Desafiando la tormenta (Crimson Ridge 2) Capítulo 10. Briar
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Capítulo 10. Briar

En el techo, sobre este sofá, hay setenta y ocho tablones de madera color ámbar.

Uno tiene una secuencia de nudos oscuros que forman algo parecido a la cara de un perro.

Orejas largas. Ojos. El efecto es bastante surrealista.

Como una de esas ilusiones ópticas que, una vez descubres, ya no puedes dejar de ver.

Paso la noche completamente despierta. Tengo cosquillas por todo el cuerpo a causa de esta tentación prohibida mientras me ahogo en la vergüenza y me retuerzo repasando una y otra vez las escenas del baño y del dormitorio.

Santo Dios.

Con solo ver el pecho desnudo de mi tío y sus tatuajes…, mi coño estaba listo para subirse a su regazo y comenzar a frotarse contra él.

Qué puta soy.

Por qué estaba medio desnudo en el baño a solo Dios sabe qué hora de la noche es un misterio para otro día.

Lo que ahora ocupa mi mente, que se asoma peligrosamente por una esquina para recordármelo, es lo jodidamente atractivo que es su cuerpo. Es sexi. Mucho más sexi de lo que debería parecerme un hombre que, antes que nada, es mi tío.

Es evidente que es musculoso, fuerte, ancho de pecho y de hombros.

Vamos, cualquier chica podría darse cuenta de eso sin necesidad de quitarle la ropa.

Pero su torso está esculpido, perfeccionado hasta el último detalle durante los años que ha pasado en el circuito profesional de rodeo y ahora trabajando de sol a sol en ranchos como Devil’s Peak.

Esos surcos que descienden hasta una mata de vello oscuro en forma de V, señalando por debajo del cinturón… Mierda. No estaba preparada para descubrir hasta qué punto podía excitarme el cuerpo trabajado de un hombre.

Y más aún cuando está cubierto de tatuajes.

Ahora voy a ir por ahí como una idiota, deseando acariciar esa piel tan firme y esos músculos tan definidos.

Esas ganas contra las que lucho cuando no puedo dormir por las noches se volverán completamente insoportables ahora que sé lo que se siente al tocar la espalda de ese hombre.

Tengo una fotografía mental de cada valle, cada relieve y cada curva que hay bajo su cuello.

Todo lo que existe más allá de su pelo revuelto ha quedado registrado en las yemas de mis dedos: el movimiento de sus omóplatos, la parte carnosa junto a la columna cuando se flexiona, la hendidura que recorre toda la espalda hasta la cintura de sus pantalones.

Trago saliva con culpa.

Está claro que anoche no estaba pensando cuando decidí subirme a la cama y masajearlo sin avisar.

Aunque… no me arrepiento de nada.

¿Me entraron todavía más ganas de hacer una locura semejante porque estaba convencida de que había ido a meterse en la cama de otra chica?

Claro que sí. La mezquindad y el calentón se mezclaron y me hicieron perder la cabeza. Antes de entender siquiera qué estaba pasando, ya tenía las manos sobre su piel.

No quiero admitir cuánto me dolió cuando desapareció de repente y sin avisar. Justo cuando sentía que estábamos cómodos, que algo empezaba a fluir, que habíamos alcanzado esa familiaridad que tanto anhelaba, se levantó y salió por la puerta.

Me dejó sola, pero sobre todo confundida y ahogándome en un mar de emociones alteradas solo de pensar que prefería estar en cualquier otro sitio.

Con alguien mucho mejor que yo.

Desenterró todos los recuerdos de noches enteras sola. «Lo siento, cariño, tengo que trabajar hasta tarde. Ya sabes cómo son las exigencias de los clientes».

Cuando la realidad era que tenía muchas más ganas de echar un polvo en la sala de reuniones que estar conmigo.

Uf. Quiero borrar de mi memoria a ese hombre, su polla horrible y lo patética que fui por no haber visto las señales. Las náuseas me invaden cuando me detengo a pensar, aunque sea un segundo, en toda la gente que lo sabía y no me dijo nada.

¿Cuántas personas de allí (ya no puedo seguir llamando hogar a ese agujero) se reían de mí todos los días? ¿Tenían algún grupo donde comentaban lo incapaz que era la pobre Briar Lane de conseguir que un hombre le fuera fiel? ¿Era un chiste lo manipulable que resultaba?

