Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 11. Storm
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Capítulo 11. Storm

Ocho segundos.

Durante muchos años de mi vida, esa fue la medida de todo. No puedo olvidar el subidón de adrenalina que sentía al aferrarme con fuerza a la bestia que jadeaba y resoplaba bajo mi cuerpo.

Todas las palabras desaparecían, reducidas a un diminuto círculo de concentración. Postura. Torso. Brazos. Agarre. Mentón. En resumen, una lista de trivialidades que resultan irrelevantes en la vida cotidiana.

Nadie se sube al lomo de un toro embravecido por voluntad propia. Tienes que tener alguna motivación retorcida: dinero, gloria, fama o, sencillamente, muy poco aprecio por tu vida.

Pero, insisto, yo nunca hice lo que los demás esperaban o querían de mí.

Así que entiendo perfectamente que ocho segundos pueden parecer una eternidad aunque, para la mayoría de la gente, no sean más que un parpadeo. Una pausa entre respiraciones.

Ahora mismo estoy de vuelta en el ruedo, con el corazón acelerado y el cerebro clavado en una imagen que me ha helado la sangre. Las piernas me llevan por la corta distancia que separa la camioneta del cuerpo pequeño e inmóvil tendido en el suelo. Todo a mi alrededor se ralentiza.

Cada segundo pasa espeso, pegajoso, dolorosamente lento. Siento que transcurre una eternidad desde que bajo del asiento del conductor hasta que llego junto a ese cuerpo tan frágil.

—Briar. Joder. ¿Puedes oírme? —Me arrodillo a su lado y casi pierdo el equilibrio al pisar el hielo negro. Está pálida; hay troncos esparcidos por todas partes, como si hubieran salido despedidos por el aire.

—¿Briar? —repito su nombre con más fuerza, preso del pánico, desesperado por encontrar alguna señal en su rostro. No veo sangre sobre el hielo, pero tampoco quiero moverle la cabeza por si tiene una lesión en la columna a causa del golpe. Ha caído de lleno contra el hormigón. Mierda.

Siento que estoy reviviendo una antigua pesadilla. No me ocurría a menudo, pero cuando pasaba me despertaba con las sábanas empapadas y la garganta ardiendo de tanto gritar sin que nadie me oyera.

Así me siento ahora.

Sin cobertura.

A kilómetros de un hospital.

La radio está dentro de la cabaña. Puedo contactar con los equipos de rescate y con el sheriff Hayes; joder, incluso podría llamar a Colt para que venga enseguida. Pero no quiero apartarme de ella y me aterra hacerle más daño, empeorar sus heridas si intento moverla.

¿Podría vivir con la culpa de hacerle más daño si tiene una lesión vertebral? ¿Un disco roto? Hay nervios que podrían dañarse si la muevo apenas un centímetro.

—Joder. Briar. Por favor, despierta. —Con cuidado, le aparto el pelo de la frente y, justo cuando voy a inclinarme para comprobarle el pulso, sus pestañas tiemblan.

Gracias a Dios.

Le acaricio la mejilla con el corazón en la garganta. Ha sido como ver un espectro, como si la vida hubiera desaparecido de su cara. No sé si alguna vez he sentido tantas náuseas.

—¿Puedes oírme? —Dios, tengo el impulso de cogerla en brazos y me mata no poder hacerlo. Pero me contengo por miedo a empeorar sus heridas.

Emite un sonido ronco y somnoliento, seguido de un leve gruñido. Parpadea con dificultad.

—Tranquila. —Sigo acariciándole la mejilla, pero saber que está consciente y respirando son dos pequeños detalles que me llenan de un profundo alivio.

—Lo siento. La leña. —Se estremece, como si hablar en voz alta requiriera un esfuerzo enorme.

—A la mierda la leña. Vamos dentro, aquí hace mucho frío, ¿vale?

—Quería ayudar.

—Bueno, ahora me toca ayudarte a ti.

—Todo el mundo me odia. —Arruga la nariz mientras sus ojos marrones se mueven inquietos.

La angustia de su voz me deja paralizado. Pero asumo que debe de haberse golpeado la cabeza con fuerza y que no está particularmente lúcida.

—¿Puedes sentarte, cariño? —Cuando deslizo la mano detrás de su cabeza me preparo para notar la humedad espesa de la sangre, pero la incorporo con muchísimo cuidado y no encuentro nada.

—Me duele.

—Lo sé. Entremos para que pueda revisarte bien. Creo que todavía conservas el cerebro en su sitio, pero quiero asegurarme.

—No tiene gracia.

—Soy graciosísimo. Pregúntale a quien quieras.

Cierra los ojos y se aferra a la manga de mi abrigo.

—Quiero decir algo inteligente, pero tengo la cabeza tan embotada que vas a tener que imaginarlo tú.

—Me hago una idea, teniendo en cuenta tus ocurrencias de madrugada. —Observo cómo le cuesta respirar por la nariz mientras se incorpora—. ¿Lista para intentar ponerte de pie?

Emite un sonido afirmativo.

—Perdón por fastidiarte el día. Seguro que tienes cosas mejores que hacer que ocuparte de esto.

—Briar. No tienes que disculparte por necesitar ayuda.

Me clava un poco más los dedos en el brazo.

—Bueno, aun así te lo agradezco. No tendrías por qué hacerlo.

Joder. Sabía que Erik tenía una relación complicada con sus hijas, que apenas estaba presente, pero que esta chica se sienta culpable por hacerse daño y necesitar ayuda… Me dan ganas de desenterrarlo para partirle la cara a ese cabrón.

