simple contacto me recuerda lo mucho que me gusta tener sus manos sobre mí.
Pero no. Joder. Por una vez en mi vida voy a comportarme como una persona responsable. No voy a quedarme tranquilo si dejo que esta chica se acueste sin saber… Sin estar seguro.
Noto el cuerpo de Briar rígido mientras permanezco frente a ella. Volvemos a ese momento en el que estamos más cerca de lo necesario, pero siento un impulso protector hacia esta chica y sé que no me contará la verdad ni sobre su pasado ni sobre cómo se siente después de la caída.
Así que tendrá que soportar mi forma de hacer las cosas.
—Gira la cabeza, cariño. —Me coloco entre sus piernas para acercarme más. Durante un segundo valoro las consecuencias y vacilo apenas lo que dura una respiración profunda. En esta posición, la palabra «debería» adquiere demasiado peso.
¿Debería estar tocando a esta chica?
¿Debería sentir tanta atracción hacia ella?
En cualquier caso, debería estar pensando en apartarme, en poner distancia entre nosotros. Pero entonces la preocupación por una posible hemorragia cerebral se impone a todo lo demás.
—Voy a mirar dónde te has golpeado, ¿vale?
Briar vuelve a resoplar, pero obedece. Inclina el cuello hacia un lado y baja la mirada, concentrada en el suelo.
—Avísame si te duele. —Trago saliva con dificultad mientras le aparto el pelo y le acaricio el cuero cabelludo.
Los mechones suaves se han ondulado ligeramente en la nuca por el vapor de la ducha y algunos cabellos sueltos junto a su cara se mueven con mi respiración cuando me inclino hacia ella.
Igual que aquel día en el granero, cuando la ayudé a bajar de ese puto caballo, tengo la boca tan cerca de su oreja que sería facilísimo acortar la distancia y rozar su piel desnuda.
Ah, qué fácil sería acercarme y sentir cómo se estremece bajo mis labios.
Lo que realmente quiero es hundir los dedos en su pelo. Ver esos rizos oscuros enredados en mi puño, mezclados con la tinta de los tatuajes que forman mi nombre sobre los nudillos. Joder, solo imaginarlo hace que el pulso se me dispare.
Los pensamientos posesivos y enfermizos recorren mis venas, la necesidad de hacerla mía igual que ese segundo explosivo en el que el toro sale disparado al ruedo.
Inspiro profundamente por la nariz intentando calmarme, intentando estabilizar el pulso. Tengo que concentrarme en eso y no perder el control, ni la cabeza, para no hundirme en un pozo de fantasías de mierda.
Si pretendo ganarme la confianza de esta chica, esto va en la dirección correcta.
—De momento no me duele. —Briar habla en voz baja. Casi un susurro.