Me entran unas ganas terribles de vomitar los huevos con beicon.

Hago girar la taza de café sobre la mesa de madera empujando el asa hacia delante y hacia atrás; el café con leche se balancea en el interior.

Así imagino mi cerebro, atrapado dentro del cráneo y agitándose entre líquidos.

El hombre parcialmente responsable del caos que tengo dentro se ha marchado temprano esta mañana. Me dijo algo de que tenía que ir a Crimson Ridge a ver un trabajo, pero que no tardaría.

Me dio la impresión de que no quería que lo acompañara, así que me senté a desayunar contemplando el brillo de los pinos cubiertos por el hielo derretido bajo el sol de la mañana.

La primavera por fin ha decidido aparecer y, aunque las noches siguen siendo heladas, con temperaturas bajo cero, ya no cae nieve fresca.

Me pregunto cómo será cuando nieve de verdad en invierno. Layla mencionó que, en esta montaña, suelen pasar largos periodos —a veces semanas enteras en Devil’s Peak— en los que tienen que cerrar los caminos por la intensidad de las nevadas.

Y mi mente derrotada no tarda en imaginar la escena: acurrucada frente al fuego, sin ningún lugar adonde ir, con un hombre rudo y musculoso todo para mí.

Estaríamos completamente solos. Aislados del resto del mundo. No habría forma de que nadie se enterase…

Un pitido en el teléfono me sobresalta. Estaba tan absorta en mi fantasía prohibida que había olvidado que, en un arrebato de valentía, me había conectado al wifi para abrir los correos y los mensajes.

No tenía intención de responder a nadie, pero me resultó muy catártica la idea de borrar con dos clics todo lo que llevara el nombre de Antoine Montgomery en el remitente.

Después lo bloqueé de todas partes.

Pero a este pitido le sigue la notificación de un mensaje nuevo. El corazón me sube a la garganta cuando aparece un nombre en la pantalla.

Crispin Lane.

No hay nadie más resentido ni que me deteste con más intensidad que mi hermana mayor.

Siento un nudo en el estómago al ver que no solo me ha escrito un correo, sino también mensajes en Instagram. Esa mujer nunca me habla. Hace años que somos completas desconocidas, pero eso jamás impidió que Cris se sentara en primera fila para disfrutar de mi humillación.

Apuesto a que lo sabía; es una perra despiadada.

Seguro que atrapa almas en un frasco que guarda en su despacho, al lado de sus bebidas detox de hierba de trigo y pimienta de cayena.

Toda la gente a la que ha estafado, tratado como basura y después olvidado: la receta perfecta para triunfar en el imperio Lane.

Nuestro querido padre estaría muy orgulloso.

«No tiene gracia, Briar. Tienes que responder a los mensajes de Antoine y volver a casa. Está muerto de preocupación».

Solo leo las primeras líneas porque sé que el resto del mensaje no será más que manipulación emocional.

Eliminar.

No quiero tener nada que ver con esa gente. Por lo que a mí respecta, esa parte de mi vida ha terminado y, sea cual sea el horizonte hacia el que me dirijo, quiero preocuparme únicamente de ser feliz.

Ya no voy a permitir que me pisoteen ni soportar situaciones con una sonrisa falsa mientras hago lo que esperan de mí. No voy a cargar con la culpa de algo de lo que no soy responsable. Y tampoco voy a vestirme impecable y posar para la foto solo para cumplir con el deber de ser una heredera Lane.

Otro pitido y bajo la vista. Ya sé que es mi hermana y, aunque bloquear a Antoine no me costó absolutamente nada, no consigo hacer lo mismo con ella.

Dios, me sorprende lo profundamente arraigada que tengo la lealtad hacia ella y hacia mi padre. Hicieron un trabajo impecable en ese sentido. Un diez en manipulación y en hacerme sentir culpable por querer una vida mejor.

«Briar, estás siendo egoísta e infantil, como siempre. No puedo creer que te comportes así. Sabes que la semana que viene habría sido su cumpleaños y, por tu culpa, no vamos a poder celebrarlo. Y ahora que tampoco está papá…».

Aprieto el puño con tanta fuerza que las uñas se me clavan en la piel. La rabia me invade y las lágrimas calientes me pinchan detrás de los ojos como agujas.

Borro el mensaje sin abrirlo.