Ayudo a Briar a ponerse de pie y entramos despacio, procurando no pisar otro parche de hielo. Se me pasa por la cabeza mandarlo todo a la mierda y cogerla en brazos, pero, aunque está aturdida, insiste en caminar apoyándose en mí como si fuera un bastón para no perder el equilibrio.

—Si te parece, voy a darme una ducha para entrar en calor —dice cuando entramos.

—Con la puerta abierta.

Se gira para mirarme con el ceño fruncido.

—¿Y si te desmayas?

Briar se coloca el pelo detrás de la oreja.

—Creo que estoy bien. No he tenido problemas para ponerme de pie.

Sé muy bien lo que está haciendo, pero conmigo no va a conseguir restarle importancia.

—La puerta abierta. Y me contestas cuando te llame para que sepa que estás bien. —Cruzo los brazos y la miro—. No creas que voy a dudar ni un segundo en entrar si pienso que pasa algo.

—De acuerdo. —Me dedica una mirada extraña antes de retirarse. El agua empieza a correr y la oigo descorrer la cortina de la ducha apenas unos segundos después.

Los analgésicos que tomé anoche siguen sobre la mesa y me observan con expresión de reproche porque, aunque lo haya dicho con tono protector, en plan «estoy aquí para cuidar de ti», hay una gran parte de mí que quiere ignorar las circunstancias y la diferencia de edad y entrar en ese baño.

Me apoyo con ambas manos en la encimera y bajo la cabeza.

Hay un lugar en el infierno reservado para hombres como yo, que se pasaron la vida sin querer nada serio con nadie hasta que encuentran una conexión inexplicable y arrolladora con una persona a la que, estoy bastante seguro, las leyes de algunos estados les prohíben acercarse.

—Hoooola. Sigo viva —grita Briar, interrumpiendo mi impulso repentino de buscar en internet información y jurisprudencia sobre relaciones entre familiares adoptivos.

Por Dios.

—No gastes toda el agua caliente —grito con los ojos cerrados.

Unos minutos después, la ducha se detiene y oigo movimiento dentro del baño. Con una taza en la mano, me quedo plantado mirando las tres clases de infusiones afrutadas colocadas en la estantería que Briar trajo el otro día del pueblo.

¿Cómo coño voy a saber cuál prefiere? Hace años que solo bebo café; nunca tomaría por voluntad propia agua caliente con sabor a fruta.

El concepto me parece extraño. Las huelo todas y al final me decido por la de limón y jengibre.

Seguro que eso ayuda con las náuseas que probablemente le entren en cualquier momento.

Nunca me caí de un toro durante mi carrera profesional, pero sí me llevé bastantes golpes en la cabeza haciendo estupideces cuando era joven y todavía más idiota. La experiencia propia y las lesiones que vi en el rodeo me enseñaron lo duro que puede ser el efecto residual de una caída.

Briar sale envuelta en el aroma del jabón y sonrojada por el vapor; siento unas ganas brutales de abrazarla.

Lo raro no es querer abrazar a mi sobrina; la parte retorcida es que, después de abrazarla, quiero inclinar la cabeza y besarla hasta dejarla sin aliento. Y esos pensamientos ilegales son mi puto problema.

—Siéntate. Relájate. Ponte una película o algo. —Señalo el sofá con la cabeza—. Y ni se te ocurra tocar el teléfono. —Dejo el té sobre la mesa baja, a su lado, y le paso los analgésicos y un vaso de agua. Siento que el universo me está reclamando los favores de anoche.

Se traga las pastillas y veo cómo se endurece su expresión en cuanto menciono el teléfono.

—No tienes que preocuparte por eso.

No dejo de darle vueltas a lo que dijo ahí fuera. A lo reservada que se mostró respecto a los motivos que la trajeron hasta Crimson Ridge.

«Todo el mundo me odia».

—Voy a estar aquí ordenando unos papeles.

Avísame si te encuentras peor o si te entran ganas de vomitar.

—Me masajeo la nuca mientras la veo acomodarse en el sofá, con los pies recogidos bajo el culo—.

¿Has comido? ¿Tienes hambre? —Caigo en la cuenta de que me he ido de golpe y no estoy seguro de que haya probado bocado mientras yo salía a comprar las cosas que necesitaré para el trabajo en el rancho de Beau.

Me he escapado porque lo de anoche… estuvo demasiado cerca.

Y eso sin contar que he dormido del tirón por primera vez desde que llegó, y esas horas de sueño ininterrumpido me han recordado lo problemático que es este jodido acuerdo de convivencia.

Briar me regala una media sonrisa.

—Estoy bien. Gracias de todas formas… Te prometo que te avisaré si necesito algo.

—No tienes que tratarme como si fuera de porcelana —dice la chica con una posible conmoción cerebral mientras me sigue hasta la cocina, protestando a mi espalda como si hacer lo mínimo (darle de comer y recoger los platos) fuera una hazaña descomunal.

Joder. Odio a todas y cada una de las personas que formaron parte de su vida antes de llegar aquí.

—Siéntate antes de que acabes partiéndote el cráneo del todo —gruño.

—Pero no ha pasado. Así que, por lo menos, déjame fregar. —La cocina es demasiado pequeña para que los dos podamos estar frente al fregadero al mismo tiempo, pero aun así intenta escurrirse a mi lado.

Lo que nos deja muy cerca el uno del otro.