Cómo coño se atreve.

Siempre, sin excepción, convierte cualquier situación en un caldero hirviendo donde cocinarme viva en la vergüenza por el simple hecho de existir.

Siento la sangre atrapada dentro del cuerpo, como si necesitara expulsar toxinas, como si esa oscuridad que mi hermana arrastra consigo pudiera deslizarse bajo mi piel y ahora me impidiera respirar.

Ya estoy de pie, caminando hacia la puerta. Aquí dentro parece que haga mil grados. Aire frío. Aire libre. Eso es lo que necesito: llenarme los pulmones con el oxígeno helado de la montaña y ponerme a hacer algo productivo. Algo físico.

He visto a mi tío cortar leña con el hacha. Sé que hay que reponerla con regularidad.

Puedo hacerlo.

Necesito hacerlo. Tengo que alejarme del teléfono ahora mismo y salir de estas cuatro paredes.

Me calzo las botas, cojo el abrigo que llevo usando desde el día en que él me lo dio y abro la puerta con mucha más fuerza de la necesaria.

Quiero gritarle a la nada.

¿Puedo hacerlo aquí?

Nadie va a oírme.

Veo el hacha clavada en el tajo de cortar leña y voy directa hacia ella. Necesito las dos manos y bastante fuerza para arrancarla; noto el peso y el peligro en la mano.

Me detengo un instante; hay mil cosas que pueden salir mal cortando leña. La primera de la lista es abrirme un puto pie si no tengo cuidado. Pero estoy en un estado salvaje, así que me importa una mierda.

La rabia está hirviendo y lo único que quiero es golpear madera con metal afilado y escuchar ese sonido tan satisfactorio de fractura cuando las fibras ceden.

Y eso es exactamente lo que hago.

Coloco el tronco frente a mí, levanto el hacha, siento la distribución del peso y la presión de mi mano sobre la suavidad del mango.

Luego la dejo caer para que el impulso y el peso hagan el resto.

El leño se agrieta, pero no termina de partirse, así que vuelvo a levantar el hacha y repito el movimiento. La segunda vez se divide en dos con un sonido catártico.

Dios, qué bien sienta. Como si estuviera liberando al universo una diminuta parte de todas las emociones que llevo años cargando y reprimiendo. Toda esa rabia contenida transformándose en algo útil, como cortar leña para alimentar el fuego.

Me transformo en la viva imagen de una mujer poseída.

Como mínimo. Algunos de mis golpes son débiles, pero con cada impacto dejo escapar un poco más de rabia, convirtiéndola primero en un torrente y finalmente en un diluvio.

Lanzo mis mejores gritos de guerra mientras levanto y descargo el hacha.

Las lágrimas saladas me ruedan por las mejillas.

Infiel.

Mentiroso.

Capullo.

Bueno, joder. Resulta que un hacha y un poco de leña funcionan mejor que un terapeuta carísimo de Los Ángeles.

El tiempo desaparece y, cuando por fin me detengo, el sudor me empapa la cintura y la frente; respiro con dificultad y, al mirar alrededor, queda claro que he cortado mucha más leña de la que pensaba. Hay una pila bastante más grande de lo que podríamos necesitar, pero qué más da.

Punto para la furia femenina.

Dejo el hacha clavada en el tajo, tal como la he encontrado, y llevo toda la leña que puedo cargar hasta el cobertizo del porche. Empezaré por ahí y luego meteré en la cabaña la que haga falta.

Con varios troncos apilados entre los brazos, me dirijo hacia la parte delantera de la cabaña, satisfecha conmigo misma. Este lado queda oscuro por los pinos y la propia cabaña; fuera hay un pequeño cuadrado de hormigón que parece una especie de taller.

Justo cuando estoy mirando alrededor, contemplando la belleza tranquila del lugar, todo se vuelve contra mí sin previo aviso.

La bota pisa el hormigón y cede al instante. Con los brazos llenos, no hay forma de amortiguar la caída. Las piernas se me disparan hacia arriba y doy una voltereta hacia atrás.

El golpe contra la columna me deja sin aire en los pulmones.

Lo último que recuerdo es el impacto seco que me retumba dentro del cráneo cuando la nuca golpea el suelo.

Los árboles que se alzan sobre mí, observándome como estatuas curiosas, son absorbidos por un vacío negro y nebuloso.